Continuamente se nos dice que más de mil millones de seres humanos subsisten con el equivalente de menos de un dólar al día. Muchos sobreviven a duras penas con mucho menos. De hecho, sigue habiendo una enorme cantidad de personas que viven sin dinero alguno. Nunca han ingresado en el sistema monetario mundial, escarbando como nuestros antepasados y consumiendo básicamente la producción propia. Una parte importante de esta población empobrecida haría cualquier cosa por pasar a la economía monetaria.1
Para entrar en dicha economía, los seres humanos han tenido que atravesar lo que se podría denominar las «siete puertas hacia el dinero». Imaginemos un largo corredor con siete puertas cerradas con llave. Una multitud sucia y exhausta se arrastra, en desesperada marcha, a lo largo del corredor. En cada una de las puertas hay una breve nota que indica lo que debe hacerse para poder abrir la cerradura. Los analfabetos urgen a los demás a que se la lean. Pero las instrucciones son más fáciles de leer que de seguir. Las notas dicen lo siguiente:
Puerta uno: «Creen algo vendible». Logren excedentes en la cosecha de maíz. Dibujen un retrato. Confeccionen un par de sandalias. Busquen un comprador, y ya están dentro.
Puerta i dos: «Consigan un empleo». Trabajen. Consigan que les paguen con dinero. Ya están en el sistema monetario. Una vez dentro, ya forman parte de la economía visible.
Puerta tres: «Hereden». Si sus padres o su tío les legan dinero, esta puerta se les abrirá de par en par. Por este medio accederán al sistema. Puede que nunca lleguen a necesitar un empleo.
Puerta cuatro: «Consigan un regalo». Alguien —cualquiera— podría darles dinero o algo que puedan vender y traducir en dinero.
Sea cual sea la forma que tenga, una vez que lo tengan, ya están dentro también. Puerta cinco: «Cásense» (o vuelvan a casarse). Elijan un cónyuge que ya haya atravesado una de las puertas y compartirán su dinero con él o ella. Así, también podrán pasar dentro.
Puerta seis: «Vivan de la asistencia social». Aunque a regañadientes, el gobierno les pasará dinero. Puede que la cifra sea una insignificancia, pero, en cualquier caso, habrán ingresado en el sistema monetario.
Puerta siete: «Roben». En última instancia, siempre queda el robo, primer recurso de los delincuentes y último recurso de los pobres desesperados.
Naturalmente, hay pequeñas variables: sobornos, el hallazgo casual de dinero y cosas por el estilo. Pero estos siete son los principales portales a través de los que, desde hace siglos y siglos, la humanidad ha entrado en la economía monetaria.
En la actualidad, la cifra total anual de la economía monetaria mundial —la que hemos denominado economía visible— representa unos cincuenta billones de dólares.2 Esta cifra es, según nos explican, el valor económico total creado cada año en el planeta.
Pero, ¿qué pasaría si el total producido por los seres humanos cada año no fuesen cincuenta billones de dólares en productos, servicios y experiencias, sino que se acercara a
los cien billones de dólares? ¿Y si, además de los cincuenta billones de dólares, hubiese otros cincuenta billones, por así decirlo, «no contabilizados»? Creemos que bien puede haberlos, y la búsqueda de esos cincuenta billones de dólares que faltan será el tema de los siguientes capítulos. Dicha búsqueda nos llevará de los superordenadores a Hollywood y a la música hip-hop, de las amenazas biológicas a la piratería en el campo de la propiedad intelectual, e incluso a la búsqueda de vida en el espacio exterior.
La economía prosumidora
En contraste con las siete puertas que llevan a la economía monetaria, existen mil puertas para entrar en la economía oculta o «no contabilizada». Como se verá enseguida, dichas puertas están abiertas por igual para todo el mundo, para quienes tienen dinero y para quienes no lo tienen. Y esto se debe a que, para entrar, no se exige nada. Todos nacemos legitimados para entrar.
