LA VIDA DEL SEÑOR
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36 Setenta y cuatro centímetros, a los que deben agregarse unos centí metros para el cerco de metal: sea, en todo, 80 centímetros.
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tante largo y ligero, de boj, cuyas extremidades redondeadas vienen a apoyarse en el lomo de los caballos. Para enganchar comienzan fijando el yugo a la lanza que en su parte anterior lleva una clavija. Cuando se coloca el yugo sobre la lanza,
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Fresco con la representación de un carro (Tirinto).
esa clavija recibe una anilla fija encajada detrás de la parte central del yugo. Ese dispositivo impide que se mueva hacia adelante o hacia atrás. Luego se ata el yugo a la lanza con una correa larga de nueve codos (unos cuatro metros). Para ese objeto se ha dejado una corvadura encima de la parte central del yugo; se pasa tres veces la correa de ambos lados de la
corvadura y se anuda debajo. Los dos caballos tiran del con junto con petrales cuyas extremidades van anudadas a anillas fijadas en la parte anterior del yugo. Era ése un dispositivo ingenioso, pero complicado y rudimentario. Explica la imagen homérica que nos muestra a los caballos sacudiendo el yugo al trotar. Éste había de estar guarnecido con zaleas para que los animales no se hirieran.27
Con ese medio, de Pilos a Feres de Alfeo, luego de Feres hasta Esparta, Telémaco y Pisistrato hacen desde el amanecer hasta la puesta del sol etapas de más de ochenta kilómetros diarios, cortadas evidentemente por varias pausas para permitir que caballos y viajeros descansaran, comieran y bebieran. Son hermosas caminatas, a una velocidad media de ocho kilómetros por hora, hasta notables, si se tiene en cuenta la mediocridad de las pistas, y los medios.
Se trata, en estos casos, de hazañas de héroes de epopeya. Las fatigas de la expedición están, además, ampliamente compen sadas por las alegrías de la hospitalidad generosa que acoge a los peregrinos a su llegada.
Fe s t in e s y d iv e r sio n e s
Todo, en efecto, en esa sociedad aristocrática, parece pre texto para banquetes y festividades. Todo, hasta la rapiña y la injusticia. La juventud dorada de ítaca y de las islas cercanas, que se ha instalado en el palacio de Ulises reputado muerto, para cortejar a Penélope, supuesta viuda, se porta como harían pretendientes regulares, invitados por el dueño de casa, ban quetea y anda de francachela todo el día, pillando los bienes del señor ausente.
Normalmente es deber señorial invitar frecuentemente a fa miliares, vecinos, amigos y gente de misma condición. Toda ocasión es buena: ceremonia familiar, fiesta pública, paso de un huésped distinguido. Esas repetidas invitaciones hacen el prestigio de un verdadero señor. Son la fuente de un real crédito moral sobre todos los invitados. La generosidad es capital bien empleado. Abre el camino al agradecimiento y a
27 Para el arreglo del carro y del tiro, véase sobre todo Iliada V, 720 y sigts.; XXIV, 265 y sigts., y también H esíodo, Trabajos.
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las dignidades. Hay que ser rico y magnífico para desempeñar un papel en la ciudad. Aun a fines del siglo vu, Solón, heredero de una de las más nobles familias de Atenas, empieza reha ciendo su fortuna en el comercio marítimo antes de pretender los cargos públicos y de figurar como jefe político.
Por lo demás, en tiempo ordinario se come mucho en un solar. Se hacen tres comidas diarias, esencialmente compuestas de pan y carne, abundantemente regadas con vino: éstas son el
aristón, que se toma de mañana, el deipnón hacia el mediodía,
el dorpón al final de la jornada. Cuando se trata de banquetes de ceremonia, sólo cuentan el segundo y el tercero. Constituyen
en cierto modo una sola y misma festividad en dos actos sepa rados por juegos, cantos, bailes y diversiones.
Las comidas diarias se guisan en los patios del apartamento de mujeres, donde también se preparan cada día las tortas de pan. En dos fuegos, al aire libre generalmente, en edificios cuyo techo lleva una linterna, durante la mala estación, cuecen las carnes en calderos montados sobre grandes trébedes, se asan las presas nobles, el lomo y las piernas, en la brasa de los hogares. Las bestias, traídas del campo, han sido matadas, des pojadas, chamuscadas y despedazadas por los oficiales del solar, a veces por un miembro de la familia.
