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Si quieres saber dónde estás, pregunta a los no locales

In document El Universo Holográfico, Michael Talbot (página 32-35)

Durante esa misma época de su vida, Bohm continuó puliendo su planteamiento de la física cuántica.

Cuando estudió con más detenimiento el significado del potencial cuántico, halló en él varias características que implicaban una desviación aún más radical con respecto al pensamiento ortodoxo. Una de ellas era la importancia de la totalidad. La ciencia clásica había considerado siempre que el estado de totalidad de un sistema se debía

meramente a la interacción de las partes.

Sin embargo, el potencial cuántico daba la vuelta a esa visión e indicaba que, en realidad, era el todo el que organizaba el comportamiento de las partes, lo cual, además de llevar un paso adelante la afirmación de Bohr de que las partículas subatómicas no son algos independientes sino que forman parte de un sistema indivisible, sugería que la totalidad era la realidad primaria en varios aspectos.

Explicaba también que los electrones puedan comportarse en los plasmas (y en otros estados especializados como la superconductividad) como totalidades interconectadas.

En palabras de Bohm,

«los electrones no están dispersos porque el sistema entero, mediante la acción del potencial cuántico, experimenta un movimiento coordinado que parece más una danza de ballet que una multitud de gente desorganizada».

Y observaba, una vez más, que, «la totalidad cuántica de la actividad es más afín a la unidad organizada con que funcionan las partes de un ser vivo que a la clase de unidad que se obtiene al juntar las partes de una máquina».

Una característica del potencial cuántico más sorprendente aún era su repercusión en la naturaleza de la localización.

En el nivel de nuestras vidas cotidianas, las cosas tienen posiciones muy específicas; no obstante, según la interpretación de Bohm de la física cuántica, la posición deja de existir en el nivel subcuántico, el nivel en que actúa el potencial cuántico. Los puntos del espacio se vuelven todos iguales y no tiene sentido decir que una cosa está separada de otra. Los físicos denominan «no localidad» a esa propiedad.

El aspecto de no localidad del potencial cuántico permitió a Bohm explicar la conexión que existe entre partículas gemelas sin violar la prohibición que impone la teoría de la relatividad especial a que algo pueda viajar a más velocidad que la luz. Como ejemplo ilustrativo, ofrecía la siguiente analogía: imagínate un pez nadando en un acuario. Imagina también que nunca has visto un pez ni un acuario y que el único conocimiento que tienes de ellos procede de dos cámaras de televisión, una dirigida hacia el frente del acuario y la otra, hacia un lateral.

Al mirar los dos monitores de televisión podrías creer equivocadamente que los peces que aparecen en ambas pantallas son dos entidades distintas. Después de todo, cada imagen será un poco distinta de la otra puesto que las cámaras están colocadas en distintos ángulos. Pero si sigues mirando, al final caerás en la cuenta de que hay una relación entre los dos peces: cuando uno gira, el otro gira también, con un giro ligeramente distinto pero relacionado; cuando uno mira al frente, el otro mira al lateral, y así sucesivamente.

Si no conocieras toda la situación, podrías llegar a la conclusión errónea de que los peces se están comunicando de manera instantánea, aunque no sea ése el caso. No se produce comunicación alguna porque a un nivel más profundo de la realidad - la realidad del acuario - el hecho es que los dos peces son sólo uno y el mismo (véase fig. 6).

FIGURA 6. Bohm cree que las partículas subatómicas están conectadas como lo están las imágenes de un pez en los dos monitores de televisión. Aunque parezca que las partículas, como los electrones, están separadas unas de otras, el hecho es que, en un nivel más profundo de la realidad - un nivel parecido al del acuario - sólo son aspectos distintos de una unidad cósmica más profunda.

Esto, según Bohm, es precisamente lo que ocurre entre partículas como los dos fotones que emite un átomo positronio al desintegrarse.

En efecto, dado que el potencial cuántico cubre todo el espacio, todas las partículas están conectadas entre sí de una manera no local. El panorama de la realidad que Bohm iba elaborando se asemejaba cada vez más no a una imagen en la que las partículas subatómicas estaban separadas unas de otras y se movían por el vacío del espacio, sino a una imagen en la que todas las cosas formaban parte de una red sin divisiones y estaban incrustadas en un espacio tan real y tan rico en procesos como la materia que se movía en él.

Las ideas de Bohm seguían sin persuadir a la mayoría de los físicos, pero suscitaron el interés de unos pocos.

Uno de ellos fue John Stewart Bell, físico teórico del CERN, un centro para la investigación atómica pacífica situado cerca de Ginebra, Suiza. Al igual que Bohm, él tampoco estaba satisfecho con la teoría cuántica y pensaba que tenía que haber una alternativa.

Como dijo posteriormente:

«Entonces, en 1952, vi el ensayo de Bohm. Su idea era completar la mecánica cuántica afirmando que hay otras variables además de las conocidas por todos. Aquello me impresionó mucho».

Bell se percató también de que la teoría de Bohm implicaba la existencia de la no localidad y se preguntaba si habría algún modo de verificarla experimentalmente. Arrinconó el asunto en el fondo de la mente durante años hasta que, en 1964, gracias a un año sabático, tuvo libertad para dedicarle toda su atención. Entonces, no tardó en encontrar una prueba matemática, ingeniosa y simple, que revelaba la manera de llevar a cabo el experimento. El único problema era que requería un nivel de precisión tecnológica que todavía no era factible.

Para estar seguro de que partículas como las de la paradoja EPR no utilizaban medios normales de comunicación, las operaciones básicas del experimento debían llevarse a cabo en un instante tan infinitesimalmente breve que no habría tiempo suficiente para que un rayo de luz cruzara la distancia que separaba las dos partículas.

Eso significaba que los instrumentos utilizados en el experimento tenían que hacer todas las operaciones necesarias en millonésimas de segundo.

In document El Universo Holográfico, Michael Talbot (página 32-35)

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