PARTE I: LA FORJA DEL CRISOL ÉTNICO
I.2. La Sociedad Precolonial
Malaca no sólo fue un punto neurálgico de comercio internacional; fue también la cuna de la cultura malaya108, el lugar por el cual se introdujo el Islam de la mano
de los mercaderes indio-musulmanes (S. XIV) y la envidia de antiguos imperios asiáticos y potencias coloniales: Portugal (S. XVI), Holanda (1641), y Gran Breta- ña (1874).
En sentido estricto, con anterioridad al S. XIX los malayos no constituían una sociedad. Poblaciones dispersas y separadas por fronteras geográficas, se agrupa- ban bajo la autoridad de un sultán en las principales vías de transporte y comercio – zonas ribereñas y costeras. La sociedad se estratificaba en tres sectores: primero, una elite minoritaria constituida por el aristócrata109, los jefes del distrito y sus res-
pectivas familias. Segundo, un sector mayoritario y relativamente libre integrado por campesinos malayos («rak’yat») y trabajadores chinos110 - cuya presencia en
Malaysia se data a partir del siglo XV. Tercero, una minoría esclava compuesta por rak’yat endeudado con la aristocracia, aborígenes no musulmanes («hamba abdi») y población africana importada por la aristocracia aprovechando su pere- grinación a la Meca. Esta sociedad precapitalista se ha definido en términos de modo de producción asiático111.
La población rak’yat era un producto genético de alianzas entre malayos, chinos, aborígenes, siameses o europeos que, luego, integraría también a inmigrantes in- donesios y tailandeses. Durante esta época, por lo tanto, la identidad malaya se asociaba más a nociones de estratificación, rango o jerarquía, que a rasgos étnicos o raciales. El concepto de melayu (o malayo) designaba sólo a la aristocracia aun- que fue luego, posiblemente, apropiado por el sector popular para autodefinir- se112. Los nexos comunes entre esta ecléctica población eran la lengua («bahasa
melayu»), el Islam y el hecho de estar amparados bajo el dominio regional de un mismo soberano –«kerajaan», de rajá113. Su unidad de organización básica consistía
en un «poblado ordenado en base al parentesco»114 que aglutinaba a familias nu-
cleares vinculadas por nexos diádicos, o relaciones de patrón y cliente.
La subsistencia de esta sociedad dependía de la producción de dos cultivos: el caucho y el arroz húmedo. Pero la unidad productiva fundamental era el campesi-
108 Cf. Andaya y Andaya (2001: 39) 109 Yang di‐Pertuan (‘el que es Señor’), Rajá (gobernante hindú) o Sultán (gobernante árabe) (Gullick 1958: 44) 110 Anderson y Anderson (1977: 21) 111 Hashim (1988: 36) 112 Nagata (1982: 2) 113 “The Malay conceptualisation of authority was directly linked to the presence of a Raja; territory was impor‐ tant, hence the term kerajaan (the state of having a Raja) which is more appropriately, the Malay equivalent of the Western concept of kingdom” (Kay Kim 1991: 20), Cf. Milner (1988: 2 y passim) 114 “Kin‐ordered village community”, en Nonini (1995: 18)
no individual115, quien cultivaba de modo autónomo para procurarse la subsisten-
cia de su familia. Los nexos interpersonales preeminentes eran verticales – relacio- nes con otros rak’yat, jefes o aristócratas – y ocasionalmente colisionaban con la relaciones horizontales establecidas con los miembros de su propia comunidad. Pe- ro esto no implicaba forzosamente la inexistencia de organización social más allá del agregado de familias nucleares. El «poblado ordenado en base al parentesco» unificaba a una comunidad moral entretejida por múltiples nexos residenciales y familiares. Durante el periodo precolonial la preferencia de alianza era el matri- monio matrilocal, y el modo de residencia más frecuente era uxorilocal – hogares de la familia de la esposa. Muchos hogares estaban compuestos, por lo tanto, por grupos de hermanas y sus respectivos maridos e hijos. Éstos se vinculaban comu- nitariamente con otras unidades similares a través de relaciones agnáticas, cognáti- cas, afines o vecinales.
