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Un senador e historiador de tiempos de los severos

Después de estos sucesos [acaba de narrar la muerte de Cómodo] tuvieron lugar las más grandes revueltas y guerras, y yo compuse la narración histórica de todo ello por la causa que expondré a continuación. Después de escribir un pequeño libro sobre los sueños y sig- nos por los que Severo esperaba ser emperador, lo hice público. Habiéndoselo enviado, él me respondió con una larga y amable carta. Apenas recibí esta carta al anochecer, me que- dé dormido y la divinidad en el sueño me ordenó escribir historia. Y así escribí esto acerca de lo que me ocupo ahora. Puesto que gustó en extremo a Severo y a otros, me propuse en- tonces escribir todo lo demás concerniente a los romanos. Por este motivo me pareció oportuno no dejar aislado aquel escrito, sino incorporarlo a éste, para dejar todo consig- nado en una sola obra desde el origen hasta que a Fortuna parezca. A esta diosa que me fortaleció cuando estaba remiso y negligente en relación a esta Historia, que me animó con sueños cuando estaba cansado y desfallecido y que me hizo concebir hermosas esperanzas sobre el tiempo venidero, en el sentido de que la Historia perduraría y en modo alguno per- dería valor, a esta protectora del curso de la vida que me tocó en suerte, según parece, me consagro. Recopilé en diez años todo lo que había sido hecho por los romanos hasta la muerte de Severo y lo redacté en otros doce. De los sucesos posteriores escribiré hasta donde llegue.

(Dión Casio, Historia de Roma, 72, 23)

9.1. La Historia de Roma de Dión Casio

La HR de Dión Casio tenía 80 libros. De ellos se han conservado práctica- mente intactos del XXXVI al LV, 9, que van de los años 69 al 6 a.C. También se ha conservado una parte importante del libro LXXVIII y del comienzo del

LXXIX (LXXVIII, 2, 2-LXXIX, 8, 3), que corresponden a Macrino y los principios de Elagábalo. Para el resto de la obra dependemos de los fragmen- tos transmitidos por los historiadores bizantinos, especialmente Zonaras y Xifilino, y los excerpta de Constantino VII Porfirogéneta (De virtutibus et vi-

tiis, De sententiis, De legationibus). De estos 80 libros 52 pertenecen a la

época republicana y 28 a la imperial y de éstos 8 al periodo que va desde Có- modo a Alejandro Severo.

La obra arranca desde la fundación de la ciudad de Roma con un procedi- miento narrativo analístico —año por año— al que se superpone desde época imperial otro que sigue la pauta de las biografías de los emperadores por con- siderar que son los principales protagonistas de la historia imperial. De esta percepción se derivan distintos efectos historiográficos: el ya señalado de las unidades biográficas de los emperadores, superponiéndose a una distribución analística, y un cambio de criterio en lo que respecta a la selección de noticias en su Historia de Roma. La norma preconizada por Dión Casio era que las noticias debían poseer una cierta dignidad para ser incorporadas a su narra- ción, sin embargo por la importancia que atribuye a los emperadores y, por consiguiente, a cualquiera de sus rasgos de carácter o conducta, estima que ciertos datos relacionados con ellos, aunque carezcan de la antedicha digni- dad, debían ser incluidos en su Historia de Roma. Hay un caso divertido y sig- nificativo relacionado con Vespasiano que ilustra lo dicho (LXVI, 9, 4):

Pasando Vespasiano la mayor parte del tiempo en el territorio Albano hacía muchas cosas risibles, incluso mataba moscas con un punzón para escribir. Consigné esto de forma obli- gada porque, aunque es impropio de la dignidad de la historia, muestra de forma suficiente su carácter y porque además, aún cuando era emperador, hacia lo mismo.

Es una noticia de apariencia trivial sobre un hábito ridículo, pero que se inclu- ye porque lo posee una persona cuyo poder es ilimitado y, por consiguiente, lo que en otros sería un dato risible en un emperador se convierte en un indica- dor de desajustes interiores de consecuencias imprevisibles. El Imperio y sus condiciones políticas, por tanto, no es un contexto ajeno a la obra del historia- dor, sino que lleva por ciertos derroteros la práctica historiográfica de Dión Casio. También el historiador, cuando comienza a tratar la época imperial y la opone a la narración que ha ofrecido del periodo republicano, ofrece un ba- lance pesimista de la información sobre la que se puede fundar su narración histórica por considerarla poco accesible y sin posibilidad de contraste por el nuevo orden político imperial (LIII, 19, 2-6). Este pesimismo informativo lo interrumpe Dión Casio cuando llega a tiempos de Cómodo momento a partir del cual se considera en condiciones de dar la mejor información posible so- bre lo que sucede en el Imperio (LXXII, 18, 4). Realmente este es el punto a partir del Dión Casio puede, en su opinión, ofrecer lo mejor de sí mismo como historiador. Es al mismo tiempo la parte de su historia que considera más im- portante. Digamos que Dión opinaba así, porque era la práctica historiográfi-

ca más difundida: los historiadores de la Antigüedad consideraban propia- mente historia a la historia contemporánea y la historia contemporánea mere- cía ser escrita cuando daba cuenta de grandes sucesos en especial las guerras.

