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Sofía, oculta en la Biblia

De todas las diosas de la sabiduría, el nombre de Sofía es el más conocido. En los círculos de espiritualidad y psicología femenina contemporáneos, Sofía se ha convertido en un arquetipo de sabiduría femenina. La espiritualidad de la Nueva Era la considera la divinidad femenina por antonomasia. Hagia Sofía, la magnífica iglesia abovedada de Constantinopla, ha popularizado su nombre.* Sofía forma parte de la herencia judeocristiana de occidente, y es una figura divina olvidada que pervive en una tradición religiosa patriarcal y monoteísta que niega la divinidad femenina. Sofía, en griego, significa "sabiduría", y su identidad como personaje divino queda oculta en el Antiguo Testamento, donde sólo se hace referencia a ella a través de una palabra abstracta y devaluada: "sabiduría". No se la menciona para nada en el Nuevo Testamento, y, sin embargo, Sofía fue una divinidad muy importante en la fe de los cristianos gnósticos del siglo I, a los que los obispos ortodoxos cristianos denunciaron por heréticos y dieron caza en el siglo IV. A mediados del siglo xx aparecieron nuevos datos sobre la Sofía cristiana gnóstica cuando se encontraron unos ejemplares de sus evangelios ocultos en el desierto de Nag Hammadi, en Egipto (escritos en la misma época o incluso antes que los evangelios del Nuevo Testamento). Si bien el enfoque psicológico se centra en Sofía como arquetipo de la sabiduría, para las mujeres es muy importante saber cómo desapareció el culto a la divinidad femenina (y posteriormente incluso el conocimiento que se tenía de ella) porque el patriarcado se basa en la negación de la autoridad espiritual de las mujeres y la negación de la divinidad femenina. Existe una relación entre la posición históricamente inferior de las mujeres y la desaparición de la diosa, del mismo modo que hay un paralelismo entre el papel dominante de los hombres y el monoteísmo (masculino).

* El nombre Hagia Sofía significa Santa Sabiduría. La iglesia la construyeron en el siglo VI de nuestra era los cristianos orientales para honrar a la Madre Divina. Se convirtió en una mezquita musulmana y en la actualidad es un museo. Los cristianos romanos postulan que fue dedicada a una virgen mártir menor, santa Sofía, en lugar de erigirse en honor a la Divinidad Femenina. El destino de este magnífico edificio conserva paralelismos con el de las diosas y el de las mujeres.

Hagia significa "santa" en griego, y hubo un tiempo en que era un modo respetuoso

de dirigirse a las mujeres mayores que gozaban de sabiduría y eran respetables; en la actualidad el término se ha degradado hasta adoptar el significado de «hag» ("bruja" en inglés).

Sofía, el arquetipo de la sabiduría espiritual: la gnosis

Sofía es el arquetipo de la sabiduría espiritual o del saber del alma. La sabiduría de Sofía es intuitiva, es aquello que conocemos a través de la gnosis. La palabra griega gnosis se traduce como aquel "conocimiento" que resulta ser de una clase y unos orígenes muy especiales. La lengua griega distingue entre lo que podemos conocer de forma objetiva (logos) y aquello que solamente conocemos de modo subjetivo (gnosis). El conocimiento objetivo lo asimilamos gracias a profesores, libros o por medio de la observación de algo externo. En cambio, el conocimiento gnóstico o, por llamarlo de otro modo, noético es aquello que se nos revela o que percibimos intuitivamente como verdadero en el ámbito espiritual. Yo interpreto

gnosis como aquello que «cognocemos» en el terreno del alma,

aquella certeza que nos inspiran los presentimientos. Precisamente cuando estaba escribiendo sobre las enfermedades mortales en clave de experiencias anímicas, el título que escogí para el libro fue Close

to the Bone, porque cuando nos atacan esta clase de enfermedades,

sea a nosotros mismos, sea a las personas que amamos, nos despojan de todo lo superfluo y nos ponen en contacto con lo que sabemos a ciencia cierta del alma. En este ámbito en concreto, podemos "saber" que somos seres espirituales que caminan por una senda humana o "saber" que la vida tiene un propósito, que somos queridos, o bien conocer a Dios o "saber" que formamos parte de un universo interconectado.

