Nos encontramos así ante una posible cuestión central para América Latina hoy, con respecto a la cuestión que estamos abordando: las rela- ciones estado-sociedad. Lo que pone a estas relaciones de manera distinta en América Latina es que:
Todos los procesos básicos, conflictos y debates fueron definidos o ad- quirieron su significado histórico por medio de tres cuestiones fundamen- tales: nación, identidad y democracia. Para el carácter estructuralmente heterogéneo y dependiente del patrón histórico latinoamericano, esas cuestiones parecían tan entrelazadas, que ninguna podría ser abordada, por no decir solucionada, de manera aislada. Formaban un tan específico nudo gordiano latinoamericano, que a veces yo lo llamaba “nudo argue- diano” en homenaje a aquel que fue, tal vez, el mejor representante de ese complejo histórico, el escritor peruano José María Arguedas.
Esas cuestiones no estaban presentes de la misma manera antes de fines del s. xix; no se encontraban definidas del mismo modo, ni lo podrían es-
tar en el periodo siguiente. Durante el s. xix se definieron separadamente
en una perspectiva poscolonial “europeo-criolla”, sin importar cuál fuera la opción ideológica particular, conservadora o liberal. En el futuro inme- diato, cada una de esas cuestiones y categorías y sus relaciones recíprocas serán ciertamente redefinidas radicalmente en el nuevo terreno que co- mienza a formarse con las luchas y transformaciones actuales. Durante el s. xx, los debates y conflictos en torno a estas cuestiones fueron conduci-
dos por dos propuestas paradigmáticas básicas: socialismo y liberalismo. La segunda fue una promesa real cuando el poder oligárquico estaba en plena fuerza. Ahora, aunque no para muchos, su sustituto neoliberal pue- de ser admitido como pragmatismo crudo del capital. Por su parte, el so- cialismo, en su versión conocida como “socialismo realmente existente”, difícilmente pueda resultar atractivo.
Esas cuestiones no resueltas –nación, identidad y democracia– queda- ron sin respuesta porque, entre otras, fueron abordadas de acuerdo con los patrones europeos. La idea de nación-estado como entidad cerrada,
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cultural y políticamente homogénea fue aplicada en países donde la es- tructura de poder estaba, y lo sigue estando, marcada por el colonialismo. Los grupos sociales dominantes estaban interesados, indudablemente, en la nacionalización de sus sociedades. Sin embargo, y al mismo tiempo, no tenían ni la voluntad ni la condición necesaria para permitir cualquier democratización de esa estructura de poder y, así, abrir el camino para la formación de una sociedad nacional. El “hombre indígena” era, y aún lo es, el nombre exacto de ese impasse.
En el s. xix la cuestión nacional fue concebida separadamente de la
referente a la democracia. Así, por ejemplo, la oligarquía argentina, o en menor medida la chilena, pretendieron resolver ese “problema” a través de una guerra genocida contra la población indígena y de una política para atraer la inmigración europea, en lugar de cualquier posible desco- lonización de la estructura de poder. A pesar de todo, basta recordar el rótulo “cabecitas negras”, durante el primer periodo del régimen pero- nista, para descubrir que el problema todavía atormenta a la oligarquía argentina. No es muy difícil relacionar esa historia a lo largo del periodo de crisis política y declinación económica de un país tan rico. El proble- ma de la democratización continúa vigente, tanto en los países atlánticos como eurotrópicos. En cuanto a Brasil, basta recordar a los descendientes africanos y su actual situación para concluir que el colonialismo está om- nipresente.
A pesar de todas las luchas que comenzaron con la revolución mexica- na, cuando –por primera vez– la nacionalización de la sociedad estuvo li- gada teórica y políticamente a la democratización de la sociedad, no con- seguimos resolver la cuestión y, ciertamente, no será resuelta a la manera europea. Es poco lo que se hizo y es demasiado tarde para cualquier solu- ción eurocéntrica para esos problemas. Hoy, quinientos años después de la conquista europea, se inicia un amplio movimiento de rebelión “étnica” por parte de los dominados en lo profundo del colonialismo: “indios” y “negros”. Sólo con un nuevo genocidio oceánico, como en la época de la conquista, o como ocurrió en Estados Unidos y Argentina, se podría destruir esos nuevos movimientos encaminados a la descolonización de la estructura de poder en América Latina.
En tanto no se resuelva la cuestión de la descolonización de la sociedad, o sea, la radical democratización de la estructura de poder, tampoco lo será la de la identidad. No hay otro camino fuera de la radical descoloni- zación del poder. Por lo tanto, en América Latina, nación, democracia e identidad son tres dimensiones distintas pero inseparables de una cuestión única y fundamental: el colonialismo del poder.
