Autoayuda para la sinceridad
3. Sencillez y humildad
En los momentos de mayor dificultad y oscuridad habla confiadamente. Si se expone con sencillez la lucha interior, se sale siempre adelante. Una prudente desconfianza del juicio propio nos puede ser muy útil; la humildad nos acercará a Jesucristo.
4. Obediencia
Si pedimos consejo a aquél en quien confiamos, sería un desatino no hacer caso de lo que nos diga. Santa Teresa de Jesús tiene mucha experiencia en todo esto: «Muchas veces me ha dicho el Señor que no deje de comunicar toda mi alma
y las gracias que el Señor me hace con el confesor, y que éste sea sabio, y que le obedezca» (Vida 26, 3).
«¿Quieres obedercabalmente?... Pues escucha bien, para comprender el alcance y el espíritu de lo que te indican; y, si algo no entiendes, pregunta».
8. Alegría
Lo que más destaca en la parábola del «hijo pródigo» es la acogida festiva y amorosa del padre al hijo que regresa: signo de la misericordia de Dios, siempre dispuesto a perdonar. En una palabra: la reconciliación es principalmente un
don del Padre celestial que conduce a una alegría muy especial. (cfr.
EXHORTA CIÓN APOSTÓLICA «RECONCILIA CIÓNY PENITENCIA» NN. 5-6)
Dice el Señor, refiriéndose al Espíritu Santo: «cuando Él venga, convenceré
al mundo en lo referente al pecado, a la justicia y al juicio» (Jn 16, 7). La vida
interior supone alejamiento del pecado, hacer el bien y evitar el mal, rectificar cuando nos hemos equivocado. Para todo ello necesitamos también la ayuda del Espíritu Santo, que actúa en nuestra conciencia. El es quien hace posible nuestra conversión, nos enciende y purifica con su «fuego» y se convierte así en motivo de nuestra alegría: me felicitarán todas las generaciones —dice María— «porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso» (Lc 1, 49).
Cuando seguimos nuestro arrepentimiento, nos conduce a la confesión y a la alegría del perdón. «Dichoso el que ve olvidada su culpa y perdonado su
pecado», así empieza el salmo 32. Con la confesión, el alma abre la puerta al
Espíritu, se une a Él. Es como cuando los habitantes de una ciudad asediada salen por una puerta falsa para ir a reunirse con el ejército libertador.
Por supuesto la disposición ante la confesión se tiene que renovar constantemente para que no se convierta en una práctica rutinaria y siga siendo lo que tiene que ser: un encuentro personal con el Cristo resucitado, que espera tu confesión sólo para devolverte la alegría de sentirte salvado. Un modo de hacerlo es ir más allá de los esquemas estereotipados que nos han impuesto o que hemos aprendido en la infancia, tratando de localizar cada vez nuestro verdadero mal, lo que ha estado mal «a sus ojos», no a los nuestros o a los del mundo.
El criterio para distinguir el remordimiento sano de los falsos sentimientos de culpa es precisamente éste: el remordimiento sano tiene como causa algo que está mal «en presencia de Dios»; el falso remordimiento, en cambio, tiene como
causa algo que está mal para la sociedad y sus convencionalismos.
El relato de Pentecostés es la mejor ilustración de cómo el Espíritu Santo nos empuja a la compunción y actúa a través de ella. Primero viene la tremenda acusación: «¡Vosotros crucificasteis a Jesús de Nazaret!». A esas tres mil personas estas palabras «les llegaron hasta el fondo del corazón» y preguntaron a Pedro: «¿Qué tenemos que hacer, hermanos?» (cfr. Hech 2, 23 ss). ¿Qué es lo que ocurre en el fondo de su corazón? Ocurre que el Paráclito está «poniendo de manifiesto el error del mundo en relación con el pecado» (cfr. Jn 16, 8), exactamente como Jesús había prometido. Bajo la acción del Espíritu Santo, esos hombres comprenden que, si Jesús ha muerto por los pecados del mundo y ellos han cometido un pecado, entonces han crucificado a Jesús de Nazaret, aunque ese día no hayan estado en el Calvario clavando los clavos.
La verdadera compunción no consiste sólo en arrepentirse, en sentir pesar por algo que se ha hecho: es infinitamente más, es empezar a ver el pecado sobre el trasfondo del amor infinito de Dios Padre y de la muerte de Cristo en la cruz. Es hacer nuestro el juicio de Dios. El vértice del Salmo 50 (51) se alcanza cuando el salmista, arrepentido, le dice a Dios: «Eres justo cuando hablas e irreprochable
cuando juzgas» (Sal 50 (51), 6). El hombre asume la responsabilidad del mal,
proclama a Dios inocente, restablece la verdad de las cosas, que el pecado
«obstaculizaba injustamente» (cfr. Rom 1,18).
