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Silvestre II, la muerte de la escritura

In document La Idea Del Cosmos (página 83-87)

Diversas crónicas recogen la existencia de personajes marca­ dos por la ambición, formados en los ámbitos de la ciencia o de la política, que merecen ser incluidos en una «historia de la Música Mundana». Entre ellos destaca el Papa Silvestre II, quien accedió a la silla pontificia en el siglo X.

Nacido en Aurillac, Francia, en el año 940, una extraña obsesión por los números lo llevó a viajar de Francia a Cataluña, donde estudió matemáticas, más tarde atravesó las fronteras entre los reinos cristianos y musulmanes y pasó algunas temporadas en Sevilla y Córdoba. Allí fue discípulo de los mejores calculistas árabes de entonces. Sus viajes darán fundamento a la leyenda que considera a Silvestre un intri­ gante poseído por el demonio, secretamente converso a la religión musulmana.

La parábola del político desapasionado que cumple uno a uno sus intereses sin perturbarse alcanza su límite en este hombre, que fue uno de los más grandes matemáticos de su tiempo. Silvestre II, cuyo nombre de nacimiento es Gerberto de Aurillac, logró construir con su propia vida una metáfora; apren-

dio a calcular con números y terminó haciéndolo con personas. Fueron las matemáticas las que lo introdujeron en el mundo de la política. Muy joven, durante un viaje a Roma en misión diplo­ mática, enviado por el conde Borrell, exhibe sus conocimientos

ante el Papa Juan XIII y el emperador del Sacro Imperio Otón Las secuelas I. Es probable que el conde lo llevase consigo para despertar

las simpatías del Papa, quien no tardó en informar a Otón, emperador de Italia y Alemania, de la llegada de un joven que conocía perfectamente la matemática y que podría enseñarla entre sus súbditos. Toda la corte quedó impresionada por la sabiduría del futuro pontífice, hasta el punto de que la perma­ nencia de Gerberto en Roma se convirtió en cuestión de Estado. El Papa intercedió, a petición del emperador Otón, ante el conde Borrell, y le ofreció una compensación; el conde aceptó, intuyendo las consecuencias políticas de una negativa. Así, Gerberto de Aurillac se estableció en Roma y enseñó matemáticas a la nobleza Más adelante este magisterio le per­ mitiría influir sobre los emperadores del Sacro Imperio y los reyes de Francia: instauró la dinastía Capeta en Francia a la muerte de Luis V, el último rey del ámbito carolingio; favoreció la llegada al trono de Otón III, el emperador que tuvo la osadía de exhumar el cadáver de Cario Magno para investirse con los poderes del gran monarca, en cuya corte encontró protección y apoyo en su ascenso al pontificado. Acaso porque los gran­ des políticos de entonces deben a Gerberto el conocimiento de los números arábigos y del arte de calcular, sus consejos e intervenciones políticas suscitaron temor y respeto.

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El primer reloj portátil

Las historias de la ciencia atribuyen a Gerberto de Aurillac la introducción de los números arábigos en Occidente, el dominio de un ábaco entonces desconocido en Europa, la difusión del

primer reloj portátil, así como el uso y tal vez la invención de diversos artilugios mecánicos. Entre otros el «escape de reloje­ ría»: el escape es el mecanismo que controla las vueltas de la rueda dentada mayor de los relojes, con el fin de asegurar la

silvestre h regularidad necesaria Su descripción parece casi una fórmula

política En los primeros relojes mecánicos aparecidos en Occidente había un peso fijo en el eje de la rueda dentada por medio de una cuerda enrollada a su alrededor; el desenrollado de la cuerda arrastrada por el peso se frenaba mediante el cita­ do «escape», cuyo mecanismo se insertaba alternativamente entre los dientes de la rueda, deteniendo su impulso durante un tiempo que se correspondía con una fracción precisa de tiempo.

Tras este procedimiento de mera relojería parece escon­ derse toda una reflexión acerca de los métodos de control. Los números, el tiempo y la mecánica han sido desde enton­ ces instrumentos del poder. Contar ciudadanos o mercancías, medir el tiempo y hacer que los actos sucedan con todo rigor y predecibilidad parecen ser el sueño, y a veces el insomnio, del poder. Pocos personajes de la historia podrían exhibir semejante currículum, donde las mayores obsesiones de grandeza se mezclan con los descubrimientos científicos.

Silvestre necesitaba un lenguaje desprovisto de pasiones, cuyos símbolos no se confundiesen con los símbolos del len­ guaje cotidiano. Es fácil imaginar que los números romanos, basados en las letras de la escritura ordinaria, capaces de nom­ brar a una persona amada, de conformar un poema, de permitir una operación de cálculo o de notar una melodía repugnacen a la mente aséptica del pontífice. ¿Cómo mezclar la enumeración, 85 el cálculo y la pasión en una misma escritura?61

61. Hasta la introducción en Occidente de los números arábigos, las letras y las mate­ máticas formaban una escritura única que aún hoy conocemos a través de los números romanos. Esta unidad gráfica entre lengusye, música y número es notoria en los comen­ tarios de Boecio sobre ciertas figuras geométricas de las que cita indistintamente su música, sus letras o los números que la definen.

Gerberto de Aurillac inventó, con sus esfuerzos por difundir los números arábigos, la escritura del poder; consumó la escri­ tura de la continencia, del cálculo psicológico (se separan entonces las funciones cosmológicas de la escritura). Lenguaje

que hoy existe como una ciencia más, con palabras higiénicas y Las secuelas sofisticadas que sin embargo parecen estar dotadas de una

extraña geometría que las hace comprensibles en todos los rin­ cones de nuestro mundo.

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Aprehender las enseñanzas de esta ciencia exige una disposición especial hacia la escritura y una apertura a los principios heterodoxos que ésta enfrenta. La regularidad caligráfica es trabajo de la geometría. Son las formas geométricas quienes sirven de re­ ferencia en el diseño de los caracteres tipográficos y en el trabajo de los amanuenses.

Los propósitos múltiples de la geometría y de las ciencias imponen una parcelación de las funciones de la escritura.

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