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La Sofística y el Escepticismo Buscando pistas en el cementerio de los vencidos

“(...) Sócrates: Parece, ciertamente, que no has formulado una definición vulgar del saber, sino la que dio Protágoras. Pero él ha dicho lo mismo de otra manera, pues viene a decir que “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son, y de las que no son en cuanto no son.” Probablemente lo has leído. ¿No?

Teéteto: Lo he leído y muchas veces.

Sócrates: -¿Acaso no dice algo así como que las cosas son para mí tal y como a mí me parece que son y que son para ti tal y como a ti te parece que son? ¿No somos tú y yo hombres?”

Platón. Teéteto.

En el principio fue el Verbo. Luego la acción de negarlo... La gran virtud del Escepticismo quizás consista en que asume sin tapujos que el sujeto no puede re- presentarse la realidad tal cual es. La Sofística ha sido pionera en ello y su mérito aún

no le fue reconocido. Cuando Protágoras sentaba el principio del homomensura o

Gorgias negaba el conocimiento del ser y afirmaba la incomunicabilidad del saber, no sólo estaban inaugurando una tradición filosófica original, sino que además ponían las bases para la primera epistemología fenoménica apoyada en una ontología relativista. No sorprende que aquélla decantara luego en un criterio de verdad puramente operativo. Puesto que de algo hay que vivir, cierto pragmatismo era inevitable.

Ontología, gnoseología, ética, filosofía del lenguaje, retórica, política, religión... La Sofística suponía una inversión magistral en materia de pensamiento. Relativamente intransigentes con el status quo de la polis, la revolución llevada a cabo tuvo el mismo peso que la que supusieran, por caso, el platonismo o el

aristotelismo.209 Sólo que la Sofística estaba condenada a ser ninguneada: era

209 La Sofística surge en el contexto específico de la polis ateniense del siglo V a.C., de allí que ciertas

interpretaciones mecanicistas supongan que su difusión obedeció simplemente a la necesidad de paliar un desequilibrio social: la urgencia por dominar la argumentación, la retórica y la persuasión que tenían ciertos sectores excluidos tanto de los puestos políticos como de la posibilidad de una defensa adecuada en los tribunales judiciales. Al sostener que la areté (virtud) era enseñable al demos y que la palabra era propiedad de todos, la Sofística contribuyó a consolidar el advenimiento al poder político de los “nuevos ricos”, posibilitó cierta movilidad social a quien disponía del preciado logos y, de esta manera, fomentó la expansión de la democracia ateniense. Pero sin dudas que el alcance del movimiento se revela mucho más potente que unas meras lecciones de retórica impartidas por extranjeros o griegos en impertinente nomadismo. Si llegaron rápidamente las acusaciones de que con ello se fomentaba el relajamiento de las costumbres, el libertinaje intelectual y el agnosticismo, la Sofística debía ir mucho más allá del humanismo griego entrante o de las tendencias a la democratización cultural, soberanía popular e igualdad civil de algunos sectores advenedizos. Naturalmente, es dable pensar que tales acusaciones tenían menos que ver con aquella preparación para la vida cívica que garantizaban, que con los cuestionamientos hacia la religión, la verdad, la ley

inasimilable en más de un aspecto. Y lo sigue siendo. La victoria, ya es sabido, se la llevó la tradición parmenídea (Sócrates, Platón, Aristóteles y siguen las firmas), de

manera tal que los sophós, maestros de la palabra, fueron arrojados al basurero

intelectual reservado a la doxa: las falacias, los artilugios verbales y la retórica, el arte de persuadir sin fundamentos, el sentido común o, sencillamente, un discurso vacío que intentaba desparramar un relativismo moral generador de anomia en el demos.