Así como los cristianos gnósticos utilizaban la palabra gnosis, nosotros podríamos traducirla por "introspección", el proceso intuitivo de conocerse a sí mismo en el nivel más profundo, lo cual equivalía a conocer simultáneamente a Dios tal como creían o sentían de forma mística los gnósticos. Este proceso es parecido al trabajo de individuación que realiza el análisis jungiano en el Yo. Una persona (o ego) conectada al Yo tiene la sensación de que lo que hace con su vida no carece de sentido. Sin embargo, este conocimiento sólo puede darse de forma subjetiva, es el saber del alma. Llevar una vida orientada hacia el Yo, en lugar de que la determine la persona (o la imagen que otros tienen de nosotros), es sentirse orientado espiritualmente. El Yo es el "arquetipo del significado" en la psicología jungiana, que la gente religiosa traduce en términos destinados a la divinidad o a la unicidad invisible (Tao) que subyace y conecta todo lo existente en el universo visible. Aquello que sabemos porque podemos relacionarlo con el Yo es la sabiduría divina. Es una sabiduría que no se atribuye exclusivamente a una autoridad superior; al contrarío, es una sabiduría que mora en nosotros y se halla en todas partes.

La gnosis también es esa manera misteriosa de saber que los hombres tan pronto ensalzan como desprecian, llamándola "intuición femenina". En realidad no es que sea misteriosa, sino que consiste

en una combinación de advertir lo que está sucediendo y procesar eso mismo que notábamos de forma intuitiva. Guarda relación con el modo de percibir a la gente y valorar su carácter más allá de las apariencias: es la introspección en presencia o en ausencia del alma. Esa revelación de la intuición que capta el sexismo o la política de poder que subyacen en una situación determinada es la gnosis. Ese «¡Pues claro!» que decimos cuando algo que es importante para nosotras cobra sentido de repente es la gnosis. El momento en el que sabemos que nuestra pareja es infiel es la gnosis. Esa punzada interior producto de una conciencia culpable, también es la gnosis.

Hacerse mayor, y también volverse más sabia, es un proceso que dura toda la vida y se acelera en la tercera etapa, especialmente si prestamos atención a la gnosis que hay en nosotras. Así es como llegamos a conocer el arquetipo de Sofía. Sofía es una vía de conocimiento, a saber, una fuente de sabiduría interior y, asimismo, una mujer sabia arquetípica. En resumen, cuando Sofía mora en nosotras, percibimos la esencia de la cuestión o las cualidades anímicas de los demás.

Sofía, la mística

La mística es un aspecto del arquetipo de Sofía que se evoca a través de experiencias numinosas. Si bien las palabras no son suficientes, aquellas que comúnmente se utilizan para describir el significado de numinosidad son temor reverencial, belleza, gracia, divinidad e inefabilidad. Las experiencias numinosas no son infrecuentes (las puede haber vivido la mayoría de la gente), pero una experiencia numinosa es el momento determinante de toda mujer que se convierte en mística. A partir de entonces conocer a Dios (esta gnosis en especial) se convierte en la aspiración central de su vida espiritual, y esa vida espiritual se convierte en su vida. Esa mujer puede intentar expresar la experiencia para darle un sentido, y sólo puede hacerlo con un lenguaje metafórico. Anhela establecer una relación duradera de unión mística con la divinidad. El misticismo femenino floreció en las comunidades religiosas femeninas del Medievo. Hildegard von Bingen fue una mística de la época. También podríamos citar a Teresa de Ávila, Juliana de Norwich, Clara de Asís, Catalina de Siena o Catalina de Génova. En una época en que las mujeres del mundo secular se casaban jóvenes, tenían muchos hijos y debían llevar una casa, el lugar más adecuado para una mística era una orden religiosa. Las mujeres místicas abundaron en la época medieval porque a una monja se le permitía buscar la unión mística con Dios o con Cristo, y no tenía que ocuparse diariamente de la casa. Era célibe, y su pasión podía encaminarse a una unión espiritual, dado que carecía de la posibilidad o la necesidad de mantenerse a sí misma. Sofía otorga a las experiencias un sentido espiritual o filosófico. El arquetipo no sólo se siente propenso a vivir

acontecimientos místicos, sino que anhela conocer su significado.

Puede que las mujeres místicas contemporáneas se sientan todavía atraídas por las comunidades religiosas y encuentren que un monasterio occidental o un ashram oriental sean campo abonado para la experiencia mística. No obstante, dado que las místicas experimentan la divinidad directamente, y de entrada las mujeres (especialmente las más mayores) ya no dan importancia a la jerarquía, cuestionan el dogma y son conscientes de la existencia del sexismo, también abandonan si descubren que el dogma y las creencias de una religión en particular constriñen y entran en conflicto con todo aquello en lo que creen profundamente. Las mujeres tienen más libertad que nunca para decidir lo que harán, y una de las consecuencias que de ello se deriva es que las mujeres se inspiran en la introspección mística para orientar su vida de un modo personal y pleno de sentido. La mayoría puede que no se definan a sí mismas como místicas, pero sus experiencias místicas perviven en lo más profundo de su identidad y en la manera de orientar su vida. Las mujeres, libres de tener que ajustarse a las definiciones que las instituciones otorgan al significado de sus experiencias místicas, están definiendo la espiritualidad de nuevo. El mostrarse receptiva al misticismo puede que sea un talento o una habilidad natural en la psique de una persona, o quizá sea una cualidad que sobrevenga cuando la meditación ya se ha convertido en una práctica espiritual. Este sentido místico y sofiánico de unicidad y revelación puede aparecer en un momento sagrado, o bien su duración puede prolongarse, y la introspección que realicemos para desentrañar su significado puede ser instantánea o durar toda una vida. A medida que un mayor número de personas incorporan la meditación a sus vidas como práctica espiritual o como método para reducir su ansiedad, van cultivando un espacio para el arquetipo de Sofía y abriéndose a las experiencias místicas.

