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Sentirse abrumado cuando hay mucho ajetreo alrededor

Los centros comerciales, el metro en hora punta, los grandes teatros, los conciertos, los eventos deportivos, el tráfico en hora punta, los parques temáticos, los aeropuertos en la época de vacaciones, las atracciones turísticas... Podría seguir con ejemplos de lugares, circunstancias y actos donde se concentra mucha gente, mucho movimiento, muchos ruidos y, también a veces, muchas luces de todo tipo. Incluso el viento. Viento fuerte, que hace que todo se mueva. Seguro que entiendes de qué hablo, y si has leído los capítulos anteriores comprenderás perfectamente por qué los entornos de ese tipo no van muy bien con nosotros: no es porque seamos débiles (¡que no lo somos!), sino porque nos vemos bombardeados por una gigantesca ola de estímulos que nos llegan de todos los lados, y encima sin parar. Tantos estímulos a la vez son un auténtico ataque a nuestro sistema neurosensorial. Simplemente es más de lo que podemos asumir y digerir a la vez. Si volvemos a la metáfora del colador con muchas aberturas muy grandes por las cuales pasa toda la información sin apenas filtros, comprenderás que tu cerebro puede colapsarse fácilmente. Los no PAS disponen de un colador con muchos agujeritos pequeños, la mayoría de la información ni siquiera puede pasar esa barrera. Está claro que la persona que no tiene una sensibilidad tan elevada aguanta muchísimo más tiempo en un entorno con gran ajetreo del tipo que sea.

Mucha información, demasiados estímulos a la vez en combinación con el deseo de aguantar el tipo por no llamar la atención y mostrar que eres como los demás… La mezcla puede causar un cortocircuito sensorial, por ejemplo, un ataque de ansiedad, o puede tener como consecuencia que la persona sensible se ponga muy nerviosa, que se crispe, que sienta una fuerte necesidad de salir corriendo y que empiece a hiperventilar. Puede llegar a desmayarse. Puede tener un «ataque histérico» que le quite la capacidad de gestionar las intensas emociones que la asaltan, la facultad de pensar con claridad y equilibrio. Digamos que la persona se ha sobreactivado, y ya sabemos que la sobreactivación es una de las cuatro características básicas de la alta sensibilidad.

La situación se complica cuando ciertos síntomas de la alta sensibilidad se confunden con facetas del carácter como pueden ser la timidez, la introversión y la extroversión.

«¿En la infancia, mis padres o mis profesores me solían ver como una persona sensible o tímida?». Esta es una de las preguntas del test clásico de Elaine Aron. Lo que en el fondo sugiere esta pregunta es que las PAS tenemos tendencia a la introversión (que también existen PAS que son extrovertidas lo veremos más adelante), lo cual puede dar la impresión de que el altamente sensible no es tal, sino un tímido o un introvertido, dos talantes, por cierto, que no son iguales. En Sensitive, el documental sobre la vida y el trabajo de Elaine Aron, la doctora habla de su sobrina y lo que le pasó cuando la llevaron al jardín de infancia. Dejaron a la niña en el aula esperando que, como suelen hacer «todos» los niños, empezara a jugar con los otros pequeños allí presentes. Pero eso no ocurrió. Al contrario, se mantuvo al margen del grupo. La doctora Aron cuenta cómo la maestra intentaba convencer a la chiquilla de que jugara con los demás, pero no lo consiguió y luego le comentó a la madre que estaba preocupada por el comportamiento de la pequeña.

La sobrina de la doctora no era una niña extrovertida, y a lo mejor ni siquiera era introvertida, era una persona altamente sensible. Muchas PAS recuerdan situaciones de este tipo en su infancia: te llevan a un lugar con otros niños porque dan por hecho que te lo vas a pasar genial jugando con los demás, y ocurre lo contario. ¿Qué le pasó a esta niña, a la sobrina de Elaine Aron? Pues que ella, hija única de padres PAS, nunca había visto a tantos niños juntos en un aula, ni había visto tantos juguetes, tantos dibujos en las paredes. Tampoco estaba acostumbrada a tantas voces, algunas muy estridentes. No era la timidez lo que le impedía entrar en el juego con los otros niños. La pobre, viéndose inmersa en un espacio reducido con tantísima información sensorial, se abrumó y se bloqueó. Iba a necesitar bastante tiempo para poder asimilarlo todo.

Como generalmente es más conocida la timidez que la introversión y la introversión es más conocida que la alta sensibilidad, puede pasar que te tachen de «tímido» sin darse cuenta de que eres una PAS y, además, posiblemente tienes un carácter introvertido. La diferencia es simple y no

cuesta mucho entenderla. Pensemos en la situación de la sobrina de la doctora Aron: si la niña hubiera sido tímida, habría sentido un fuerte deseo de participar en el juego de los otros niños, pero no lo habría hecho por carecer de las herramientas sociales necesarias para dar el paso de introducirse sola; la colaboración de la maestra le hubiera ayudado mucho. Resulta, sin embargo, que la niña de la que estamos hablando no es tímida, es una PAS con tendencia a la introversión y no quiere sumergirse en el juego de los otros niños. Quiere mantenerse al margen, por lo menos un buen rato, para observar y para valorar cuándo, de qué manera y con quién quiere establecer contacto. Primero necesita absorber y digerir la enorme cantidad de información que le está llegando.