Esta economía «invisible» no debe confundirse con las economías «sumergidas» o «negras» del mundo, en las que se blanquea dinero, se evaden impuestos y afloran
terroristas, dictadores y señores de la droga. El simple hecho de que la economía sumergida se utilice para traspasar y ocultar dinero la sitúa dentro de la economía monetaria, y no en la economía no monetaria que estamos describiendo.
El mapa económico que la mayoría de nosotros utiliza en la actualidad —y en el que confían profundamente los dirigentes de las empresas y los políticos— es, de hecho, un fragmento, un detalle de un mapa mucho mayor. En él solo se cartografía la economía monetaria. Pero también existe una enorme economía «oculta», en la que se produce una gran cantidad de actividad económica no detectada, no calculada y no remunerada. Es la economía prosumidora no monetaria.
Cuando la gente saca a la venta, en la economía monetaria, bienes, servicios o experiencias, sus miembros son «productores» y el proceso es «producción». Pero no existía una contrapartida léxica, al menos en inglés, para lo que ocurre en la economía no contabilizada, no monetaria.
Por ello, enLa tercera ola (1980) inventamos la palabra «prosumidor» para designar a quienes creamos bienes, servicios o experiencias para nuestro propio uso o disfrute, antes que para venderlos o intercambiarlos.1 Cuando, corno individuos o colectivos, PROducimos y conSUMImos nuestro propio output, estamos «prosumiendo».
Si elaboramos una tarta y nos la comemos, somos prosumidores. Pero presumo no es solo un acto individual. Parte del propósito de confeccionar dicha tarta tal vez sea la de compartirla con la familia, los amigos o nuestra comunidad, sin esperar dinero o su equivalente a cambio. En la actualidad, dado lo que ha encogido el mundo gracias al progreso del transporte, las comunicaciones y las tecnologías de la información (TI), la noción de «comunidad» es mundial, otra consecuencia del cambio en nuestra relación con el fundamento profundo del espacio. Por esa razón, el presumo puede incluir el trabajo no remunerado para crear valor y compartirlo con extraños del otro extremo del mundo.
En un momento u otro, todos somos prosumidores y todas las economías cuentan con un sector de prosumo, porque muchos de nuestros deseos y necesidades más íntimos no
los proporciona, o no los puede proporcionar, el mercado; o son demasiado caros; o tal vez disfrutamos siendo prosumidores, o necesitamos terriblemente serlo.
Una vez que dejamos de observar la economía monetaria y ponemos sordina a toda la verborrea económica, descubrimos cosas sorprendentes. Primero, que esa economía del prosumidor es enorme; segundo, que abarca algunas de las cosas más importantes que hacemos, y tercero, que, a pesar de que la mayoría de los economistas le prestan poca atención, esa economía de cincuenta billones de dólares que estudian no sobreviviría ni diez minutos sin ella.
No hay axioma que pronuncien con mayor convicción los economistas y empresarios convencionales que el de que «no hay como un almuerzo gratuito». La mayoría de nosotros pronuncia dicha frase alegremente mientras engulle el almuerzo. Sin embargo, no hay cantilena más engañosa. El output del prosumidor es el subsidio del que depende todo el sistema monetario. Producir y presumir son inseparables.
La mayoría de la gente, incluidos la mayor parte de los economistas, estaría de acuerdo, sin dudarlo un instante, en que lo que hacemos como prosumidores —tanto si nos ocupamos de un padre enfermo como si formamos parte del voluntariado de una
organización comunitaria o del cuerpo de bomberos— tiene un valor social. Pero la mayoría también aceptarían, en cuanto se parasen a pensarlo, la presunción común de que un impenetrable telón de acero o muro de Berlín separa lo que hacemos por dinero de lo que hacemos como prosumidores.