Para los banquetes de ceremonia, la matanza de los animales ocurre, más frecuentemente, en el patio de honor y en las
formas de un verdadero sacrificio celebrado en honor de algún dios. Entonces la preside el señor del solar en persona. Cada vez que se mata un animal, se le quitan unas cerdas de la cabeza y se echan en el fuego invocando a los inmortales. Así hace Eumeo cuando recibe en su cabaña a Ulises disfrazado de men digo. Práctica inmemorial conservada en el lenguaje: degollar un animal es "sacrificarlo”.
En esas circunstancias excepcionales, una parte de la cocina, principalmente la cochura de los trozos nobles, se hace igual mente en el patio de honor. Y como el número de invitados impide que a todos se los reciba en el mégaron, que sólo puede alojar a unas cincuenta personas, algunos de ellos, la gente de menor jerarquía, se instala en el peristilo y en el patio grande. Únicamente los personajes de marca tienen derecho a asientos y a una mesa pulida colocada ante ellos. Los demás se sientan en el suelo sobre pieles.
El rito de esos banquetes es siempre el mismo. Unas sir vientas pasan con una jofaina y un aguamanil y echan agua en las manos. Delante de cada comensal colocan un canastillo de pan y una copa. Esas copas son de metal, algunas de metal precioso, plata u oro; algunas son obras de arte, como la copa de dos asas adornadas con palomas de que se sirve Néstor en el canto XII de la Iliada y que por su forma recuerda una copa hallada en una tumba de Micenas. Los escuderos de mesa traen luego las carnes ya cortadas en platos de madera o de metal, en tanto que el copero y los heraldos hacen la mezcla de agua y vino en las grandes cráteras de pie y llenan las copas. Todo el mundo se sirve y come con las manos. A veces, por deferencia hacia un invitado de calidad, el dueño de casa o un alto personaje coge un trozo selecto, lo lleva y lo presenta a aquel a quien quiere honrar. Durante la comida, entre los co mensales circulan mendigos, pidiendo trozos y cortezas de pan.:
"Cuando la sed y el apetito han quedado satisfechos”, según la fórmula consagrada, comienzan las diversiones. La primera y la más apreciada es una recitación poética. Regularmente se invita a un aedo local a las festividades gastronómicas. Se llama Femio en ítaca; en Feacia su nombre es Demódoco. Si hemos de creer al autor de la Odisea, que también era aedo y sin duda propenso a exaltar la dignidad de la corporación, se recibe al cantor con particular consideración. Alcínoo, para el festín
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que ofrece en honor de Ulises, manda llamar por un heraldo al aedo divino, Demódoco el ciego. A su llegada al palacio, lo instalan en un lugar de honor, en un trono, al pie de una columna del mégaron. Ulises le ofrece un trozo elegido. Des pués de la comida, se levanta y, acompañándose con la cítara, en el silencio recita episodios de la gesta de los aqueos, pro vocando el llanto de Ulises, a quien la emoción obliga a traicionarse.
Terminado el intermedio de canto, se pasa a otras distrac ciones. Algunos, sentados en el suelo sobre pieles, juegan a los tejos, un juego que quizá se pareciera al nuestro de damas. Otros, en el patio de honor, hacen alarde de fuerza y destreza en el lanzamiento del disco y de la jabalina. Menelao, para distraer a sus invitados en las nupcias de su hijo y de su hija, ha contratado a dos malabaristas, que maravillan con sus acro bacias. Los pretendientes, en su regocijo, imaginan obligar al falso mendigo Ulises y al mendigo profesional Iro a que re suelvan su disputa en un pugilato. Pero el pasatiempo favorito y también el más distinguido es la danza, ejercicio aún im pregnado de religiosidad, parte esencial de la educación de todo hombre bien nacido. No hay fiesta señorial sin sesiones de danzas, en el curso de las cuales los jóvenes rivalizan en virtuosismo. Esas pruebas de danza se realizan en el patio de honor en medio de los convidados, que se hallan de pie y subrayan el ritmo palmeando. Naturalmente, no faltan coros alegres que los acompañen.
Tras lo cual empieza de nuevo el banquete, que no llega a su fin hasta la puesta del sol.
La fiesta se desarrolla en medio de la alegría. No siempre termina sin un tumulto. Pues, aun cuando la ebriedad sea rara, el vino excita los humores. Ocurre que los violentos pierden la serenidad: en un movimiento de cólera, el pretendiente Antínoo tira su taburete a Ulises, que está mendigando. A veces llegan a disputarse; testigo la pelea que estalló entre Ulises y Aquiles en un "opulento banquete de los dioses” y que el aedo Demódoco evoca en uno de sus cantos.
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La vida señorial en los tiempos de Homero es en total la de una clase ruda, hasta brutal y violenta en sus placeres, sus