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Significación e influencia

In document Para leer los Padres de La Iglesia (página 41-43)

Sería difícil sobreestimar la categoría y el genio de este barroco Africano. Prefiere la lengua del derecho a la de la filosofía para traducir la doctrina cristiana. Cuando los necesita crea neologismos, c o m o agapé,

enkrateia. Es el padre de la teología latina; ha verti-

do en el bronce la formulación trinitaria.

Su visión de la historia le permite, c o m o a Ireneo, colocar a Cristo en el centro y en la cima de la crea- ción y del devenir del tiempo.

"Todo cuanto estaba expresado en el barro estaba concebido por referencia a Cristo, que sería hombre, es decir barro; y en el Verbo, que sería carne, es decir tierra, a su tiempo."

Finalmente la historia y la condición cristiana tien- den a su consumación, el Alfa contiene por encaje a la omega, a la que ya profetiza y prepara. Dinámica de tensión, que lleva a su teología, c o m o a su ascesis, ha- cia la escatología.

TERTULIANO

El creador del latín cristiano

Tertuliano forja el vocabulario teológico empleando los términos del derecho. Sacramentum: primero signifi- ca la asignación de una cantidad para un proceso, luego el juramento militar del recluta. Tertuliano lo emplea pa- ra el compromiso bautismal al servicio de Cristo.

Persona, que traduce el griego hypostasis (substancia)

o prosopon (máscara, persona) significa máscara, papel, individualidad, persona. Tertuliano la emplea para las personas de la Trinidad.

En muchos otros casos se contenta con "transliterar" los términos griegos, como ágape, ágape (caridad), exo-

mologésis (penitencia), sphragis (sello).

El Apologético

El exordio expone las razones de la presente defensa. El pueblo odia a los cristianos sin conocerlos. Los que logran conocer el cristianismo, se apresuran a abrazarlo.

Magistrados del imperio Romano, que presidís los tri- bunales de la administración de justicia en lugar bien vi- sible y elevado, casi en la misma cumbre de la ciudad: si no podéis vosotros investigar abiertamente y examinar en público qué hay de cierto en la causa contra los cristia- nos; si tan sólo en este caso particular vuestra autoridad se avergüenza o teme indagar públicamente con la dili- gencia propia de la justicia; si finalmente, como acaeció hace bien poco, demasiado ocupados en juicios domésti- cos, permitís que la inquina contra nuestro grupo de se- guidores de Cristo cierre la boca a la defensa de nuestra causa: dejad, al menos, que la verdad llegue a vuestros oídos, aunque sólo sea por el camino oculto de este silen- cioso escrito.

Nada pide para sí [la verdad], porque tampoco se ad- mira de su condición. Bien sabe que peregrina en la tierra y es fácil encontrar enemigos entre extraños. Sabe tam- bién que en el cielo tiene su origen, su morada, su espe-

ranza, su gracia, su dignidad. Entretanto, sólo suplica una cosa: no ser condenada sin ser conocida.

¿Qué pueden perder las leyes, soberanas en su ámbi- to, con escucharla? ¿Reportará mayor gloria a su potes- tad el hecho de condenar la verdad sin prestarle atención? Si la condenan sin escucharla, cometen una odiosa injus- ticia; y además se hacen sospechosos de prejuicio: no po- drían condenar lo que condenan, si hubieran escuchado lo que no han querido escuchar.

El primer reproche que os hacemos es la injusticia de vuestro odio al nombre "cristiano". Semejante iniquidad viene agravada y ratificada por el mismo motivo que de- bería excusarla: vuestra ignorancia. ¿Habrá algo más per- verso que odiar lo que se ignora, aunque mereciera ser odiado? Una cosa es digna de odio cuando se sabe que lo merece. Si no se tiene conocimiento de que el odio es me- recido, ¿qué podrá justificarlo?: no lo hace legítimo el he- cho de que exista, sino la conciencia que de él se tiene. Cuando odian precisamente porque ignoran lo que odian, ¿por qué no hemos de suponer que no deberían odiarlo? Por esto mismo, nosotros reprobamos el odio y la igno- rancia, lo uno por lo otro: que ignoren al tiempo que odian y que odien injustamente cuanto ignoran.