Sin embargo, y a pesar del desprecio que la ciencia y la filosofía modernas

sienten por aquellos mercaderes, el juicio histórico sobre la Sofística no se

corresponde ni con el respeto que el Tábano ateniense mostrara ni mucho menos con el que declarara su ilustre discípulo, (entre paréntesis) acaso el pensador más brillante que ha dado la humanidad. Se ha hecho notar en varios lugares que las afinidades entre aquellas escuelas rivales son más de las que se suponen.210 Si aún en

la actualidad “sofista” equivale a mentiroso, esto es porque no alcanza con revisar las connotaciones de algunos términos para rectificar las injusticias de la historia del pensamiento. Quizás por esto volvamos resignados al tema luego del estéril y desganado intento de vindicación.

Protágoras, Gorgias, Hipias, Pródico, Trasímaco, el maravilloso Antifonte... aquellos traficantes del discurso tenían mucho que decir a propósito del conocimiento y el ser, de hecho fueron los primeros en afirmar tajantemente la opacidad de las cosas y, con ello, clausuraron temporalmente la problemática del arkhé, aquel principio cosmológico y metafísico que daba cuenta del universo y que tantas jaquecas había causado entre los (extemporáneamente) llamados presocráticos. ¿Qué actitud asumen los sofistas? Ponen el lenguaje en el centro del debate filosófico. “La palabra es un poderoso soberano”, gustaba decir Gorgias cuando defendía lo indefendible.211 Y es

que entrenados en el arte de la argumentación formal, y a sabiendas de la imposibilidad de alcanzar la verdad última de las cosas, la Sofística tiene por misión el enseñar a defender argumentos opuestos, hacer verosímil lo inverosímil, volver más fuerte el logos más débil. La estética del discurso no quedaba relegada, más bien seguía a la lógica y la complementaba. Pero si el lenguaje entraba en escena ello es porque había un ser lingüístico, un animal político que requería de la palabra, y además porque el mundo era sólo asequible a su manera.

El hombre es la medida de todas las cosas; de las que son, en cuanto que son; y de las que no son, en cuanto que no son.”212 El ánthrōpos métron de Protágoras dejaba un lamentable

y la moral absoluta. La Sofística altera el orden porque toda tradición pierde su santidad. Quizás por ello tampoco falten los historiadores de la cultura quienes, como Hauser, hablen de una Ilustración griega.

210 Seguros del inexistente riesgo de ofender a un linaje ya extinguido podemos decir que, en mucho

más de lo que se cree, tanto Sócrates como Platón fueron sofistas con todas las letras, y para cerciorarse de ello no hace falta más que degustar La república o el propio Timeo.Definitivamente, Sócrates lo era aunque lo negara enfáticamente (¿acaso su apología no fue un gran ejercicio sofístico?), de la misma manera en que Platón fue un poeta exquisito, y tanto más lo era cuando vilipendiaba a la poesía.

211 Gorgias. Encomio de Helena. En: AA.VV. Sofistas. Testimonios y fragmentos. Madrid, Gredos, 1996.

Introducción, traducción y notas de Melero Bellido, A., págs. 205 y 206.

212 Fr. A 14 Diels. También en el Teéteto de Platón. Op. cit., págs. 193 y 194, y en Sexto Empírico.

equívoco a la posteridad. No estaba claro si el hombre-como-medida mentaba al género humano en su conjunto o únicamente al sujeto individual. Eran distintas las implicancias. De cualquier manera, se dejaba abierta la puerta a un relativismo antropomórfico y también se hacía patente la imposibilidad de descubrir el Ser. En efecto, ¿era éste último a la medida del hombre, en cuyo caso caíamos en el temido solipsismo o, cosa distinta, Protágoras afirmaba únicamente que el conocimiento no tenía más remedio que ser humano, de forma tal que habría relativismo gnoseológico mas no negación de lo real, entiéndase bien, negación de la objetividad de lo real? Carentes de mayores fuentes y disponiendo sólo de fragmentos que nos

llegaron a través de las escuelas rivales, estas preguntas quedaron sin resolver,

siguiendo el destino de las mejores preguntas.

