Si los microorganismos fueran seres humanos, capaces de comprender las consecuencias de sus actividades, es probable que se hubieran preocu- pado de las posibles consecuencias y efectos secundarios de la fotosíntesis; en tal caso, cuando la nueva técnica recientemente inventada entrara en vigor, hace unos cuatro mil millones de años, tal vez se hubiera organizado una reunión para discutir públicamente estos problemas ambientales.
En tal reunión los representantes de los ecologistas conservadores, se- res anaerobios, seguramente hubieran puesto de manifiesto su evidente y profunda preocupación acerca de una posible distorsión que tal vez iba a producirse en virtud de la introducción de esta nueva técnica; no se trataba de que ellos estuvieran en contra de una limitada aplicación de la fotosín- tesis, hubieran dicho, seguramente, con tal de que los materiales básicos utilizados, tales como el sulfuro de hidrógeno, no vinieran a contaminar el ambiente; sin embargo, una expansión de tal tecnología que fuera capaz de producir, en forma continua, notables cantidades de un gas tan clara- mente venenoso como el oxígeno, en forma de producto de desecho, de- bería ser rechazada con firmeza, ya que, de lo contrario, los productos re- siduales de la fotosíntesis, finalmente, podrían ser capaces de llegar a con- taminar de modo global todo el medio ambiente.
Los representantes del partido progresista-liberal, las cianofíceas, pu- dieron haber replicado que, en vista de los ritmos de crecimiento previstos, las futuras exigencias energéticas de la raza unicelular no iban a poder ser satisfechas partiendo tan sólo de la fermentación y descomposición del sulfuro de hidrógeno; en consecuencia, no existía otra alternativa que la de recurrir al uso de un material básico económico como el agua: no iba a existir ningún riesgo de contaminar el ambiente con los productos de desecho de la fotosíntesis, puesto que el tal venenoso oxígeno resultaría inmediatamente secuestrado por el hierro bivalente. Por otra parte, cual- quier preocupación en el sentido de que las reservas existentes de este hie-
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rro pudieran quedar pronto agotadas carecería de base, puesto que tal sus- tancia sería permanentemente reemplazada con grandes cantidades proce- dentes del espacio exterior a la hidrosfera.
A tal razonamiento, los conservadores-anaerobios pudieron haber ob- jetado que los procesos de suministro de hierro procedente del espacio no eran todavía satisfactoriamente conocidos; resultaría, pues, imprudente ba- sar todo el suministro energético, para amplios sectores de la comunidad, en un proceso cuya importancia y grado de confianza no resultaban todavía comprendidos; si, repentinamente, cualquiera que fuera la razón de ello, quedara disminuido, o incluso interrumpido por completo, el suministro del ion ferroso (bivalente), la única opción posible sería la de elegir entre morir por carencia de energía o debido al envenenamiento por oxígeno.
Las cianofíceas-liberales rechazarían tales objeciones, calificándolas de derrotistas y carentes de una base real, y desde luego no hubieran estado en lo cierto. Pero nadie, ni los más fervientes y visionarios partidarios de la nueva técnica, hubieran osado a predecir entonces que este veneno, pro- ducto de desecho de la fotosíntesis, resultaría que, en el futuro, y en reali- dad tras unos dos mil millones de años, llegaría a ser utilizado por sus propios descendientes para respirar. Todavía era menos previsible que pre- cisamente tal contaminante hubiera facilitado el camino hacia la «con- quista del espacio» fuera de la hidrosfera, así como hacia la evolución con- ducente a los seres superiores y que, por último, acabaría con los dos mil millones de años de dominación mundial de las cianofíceas. No quisiéra- mos que el lector de este libro interpretara todo lo que acabamos de decir como una especie de alusión subliminal a que los residuos radiactivos que hoy agregamos a nuestro ambiente podrían llegar a ser en el futuro, y tras otros dos mil millones de años, de utilidad en el proceso respiratorio o actuar como fuente de energía para futuros seres, procedentes de nuestra evolución, como los seres actuales son productos evolutivos de las ciano- fíceas. Quisiera tan sólo subrayar que nuestro medio ambiente es un sis- tema extraordinariamente complicado, con un complejo entramado de mu- chos mecanismos de retroalimentación; esto implica que resulte difícil en extremo evaluar las posibles consecuencias y efectos secundarios que pueda ocasionar un nuevo proceso recientemente introducido, de modo que incluso el aspecto más esencial, podría pasar inadvertido.