Frente a ello, esperamos poder demostrar —de forma lógica pero anecdótica, dada la escasez de datos cuantitativos— que, en realidad, dicho telón o muro no existe, que muchos prosumidores pasan regularmente de un lado a otro y que lo que hacemos como prosumidores afecta profundamente a la economía monetaria, a menudo de manera inadvertida.
Además, demostraremos que no se trata de una cuestión abstracta, propia de economistas. Tiene importancia para los padres que pagan impuestos o sumas de dinero para educar a sus hijos para el futuro. También la tiene para ejecutivos y directivos de marketing, agencias de publicidad e inversores, consejeros delegados de empresa e inversores en negocios de riesgo, banqueros, cabilderos y estrategas. Es especialmente importante para planificadores de políticas y líderes políticos que deseen conducirnos al mañana de forma segura.
«Una mamá entre un millón»
El prosumo adopta miles de formas: desde escribir a medias o arreglar la instalación eléctrica de una lámpara hasta cocinar pasteles para el recaudador de fondos escolares. Tal vez conlleve luchar contra el ántrax, rescatar víctimas de terremotos, construir iglesias o buscar vida extraterrestre. Puede hacerse con la ayuda de un martillo o con un
superordenador gigante e internet.
Prosumo es lo que Sharon Bates,4 de Alvaston, Inglaterra, hace cuando se ocupa de su marido epiléptico, obligado a estar en casa, y a pesar de que ella misma está
discapacitada por la artritis. Nadie le paga por hacerlo, aunque fue propuesta para el premio «Una mamá entre un millón». (También se ocupa de sus dos hijos.)
con nosotros en California para pasarse una noche entera volando hacia Aceh, Indonesia, devastada por el gran tsunami de diciembre de 2004. Médico de formación, Enki vendó a niños pequeños, llevó a cabo algunas operaciones y luchó por mantener con vida a las víctimas, esforzándose sin los instrumentos adecuados y en condiciones inimaginables; fue uno de los miles de voluntarios procedentes de veintiocho países que acudieron en ayuda de las víctimas de tan trágico desastre. 6
También está el médico canadiense Bruce Lampard,7 que recorre Nigeria o Sudán ayudando a establecer clínicas de salud en aldeas que carecen de electricidad o agua potable.
Marta Garcia,8 madre soltera con tres hijos, no puede moverse por el mundo, pero, además de tener un trabajo remunerado que le ocupa seis horas al día, trabaja de voluntaria en la biblioteca de un colegio cercano y de secretaria de la asociación de vecinos de su barrio.
En Yokosuka, Japón, Katsuo Sakakibara," empleado de banca, presta su ayuda todos los años en acontecimientos deportivos para discapacitados mentales. Y en Belo Horizonte, Brasil, Mariana Pimenta Pinheiro, a pesar de las advertencias sobre los
delincuentes y la violencia, asciende un día a la semana por una estrecha escalinata hasta la parte alta de una favela para enseñar a los niños inglés y a manejar un ordenador,
preparándoles para huir de la miseria.
En el seno de la invisible economía prosumidora, consolamos a los amigos que han perdido a un hijo, recogemos juguetes para los niños sin hogar, sacamos la basura,
separamos lo que se puede reciclar, llevamos al hijo de un vecino en coche al parque, organizamos el coro de la iglesia y llevamos a cabo otras incontables tareas no remuneradas en el hogar y la comunidad.
Gran parte de estas actividades cooperativas son lo que la escritora y activista Hazel Henderson describe como «socialmente cohesionadoras» y son comparables a las
actividades competitivas en la economía remunerada: ambas crean valor.'" De acuerdo con elDaily Yomiuri, el ministro japonés de Salud, Trabajo y Bienestar Social reconocía todo esto cuando señalaba en 2005 que trabajar «no solo [significa] trabajo remunerado, sino también trabajo voluntario para organizaciones y servicios comunitarios sin ánimo de lucro»."