9.2. La preceptiva historiográfica de Dión Casio

En el texto de la Historia de Roma seleccionado, que viene a ser una especie de prólogo interior, Dión Casio da cuenta de cómo inició su tarea de historia- dor y cuáles fueron sus intenciones y las obras de las que se derivó su magna obra. El texto además de la información que facilita, sobre cómo compuso su

Historia y cuánto tiempo empleó en escribirla, es una buen testimonio de las

implicaciones políticas de la obra. Nos muestra al historiador intentando en un primer momento congraciarse con Septimio Severo, al que presenta por medio de los presagios que narra como un elegido de los dioses. La primera de las obras que menciona fue, por tanto, un texto de propaganda que forma- ría parte de la estrategia personal del historiador para sobrevivir con éxito en el reflujo de la Guerra Civil (193-197), que había enfrentado a Septimio Se- vero con Pescenio Nigro y Clodio Albino, a resultas de la cual perecieron y sufrieron confiscaciones no pocos senadores. El éxito de esta obra, reforzado por un sueño, es lo que invitó a Dión Casio a ocuparse del tema de la guerra civil. Pero además para abordar este tipo de argumentos había una larguísima tradición, que se remontaba a los orígenes mismos de la historiografía y que destacaba la guerra como el mejor tema posible entre los que podían ser his- toriados. Luciano en Cómo se debe escribir historia aludía a esta posición privilegiada de la guerra entre los argumentos historiográficos, pero Herodia- no o Dexipo, dos historiadores griegos también del siglo IIId.C., por medio

de sus propias obras venían a mostrar que no se trataba de simples especula- ciones. Dión Casio además ofrece en este pasaje uno de los pocos datos que nos facilita sobre cómo y cuando escribió su Historia de Roma: menciona las sucesivas tareas de compilador de «comentarios» —base documental con una elaboración literaria simple (comentarius, hypomnema)— y la de autor de una narración histórica (syngraphé). También en este pasaje se refiere al tiempo que empleó en una y otra tarea, pero no llega a precisar fechas de composición que han sido y son objeto de discusión. Pero en este pasaje sobre la actividad historiográfica de Dión Casio y en otros de su Historia hay tam- bién un aspecto importante que nos remite a la sensibilidad religiosa del pe- riodo: Dión Casio habla de sueños que le orientan sobre su obra, de la divini- dad que le estimula, de la misma forma que en otros momentos esa misma divinidad le indica los límites que debía tener su obra. Todo esto, junto con otros pasajes relacionados con temas religiosos que se pueden leer en el histo- riador, nos remite a algo más que a tópicos —que sin duda existían—, todo esto es exponente de una sensibilidad que concede un amplio margen de in- tervención a la divinidad, incluso en ámbitos en los que tradicionalmente la

divinidad no se metía, es lo que a mí me gusta llamar el «asalto a la razón», que se produce a partir de mediados del siglo II.

9.3. El senador historiador

L. Cl. Dión Casio Cocceiano procede de la ciudad bitinia de Nicea. Pertene- cía a una familia aristocrática y bien conocida de la ciudad, la gens Cassia. Se ha sugerido, aunque es discutible, la posibilidad de que existiera algún víncu- lo familiar con Dión Cocceiano el famoso Dión Crisóstomo. El padre de Dión Casio fue Casio Aproniano, el primero de la familia que alcanzó el ran- go de senador en tiempos de Marco Aurelio. Sabemos que fue procónsul en Licia-Panfilia y legado propretor en Cilicia. Así Dión Casio pertenece a esa serie de historiadores senadores de los que ha dejado buena muestra la histo- ria de Roma y en la que los senadores de origen griego no quedaron atrás (Claudio Carax, Arriano de Nicomedia, Asinio Cuadrato y el propio Dión Casio). Desde luego no fue una coincidencia, por el contrario, la preparación retórica, el dinero para contar con el tiempo necesario y el deseo de encontrar un cauce a sus ideas política contribuyeron a que se asociara con frecuencia la práctica historiográfica con la pertenencia al senado. El padre de Dión Casio y el propio historiador son buenos testimonios del creciente proceso de inte- gración de los griegos en la órbita administrativo-política romana, que co- menzó a afianzarse desde tiempos de Trajano.