Prueba de tal ignorancia, que, al mismo tiempo que excusa la iniquidad la condena, es que todos los que ante- riormente odiaban porque ignoraban, en el mismo ins- tante en que dejan de ignorar también cesan de odiar. Entre estos están aquellos que se hacen cristianos con plena convicción; cuando se convierten, comienzan a odiar lo que habían sido y a profesar aquello que habían odiado; y son tantos cuantos son los acusados.

Andan por ahí gritando que los cristianos invaden la ciudad: cristianos en los campos, en las ciudadelas, en las islas; consideran un perjuicio lamentable el hecho de que personas de todo sexo, edad, condición e incluso dignidad se hagan cristianos. Desde luego, no están dispuestos a ad- mitir que en esto mismo puede haber algún bien latente.

¡No se puede sospechar algo más recto, no se quiere experimentar más de cerca! ¡Solamente para esto se vuel- ve torpe la curiosidad humana! ¡Prefieren ignorar, cuando otros se alegran de haber conocido! ¡Anacarsis los consi- deraría como los que no entienden de música que juzgan a los músicos, como imprudentes que juzgan a los pru- dentes!

PARA LEER L O S PADRES DE LA IGLESIA

¡Prefieren la ignorancia, porque ya les ha ganado el odio! Con lo cual demuestran que, si conocieran lo que ignoran, no podrían odiarlo. Si no se descubre ningún motivo que justifique el odio, lo mejor es dejar de odiar injustamente; pero si consta que hay motivos, no sólo en nada debe disminuir el odio, sino que hay razón para in- tensificar la perseverancia en él, incluso por gloria de la misma justicia.

Apologético, I, 1-9, trad. J. Andión Marán,

"Biblioteca patrística", 38, Ciudad Nueva, Madrid, etc. 1997, p. 19-22.

2. Gobernar la Iglesia en África del

Norte: Cipriano de Cartago (+258)

Vida

Una generación es la que separa a Cipriano de Ter- tuliano ( c o m o a Orígenes de Clemente, en la misma época). Cipriano, en el momento de su conversión, ha- cia el 247, está en los cuarenta. De familia pagana, de buena extracción social, ha sido formado por la escue- la en la literatura y en la retórica. Es un retórico céle- bre y enseña con brillantez.

La lectura de la Biblia, la influencia del presbítero Ceciliano parecen haber sido determinantes en su conversión, que produjo sensación en la ciudad de Cartago. La describe él mismo en A Donato, una espe- cie de Confesión (verp. 44-45). El converso distribuyó la mayor parte de sus bienes entre los pobres. Rápida- mente se hizo presbítero, y al principio del 249, fue elegido obispo de la ciudad, "por el juicio de Dios y el sufragio del pueblo", a pesar de la oposición de algu- nos presbíteros.

Todo disponía a Cipriano para el gobierno: la clari- videncia y el equilibrio, la dulzura y la firmeza, las cualidades de jefe, la pasión por la Iglesia. Se consa-

gró, en plena tormenta, al restablecimiento de la dis- ciplina, a la reforma de las costumbres. Su episcopado se vio agitado por las dos persecuciones de Decio y de Valeriano, y por la peste. Durante la primera persecu- ción el obispo se mantuvo en un lugar oculto, no lejos de la ciudad, desde donde dirigía, animaba y exhorta- ba a su comunidad desamparada.

A su regreso, reguló el problema de los apóstatas, tomando, de acuerdo con Roma, una solución mode- rada. Tuvo que hacer frente a la disidencia encabeza- da por Felicíssimo. Reunió regularmente los concilios bianuales en Cartago, que trataban de los problemas mayores. Es el primado de África. Contrariamente a R o m a , declara inválido, juntamente c o n los otros obispos, el bautismo de los herejes.

Apresado en el 257 durante la segunda persecu- ción, fue en un primer momento desterrado. Terminó por ser condenado a muerte y decapitado el 16 de septiembre del 258. Su vida finaliza c o m o una litur- gia. Es el más famoso de los mártires de África (ver

p.39).

Escritor

Cipriano es el primer obispo escritor en Occiden- te. Su obra es la prolongación de su acción pastoral, de su catequesis, de su predicación. Sus centros de interés son: la Escritura, la unidad de la Iglesia, el bautismo, la penitencia, el martirio. Si no tiene la bri- llantez de Tertuliano, evita en cambio el exceso y da pruebas de moderación. Escribe con elegancia, hasta el punto de que se le ha p o d i d o llamar el Cicerón cristiano.

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