Pedro Goyena
He leído en El Diario de ayer la carta que desde París me dirige el autor de aquel libro, con motivo de un artículo crítico, publicado hace tiempo en La Unión.
Ese artículo no estaba firmado: el autor de los Silbidos ha pensado que era mío y así es la verdad.
Guiándome por inducciones que no se encontrarán aventuradas, creo que debo dirigir mi contestación al doctor D. Eugenio Cambaceres.
Dos rectificaciones hace Eugenio al artículo mencionado.
La primera tiende a desvirtuar la apreciación desfavorable del estilo, por demás realista, en que están expresadas ciertas admoniciones del autor de los Silbidos a la mujer de un personaje del libro. Consiste la rectificación en observar que los párrafos criticados son una especie de monólogo del escritor y no figuran en una carta.
No he dicho en el artículo de La Unión que tales párrafos formen parte de una epístola enviada a alguna persona. He dicho que se refieren a la mujer de Juan, y se hallan indudablemente en el libro: son para el público y —sin pretender que en esa ocasión se calzara el doctor Cambaceres los guantes para abrir la boca— me parecía y me parece, como a él mismo, que no son un modelo de cultura.
La segunda rectificación se reduce a observar que, si el autor de los Silbidos “ha dicho ‘pot-pourri’, ha entendido que se leyera música y no olla”.
Después de esta advertencia (y no rectificación), quedo instruido de la intención del doctor Cambaceres sobre el desgraciado título; pero convendrá conmigo en que mi interpretación no deja de tener buenas razones a su favor.
Dice el autor de los Silbidos que son la materia de sus rectificaciones “dos puntos oscuros por pequeñas falsedades que va a enmendarme, nada más que por amor a la verdad”.
No sé si el doctor Cambaceres ha querido decir música, al hablar de pequeñas falsedades, porque nada es imposible, dada su manera antojadiza de emplear los vocablos; pero conviene hacerle notar que ha cometido por lo menos una falta de lenguaje, usando la palabra falsedades en este caso.
La falsedad supone la afirmación como verdadero de lo que se sabe no serlo; y el doctor Cambaceres ha debido pensar que, si bien soy susceptible de errar a cada momento, no puedo ser sospechado de faltar a la verdad.
El Diario, 2 de mayo de 1883
El autor de los
Silbidos de un vago
a Pedro GoyenaEugenio Cambaceres
El último correo nos ha traído la siguiente carta que el autor del libro eminentemente popular dirige al doctor Pedro Goyena, uno de sus críticos, tal vez el más acerbo.
El autor, cuyo nombre no es un misterio para nadie, vuelve a la carga demostrando claramente que no tiene el deseo de dejarse operar sin resistencia.
Dice así:
Señor doctor D. Pedro Goyena
Como así, mi queridísimo Pedro, con la más santa intención de este mundo le escribí una amistosa cartita dándole públicamente las gracias y usted monta el picazo y se sale de la vaina y apela a los grandes medios y va hasta decirme, en condicional, es cierto, pero en fin, hasta decirme bonitamente calumniador, ¡como quien no dice nada!
Vous m’avez epalé, mon cher; ¡cáscaras con el geniecito!
Atempérese, Pedro, amigo; mire que es muy feo ser necio. (No vaya, por Dios, a dar a este vocablo otro sentido que el que se da en criollo; no sea el diablo que de esta hecha me arrastre ante el Jurado y me haga condenar al maximum de la pena).
Sobre todo, tenga en cuenta usted, tan práctico en doctrina cristiana, que la rabia figura entre los pecados capitales y que de rabiosos está el infierno lleno.
Procedamos con calma; ¡vamos a ver por qué se enoja! ¿Porque le he llamado piocheur, o porque he dicho que faltaba a la verdad?
Si lo primero, ¿para qué pioche?
Si lo segundo, ¿para qué afirma lo que no es? Y yo me lavo las manos...
No necesito jurarlo, por otra parte, que ni remotamente se me ha ocurrido atribuirle una intención torcida, y esto usted lo sabe bien como yo, porque ni es torpe ni es zonzo.
El término falsedad tiene dos significados diferentes según lo reza el primer diccionario que cae a mano, aún el de la Academia, y al decir yo “dos puntos oscuros, dos pequeñas falsedades” y no “dos puntos oscuros por pequeñas falsedades” (error de imprenta) claro está que tomaba la palabra en su acepción general: calidad de lo que es contrario a la verdad, sin mínimo propósito de herirlo, como cuadraba a nuestras viejas relaciones amistosas y al género de documento en que la empleaba.
Usted por el contrario, ha visto en ella una ofensa, agarrando o afectando agarrar el rábano por las hojas, probablemente porque el contenido de mi carta lo tenía un poquito fastidiado y no quiso dejar pasar la ocasión de tirarme un puazo.
Mal tirado, Pedrito: puazo de gallo criollo, ni siquiera me ha rozado la epidermis. Pero observo que esto se va haciendo aburrido y como, en definitiva, el negocio no vale un pito pongo por mi parte punto final, enmendando de paso otro pequeño error, ya que no falsedad, que sufre usted.
En su afición por la Santísima Trinidad ha creído ver reproducido el misterio una vez más y así, asegura que el vago es el doctor D. Eugenio Cambaceres y que el doctor D. Eugenio Cambaceres soy yo.
En cuanto al vago que pueden ser muchos y que puede ser ninguno, rechazo la personería; déjelo donde está que está bien, por más que algunos pretendan lo contrario.
Ahora, en cuanto a que el infrascrito sepa responder al nombre de Cambaceres (Eugenio), ya que usted lo quiere, será y hágase, Señor, tu voluntad, etc.
Dentro de unos cuantos meses, cuando se le haya pasado el enojo, cuento tener el gusto de darle un fuerte y cariñoso abrazo; mientras tanto, me repito siempre de usted afectísimo amigo y seguro servidor.
Anuario Bibliográfico 1883