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Si el hombre primitivo hubiese sido capaz de darse cuenta de las con- secuencias que su forma de vida podría ocasionar, hubiera podido organi- zar una audiencia pública, cuando se inventó la agricultura, hace unos diez mil años, para discutir el posible impacto ambiental de la nueva técnica introducida. Entonces, seguramente, los representantes del partido de los cazadores-liberales hubieran puesto de manifiesto, mediante apasionados discursos, que el hombre, por ser diferente de los animales, por andar de- recho, no había nacido para doblar su espalda y trabajar en los campos, ni para ganar su pan con el sudor de su rostro. En cambio, los partidarios de una forma de vida biológicamente natural hubieran opinado que alimen- tarse a base de plantas que sólo se desarrollan cuando son abonadas con excrementos animales resultaba no ya peligroso para la salud, sino también repugnante.
Sin embargo, los representantes del partido de la prosperidad agraria hubieran rechazado, de pleno, tales objeciones; el grato sabor de los freso- nes y los huevos de codorniz son algo que está muy bien, hubieran dicho, pero tales exquisiteces naturalmente producidas, por sí solas, no hubieran sido nunca capaces de alimentar a toda la gente, salvo en el caso de que fuera admitida una planificación familiar, basada en el asesinato legal de los recién nacidos. Además, los representantes de los cazadores no hubie- ran ocultado el hecho de que las persistentes sequías y las excesivas y altas capturas logradas determinaban que las posibilidades de caza hubieran quedado tan disminuidas que iba a surgir la necesidad de cazarse unos a otros; sin entrar a discutir acerca de las calidades gastronómicas y digesti- vas de la carne humana es evidente que únicamente la invención de la agri- cultura pudo hacer posible una combinación humana y económica de la guerra con el adecuado suministro de alimentos, de modo que un prisio- nero de guerra, que después de todo es un ser humano que anda derecho, ya no será más utilizado para mejorar el menú, aunque sea a cambio de tener que trabajar en el campo; de este modo será capaz de producir mayor cantidad de alimentos de los que requiere para su propia existencia, y más también de lo que podría representar su propio cuerpo, en caso de que fuera a servir de simple alimentación ajena. Cabría, pues, prever que en el futuro las guerras no iban a seguir siendo necesarias para el simple objetivo de garantizar la ración de carne con la de prisioneros, o para ocupación de un cierto terreno de caza, sino tan sólo para redimir a los hambrientos de su
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triste existencia de caníbales, para convertirlos en genuinos esclavos, bien alimentados, de una floreciente comunidad agraria.
De esta forma podrían haber razonado los partidarios de la recién in- troducida agricultura, y al final su postura hubiera resultado acertada, aun- que ni ellos, ni sus más severos críticos hubieran sido capaces de predecir que con la introducción de la agricultura se ponía en marcha una reacción en cadena, en la que, por un lado, se iban resolviendo uno tras otro los problemas, pero a costa de que se fueran creando también otros nuevos y más graves. No podían haber previsto que con la agricultura se iba a iniciar un aumento explosivo de la población mundial, en forma de un incremento en un factor igual a 1.000 en el transcurso de los mil años siguientes; ni tampoco que el intento de alimentar a esta población hambrienta y en cons- tante crecimiento llevaría, una y otra vez, a determinar nuevos y más im- portantes impactos sobre el medio ambiente, hasta el extremo de llegar a cambiar la faz de la Tierra, haciéndola irreconocible y, lo que es peor, sin que a pesar de todo, no obstante, la miseria y pobreza pudieran ser erradi- cadas...
