de derechos humanos en Colombia Impactos en la vida de las mujere s
VIII. Los sentimientos del sin sentido
Hasta la fecha todavía me echo la culpa de que a ellos los hubieran matado. Ico-
nonzo, Tolima, 1999, P.166.
La culpa en la búsqueda de sentido
La culpa es un sentimiento frecuente entre las mujeres víctimas de hechos traumáticos. Frente al sin sentido de los hechos o la pérdida, la culpa a veces ocupa el espacio de algo que no lo tiene. Cuando se dan hechos o situaciones sin sentido que se han ido producien- do en la vida de las mujeres víctimas, con numerosas consecuencias negativas concate- nadas, algunas de ellas tienden a cuestionarse si no habrán sido ellas las responsables, ya que a otras personas no les ha sucedido.
Los dichos, los estereotipos de género o las reacciones habituales en el medio social también pueden llevar a responsabilizar a la víctima. Esta lógica de proporcionalidad, de deber algo por alguna razón, es una manera de mantener un sistema de creencias sobre el sentido del mundo (por ejemplo, siguiendo la lógica de que “si nada debo nada temo”) que está en la base de muchas situaciones como no tomar medidas de protección frente al peligro. Muchas mujeres y hombres han sido víctimas por el control de los recursos o la tierra, por su liderazgo o simplemente porque eran parte de una comunidad o un grupo considerado “enemigo”, sin ninguna relación con su comportamiento. En otros casos, las acciones de la víctima no justifican las violaciones de derechos humanos de los perpetra- dores. En estos casos más aún, tiende a culpabilizarse a las mujeres de la violencia sufrida por sus próximos, como si ellas hubieran “fallado” en su deber de protección.
Pero, por qué será, qué he hecho un mal, será que mi mamá, como hay veces que dicen que a la mamá le echan alguna maldición… pero considero que no he hecho el mal, antes he tratado de hacer lo mejor, porque yo soy una de las que tiene media panela en este momento y veo una vecina que necesita o alguien que está pidiendo y se la doy. Yo cada rato me pregunto qué estaré pagando, qué hice.
Chigorodó, Antioquia, 2001, P.56.
Es decir, sentirse culpable por lo que pasó, a pesar de lo devastador que es, puede ser una forma de ordenar los sucesos, de pensar que se tiene más control del medio y que no se está frente a un mundo impredecible. La culpa a veces es la última explicación posible, en un contexto de impunidad, de falta de investigación o de soledad de las víctimas. En este caso, se trata de una madre de una niña de 13 años víctima de reclutamiento forzado que a los dos meses de integrar el grupo armado ilegal fue asesinada en el Municipio de San Miguel. Las condiciones materiales de pobreza estaban en la base de la vulnerabilidad frente al reclutamiento, pero la madre lo vivía como que ella no había podido darle a su hija lo que pedía.
Desde ese momento mi vida ha cambiado mucho, yo no me olvido de la muerte de mi hija, yo nunca me olvido. Ningún diciembre puedo pasar tranquila y, en parte, yo digo hasta yo tendría la culpa, pero en el caso que mi hija me pedía yo no podía porque todos eran mis hijos; pero de todas maneras me hecho culpa yo. Cabecera
de San Miguel, Putumayo, 1995, P.507.
La falta de sentido supone también un peso para las víctimas que buscan un por qué a los hechos que pueda ayudarles a entender o dar sentido a su pérdida. La ausencia de inves- tigación o de reconocimiento de los perpetradores carga sobre las víctimas la búsqueda a un por qué en el que finalmente no encuentran respuesta.
Primero que todo a mí me gustaría saber por qué lo hicieron. En parte me siento culpable de la muerte de mi mamá. Entonces sí me gustaría saber por qué la
sentiría muy bien. Sería como quitarme un peso de encima. Riosucio, Antioquia,
1999, P.92.
En los casos de secuestros o desapariciones forzadas, los sentimientos de culpa han sido algo que numerosas mujeres han tenido que enfrentar. La situación continua que suponen esas violaciones en el tiempo, también conlleva numerosas ambivalencias y dificultades para sus familiares. Por ejemplo, en el caso de mujeres cuyos esposos fueron secuestrados o desaparecidos, el contraste entre el sufrimiento de la víctima directa, con las situacio- nes de la vida cotidiana placenteras o positivas para la mujer familiar pueden ser vividas con malestar o culpa. Como una forma de insensibilidad en lugar de como una forma de mantenerse bien y reafirmar la vida frente a las violaciones. La necesidad de espacios personales, de actividades gratificantes o de ocio, pueden verse como una traición a la persona en lugar de ser vistas como algo normal o positivo, que puede además permitir seguir en la lucha por su búsqueda o liberación.
