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Socialización como subjetivación

In document El género: una cuestión de educación (página 37-41)

Capítulo II. Marco Teórico

2.1. Transmisión cultural

2.1.6. Socialización como subjetivación

La dinámica institucional que se viene describiendo toma un tinte particular al ser puesta en funcionamiento por sociedades con Estados modernos15. Aquí coincidimos con Foucault (1988) respecto a la estructura de poder característica de dichos Estados: sofisticada, individualizadora y totalizadora, que transforma a los individuos en sujetos.

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La modernidad es una condición de existencia en la que la concepción de la naturaleza se desacraliza y adviene una concepción racionalista del mundo que estructura una realidad civilizatoria fundamentada en los principios de libertad y progreso. Ver Adorno y Horkheimer (1997) Dialéctica del iluminismo.

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Foucault (1976; 1988; 2009) describe a este poder como disciplinario, positivo, enfocado en normalizar antes que en reprimir. Tiene, entonces, la capacidad de distribuir socialmente a las personas y, al realizar esta acción, se inscribe en los cuerpos con el fin de legitimar unos determinados saberes. La dinámica del poder disciplinario hace que cada quien asuma una identidad y se vuelva su propio/a guardiana:

… El hombre de que se nos habla y que se nos invita a liberar es ya en sí el

efecto de un sometimiento mucho más profundo que él mismo. Un "alma" lo habita y lo conduce a la existencia, que es una pieza en el dominio que el poder ejerce sobre el cuerpo. El alma, efecto e instrumento de una anatomía política; el alma, prisión del cuerpo (Foucault, 1976: 36).

El poder está en todas partes, fluye constantemente y no le pertenece a nadie en especial. Es, en definitiva, una red de relaciones de fuerza que produce cierto tipo de sujetos funcionales a un momento histórico:

… El poder sólo existe en acto (…) Es un conjunto de acciones sobre acciones

posibles; opera sobre el campo de posibilidad o se inscribe en el comportamiento de los sujetos actuantes: incita, induce, seduce, facilita o dificulta; amplía o limita, vuelve más o menos probable; de manera extrema, constriñe o prohíbe de modo absoluto; con todo, siempre es una manera de actuar sobre un sujeto actuante o sobre sujetos actuantes, en tanto que actúan o son susceptibles de actuar (Foucault, 1988: 14-15).

La configuración de identidades factibles, según Foucault, implica la intervención de la libertad:

El poder se ejerce únicamente sobre „sujetos libres‟ y sólo en la medida en que son „libres‟. Por esto queremos decir sujetos individuales o colectivos,

enfrentados con un campo de posibilidades, donde pueden tener lugar diversas conductas, diversas reacciones y diversos comportamientos (Íbid.: 15).

Desde esta perspectiva, la esclavitud no sería una relación de poder, sino un ejercicio de violencia porque en ella no hay espacio para las posibilidades, la elección y hasta la huida: es pura coacción. El poder, en cambio, ¨juega¨ con la libertad: ésta es su precondición, su soporte y provocación permanente (Íbid.).

Hemos considerado pertinente incluir los postulados de Foucault acerca del poder moderno para contrastar la dinámica de la socialización expuesta anteriormente, y que corresponde en mayor medida a los planteamientos de Berger y Luckmann (1972).

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Frente a la clausura del mundo que la cultura realiza, planteada por estos dos autores, Foucault formula la constitución de un campo de posibilidades en el que los sujetos circulan libremente; es así que no sólo las identidades „normales‟ encuentran los recursos culturales para ser representadas, sino también aquellas consideradas como disidentes, aunque permanezcan en la marginalidad16. Aquí conviene matizar el planteamiento de Foucault: la delimitación de un campo de plausibilidad es una acción violenta ya que instaura tabúes sobre identidades no deseadas, pero existentes, que deben acomodarse a la norma para lograr un reconocimiento17.

Así mismo, Foucault desplaza el énfasis, en el proceso de socialización, de la objetivación hacia la subjetivación. En otras palabras, la transmisión cultural tiene éxito cuando es asumida y actualizada por los sujetos. Es aquí que, al relacionarse con la libertad, el poder obtiene una poderosa herramienta política que legitima su accionar. Detrás de la premisa ampliamente aceptada de que las personas actúan libremente, se esconde un ejercicio de poder que previamente ha delimitado un escenario en el cual esa actuación se vuelve posible. De este modo, la libertad no sería la precondición del poder, sino un producto del mismo.