Si nosotros, la humanidad actual, fuéramos genuina- mente humanos y no nos preocupáramos de modo exclusivo de las consecuencias de nuestras propias actividades, sino que, además, sintiéramos compasión de los nece- sitados, juzgaríamos que la miseria del Tercer Mundo resulta intolerable y haríamos todo lo que fuera posible para ayudar a las gentes de la Tierra a fin de garantizarles, tan pronto como fuese posible, una existencia digna; ahora bien, si tuviéramos que intentarlo a base del progreso técnico de que gozamos los habitantes de los países industrializados con nuestra conside- rable riqueza (por lo menos, comparativamente con la que poseen los paí- ses en vías de desarrollo), tal vez nos enfrentaríamos con el difícil dilema de tener que optar entre un mal conocido y otro que no lo es del todo. Podríamos, probablemente, llegar a destruir nuestro ambiente hasta el ex- tremo que bien pudiera darse el caso de que incluso quedara amenazada la posibilidad de garantizar una mínima existencia digna para todos los habi- tantes del globo.
Esta es la trampa en que nos hemos metido y de la que tenemos que salir por nosotros mismos, tal como hizo el Barón Münchhausen, y a fuerza de nuestro propio ingenio; ésta es la verdadera razón por la que resulta tan difícil encontrar una solución satisfactoria a los problemas ambientales que hemos venido planteando en este libro.
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En realidad, es evidente que para eludir el riesgo de ir incrementando la concentración del dióxido de carbono en la atmósfera, simplemente ten- dríamos que parar el ritmo de crecimiento del consumo energético, con lo que, además, disminuiría también la polución debida a los óxidos de nitró- geno; ello no implica necesariamente que nuestro nivel de vida no pueda ya mejorar algo más en el futuro, puesto que estamos habituados a derro- char tanta energía y es indudable que cabría sacar mucho más partido de la misma gracias a una mejor utilización. Para poder llevar adelante tal programa es evidente que habría que superar una gran oposición proce- dente de ciertas personas inflexibles; por ejemplo, en la República Federal Alemana fue imposible mantener la velocidad límite en las autopistas que había sido introducida a raíz de la crisis del petróleo, aunque tal medida podría haber ahorrado energía y dinero, así como disminuido los casos de accidente; en los Estados Unidos, la propuesta del presidente Carter de imponer altas tasas para los automóviles con elevado consumo de combus- tible no logró satisfacer al Congreso. Sin embargo, cualesquiera que sean las dificultades que realmente puedan existir es indudable que cabe imagi- nar que los países altamente industrializados podrían seguir subsistiendo sin tener que recurrir a un apreciables incremento del consumo energético. En países tales como la India, sin embargo, se utiliza menos de una décima parte de la energía, por habitante, de lo que corresponde a la Re- pública Federal Alemana y menos de la treceava parte de la correspon- diente a Estados Unidos, y tales datos incluyen la combustión de la madera y estiércol que representa la mitad de las necesidades energéticas del país. Carece totalmente de realismo tratar de imponer un ritmo de crecimiento nulo en relación al consumo energético de dicho país, o incluso simple- mente un crecimiento cero per cápita, ya que esto todavía acarrearía, en el transcurso de unos veinticinco años, una duplicación del consumo total de energía. En la mayor parte de los países del Tercer Mundo, que en conjunto constituyen unas tres cuartas partes de la población mundial, la situación es similar a la de la India. Resulta virtualmente imposible, sin recurrir a una expansión múltiple del presupuesto energético mundial, hasta que venga a representar un múltiplo notable del actual, poder facilitar, a todos los habitantes de tales naciones, incluso las más elementales condiciones capaces de garantizarles una existencia con un mínimo de dignidad.
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No obstante, si tal incremento de la producción de energía se basa prin- cipalmente en la utilización creciente del carbón y otros combustibles fó- siles, es probable que nos veríamos enfrentados a todas las consecuencias que ya fueron detalladas en este libro: aumento drástico del contenido del dióxido de carbono en la atmósfera y los correspondientes cambios climá- ticos que, a su vez, afectarían más seriamente a los países en vías de desa- rrollo: un crecimiento de la abundancia de los óxidos de nitrógeno, des- trucción del ozono e intensificación de la radiación ultravioleta; en conse- cuencia, ¿nos veremos obligados a ahuyentar los diablos que surgen del uso de los combustibles fósiles con el superdiablo de la energía nuclear?