Es posible, pues, que de pequeño hayas vivido una experiencia similar, o si tienes hijos PAS, que ellos hayan pasado por algo parecido. Puede ocurrir en la guardería, en clases de natación (especialmente en piscinas cubiertas, donde el ruido se multiplica), en actividades deportivas, en fiestas de cumpleaños, en reuniones familiares… Donde haya un exceso de información nueva la PAS, la persona altamente sensible, se sentirá abrumada, tenga la edad que tenga.

Como adulto puedes entender el motivo por el que te sientes como te sientes, pero un niño no sabrá explicarlo. Le tacharán de tímido e intentarán convencerle de que debe aproximarse al grupo o implicarse en la actividad, y es probable que el pequeño se resista y acabe pasándolo mal. En casos extremos, incluso sufrirá vómitos o problemas respiratorios. Obligarle sin más a «ser fuerte» no es la mejor idea. Acompañarle, explicarle, hablar con la maestra o la persona que dirige la actividad en cuestión parece una opción mucho mejor.

Si el niño pertenece al pequeño grupo de PAS extrovertidas, puede presentar el mismo comportamiento supuestamente tímido, ya que la PAS extrovertida llega a abrumarse igual, pero también es posible que se lance a jugar con los demás niños o que participe en las otras actividades arriba mencionadas; eso sí, tarde o temprano llegará al límite de su capacidad de asimilar la gran cantidad de información que está recibiendo y es posible que de pronto quiera irse.

Ser percibido como tímido por la incapacidad de participar en un evento social es algo inherente a la alta sensibilidad.

Llegados a este punto, quiero compartir un recuerdo. Cada verano, mis padres, mi hermanito y yo pasábamos las vacaciones con mis abuelos, que vivían en Mallorca. Para mí eran las mejores semanas del año. Hay que saber que era una niña PAS bastante seria y con un carácter más bien introvertido. Podía estar horas a solas con un libro, cogiendo flores o coleccionando conchas. En uno de aquellos veranos —no tenía más de cinco años—, mi abuela había pedido a una amiga suya que nos llevara a mi hermanito y a mí a las fiestas de un pueblo vecino, a la plaza donde había música en vivo y juegos infantiles. Recuerdo que estaba nerviosa porque no conocía muy bien a esa amiga y su novio… Pero con nervios o sin ellos, si los abuelos te mandan hacer algo no te lo cuestionas y obedeces, así que subimos al coche de los amigos y nos llevaron a ese pueblo que estaba a unos tres kilómetros de nuestro lugar de veraneo.

Nunca había estado en una fiesta de pueblo. Seguramente esperaba otra cosa, no sé. Xisca, la amiga de mi abuela, vivía en ese pueblo y mucha gente la conocía. Se acercaban a nosotros con curiosidad y preguntas. Había un pequeño problema: por aquel entonces yo todavía no hablaba el castellano (y menos el mallorquín), y Xisca no hablaba el holandés. Al recordar aquella situación, todavía me asalta la sensación de agobio que sentí en aquellos momentos en que me encontraba rodeada de mucha gente que me decía cosas mientras yo no tenía idea de lo que me estaban diciendo. Me tocaban, tocaban mi vestido... Seguramente me veían como algo exótico y yo no me sentía nada cómoda. Estamos hablando de los años cincuenta del siglo pasado. En ese pueblo aún no habían visto a mucha gente de fuera, y menos a dos pequeños niños rubios. Entre la gente, la atención, la música, el ruido de los niños jugando, las guirnaldas... empecé a sudar y a sentirme mal. No recuerdo muy bien cómo lo hice, pero tenía claro que quería huir, que necesitaba irme. Y no podía explicárselo a Xisca ni a Tomeu, el novio, porque no me entendían. El caso es que llegó un momento en que se despistaron ¡y me escapé! Todavía puedo verme bajando las escaleras de la plaza a toda velocidad, encontrando la carretera y corriendo montaña abajo, entre sollozos y vómitos, hasta llegar finalmente a casa.

Mi pobre abuela no entendía nada y yo no supe explicar muy bien por qué había hecho lo que había hecho. Me castigaron por escaparme (nos habían dicho claramente que teníamos que quedarnos con Xisca). Mi abuelo se subió al coche y se fue al pueblo para avisar a Xisca, la pobre estaba histérica por haberme perdido, buscándome por todos los lados y no sabiendo qué hacer... En fin, fue un pequeño drama.

Hasta que no descubrí la alta sensibilidad con todas sus características y me di cuenta de cómo funcionan en mí, no pude comprender aquello que me había pasado y que, con una mezcla de culpa y sensación de debilidad, nunca había podido olvidar. Por cierto, tengo más recuerdos de este tipo, pero este es el que más me impactó. Seguramente fue por el efecto que mi comportamiento causó en la pobre Xisca. Ahora entiendo cómo debió sentirse.