Una vez aclarado esto, se pueden identificar dos productos específicos del poder: a) realidades sociales de existencia; y b) sujetos asujetados (Foucault, 1976). De esta forma, se va configurando una dinámica dialéctica en la que los espacios construyen sujetos y viceversa.

El aparato institucional, en un ejercicio de poder, legitima sus discursos de saber por encima de los discursos individuales, posibilitando –pero también negando- ciertos comportamientos, identidades, cuerpos. Mecanismos como poner en ridículo a una persona, y las bromas en general, se despliegan una y otra vez en las interacciones cotidianas para ¨poner en su sitio¨ a los sujetos.

Al involucrarse con las instituciones –anteriormente definidas como campos de acumulación selectiva de conocimiento-, el poder necesariamente establece vínculos con el saber:

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Focault aquí coincide con los planteamientos de Castoriadis: el imaginario produce un campo de

sig ifi a io es ue o sólo posi ilita las ide tidades o ales , si o ta ié a uellas o side adas diside tes .

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Un claro ejemplo de esta situación sería la demanda de matrimonios homosexuales. Antes que cuestionar la misma institución matrimonial –que es un factor elemental en la constitución de la heteronormatividad- , se intenta incluir a grupos históricamente marginados con fines prácticos, de subsistencia, de reconocimiento social.

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… el poder produce saber (…) no existe relación de poder sin constitución correlativa de un campo de saber, ni de saber que suponga y no constituya al mismo tiempo unas relaciones de poder (…) no es la actividad del sujeto de conocimiento lo que produciría un saber, útil o reacio al poder, sino que el poder-saber, los procesos y las luchas que lo atraviesan y que lo constituyen, son los que determinan las formas, así como también los dominios posibles del conocimiento (Foucault, 1976: 34-35).

Estos procesos y luchas que configuran el campo del poder-saber son denominados en el trabajo de Foucault bajo el concepto de discurso. La posibilidad de establecer significados y definiciones está marcada por relaciones de poder que construyen la subjetividad de los individuos y los ubica en el orden social. El discurso, entonces, se refiere a estas limitaciones, ¨a lo que puede ser dicho y pensado, pero también a quién puede hablar, cuándo y con qué autoridad¨ (Ball, 2001: 6). El ámbito discursivo se vuelve el objeto de disputa del poder no sólo porque lo refuerza, sino porque ¨también lo mina, lo expone, lo torna frágil y permite detenerlo. Del mismo modo, el silencio y el secreto abrigan el poder, anclan sus prohibiciones; pero también aflojan sus apresamientos y negocian tolerancias más o menos oscuras¨ (Foucault, 2009: 107). Como se puede apreciar, el tipo de poder descrito por Foucault pasa a hacerse cargo de la vida, por lo que va configurando una biopolítica, esto es, una administración social de necesidades biológicas (o, más bien, percibidas como „biológicas‟) para producir sujetos deseables que respondan a los discursos institucionales. Al emerger junto con el capitalismo, este biopoder invade el cuerpo, lo valoriza, gestiona y distribuye sus fuerzas (Íbid.). Esta dinámica imprime la norma en el cuerpo, siendo actualizada en cada acto, y estableciendo así un ideal regulatorio: aquello a lo que los cuerpos deben asemejarse.

Con todo esto, Foucault (1988) define a los sujetos como aquellos que están sometidos a otro, es decir, que están bajo el control de una institución; y que al mismo tiempo están „asujetados‟, esto es, sujetos a su propia identidad por medio de su consciencia. La subjetividad se vuelve el contenido de la identidad: ¨la internalización se produce solo cuando se produce la identificación (…) el individuo llega a ser lo que los otros significantes lo consideran¨ (Berger y Luckmann, 1972: 167). En otras palabras, la configuración del sujeto se da en la búsqueda de la norma: pasa a ocupar un espacio

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social y, una vez que se acomoda y logra asumir su rol, se reconoce –y es reconocido- como tal, intentando representarse así en todo momento18.

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