Dión Casio culturalmente es griego, tiene una formación al estilo de la que se adquiría en las escuelas de los sofistas —su modelo expresivo es el ati- cismo, imita a Tucídides y sigue las pautas retóricas a la moda— y se siente profundamente vinculado con su patria la ciudad bitinia de Nicea a la que consideraba un reducto de tranquilidad al margen de los peligros que le ace- chaban. Sin embargo, al mismo tiempo, no tuvo ningún empacho en reco- mendar que se eliminaran sin contemplaciones todos los rasgos honoríficos diferenciadores que caracterizaban en buena medida a las ciudades griegas de la época —de una de las cuales el procedía—, pero que eran una fuente de ri- validades entre ellas —Nicea se enfrentaban tradicionalmente con la vecina Nicomedia— y dificultaban su gobierno. Digamos que el historiador encon- tró una segunda patria, para él mucho más importante, en su ordo senatorial. Y esta segunda patria se va a convertir en el punto de referencia más sólido a lo largo de su obra.

Dión, desde el momento en el que comienza a tratar el reinado de Cómo- do, nos dice que va a ofrecernos una historia más pormenorizada y precisa, puesto que a partir de este momento se considera testigo cualificado de los sucesos que le rodean. Y en efecto a partir de ese momento, y todavía más a partir del reinado de Pértinax, Dión Casio utiliza la primera persona del plural para referirse al Senado, introduce circunstancias o anécdotas de las que él mismo forma parte y nos ofrece la impresión de que su propia vida de una u

otra manera, de una forma más o menos próxima se ve afectada por los suce- sos que relata. Su vida, por tanto, queda así teñida con los colores que el his- toriador otorgó a la historia de su tiempo. Decir esto es referirse a una de las claves del pensamiento del autor y la manera en la que este se transmite a su historia, pues consideraba que la edad de oro de Marco Aurelio había dado paso con la figura de Cómodo no ya a una razonable degradación argéntea, sino a un periodo que no duda en calificar de hierro oxidado. Y si se pasa re- vista a las experiencias biográficas de las que él cuenta que no sólo fue testi- go, sino protagonista con otros miembros del Senado, se obtiene la impresión de que su vida sufre los efectos de lo que pudieramos llamar la crisis de tiem- po de los Severos, inaugurada con Cómodo. Dión Casio por medio de lo que nos cuenta de Cómodo, que amenazó de muerte a un grupo de senadores, en- tre los que él se encontraba, muestra las desmesuras del emperador y el me- nosprecio en el que tenía a los miembros de la curia; gracias al pasaje en el que narra el temor que sintió al conocer la noticia del ascenso al trono de Di- dio Juliano, el historiador nos informa de la inestabilidad del poder y de la manera absolutamente errática en la que venía a caer en las manos de alguien inesperado; por medio de la descripción en primera persona de las actitudes de los senadores ante las noticias que se iban recibiendo de la fase final de la guerra entre Septimio Severo y Clodio Albino, reitera Dión Casio de nuevo la inestabilidad del poder y cómo los senadores por su notoriedad, vínculos e influencias terminan siempre en medio del torbellino de sucesos que de una u otra forma les afectan; la tragicómica condena a muerte del senador Apronia- no por una absurda e imprecisa denuncia, muestra la degradación de un po- der que mira con suspicacia a los miembros del orden senatorial y actúa con una contundencia indiscriminada que puede afectar a cualquiera; los desplan- tes a los que le sometió junto con otros senadores Caracala suponen el des- plazamiento de los miembros de la curia para ser sustituidos en influencia ante el emperador por soldados y eunucos; fue esta una situación que heredó Alejandro Severo y que, aun sin contar con la aquiescencia imperial tuvo una notable influencia durante su periodo de gobierno como el propio Dión por medio de su propio caso nos quiere mostrar. Pero sobre todo, la atmósfera ge- neral en la que se desenvolvieron las peripecias vitales de Dión Casio es des- crita como una atmósfera de temor, de inseguridad, de inestabilidad política que afectó no sólo a los emperadores, sino también y de forma muy impor- tante a los propios senadores que vieron cómo su situación de privilegio en- trañaba posibles perjuicios, puesto que los destacaba y los convertía en suje- tos de posibles actuaciones más o menos indiscriminadas y porque, como el propio historiador dice, los que tienen son los que más pierden con los cam- bios (frag. 12, 3a). Digamos que el talante conservador de Dión Casio lleno de añoranzas a la dorada época de los buenos emperadores Antoninos fue es- timulado por las turbulencias políticas que vivió en su tiempo.