A uno le duele sentarse a comer un plato rico, cuando sabía que ellos estaban aguantando hambre. Irse de vacaciones, cuando sabía que ellos se estaban mu- riendo en la selva. Pero yo sabía que tenía que darle una vida a Daniela, yo no podía secuestrar a mi hija, y condenarla a más dolor, y muchas cosas que las hice, las hice pensando en ella. Cali, Valle del Cauca, 2002, P.892.
Mirando hacia atrás
Para muchas mujeres víctimas hay una clarividencia retrospectiva sobre las situaciones vividas. Es decir, después de pasados los hechos y afectadas por un fuerte sentimiento de pérdida, algunas víctimas miran hacia atrás pensando que tal vez tenían un control de la situación que no era tal. Otras mujeres buscan así tratar de tener control sobre el pasado y el presente, en un mundo que se ha vuelto más amenazante e impredecible. Pero en muchos casos la culpa está mediatizada por la respuesta de los próximos también. La bús- queda de un hecho que explique el conjunto de la violencia sufrida lleva frecuentemente a la evaluación de la responsabilidad en términos morales. Si bien en esa visión hacia atrás es importante sacar aprendizajes para otras situaciones, existe un filo de la navaja muy fino en el que se puede pasar a culpabilizar a la mujer víctima.
Eso lo desestabiliza mucho a uno, porque así no se quiera, el que haya cometido el
error, o sea yo cometí un error para mi marido. Y, entonces, al vernos en esa situa- ción, muchas veces le echan la culpa a uno: si usted no hubiera hecho eso, es que si usted no hace esto. O sea y uno mismo también se, como que se marca: verdad si yo no hubiera hablado con ese tipo, si yo no hubiera salido. Él me apoyó, estuvo allí, porque vivía muy preocupado con lo que me pasara, pero me decía “a la vez, si vos no hubieras hecho eso, no estábamos en éstas”. Naya, Cauca, 2001, P.358.
Incluso frente a circunstancias imprevisibles en su momento, algunas mujeres víctimas han vivido mucho tiempo con un sentimiento de culpa, asociando la violencia sufrida con
dichas circunstancias. Como por ejemplo, enviar al hijo a hacer unos mandados, abrir la puerta ante una llamada o cualquier otro hecho menor que se dio en ese momento.
(Suspiro y llanto) Fue muy terrible porque mi hijo estaba con mi hermano en la
pieza de él. La casa tiene tres habitaciones y mi hijo se había pasado a la pieza de mi hermano a ver una película, me acuerdo muy bien el nombre “Terminator”, con Schwarzenegger. Y yo me siento muy culpable de eso porque cuando tocan a la puerta, estoy haciendo una paella y yo no pregunto, no pregunto quién es. Y yo no pregunto porque lógicamente por mi mente no pasaba tener problemas. Yo no tenía problemas con nadie, él no tenía problemas con nadie, eso suponía yo. Y pues llegan a tocar a la puerta a esa hora. Tumaco, Nariño, 2002, P.199.
Esta misma clarividencia, mirando hacia atrás, es parte de la experiencia que narra esta mujer que conoció las desapariciones forzadas en los años 80 en la universidad y sintió tiempo después que no fue capaz de evaluar la situación de riesgo de su hijo que era parte de un sindicato. Este no esperarse la violencia, es parte del sentimiento de seguridad que nos permite funcionar en la vida, pero en la dinámica de la represión y la guerra muchas de esas creencias se cuestionan, centrándose en una responsabilidad individual que en realidad no le correspondería.
Creo que el error fue mío, cosa que me tortura, y no me perdono, porque yo sa- biendo… Yo también fui estudiante, perdí muchos compañeros de trabajo, muchos compañeros de estudio desaparecidos. La desaparición forzada, en la época que
yo era estudiante, era una cosa brava. Entonces yo no me explico por qué yo no
apliqué todo ese conocimiento que tenía, con mi hijo, y no le di trascendencia porque, pues yo hacía un análisis de lo que era mi hijo, y decía ¡pero por qué razón! No hay motivo diferente cuando uno está metido en un sindicato. Bogotá,
D. C., 2006, P.109.
En otras ocasiones, el comportamiento previo con la víctima directa, la existencia de conflictos o las últimas palabras antes de la desaparición o el asesinato, puede hacer que aparezcan sentimientos de culpa asociándolos como causas de la muerte posterior. En este caso, tras una pelea con el esposo, después la cual ella pensó “ojalá lo maten”, fue asesinado. Si bien no hay ninguna conexión entre ambos hechos, los sentimientos de cul- pa cuestionan el comportamiento en su momento y lo asocian a la violencia padecida, al margen de la responsabilidad del grupo armado culpable de su muerte.