A la pregunta de los tres mil, Pedro contesta: «Arrepentios» (Hech 2, 38). En el arrepentimiento se realiza el misterioso encuentro entre gracia y libertad. La libertad se pone de parte de la gracia, y ésta es la obra sumamente delicada del Espíritu Santo.
«Si lo que has cometido te disgusta, eso es un don del Espíritu Santo... Aunque todavía estés suplicando el perdón, a partir del momento en que te desagrada el mal que has cometido ya estás unido a Dios, puesto que te disgusta lo que a Dios disgusta. Ya sois dos los que están empeñados en vencer tu fiebre: tú y el médico». (San Agustín: Exposición sobre los Salmos, 50,16).
El corazón humano tiene dos llaves: una está en las manos de Dios; la otra, en las del hombre. Ninguno de los dos puede abrir sin el otro. Con su omnipotencia, Dios puede hacerlo todo, excepto un corazón contrito y humillado. Para ello, misteriosamente, necesita también el arrepentimiento del hombre; Dios no puede «arrepentirse» en su lugar. Por eso, alo largo de toda la
Biblia, el «corazón contrito y humillado» se nos presenta como el lugar de descanso, una especie de paraíso terrenal, la morada preferida de Dios (cfr. Is 66, 1-2). El hombre no puede ofrecer a Dios un sacrificio mejor y más grato que su corazón contrito (Sal 50 (51), 19). Y, ¿cómo no arder en deseos de tenerle siempre preparada en nosotros, cada vez que viene a visitarnos, esta «habitación» secreta que tanto le gusta?
Del arrepentimiento a la absolución y justificación. Salmo 50 (51), 3-14:
Misericordia Dios mío, según tu amor, por tu bondad Por tu inmensa ternura borra mi delito,
lávame a fondo de mi culpa, de mi pecado purifícame. Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado; contra ti, contra ti solo he pecado, cometí la maldad que aborreces.
* * *
Mas tú amas la verdad en lo íntimo del ser, y en lo secreto me enseñas la subiduría. Rocíame con el hisopo, y seré limpio,
lávame, y quedaré más blanco que la nieve. Devuélveme el son del gozo y la alegría, exulten los huesos que machacaste tú. Retira tu faz de mis pecados,
borra todas mis culpas.
Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en mí un espíritu firme; no me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mí tu santo espíritu. Vuélveme la alegría de tu salvación, y en espíritu generoso afiánzame.
Con el arrepentimiento termina la parte que es propiamente del hombre y empieza la parte que es exclusiva de Dios. En el Salmo 50 (51) hay un punto en el que el tono de la plegaria cambia de repente. Mientras que antes se hablaba de culpa, de mal, de pecado, a partir de aquí, en cambio, se habla de corazón nuevo, de Espíritu Santo, del gozo de sentirnos salvados. Del reino del pecado se pasa al
de la gracia. Se trata de una nueva creación, y el Espíritu Santo está en el centro de la misma, es el sujeto y el objeto: «Crea en mí, oh Dios, un corazón
puro» no es distinto a «no retires de mí tu Santo Espíritu».
Lo único que hace la Iglesia es ejercer un ministerio, pero es el Espíritu el que transforma al hombre y lo convierte de pecador en justo. Con razón, en la fórmula que precede la absolución sacramental, el ritual de la reconciliación hoy nos hace decir:
«Dios, Padre de misericordia, que ha reconciliado consigo al mundo en la muerte y resurrección de Cristo, y ha derramado el Espíritu Santo para la
remisión de los pecados, te conceda, mediante el ministerio de la Iglesia, el
perdón y la paz».
Dios hace verdaderamente una cosa nueva. «Lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo» (2 Cor 5, 17). Los Padres decían que, en la justificación, el Espíritu Santo refunde en nosotros la imagen de Dios. Él devuelve el hombre a sus orígenes y restaura en el hombre su imagen, esa que el pecado había destruido.
San Josemaría Escrivá animaba a ver cada jornada de nuestra vida como una ocasión de rectificar, un tiempo para la penitencia que nos abre las puertas al
«gaudium cum pace» a la alegría serena: «Ahora, con el auxilio de Dios hemos
aprendido a descubrir, a lo largo de la jornada en apariencia siempre igual,
spatium verae poenitentiae, tiempo de verdadera penitencia; y en esos instantes
hacemos propósitos de emendatio vitae, de mejorar nuestra vida. Este es el camino para disponernos a la gracia y a las inspiraciones del Espíritu Santo en el alma. Y con esa gracia —repito— viene el «gaudium cum pace», la alegría, la paz y la perseverancia en el camino [Gaudium cum pace, emendationem vitae, spatium
verae poenitentiae, gratiam et consoiationem Sancti Spiritus, perseverantiam in bonis operibus, tribuat nobis omnipotens et misericors Dominus. Amen.]». (Es Cristo que pasa, 9)