La Sofística no era generosa en certezas, no sistematizaba sus conclusiones, tan sólo aguijoneaba por vez primera aquellas verdades absolutas recién paridas por el socratismo, sembraba la duda por doquier y, para colmo de males, enseñaba a argumentar por los contrarios con igual legitimidad. Y todo sin ruborizarse. Por otro lado, con la formulación del principio de homomensura, el conocer quedaba entrampado en la pura percepción sensorial y el parecer subjetivo, lo cual hacía de la verdad no sólo algo relativo y transitorio sino que también la interiorizaba en el ámbito exclusivo del sujeto. El conocer, de aquí en más, sería conocer del hombre y para el hombre. Lo capital entonces era que la inmanencia de todo saber asestaba un golpe a la verdad como correspondencia, universal, intemporal, necesaria y, dato no menor, alcanzable. Va de suyo que si se confundía la aparición del ser con su propia sustancia, la realidad quedaba relegada al ámbito fenoménico: al mundo de las apariencias, a lo sensible, a lo que cambia, a lo que en realidadno es.

Al fin y al cabo para nada habían servido las enfurecidas diatribas de Parménides cuando despotricaba contra esa raza sin juicio: los mortales que nada saben, que ciegos y sordos, estupefactos, vagan bicéfalos entre la Vía de la Opinión y la Vía de la Verdad, la del ser y la del no ser, creyendo que el ser es y no es al mismo tiempo, convencidos de que las cosas cambian de lugar y mudan de color resplandeciente. Era tarde para obedecer las premonitorias advertencias: el pensamiento ya no era idéntico al ser. La Vía de la Opinión había comenzado a ser recorrida deliberadamente y el callejón que presuponía la Sofística quedaba sólidamente complementado

primero con el agnosticismo213, luego con aquella sentencia también gorgiana que

concluía en el escepticismo más desolador: Nada existe; si algo existe, es incognoscible; si fuera cognoscible, no podría comunicarse por medio del discurso.214 Se entiende luego el

rechazo moderno a la Sofística y la lucha parmenídea-socrático-platónica por sacar a la filosofía de la doxa (opinión). La polis se quedaba sin realidad, sin dioses, sin saber, sin autoridad: se derruía el mundo de las ideas y los ideales.

213 Recuérdese que además de las conocidas imposturas de Gorgias y de Teodoro, también a

Protágoras le costaron el exilio unas declaraciones como éstas: “Sobre los dioses no puedo tener la certeza de que existen ni de que no existen ni tampoco de cómo son en su forma externa. Ya que son muchos los factores que me lo impiden: la imprecisión del asunto así como la brevedad de la vida humana.” La sentencia aparece en Diógenes Laercio. Vidas de filósofos ilustres. Barcelona, Omega, 2003, IX 51.

214 Sexto Empírico. Contra los matemáticos, VII 65 ss. Citado en: AA.VV. Sofistas. Testimonios y

Aquí debe ponerse otro coto adicional a la demonización que pretende hacer de la Sofística un simple relativismo moral carente de escrúpulos. Aunque acostumbrados a predicar la validez de enunciados contrarios, los sofistas no pensaban que todas las creencias fuesen igualmente buenas. Por el contrario, que los juicios, dependiendo de los contextos, sean verosímiles, no entrañaba que tuviesen el mismo valor. De hecho, el sophós era aquel que recogía en sus juicios más cantidad de realidad que el resto y, por ende, sus razonamientos eran más fuertes que los infundados.215 De esta manera, así como la salud era preferible a la enfermedad, los

sofistas concluían que había mejores disposiciones que otras. El desagravio es pertinente. En última instancia, enseñaban la perfección de las cosas, buscaban la virtud (areté) y la inculcaban pacientemente en la polis.216 De esta manera el

relativismo tenía sus límites concretos, quedaba un ápice de verdad, se salvaban la moral y la ciudadanía merced a la constitución de un criterio de verdad utilitario, gnoseológicamente pragmático, pero políticamente conducente... secularizado y desacralizante, pero criterio al fin.

