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Sistema de comunicación de la Europa occidental de principios del siglo

CAPÍTULO III Las novelas por entregas y el folletín en Bogotá durante la década de 1850: el caso de El Doctor Temis y Manuela

1.1 Sistema de comunicación de la Europa occidental de principios del siglo

Un sistema comunicativo está integrado por varios medios de comunicación que se interrelacionan de manera diferente para circular información de una forma u otra y producir significados. Según Burke y Briggs “es preciso considerar los medios como un sistema en constante cambio, en el que diferentes elementos desempeñan papeles más o menos importantes” (2002, 15). Por lo tanto, un sistema de comunicación es la expresión de la manera en que una sociedad construye su propia realidad. Según Darnton, “los sistemas de comunicación siempre le han dado forma a los acontecimientos” (2003, 371), a su vez,

las formas en que se comunica una sociedad ponen al descubierto mucho de la manera en que ésta entiende su propia experiencia (Darnton, 2003, 372).

El sistema de comunicación europeo de principios del siglo XIX estaba integrado por el ferrocarril, el barco, el telégrafo, el libro, el periódico y el correo. La relación de todos estos medios ayudó a que la información fluyera de manera más rápida y diferente de como lo había hecho en siglos anteriores. Esta nueva interrelación de medios hizo que los individuos involucrados en ese sistema comenzaran a percibir el mundo de una forma distinta.

En primer lugar, el desarrollo del ferrocarril10 fue encabezado por Gran Bretaña. En 1830 se dio la apertura de la línea ferroviaria entre Liverpool y Manchester. Gracias al nuevo medio de transporte las distancias podían ser atravesadas en un menor tiempo por varios pasajeros. Por lo tanto, esto produjo dos cambios sustanciales para la concepción de mundo de la sociedad europea (y más adelante para los otros continentes). Por un lado, se instauró una nueva idea: la de velocidad. Y por otro, los sujetos comenzaron a concebir el mundo como un lugar más pequeño. Además, el ferrocarril también modificó sustancialmente la vida cotidiana de los individuos europeos quienes ahora debían adaptarse a los itinerarios.

En cada país del Viejo Continente se dio un desarrollo distinto del ferrocarril.

Hacia 1845 ya había en Europa nueve países con ferrocarril (de los que Gran Bretaña había sido gran proveedor de acero y locomotoras); en 1855 eran catorce. Fuera de Europa, donde a menudo Gran Bretaña llevó el negocio del ferrocarril por intermedio de Thomas Brassey (1805-1870), el mayor contratista del siglo XIX, en 1855 había ferrocarriles en cinco continentes (Briggs, y Burke, 2002, 147).

El ferrocarril, como integrante del sistema de comunicación del siglo XIX, ayudó al desarrollo de otros medios. Por ejemplo, a través del ferrocarril muchos editores comenzaron a enviar sus libros a otros países, lo que contribuyó a fomentar un mercado internacional del libro. A su vez, el nuevo medio de transporte fue de gran ayuda para la prensa, ya que a través de éste se comenzaron a mandar reporteros a cubrir noticias de otras localidades. Por consiguiente, el ferrocarril aumentó la velocidad en la que fluía la información, así como también contribuyó a fortalecer el intercambio de información entre diferentes culturas.

En segundo lugar, el barco de vapor fue también otro integrante del sistema de comunicación europeo de la época. Este nuevo medio de transporte contribuyó a la realización de viajes transatlánticos en un menor tiempo. “Sólo en 1839, el barco británico Sirius realizó un viaje transatlántico completamente a vapor, en dieciocho días y diez horas. Unas horas después, el Great Western, construido especialmente para el viaje, llegó a Nueva York desde Bristol en quince días y quince horas” (Briggs, y Burke, 2002, 149).

Por consiguiente, tanto el barco de vapor como el ferrocarril influyeron en que los sujetos europeos de principios del siglo XIX consolidaran la idea de “mundo más pequeño”. Se creó la concepción de un mundo amplio en el que se podía conocer toda una serie de nuevas culturas, noticias e información. Los nuevos medios de transporte son algunos de los elementos del sistema comunicativo que contribuyeron a satisfacer el ansia de conocimiento sobre lo que sucedía en otros lugares.