Centrándose en la familia, el sociólogo noruego Stein Ringen, de la Universidad de Oxford, explica que «cuando una familia se sienta a la mesa a comer, sus miembros disfrutan del producto de una serie de actividades efectuadas en el mercado y en el hogar. Del mercado, se benefician de la agricultura y la pesca, el procesamiento, el envasado, el almacenamiento, el transporte y la venta al por menor. La familia contribuye comprando, preparando los ingredientes, cocinando, poniendo la mesa y lavando los platos al acabar».12
Todas estas actividades generalmente no cuantificadas son producción, añade, «en la misma medida que las similares proporcionadas por el mercado». En una palabra, son «prosumo», producción en la economía no monetaria. Y si tuviéramos que contratar y pagar a otros para que realizasen dichas tareas por nosotros, el monto de la factura nos dejaría helados.
La prueba del orinal
sin las aportaciones de la economía prosumidora no es una exageración insensata. «Diez minutos» quizá sea exagerado, pero la base de la afirmación es válida.
Todos los días, una parto de la fuerza de trabajo se jubila o muere y tiene que ser reemplazada. A medida que una generación sale, otra ingresa en las filas del trabajo. Si este proceso se parara alguna vez, la economía remunerada se interrumpiría entre chirridos o gimoteos. No quedaría nadie para trabajar por un salario, y cesaría lo que los economistas marxistas denominan «reproducción» económica." Como nuestros antepasados, los supervivientes tendrían que regresar completamente a necesidades prosumistas, es decir, a la autosuficiencia.
Esto explica por qué la economía monetaria depende por completo de la forma más elemental de prosumo en el seno de la sociedad: cuidar de los hijos. Los padres —o sus sustitutos— siempre han sido los principales agentes de socialización y aculturación, al preparar a cada nueva generación para encajar en el orden social existente y en su economía.
Los patronos casi nunca reconocen cuánto deben a los padres de sus empleados. A menudo se lo hemos hecho ver a directivos de empresas formulando una pregunta sencilla, aunque indiscreta: «¿Hasta qué punto sería productiva su fuerza de trabajo si alguien no les hubiera enseñado a usar el retrete?». A esto lo llamamos «la prueba del orinal».
Los patronos suelen dar este tema por supuesto, pero alguien tuvo que llevar a cabo dicha enseñanza. Casi con toda certeza, una mamá. Claro está que los padres hacen muchas más cosas, y no solo enseñar a sus hijos. Invierten años —y enormes cantidades de energía calórica y esfuerzo mental— intentando preparar a sus retoños para los años de lucha que les esperan. Más concretamente, les aportan las herramientas necesarias —el lenguaje, entre las principales— para trabajar con otras personas.
¿En qué medida serían productivos los trabajadores si no pudieran comunicarse con palabras? El lenguaje es tan básico en la preparación humana que también suele darse por supuesto. Es particularmente importante en la economía monetaria, y el doble en la economía del conocimiento.
Aunque, como especie, estemos preparados para aprender el lenguaje, lo cierto es que adquirimos las capacidades necesarias en el hogar cuando somos niños, oyendo hablar a los miembros de nuestra familia y hablando con ellos. Las madres y los padres son los primeros maestros. Son los primeros prosumidores, sin cuyas aportaciones apenas podríamos imaginar una economía de productores asalariados.
¿Y hasta qué punto sería productiva una economía si los padres no transmitiesen la cultura, las reglas de comportamiento que hacen posible que los seres humanos trabajen en equipos, grupos y comunidades?
Los jóvenes que entran a formar parte de la fuerza de trabajo en la actualidad necesitan, por regla general, mucha más preparación que sus predecesores, que trabajaban principalmente con las manos. Los patronos se quejan sin cesar de la falta de preparación adecuada de la fuerza de trabajo. Exigen más conocimientos matemáticos y científicos, más pruebas estandarizadas. Todos estos problemas dificultan el desarrollo de capacidades laborales.