A pesar de aquellos resguardos, los ilustrados de la Antigüedad ya habían derrumbado todo un mito: si la palabra dejaba de ser mágico-religiosa para volverse diálogo, si la areté era enseñable a todos, si todos los ciudadanos podían gobernar, entonces se alteraban varios órdenes no menores en la polis. El sismo era notorio. La Sofística se revelaba así como la expresión más acabada de aquel humanismo griego que hizo del hombre un rey; y de la palabra, su cetro; que había democratizado la cultura, el arte y la educación, trastocando las tradiciones en su núcleo duro, fomentando la diversidad de opiniones, “relajando las costumbres”, cuestionando la religión, potenciando un “libertinaje intelectual” ya de por sí creciente, arrasando con las verdades instituidas.217 La respuesta de Platón no tardó en llegar. Y el silencio

de la filosofía occidental es la prueba patente de su triunfo.

Sin embargo, a pesar de la derrota de la Sofística, la formidable tradición relativista iniciada en el siglo V a.C. dio cabida más tarde al Escepticismo propiamente dicho, quizás menos radical que aquélla pero mucho más profundo en su praxis vital, aunque casi no queden testimonios de ello y algunos de sus maestros optaran por no dejar registro escrito de sus opiniones. En la segunda mitad del siglo IV a.C. el célebre Pirrón de Elea y, un poco más tarde, Timón de Flionte (su discípulo) dieron lugar a lo que terminó llamándose escepticismo antiguo. Como

215 Guthrie, W. Historia de la filosofía griega. Madrid, Gredos, 1977, 2 volúmenes. Algo similar sucederá

con el probabilismo de Cicerón y el escepticismo moderado de los académicos que fueran sus maestros.

216 En lenguaje moderno podríamos decir que impartían educación cívica, formaban ciudadanos.

Por esto mismo no fue el cristianismo (en su doctrina de que todos somos hijos de Dios) quien primero afirmó un igualitarismo irrestricto de carácter universal. En este caso, el universalismo, mucho más ilustrado, humanista y progresista aún, surge de la razón y de la capacidad común de aprender la virtud. Dicha posición es común a toda la Sofística, excepción hecha de Gorgias. Más radical todavía es el extemporáneo igualitarismo de Antifonte (Véanse Sobre la verdad y Sobre la concordia). En torno la polémica sobre el cristianismo, y a la primaria herencia greco-romana de la Ilustración, resulta sugerente la discusión entre Vattimo, Onfray y Flores d’Arcais. ¿Ateos o creyentes?

Madrid, Paidós, 2009, pág. 92 y ss.

217 Salvo Critias, quien fue un conservador a ultranza y bajo ningún concepto merece formar parte

parte de este empuje, aunque con diferencias, destaca la presencia de Teodoro el

Ateo y su influjo sobre la escuela cirenaica o hedonista. Un siglo después fueron

Arcesilao, Carnéades y Clitómaco los encargados de hacer sobrevivir y perpetuar la tradición escéptica, inoculando el germen dentro de la propia Academia platónica, la cual también atravesó por un período dominado por la duda acerca del conocimiento humano y la abstención del asentimiento, aunque disputara menos contra el platonismo que contra los estoicos y la eventual existencia de las impresiones catalépticas, esa suerte de impresiones claras y distintas de la Antigüedad.218

Aquel impulso de sospecha (más una forma de vida que una teoría) duró hasta el llamado neoescepticismo del siglo I a.C., que tuvo como representantes a

Enesidemo y Agripa.219 Aquí ya encontramos un novedoso descreimiento sobre el

hecho de que el saber traiga consigo la felicidad. Tema caro al romanticismo, incluido el nietzscheano. Y además se presentan nuevamente las sugerencias para suspender el juicio (epoché) sobre las distintas verdades y se recomienda vivir en el mundo de las apariencias.

Hacia el siglo III d.C., cuando parecía que el fuego se había extinguido y la verdad recobraba nuevamente su prestigio, el lastre que había principiado en la Sofística resucitaba, ya con plena vitalidad y quizás en su expresión más acabada, o por lo menos dando muestras de mayor claridad, de la mano del neopirronismo de Sexto Empírico. En él hay una suerte de síntesis de la tradición escéptica, al tiempo que una sistematización de sus argumentos. Como corresponde, hay también mucha sofística.