El ferrocarril, además, funcionaba en conjunto con un nuevo medio de comunicación: el telégrafo11. Estos nuevos medios contribuyeron a relacionar culturas separadas por

grandes distancias y a transmitir información de una manera más ágil y aún más novedosa que la transmitida solamente por el ferrocarril. El telégrafo unió mercados nacionales e internacionales, entre ellos las bolsas de valores y los mercados internacionales de bienes. Además, aceleró la transmisión de información pública y privada, local, regional, nacional e imperial. Permitió conocer información acerca de negocios, cuestiones de familia, datos meteorológicos y desastres naturales o provocados por el hombre.

A su vez, el telégrafo aceleró radicalmente la llegada de las noticias a los periódicos. Es decir, influyó en el desarrollo de la prensa. Gracias al nuevo medio de comunicación, se crearon empresas para llevar noticias allende las fronteras. La Agencia Havasm, la primera de ellas, fue fundada en París en el año 1835. En 1851 se fundó la Reuter Telegram Company, por el barón Julios Reuter, en Londres. Por consiguiente, la aparición del telégrafo contribuyó a que la prensa se publicara más rápidamente. En la medida en que había más noticias en un menor tiempo, las publicaciones noticiosas debían salir cada vez con más periodicidad y en un tiraje mayor.

11 Como varias de las invenciones modernas la telegrafía no puede adjudicársele a una sola persona o país. Sin

embargo, en 1837 se tiene el registro de que William Fothergill Cooke y Charles Wheatsone, en Gran Bretaña, fueron los primeros en enviar un mensaje a través del telégrafo.

Parafraseando a Marshall McLuhan, el telégrafo permitió, por vez primera, que los mensajes llegaran más deprisa que los mensajeros. Según James Carey, el aspecto más importante del telégrafo consiste en que marcó la decisiva separación entre transporte y comunicación, pues hasta su aparición, estas palabras eran sinónimas. El telégrafo permitió que los símbolos se movieran de manera independiente a la geografía y al transporte. De hecho, gracias al nuevo medio de comunicación, los mensajes pudieron llegar mucho rápido que este último (1997, 196).

El telégrafo también influyó sobre el comercio pues al mandar mensajes sobre los precios a distintas ciudades simultáneamente, fijó de manera equitativa los precios en los mercados. Antes, cada ciudad tenía sus precios y los vendedores trasladaban la mercancía de un lugar a otro con el fin de venderla en la ciudad con el precio más alto. El telégrafo hizo que la geografía fuera irrelevante y puso a todo el mundo en el mismo sitio con fines comerciales. “El telégrafo apunta las condiciones de oferta y demanda de todos los mercados a la determinación de un precio” (Carey, 1997, 199). En esa medida, el telégrafo influyó en el desarrollo de otra parte sustancial del sistema de comunicación: el libro. Los libreros ahora podían enterarse de los precios en otras partes y pedir libros por encargo a otros lugares a través del novedoso aparato.

Con el advenimiento del telégrafo, según Thompson, el espacio y el tiempo se habían separado. La separación del espacio y el tiempo preparó el camino para el descubrimiento de la simultaneidad despacializada (Thompson, 1998, 53). Antes de la aparición de medios como el telégrafo, la experiencia de los acontecimientos que ocurrían “al mismo tiempo” implicaba la existencia de un lugar en el que el individuo podía experimentar acontecimientos simultáneos. Es decir que “al mismo tiempo” tenía que implicar necesariamente “en el mismo lugar”. Pero con la acentuada separación del espacio y el tiempo que se originó por el telégrafo la simultaneidad se separó de esa condición de tener un lugar común. Por consiguiente, se pudieron experimentar acontecimientos que sucedían en lugares alejados espacialmente. Así, surgió un sentido del “ahora” que ya no dependía del hecho de estar en un lugar determinado. Antes de la aparición del ferrocarril cada ciudad o pueblo tenía su propio estándar de tiempo local, sin coordinación con los otros. Con el desarrollo de este nuevo medio de transporte creció la necesidad de estandarizar el tiempo a una escala más allá del tiempo local.

Por otro lado, el ferrocarril y el telégrafo ampliaron los horizontes porque permitieron que los individuos conocieran acontecimientos más allá de los cotidianos. La misma función la cumplieron las publicaciones (libros, revistas y periódicos). Lo anterior, según Thompson, permitió que los horizontes espaciales de comprensión se ampliaran porque ya no se necesitaba estar físicamente presente en los lugares en que los acontecimientos ocurrían para conocerlos (Thompson, 1998, 56).