Cuando a mí me dijeron eso, yo dije: eso es mentira. Pero ya al verlo y asegurar- me la doctora Virginia que sí era cierto que lo habían matado y ella me mostró los negativos... Cuando me dijeron eso, me sentí culpable. Ahí mismo sentí la
culpa, pero yo lo dije en un momento de rabia. Entonces usted se puede imaginar
el cargo de conciencia de ahí en adelante. Sector Maruchenga, Bello, Antioquia.
En otras situaciones las mujeres reevalúan las posibilidades de la acción en el momento de los hechos de una forma poco realista. Muchas de estas reacciones responden al anhelo de creer que se habría podido hacer más de lo que se hizo, aunque una evaluación más sosegada muestre que tal posibilidad es muy remota.
Pues que yo a veces me recuerdo y digo qué tonta yo no haber hecho esto o enfren- tarlos o hacer algo físico. Putumayo, 2010, P. 527.
Por último, en otros casos la reevaluación de la acción conlleva una culpa por haber sen- tido miedo o haberse quedado paralizada por el terror.
Ese miedo me frustró, me cerró los caminos, de pronto eso me… si, yo tenía una
capacidad de liderazgo mejor yo hubiera surgido, pero de pronto esas muertes y ese miedo me aniquilaron un poco. Me creó, como le estaba diciendo, una culpa. Todo este proceso me ha creado esa culpa, una culpa como si yo hubiera cometido no sé qué, pero no es así. Popayán, Cauca, 1987, P.315
En otros casos no se trata ya de una acción en concreto, sino de una autoevaluación de la personalidad. Frente a un mundo impredecible y a hechos sin sentido, algunas mujeres atribuyen a algún elemento de su manera de ser la posible responsabilidad de los hechos, como si eso resituara el orden del mundo. Muchas de estas formas de culpa se asocian a estados depresivos o situaciones de profunda tristeza que genera sentimientos autodes- tructivos y atribuye a la propia personalidad hechos negativos que le han impactado.
Se me ha bajado la autoestima, a veces me dan ganas de acabarlo todo, de termi-
nar con mi vida. Es que yo soy la del problema aquí. Si mi mamá me rechazó y si
luego mataron a mi familia, si el hombre que yo escogí no me supo valorar, a veces yo pienso que yo soy la del problema. Icononzo, Tolima, 1999, P.166.
Dado que la culpa tiene que ver también con el sistema de valores y el fuerte sentimiento de responsabilidad por los otros de las mujeres, en muchos casos esta responsabilidad por los hijos puede conllevar sentimientos de culpa, cuando estos han tenido que afrontar las consecuencias de la violencia o el desplazamiento que primariamente afectaron a los adultos.
Yo digo que por lo que yo sufrí es que están pasando las muchachas hoy en día. Que por lo que yo sufrí, todos esos sufrimientos los llevan los hijos míos. San
Carlos, Antioquia, 2001. P.4.
Para la familia un bienestar económico que no estuvieran pasando trabajo que yo sé que están pasando trabajo por mi culpa, por haberse venido conmigo para acá, con mis niños para que no estén viviendo lo que están viviendo ahora. Blas
Culpabilizando a las víctimas
Por otra parte, la culpa también es algo externo, es una reacción social frente a numero- sas víctimas. Como una forma colectiva de dar sentido a algo, muchas veces se termina culpabilizando a la víctima. Para ello se utilizan prejuicios o estereotipos sobre su com- portamiento o su posición, como en el caso de la violencia sexual contra las mujeres. Frecuentemente las mujeres son culpabilizadas por los otros, en un contexto de cultura patriarcal que ve el cuerpo femenino y el comportamiento de las mujeres como incitación, mientras que asocia la sexualidad masculina con la falta de contención y la fuerza, crean- do una relación que equivale a la del cazador y la presa.
Se traspasa así a las mujeres el deber de prevenir esa violencia y protegerse, mientras a los perpetradores se les juzga minimizando su responsabilidad o atribuyendo ésta a la provocación de la mujer. Esta ideología patriarcal y sus formas de culpabilizar a la víc- tima son inaceptables y tienen un efecto muy negativo en la estima de las mujeres y en su posibilidad de tener apoyo social, así como reducen también las posibilidades de una investigación efectiva o una respuesta de justicia en estos casos.