Hay un fracaso más general de la cultura: valores confusos y autodestructivos, falta de motivación, relaciones interpersonales pobres e ideas de futuro inadecuadas. Todos estos problemas dificultan el desarrollo de las capacidades laborales. ¿Cuánta productividad se pierde en la economía monetaria cuando las personas fracasan como padres?
forma autónoma sin personas, o los seres humanos alcanzan la inmortalidad, ser padres tal vez se convierta en algo económicamente innecesario. Pero, hasta entonces, en su nivel más profundo, la producción depende completamente de los esfuerzos no remunerados de millones de padres prosumidores.
¿Cuál es el precio De la desintegración?
Como legos, tanto nosotros como muchos otros hemos reprochado repetidamente a los economistas durante décadas su incapacidad para valorar adecuadamente el crucial papel que desempeña el prosumo en la creación de riqueza. Procediendo así, seguíamos los pioneros pasos de Gary Becker y Amartya Sen, que en el seno de la profesión de
economista hicieron desde muy pronto poderosos esfuerzos intelectuales para convencer a sus colegas de la importancia de esta economía oculta, sin hallar otra respuesta que un educado murmullo antes de que se les concedieran, por fin, sus premios Nobel.
Entre los activistas, también Hazel Henderson, enParadigma in Progress y otras obras reveladoras,14 Edgar Cahn en Time Dollars, Nona Y. Glazer en Women's Paid and Unpaid Labor y otros, han atacado las anteojeras que se impusieron a sí mismos los economistas convencionales. Por último, y quizá lo más importante, numerosas ONG de muchos países se han hecho eco de todas estas críticas.
Sin embargo, muy poco se ha hecho hasta hoy para cartografiar sistemáticamente los vitales vínculos bidireccionales que conectan la economía monetaria con su inmensa y no contabilizada sosias.
Cuando los prosumidores ayudan a mantener unidas a las familias, a las
comunidades y a las sociedades, lo hacen (lo hacemos) como parte de la vida cotidiana, sin calcular, por lo general, sus efectos sobre la economía visible de la nación. Pero sería en gran manera instructivo que los economistas pudieran decirnos cuánto vale la cohesión social en dólares, yenes, yuanes, wons o euros. O lo que cuesta la desintegración social.
De modo que ¿cuánto vale todo este trabajo no remunerado? Producto impresionantemente brutalizado (PIB)
En un revolucionario informe que se remonta a 1965, un Gary Becker de treinta y cuatro años señalaba que «el tiempo durante el que no se trabaja puede ser ahora más importante para el bienestar económico que el tiempo de trabajo; sin embargo, la atención que los economistas dedican a este último eclipsa a la que dedican al primero»."
Para analizar la asignación de tiempo entre ambos, Becker calculó el valor de actividades que no se consideran trabajo, como la formación educativa, cuyo valor cuantificó partiendo de que cada hora pasada en el aula es una hora susceptible de ser dedicada a un trabajo remunerado y calculando, finalmente, las ganancias a que se había renunciado.
Sil trabajo, mucho más complicado de lo que da a entender esta sencilla descripción, supuso un brillante avance en la teoría económica, presentado en términos matemáticos respetables para los economistas. Pero hubieron de pasar veintisiete años antes de que
Becker consiguiera en 1992 el premio Nobel, gracias, en parte, al mencionado trabajo. En la actualidad, y a pesar de los numerosos estudios al respecto, el prosumo y el trabajo no remunerado, especialmente el de las mujeres, se mantienen completamente al margen de las principales preocupaciones de la economía cotidiana y convencional.
También sociólogos y expertos en política social han realizado esfuerzos para calcular el valor del prosumo."' A través de la estimación de las horas que se pasan
realizando un trabajo no remunerado y preguntándose lo que habría costado si lo hubieran hecho empleados pagados, algunos han llegado a conclusiones sorprendentes. Se hacen eco