Ann Bancroft escribió las siguientes palabras en la introducción que hace en su libro Hilanderas de la sabiduría: «Hace doce años escribí un libro sobre místicos del siglo xx y casi todos eran hombres. En esa época lo lamenté, pero en realidad la presencia de la mujer en ese campo parecía bastante insignificante. Sin embargo, en el brevísimo periodo de tiempo que ha transcurrido hasta nuestros días el movimiento feminista ha dado a conocer al público un considerable número de pensadoras de gran entidad».1 Por otro lado, Bancroft

también quería ver si era posible hallar una visión y un modo de ser auténticamente femeninos que se diferenciaran de las ideas masculinas de la espiritualidad; y lo hizo: «Las mujeres tienden a considerar todas las cosas que las rodean reveladoras, reveladoras de la totalidad y lo completivo y poseedoras de una cualidad numinosa. Para poder ver las cosas de este modo hay que prestar una cierta atención, y las mujeres son muy buenas en eso. No me refiero a la clase de atención que se requiere para adquirir conocimientos, sino

más bien la que surge cuando nos desprendemos de todos los conceptos y nos abrimos a lo que está ahí afuera».2

En el retrato que Bancroft realiza de las místicas se advierte que todas ellas renovaron y cultivaron la relación mística que establecieron con lo sagrado a su manera: fuere en la naturaleza, fuese en la creatividad, la contemplación o una relación profunda que mantuvieran con otra persona, y todo eso llevando una vida que nada tiene que ver con el misticismo, razón por la cual la mayoría no se consideró jamás "mística". Su misticismo fue la fuente de sabiduría que iluminó el camino especial que habían escogido. Por ejemplo, el misticismo de Joanna Macy maduró a través de la meditación budista e hizo que aumentara su interés declarado por la justicia social; así fue como se convirtió en una activista antinuclear y una ecologista. Macy practica y enseña a otros "ecología profunda", un modo activo e imaginativo, basado en la meditación, de escuchar a las plantas, los animales e incluso las piedras para hallar el sentido más profundamente místico de la estructura de la vida. Las percepciones místicas a menudo parecen inspirar a activistas que, como Joanna Macy, se consagran a su causa porque han logrado establecer una conexión visionaria y amorosa con aquello que intentan salvar o defender.

Las experiencias místicas inspiran también la escritura, la poesía y el arte. Meinrad Craighead es un ejemplo de una artista cuya pintura y cuyo misticismo han devenido inseparables. Era ya una artista consumada cuando a través de la oración sintió la llamada de hacerse monja e ingresó en un convento benedictino. Allí vivió catorce años, dando por sentado que permanecería en la comunidad religiosa toda su vida. Craighead pintaba como acto de devoción, y las pinturas surgidas de su experiencia anímica de la belleza eran del Dios Madre. Tanto la pintora como sus pinturas, que son las expresiones visuales de su sabiduría mística, encontraron un vehículo de expresión en Las canciones de la madre: las imágenes del Dios

Madre. Sherry Anderson y Patricia Hopkins la entrevistaron para The Femenine Face of God y narraron el vínculo inseparable que existe

entre su misticismo y su arte. Para ella dibujar era un acto de gratitud, un acto que le permitía expresar una «gratitud desbordante por el mero hecho de la existencia; no sé si rezar me creaba la necesidad de dibujar o si dibujar me hacía rezar. Nunca he sido capaz de identificar lo uno sin lo otro».3 Meinrad abandonó el convento y

ahora vive, pinta y da clases en Nuevo México. Sigue todavía la senda de la oración, pero ha introducido un nuevo elemento en su obra: unos pájaros sobrevolando el paisaje. Estos símbolos de libertad aparecieron antes de que la pintora abandonara los confines del monasterio. Poco después de su marcha escribió un artículo en el cual confesaba que le resultaba imposible «apoyar una liturgia que exaltaba la imagen de un Dios masculino y animaba a las mujeres a llevar una vida limitada, subordinada y definida por el clero».4