La minoría aristocrática era por lo general endogámica, siendo éste un tipo de alianza estratégica que permitía reproducir y conservar el poder. En la cúspide, la legitimidad del Sultán como supremo gobernante provenía de una doble fuente: la proporcionada por el líder religioso («ulama») y ratificada por la palabra de Alá; y la inspirada en las ideas indias sobre la realeza y su carácter feudal116. La autoridad
del aristócrata se amparaba ideológicamente en el «daulat» (larga vida)117, concepto
procedente de creencias indonesias, indio-musulmanas e hindúes que investían a la majestad real de un poder sobrenatural y mágico. Este poder se proyectaba so- bre toda una compleja parafernalia simbólica: inmovilidad al aposentarse en el trono, prendas amarillas, sombrilla, espada de ejecución («keris panjan»), etc. Su excelsa persona se caracterizaba por su comportamiento refinado («halus»), su atuendo majestuoso, y otros rasgos que realzaban su estatus («pangkat») y su nombre («nama»). Su persona sagrada era intocable y la deslealtad («engkar») se saldaba con severos castigos. Su poder económico derivaba de diversos mecanis- mos de extracción: recaudación de tributos, tasas de exportación sobre estaño, opio, alcohol, arroz, etc. sobre la economía china, e imposición de trabajos forza- dos («kerah»), esclavitud, confiscación de cosechas, piratería118 o, incluso, derecho
sexual sobre las mujeres del rak’yat119. En definitiva, su riqueza provenía del usu-
fructo del trabajo campesino, pero también de la explotación - más virulenta si cabe - de los trabajadores chinos, cuya introducción había sido intensificada por las sociedades secretas a partir de 1820, mediante un pacto entre las mafias chinas y el propio sultán. No obstante, el sistema de extracción era más próximo a un mecanismo tributario que a un modo de renta feudal, al no implicar control efecti-
115 V. Andaya & Andaya (1982), Gullick (1958), Husin Ali (1968), Banks (1972), Wong (1987), Nonini (1995: 25 y
vo sobre la propiedad de la tierra120. Al contrario, la tierra era abundante y el dere-
cho a la explotación sólo requería talar un área de selva, ocuparlo y plantarlo. Teó- ricamente, el sultán era el propietario absoluto del territorio, pero en la práctica el rak’yat gozaba de plenos derechos usufructuarios y, ocasionalmente, podía optar a la compra o alquiler de la tierra. Por lo tanto, la mayor parte de la riqueza del sul- tán provenía del pesado gravamen sobre el comercio chino, no sobre la explota- ción agrícola malaya121.
Los jefes de distrito no eran estrictamente aristócratas, aunque el título de Dato’ otorgado por el rajá les confería pleno derecho sobre los esclavos, quienes según las circunstancias eran empleados como peones o como guerreros. Los jefes eran los responsables de sustraer directamente la riqueza de los trabajadores chinos y del rak’yat, lo cual ocasionalmente comportaba un riesgo potencial para el rajá, pues aquéllos podían acumular la riqueza para su propio beneficio y erigirse como adversarios del rajá. En cualquier caso, su contacto con los estratos más bajos es- taba mediado por un líder local («penghulu»), quien supervisaba el «kerah», el pago de tasas, o la imposición de penas y sanciones. Con ciertas reservas respecto a la figura del «penghulu» y la del especialista ritual, la sociedad rak’yat adolecía de cla- ras divisiones de clase. La diferenciación se relacionaba, más bien, con el prestigio adscrito al rol del individuo o su profesión que, por orden descendiente, respon- día a aristócratas, jefes, guerreros, especialistas rituales, animadores de la corte, artesanos, campesinos, prostitutas y esclavos122.
Las rivalidad externa (con otros centros de poder) e interna (conflictos de inter- eses económicos entre jefes de distrito y aristócratas123), la debilidad de la organi-
zación burocrática, la escasa comunicación entre los estratos sociales y la baja densidad poblacional por tierra disponible124, hacían de las unidades regionales
sistemas de gobierno desarticulados y laxos, cuando no volátiles. En caso de ex- plotación abusiva, los campesinos hacían uso de diversos mecanismos de defensa, como abandonarse al sectarismo (documentado en Java o Birmania), transferir su sumisión a otro líder, evadir el tributo o, incluso, sabotear y destruir las cosechas. Pero estas acciones eran poco habituales, pues las demandas razonables dirigidas al sultán solían ser atendidas - y, como consecuencia, el aristócrata solía ejercer mayor presión económica sobre los trabajadores chinos.
120 La discusión sobre el modo de producción feudal en Asia es un tema polémico. El modo de producción feu‐
dal implica una extracción coercitiva de renta y el modo de producción asiático es una noción con escasa validez analítica, dada su especificidad política y legal. Al modo asiático se le ha definido como un ‘modo de produc‐ ción tributario’ (Samir Amin) y diferenciado del modo feudal. Por lo tanto, aunque yo usaré – siguiendo a los historiadores que han analizado el caso de Malaysia – la noción de feudalismo, sin entrar en mayores análisis teóricos sobre esta noción, cabe remarcar que su uso, en el caso de los campesinos malayos, es específico (V. Wickham 1994).
121 Jomo (1986: 18) 122 Cf. Alatas (1968) 123 Ahmat (1970)
En definitiva, la aristocracia era tan venerada como temida, pues a pesar de la evi- dente explotación y la diametral distancia simbólica que separaba a ambos estratos sociales, el rak’yat a menudo realizaba ceremonias destinadas a glorificar y ensalzar la figura de su sultán o rajá. Para tales ocasiones el gobernante visitaba a los cam- pesinos y les agasajaba con obsequios, afianzando la relación entre clientes y pa- trón. Pero sería errado traducir la interrelación en términos de explotación, pues para sus súbditos el sultán también era un referente moral, religioso y, a menudo, vital125. En efecto, la superioridad del sultán no sólo implicaba poder y autoridad,
sino también dignidad, respeto y reverencia126. Puesto que su poder era limitado y
relativamente vulnerable, la figura del sultán no era exactamente análoga a la de un señor feudal o un déspota clásico127.