De todas maneras es importante resaltar que esta información y datos au- tobiográficos que ofrece el historiador pueden ofrecer una impresión enga-

ñosa, como si hubiera quedado desplazado de la actividad pública o hubiera mantenido una actitud de discreta resistencia. Sin duda no fue así: estuvo al frente de Panonia Superior, que era una de las provincias imperiales más im- portantes; fue cónsul dos veces, la segunda vez epónimo y teniendo como co- lega a Alejandro Severo (año 229), una distinción rara... Es decir, Dión Casio era un hombre no sólo encuadrado entre los grupos dirigentes sino también vinculado con el poder.

9.4. El Discurso de Mecenas

Desde su cierta notoriedad como hombre público y también a partir de la con- ciencia que tenía de la crisis de su tiempo se explica que elaborara y presenta- ra un proyecto de reforma política. Con este objetivo utilizó un procedimiento que la preceptiva historiográfica le facilitaba: la inclusión de discursos, que se ponían en la boca de los protagonistas de los sucesos para darle mayor dra- matismo a los hechos y para matizar la narración. Pero también, puesto que se trataba de discursos elaborados por el historiador, eran, sin tener que recu- rrir a las digresiones, oportunidades óptimas para introducir juicios y pers- pectivas políticas. Luciano, consciente de los abusos que se podían cometer por medio de este procedimiento, recomendaba en su Cómo se debe escribir

historia que los discursos procuraran ser verosímiles y ajustados al contexto

de los sucesos que se estuvieran narrando. La circunstancia histórica utilizada por Dión Casio para hacer su propuesta política no pudo ser más decisiva: el tránsito de la República al Imperio. Y así el Discurso de Mecenas forma parte de un debate que presuntamente sostuvo Mecenas con Agripa en presencia de Augusto sobre la conveniencia de la restauración de la República o la instau- ración de una monarquía, una vez que se habían terminado las Guerras Civi- les. Se trataba de un tipo de contraste que no era insólito y se pueden encon- trar algunos sugestivos paralelos en Heródoto, en una obra atribuida a Plutarco y en la Vida de Apolonio de Tiana escrita por Filóstrato, un contem- poráneo de Dión Casio. Dión Casio hizo tomar partido a Agripa por la Repú- blica (LII, 2-13) y va dando cuenta de todos los peligros asociados a un régi- men unipersonal, por el contrario, atribuye a Mecenas una toma partido por un sistema de gobierno unipersonal en un discurso, en el que en la primera parte se responde en un tono teórico a Agripa (LII, 14-18) y en la segunda se pasa revista a una larga serie de medidas y aspectos institucionales, por medio de los cuales la monarquía podía ser llevada correctamente a la práctica (LII, 19-40). En la confrontación el significado del Discurso de Agripa se circuns- cribe fundamentalmente a señalar las posibles degradaciones que pueden sur- gir con un ejercicio tiránico de un poder unipersonal, mientras que el Discur- so de Mecenas es un repaso extenso y complejo de cómo debería gobernar adecuadamente el príncipe, de las relaciones que debía mantener con los dis- tintos órdenes, de la política religiosa que debería seguir, de ciertas medidas

económicas que se deberían acometer, de cuáles debían ser las instituciones del Imperio y de cómo y por quién debían ser atendidas. Aparte de distintos aspectos concretos que se podrían traer a colación, una propuesta tan comple- ta y pormenorizada como la que se pone en boca de Mecenas resulta inconce- bible sin la experiencia política de los más de dos siglos de Imperio desde los que escribe el historiador. Todavía más, si se pasa revista a los distintos as- pectos del tiempo de los Severos enjuiciados negativamente por el historia- dor, se verá que la mayoría encuentran una propuesta de solución en los con- sejos atribuidos a Mecenas. Dión Casio, un autor muy clásico en sus formas, rompe, por tanto, con la recomendación de la preceptiva historiográfica que pedía verosimilitud para este tipo de discursos. Y en mi opinión lo hizo con premeditación, con la intención de presentarlo como algo independiente y di- ferenciado de la narración de los sucesos que en ese momento exponía. Su objetivo era ofrecerlo como un proyecto de reforma con el que se pudiera po- ner coto a lo que desde su perspectiva senatorial entendía que eran las degra-