Ni el mejor, ni el más original: Sexto Empírico, además de célebre médico, fue uno de los grandes compiladores de los fragmentos dispersos o perdidos de la Antigüedad. Tomaremos aquí su versión del escepticismo porque, de las antiguas, es la que aparece mejor elaborada al tiempo que resulta absolutamente radical, a diferencia de otros escépticos moderados al estilo de Cicerón. Al margen de estas razones académicas también cederemos a una cuestión menos atendible: la de su éxito postrero. Aunque sabemos que a lo largo de toda la historia de la filosofía

griega se cuestionó la idea de verdad objetiva, allá por el siglo IV los Esbozos

terminaron por imponerse como el prototipo de la orientación escéptica.

218 Fueron justamente Arcesilao, Carnéades y Clitómaco quienes llegaron a dudar tan radicalmente

de todo que lo hicieron extensivo al propio escepticismo, de forma tal que reconocieron no saber con certeza si éste suponía o no una posición correcta. Ver, con sus correspondientes reparos, la graciosa y bellísima obra de Diógenes Laercio: Vidas de filósofos ilustres. Para las diferencias entre los escépticos y la Sofística (Protágoras y Gorgias, por caso) se pueden consultar los Esbozos pirrónicos de Sexto Empírico, págs. 124 y 125. Asimismo, en dicha obra pueden cotejarse las discrepancias del pirronismo con la Academia Media de Arcesilao y con el probabilismo de la Academia Nueva de Clitómaco y Carnéades (págs. 128 y ss). Sobre éste último tema resultan de utilidad las Cuestiones académicas de Cicerón.

219 Hay quienes creen, como Diógenes Laercio, que es Enesidemo el gran teórico del escepticismo.

Para escépticos tardíos como Sexto Empírico, por el contrario, Enesidemo no se encontraba en la línea original del pirronismo y era tratado como una variante heterodoxa del pensamiento de Heráclito.

Más de mil años más tarde, en el siglo XVI, cuando al calor de las disputas religiosas se observa en Francia otro renacer del escepticismo, Sexto Empírico será el favorito de los polemistas, sobre todo gracias a un célebre ensayista muy

admirado por Nietzsche: hablamos de Montaigne y su Apología de Raimond Sabond.

Hecha la quinta aclaración sobre Sexto pasamos por fin a decir algo sobre su obra. Vale la pena, no en vano se han señalado los vínculos entre Nietzsche y el pirronismo, la Sofística, Cicerón, Montaigne y el escepticismo en general. Luego volveremos a nuestro objeto pero provistos de otras armas.

Se sabe que parte del escepticismo se sostiene en los diez tropos (modos,

direcciones) de Enesidemo y en los cinco siguientes de Agripa. No vamos a repasar lo ingenioso de aquellos artilugios que sobreviven al tiempo, y no sólo como simples ejercicios dialécticos sino por la vigencia de los problemas que plantean.220 Acotando

el discurso recordaremos que Sexto Empírico decía que si siempre se puede argumentar con igual grado de validez tanto a favor de x como en su contra, si ni siquiera estamos seguros de tener mejores órganos para el conocimiento que los “animales irracionales”, si tampoco sabemos cómo es el mundo para el resto de los seres, si la sensación es un acto exclusivamente individual, interno, involuntario y, por eso, irrefutable; si todo aquello acaece, pues entonces, debemos abstenernos de decir cómo son las cosas en realidad y conformarnos con opinar sobre cómo son para nosotros. Cómo se nos aparecen en éste, nuestro mundo.

Va de suyo que siguiendo aquellas prescripciones el ser humano nuevamente

se quedaba sin conocimiento. Traducido impropiamente al argot kantiano, el Gran

Compilador no estaba recomendando otra cosa más que evitar pronunciarse acerca del noúmeno, no emitir juicio alguno con respecto a él, ni siquiera arriesgar