¿SOBREVIVIRÁ AMÉRICA LATINA?
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las relaciones sociales, culturales y políticas, en ese contexto, ¿cuál es y cuáles serían los verdaderos objetivos y significados de la idea de de- mocracia liberal, de idea de ciudadanía, de representatividad formal del Estado vis-à-vis la sociedad? Actualmente en América Latina, casi todo el mundo está dispuesto a admitir la existencia de una crisis abierta de representatividad política, como fue claramente puesto en evidencia en las últimas elecciones nacionales en México, Brasil, Perú y Bolivia o en los conflictos políticos de Argentina y Venezuela. En verdad, la mayoría de los analistas políticos, particularmente entre las elites dominantes, está exigiendo una “reforma del Estado”, en el sentido de resolver el creciente divorcio entre Estado y sociedad, o entre lo social y lo político.
Esa reforma del Estado puede ser conveniente y suficiente para los que dominan –clases y/o grupos étnicos y políticos– y más aún para aquellos interesados casi exclusivamente en dar continuidad a la economía del pi- llaje. A pesar de todo, a largo plazo, las cuestiones no resueltas retornarán nuevamente y tal vez con mayor fuerza aún que la actual, ya que será difícil mantener cualquier estructura estable de poder con esas cuestiones indecisas e irresueltas.
Si México, al contrario de Argentina, consigue mantener la única esta- bilidad política de América Latina sin el mismo tipo de política basada únicamente en medidas sistemáticas y represivas (como en las recientes experiencias de Argentina, Brasil, y Chile) –manteniendo así el período más prolongado de crecimiento social y económico que conoció América Latina– es precisamente porque hay un único terreno donde conseguirlo: el de la profunda revolución social. Tal vez se deba al hecho de que ese terreno fue gradualmente abandonado por la nueva burguesía mexicana que la legitimidad y estabilidad del poder y el crecimiento social nacional estén amenazados.
Un conocido economista argentino, Aldo Ferrer, dice que fue necesaria mucha imaginación para volver pobre a un país tan rico como Argentina. De hecho, hubo mucha imaginación, pero la explicación para esa larga inestabilidad política –que su vez ayuda a explicar las dificultades eco- nómicas y sociales de los países latinoamericanos más ricos– no puede disociarse de las cuestiones no solucionadas, pues están sin solución a despecho del autorretrato a la manera europea y de la perspectiva de la clase dominante en Argentina.
Donde sea que busquemos, ya sea en los países atlánticos, o en los eurotrópicos o entre los andinos, queda claro que –a menos que haya una descolonización radical y global de la sociedad, la cultura y la política– cualquier posible “reforma del Estado”, “modernización” o “política eco- nómica neoliberal” será siempre precaria y parcial. En verdad, parece ser
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ésa la única intención de las clases dominantes, después de haber empe- ñado tanto esfuerzo y tantos recursos intentando evitar cualquier demo- cratización para un verdadero cambio del colonialismo del poder.
Sin embargo, en América Latina esa situación encontrará, tarde o tem- prano, nuevos conflictos que les son inherentes. Por ahora, necesitamos ser conscientes de que, con las tendencias globales del capitalismo y con la reclasificación de la población, como ya es visible –aunque lenta- mente– el proceso de desnacionalización de las naciones-estado y con el recrudecimiento del colonialismo del poder, algunas nuevas tendencias comienzan a empujar a los pueblos dominados hacia la constitución de nuevas relaciones sociales, nuevas instituciones sociales y nuevos vín- culos entre lo social y lo político. Con ellos, comienzan a surgir también nuevas líneas de conflictos sociales y políticos y una lucha contra la es- pecífica combinación de clase y colonialismo propia de la estructura de poder latinoamericano.
Por lo tanto, quinientos años después, América Latina continúa ator- mentada por todas las pesadillas que se cernían sobre su proceso de na- cimiento. Tal vez haya pintado un cuadro demasiado sombrío de la si- tuación y tendencias de América Latina. Puede existir, sin embargo, un poco de magia en el hecho de que, en la misma década, se produjeran tres grandes acontecimientos históricos: los quinientos años de América, del capitalismo y de la modernidad; el fin del s. xx y, con él, el fin del segundo
milenio de la Era Cristiana. Entonces, al menos, vamos a soñar, si no a esperar, que algo bueno y bello nos aguarda en algún rincón mágico de esa nueva era.