Las reacciones de culpabilización pueden incluso tejer las relaciones afectivas más próxi- mas. Por ejemplo, en este caso, la revelación de la violencia sexual sufrida por la hija es considerada, en el marco de la familia, como causa de la muerte de la madre.
Él me culpó de que yo no le debía de haber dicho nada a mi mamá, que por culpa mía mi mamá estaba muerta que yo le había dicho eso, entonces por eso la habían
matado. Entonces entonces yo casi no me llevo muy bien que digamos. Riosucio, Antioquia, 1999, P.92.
Estos elementos estigmatizantes muchas veces están mediatizados por discursos religio- sos o culturales que al ver los cuerpos femeninos como fuente de “pecado”, de “tenta- ción” o de “mal”, minimizan el crimen de la violación sexual. Estos mismos prejuicios tienen como reverso la idea del honor o de la virginidad que permiten nuevas justificacio- nes de la violencia o la situación de dependencia y control de las mujeres por parte de los hombres a quienes se considera los garantes de aquellas.
Yo le conté todo a mi mamá y mi mamá dijo: “Deje de ser boba, seguro fue que usted se puso a tomar y lo que hizo fue que… y eso es porque vea, le vino ya la menstruación y uno se pone así, a uno le duele la vagina” (…) Lastimosamente, me hicieron creer que el tipo se había muerto por mi culpa, y no solo eso sino que yo me sentía como si fuera… pues… mi familia es una familia muy católica y muy dada como a lo tradicional. Pereira, Risaralda, 2003, P.692.
En ese sentido, también condicionan la respuesta de las personas cercanas o la familia.
Mucha nostalgia, tristeza, porque mis hijos no están con su padre, y triste porque prácticamente yo salí para acá y mi familia se acabó para mí, ha salido mucho
coraje. Ellos me culpan por lo que me pasó, mi familia, mi padre, eso me repugna.
Me da nostalgia. A veces me gustaría irme a otra parte, lejos, que no escuchara esas voces que me dicen “por su culpa, por su culpa y por su culpa”. Caquetá,
2003, P.196.
En un contexto de incomprensión o culpabilización de los próximos, muchas mujeres tie- nen que guardar sus sentimientos y experiencias como algo negativo, sucio o que hay que esconder. De esta manera, las mujeres se quedan sin un marco social de reconocimiento y empeora su situación psicológica, ya que ni siquiera pueden hablar de lo sucedido. En este otro caso, la violación sexual por el padrastro cuando la víctima tenía nueve años, fue solamente verbalizada con sus familiares cuando tenía 16 años. La víctima señaló cómo la mala relación familiar hizo que esa revelación terminase culpabilizándola. Como si ella fuese la que tenía que ser perdonada por la agresión sexual sufrida.
Cada vez que me acuerdo de eso ahora que estoy grande, le pido perdón a Dios. No sé si sería que yo tenía la culpa o no la tengo no sé, pero siempre le pido al Se- ñor que me haya perdonado eso que ese señor hizo conmigo y yo no tuve el valor
de decirle a mi mamá. Es algo que no se lo deseo que se lo hagan a nadie o que
alguien lo acepte porque eso es algo muy pero muy malo porque imagínese siendo el compañero de la madre y tener ese corazón esa persona de hacer eso con uno…
Acandí, Chocó, 2002, P.261.
La vergüenza en cambio tiene que ver con la revelación de hechos que pueden tener un componente estigmatizante frente a los otros. Esa revelación puede conllevar una valora- ción negativa sobre la víctima.
Nunca dije que me habían violado, porque yo sentía pena, eso es muy horrible, para mí era muy terrible decirle a alguien que me habían violado. Tres Curvas,
Tibú, Norte de Santander, 2002, P.104
A muchas víctimas, las condiciones de precariedad y necesidad en que quedaron después de la violencia sufrida les generó vergüenza en situaciones vividas como humillaciones o en las que se exponían a una respuesta social negativa, como en el caso del desplazamien- to, frente a tener que pedir, acudir a instituciones o hacer demandas.
Entonces yo llegaba y con esa harinita que me daban, les hacía colada a mis hijos,
y pasábamos hasta dos o tres días a punta de colada, pero nunca me atrevía como irme a pedir, ¡No!, porque a mí me daba pena, qué diría la gente pues como estar pidiendo, porque uno muchas veces… Urrao, Antioquia, 2005, P.597.
En otros casos, esos hechos estigmatizantes pueden también poner en peligro a la mujer víctima, por lo que son generalmente ocultados para proteger la propia dignidad o mante- ner una identidad social positiva.