• No se han encontrado resultados

Como he venido confirmando en la obra de Metinides los testigos siempre están, en varias de las imágenes se muestran, por un lado de cuerpo presente en la escena, no de cuerpo entero sino fragmentado, muestra sólo indicios de ellos, y los mete a cuadro a partir de sus partes, lo que nos representa una postura de que no importa quién esté viendo el acontecimiento, sino que es visto por alguien, por un testigo. En las imágenes analizadas encontramos esta composición en la fotografía del asesinado que pidió clemencia de rodillas, en donde no vemos rostros sino los pies con zapatos de varias personas, tanto de los testigos como de los sujetos del orden, por otro lado también observamos los rostros pegados a las ventanas, imposibles de identificar, en la imagen de la mujer suicida de la Torre Latinoamericana, y por último, apreciamos la fila de personas atrás de la línea marcada por agentes policiacos o de rescate, en el atropellamiento de la actriz Adela Legarreta. Pero no es la única manera en que aparecen los testigos en la estética del Niño Metinides, en donde los testigos también son representados a partir de un signo de su presencia, no los vemos dentro del encuadre, sino que

101 | P á g i n a

encontramos elementos que nos hablan de ellos, como las sombras sobre el pavimento en la fotografía del choque del auto deportivo en la carretera, o bien los identificamos en el reflejo en el agua, en la imagen del ahogado en Xochimilco.

Estos testigos miran a la cámara Enrique Metinides, en medio del caos ocasionado por el acontecimiento, escenas que recuerdan a aquella imagen que tomará el fotógrafo americano Betts en la guerra de México y EUA en 1847 en Veracruz, justo en el momento en que le están amputando la pierna al sargento Bustos, en donde los soldados que detienen al herido, el doctor y lo que parece un oficial, voltean a la cámara en el momento de la toma, mientras que el sargento lesionado yace en sus brazos. Esto nos marca la importancia de ser reconocidos como testigos-actores de la escena, o bien como sobrevivientes al dolor que se vivió en ese momento, como una especie de sentimiento heroico, sin llegar a vislumbrar siquiera que esa posición de observancia, casi inocente, alimenta también la violencia, hace de ésta algo digno de observar, al mismo tiempo que la eleva a un nivel más mediático, es la complicidad del testigo en el acontecimiento.

Al mismo tiempo que esperan salir en la portada de La Prensa o Alarma, los testigos no pierden detalle del acontecimiento, y tratan de reconocerse testigos de un algo que irrumpió la vida y que trascendió, no sólo por el hecho de que alguien perdió la vida, sino porque llamó la atención de los medios de comunicación que eternizaron o hicieron memorable el momento al registrarlo en imágenes. Esta intensión de trascendencia, de parte del testigo, a partir de ver su imagen en una fotografía que posiblemente circulará al día siguiente en los diarios, surge de la característica que tiene la fotografía de resaltar un instante y eternizarlo en la memoria colectiva.

De esta manera el testigo tiene un lugar privilegiado, está en un lugar seguro, no se arriesga, no se pierde la historia y por supuesto mantiene la posibilidad de ser retratado y posteriormente hallarse en los periódicos, su posición implica una postura de vida, una situación de observancia ante la violencia que sucede a los otros, ahora cadáveres, frente a nosotros, siempre testigos, y que al mismo tiempo que los coloca como ajenos y distantes a la

102 | P á g i n a

escena, también son afectados, por una sensación de inseguridad y fragilidad contagiada por el dolor, la muerte y todas las interrogantes resultantes del hecho.

No quisiera dejar de insistir en las razones de los testigos de mantenerse en el lugar del acontecimiento, rompiendo de manera consciente su rutina, su orden y su tranquilidad, justificando su proceder ante una expectativa de ser vistos también por otros, lo que resulta un juego de intensiones y miradas, ellos miran al cadáver esperando que sean vistos en esa acción por otros que miran la escena desde los medios. En este juego de miradas, Susan Sontag identifica, no importa cuál sea el papel o el objetivo del que mira la escena de la tragedia, a todos los participantes como mirones, ya sea con la presencia directa en la misma escena, o bien a través de los medios, y cuestiona este gusto por ver el dolor de otros, y aunque lo justifica a partir hábito de ver imágenes de dolor desde la cultura religiosa, trata de sostener una propuesta crítica sobre el consumo y circulación de este tipo de imágenes de violencia, con el fin de no continuar con la circulación del sentido violento en la cotidianidad del hombre. Al mismo tiempo, sostiene su crítica a los medios de comunicación por manejar este tipo de acontecimientos con la lógica de programas de entretenimiento, como si la violencia fuera un recurso discursivo fuerte para aumentar el raiting y colocarla así en la dinámica social, no sólo por los acontecimientos, sino por el imaginario que se mantiene a partir del discurso mediático.

Balandier expone al respecto, que esta cultura mediática que propone versiones hard y versiones soft de los acontecimientos determina la manera de circulación de la información, y es precisamente, a través de esta mediación de los acontecimientos que se crea y se hace circular un sentido sobre la violencia y su lugar en nuestra vida. Una violencia que se encuentra fuera de nuestras manos, que nos rebasa y que es parte de un orden más allá del acontecimiento, que no se presenta en la imágenes, y que es tan necesario como el aparato de seguridad que llega a la escena después de lo acontecido, que intenta restablecer el orden, volver a una ―normalidad‖ aquel lugar que fuera alterado por un acontecimiento y por los testigos que se reúnen ahí, lo que nos da una noción de que la violencia es

103 | P á g i n a

un elemento que moviliza, que posee una capacidad de impacto inmediata y aunque ―no deja tras de sí más que carne desgarrada, huesos molidos, sangre y excrementos, el espectador no consigue apartar la vista.” (Sofsky, 2004)

Sin embargo, pese a que la escena esté llena de testigos, existe misterio en la imágenes de Metinides, todas tienen un relato interno que indudablemente nos presentan el resultado de lo acontecido, el orden de los elementos nos da pistas de lo que sucedió, pero jamás nos dicen el cómo, y ese elemento ―desconocido‖ es el que Metinides y los testigos se guardan para ellos mismos, no lo comunican en la fotografía, no lo dicen en la historia, lo guardan en su memoria, Y es, también ese elemento de omisión, el que le da sentido de contagio a la violencia.

Documento similar