a todas las madres y padres que han perdido y pierden trágicamente alguno de sus hijos
“Y como vio Jesús a la madre y al discípulo que él amaba, que estaba presente, dice a su madre: mujer, he ahí tu hijo. Después dice al discípulo: he ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió”. Jn. 19:2327
Juan Larios*
*Presbítero de la IERE
Foto:Crucifixión de Pietro Perugino (Wikipedia)
Todo futuro, toda esperanza, todo, sin remedio, clavado en un madero esperando la hora del silencio.
“¿Era necesario todo esto?”, te preguntas. No, María, yo te digo que no lo era, pero por incomprensible y por vergüenza hemos hecho que lo fuera.
No todo lo podemos entender, mucho se nos escapa; pero quiero creer y creo que la Vida es más fuerte que la muerte; aun si me derramo de dolor en lágrimas. No podemos entender, pero la fe abre camino a la esperanza; el amor crea y recrea nueva y constantemente la Vida, alumbrando luz que poco a poco disipa la tiniebla. Incomprensiblemente, María, y aun sin entender, en esa cruz está renaciendo, con todo su esplendor, lo nuevo; creación y humanidad nuevas. Ese gesto de amor inmenso hecho entrega en gratuidad absoluta, aun sin entender, es puerta abierta a la plenitud de la Vida; entrada a la casa del Padre que espera emocionado el abrazo sin reservas.
Y ahora, miro en la distancia y veo cientos, miles de Marías, hombres o mujeres, que nos llaman la atención, impotentes, desesperadas, situando a cada uno de nosotros frente a miles de cruces levantadas; sus cruces, también las nuestras; donde penden sin remedio todos sus amores, todas sus ternuras, ilusiones, esperanzas, alegrías. Son sus crucificados, también los nuestros, sus seres queridos, víctimas del hambre, resultado de nuestro egoísmo e indiferencia; de la enfermedad, consecuencia de nuestro abandono más cruel e interesado; de la guerra, hija predilecta de nuestra ambición desmedida e insaciable; de la hipocresía, de la injusticia... ¡Todos los dolores están presentes en sus rostros, ante nosotros! Pero parece que ya nada nos conmueve.
Junto a María también está el discípulo amado, referente perfecto del seguimiento convencido; seguimiento hasta las últimas consecuencias, hasta la cruz si es necesario. El crucificado se preocupa aún, y en un gesto más de Amor inmenso, encomienda a ambos; él a ella, ella a él: “mujer he ahí tu hijo, hijo, he ahí tu madre”. Y en ese mismo instante mutuamente se acogen.
Acoger, acogerse, acogernos, protegernos, cobijarnos, recibirnos, albergarnos, favorecernos, perdonarnos. Qué hermosas palabras y cómo hemos de aprender aún a pronunciarlas.
Y aun así, ahogada en el dolor y el sufrimiento, va brotando, nueva y lentamente la inagotable Fuente de la Vida, recreando al hombre nuevo, humanidad nueva; incansable lucha por la dignidad de tantas víctimas inocentes, crucificadas día tras día por la sin razón y el egoísmo.
Y la obra sigue. Se levanta el telón de nuestro hoy y seguimos alzando cruces, con forma de muros o alambradas, y colgando crucificados; colgando y desgarrando ilusiones y esperanzas, alegrías y futuros, en aras de un poder que sigue gritando al Templo: ¡crucifica la libertad! ¡Crucifica al Señor de la Vida!. Y, aun sin entender, seguimos asistiendo impertérritos a esa danza inhumana que el poder promueve, mirando hacia cualquier otro lado que no nos comprometa; cerrando nuestras bocas ante tanta sangre derramada.
¡Qué triste religión la nuestra, cuando solo sirve para acallar y tranquilizar nuestras conciencias! R
— ¡Esa música! Por favor, niñas, ¡o ponéis la música muy bajito o voy, y os la apago!
Esa frase se repitió, invariablemente, en nuestra niñez y adolescencia, cuando mis hermanas y yo, en plenas vacaciones de Pascua, queríamos escuchar algún disco como alternativa a la música sacra que nos machacaba, cada Semana Santa, desde cualquier emisora de radio.
Entonces, obviamente, no nos gustaba y todavía menos la imposición de un silencio forzoso.
Mis padres aprovechaban nuestra larga semana de vacaciones para llevarnos a la montaña, a un pueblecito de la serranía conquense donde la civilización tenía dificultades para entrar. Pero en ese “otro mundo”, en cierto modo mágico para unas niñas de ciudad como nosotras, no faltaba el luto.
No había hombre o mujer, mozo o moza, que no fuera cubierto de prendas color “ala de mosca”, según decía mi abuela. El color pardo de la pana de las calzas de los hombres, las tupidas medias polvorientas, las sayas y las chaquetas, vueltas para que el sol no les hiciera demasiada mella y los pañuelos sin color definido, que las mujeres usaban para protegerse de un sol que les curtía la piel ferozmente, formaban un verdadero catálogo de negros desgastados. Aunque esto subsistía todo el año — los lutos se enlazaban unos con otros—, en estas fechas ayudaban a mantener la sobriedad, subrayando el drama de la pasión de Cristo. La reverencia se imponía a todo.
Era obligatorio estar tristes y apesadumbrados o al menos aparentarlo. Nadie podía traslucir alegría, porque “¡el Señor había muerto!” Ni el cine, lugar de distracción por antonomasia en aquel entonces, se salía del guión establecido. “La túnica sagrada”, “Marcelino, pan y vino”, “Quo Vadis”, “Ben Hur” y otros clásicos, nos sumergían en el mundo de la religiosidad permanente y la tristeza sin fin.
Hoy, hemos cambiado un luto impuesto y falso por una indiferencia tan agresiva como los latigazos que sufrió aquel Jesús de Nazaret.
Una iglesia “prohibida”
Por aquel entonces, mi madre nos había llevado, llena de curiosidad, a una iglesia
* Diseñadora gráfica y Traductora.
Lola Calvo*