Las sofías contemporáneas suelen ser unas «místicas a

escondidas» que quizá cambiaron el rumbo de sus vidas tras una experiencia mística o cuyo trabajo cotidiano se nutre de su capacidad para acceder a esta sabiduría interior, aunque ese elemento tan significativo permanezca oculto. La vinculación o la unión con la divinidad es una experiencia íntima y privada que los demás fácilmente malinterpretan, por no mencionar lo difícil que resulta siempre, sino imposible, comunicar de forma adecuada una experiencia inefable. Muchas mujeres que han intentado describir sus visiones místicas y se han encontrado con que tenían que defenderlas o justificarlas, han acabado llegando a la conclusión de que basta vivir con ese vínculo, especialmente cuando la vida que llevan siguiendo a su gnosis es su camino de individuación.

Cuando Sofía no es únicamente la fuente de introspección mística sino también el arquetipo que ocupa totalmente la atención de una mujer, entonces es acertado decir que esa persona es una mística y que el trabajo de orientarse hacia sí misma consiste en encontrar un medio de expresión y un modo de transmitir la visión profunda que ha adquirido. Sabemos de la existencia de otras místicas gracias a sus textos. Entre los ejemplos que pueden citarse del siglo xx se cuentan Evelyn Underhill, Simone Weil y Bernadette Roberts.

Sofía, la líder espiritual

Los papeles religiosos de cura, pastor o rabino no fueron ocupados por las mujeres hasta finales del siglo xx. Las mujeres no podían satisfacer la llamada interior que las instaba a mediar entre la divinidad y la congregación, lo que sería la función sacerdotal, ni predicar o ser teólogas. Muchas mujeres recuerdan que las ridiculizaban en la infancia cuando decían que de mayores querían ser sacerdotes. Elegir esa vocación era imposible (aunque se sintieran profundamente llamadas a servir a Dios). Del mismo modo que a las niñas que querían ser médicos a menudo se les decía: «No puedes ser médico, pero puedes ser enfermera», a ellas se les decía: «No puedes ser sacerdote, pero puedes ser monja». Eso es lo que todavía se les dice a las niñas catolicorromanas.

El feminismo de los setenta influyó decisivamente en las admisiones de mujeres a las carreras de medicina y derecho de la década inmediatamente posterior. Anteriormente en las clases de la facultad de medicina la presencia de mujeres había sido puramente simbólica. Diez chicas por clase en una aula de cien alumnos (ése era el número de mujeres que había en mi clase de medicina) era un porcentaje extraordinariamente elevado. Una década más tarde, sin embargo, ya no resultaba tan extraño ver que el cincuenta por ciento de los alumnos eran mujeres. Este cambio numérico también se produjo en las facultades de derecho. Ahora bien, las facultades de

teología se normalizaron con mayor lentitud, y el incremento de alumnas se retrasó al menos una década, pero a finales del siglo xx los seminarios que admitían a mujeres sufrieron un incremento similar. No obstante, seguía vigente la oposición de la Iglesia católicorromana y el judaísmo ortodoxo, que sancionaban religiosamente la ordenación de mujeres. En la mayoría de confesiones protestantes, y en el judaísmo reformado y el conservador, sin embargo, la ordenación de mujeres pasó a convertirse en un tema prioritario cuando algunas mujeres a título personal intentaron hacerse sacerdotes, ministros o rabinos y se encontraron con una fuerte oposición. La mayoría de confesiones y sinagogas de carácter liberal cuentan actualmente con muchas mujeres sacerdote.

La convención anual del año 2000 de los líderes baptistas del sur, que representa a quince millones y medio de personas, sirvió para revisar la política anterior, que había tenido como consecuencia la ordenación de casi cien mujeres pastoras y copastoras, y en ella se declaró que el púlpito era sólo para los hombres. El reverendo Bill Merrell, su portavoz oficial, citó la declaración del apóstol Pablo: «A la mujer no le consiento enseñar ni arrogarse autoridad sobre el varón, sino que ha de estarse tranquila en su casa» (I Timoteo 2:12).

El misticismo del arquetipo de Sofía arroja nueva luz sobre el significado de los textos, las creencias y los rituales religiosos. Con Sofía, por consiguiente, la teología puede ser el tema del diálogo interior, y el escribir, la manera de describir la experiencia mística. Para algunas mujeres el hacerse sacerdote, pastor o rabino es una vocación interior que todavía no se les permite desarrollar. La obediencia a la autoridad masculina y la interpretación literal de pasajes escogidos del Antiguo Testamento, la Biblia o el Corán, caracterizan a las religiones que rechazan el liderazgo espiritual de las mujeres.

El problema es que no sólo sufren las mujeres a las cuales se niega el acceso a los púlpitos, sino también las mujeres de la