Existen suficientes pruebas de que los supervisores nazis de los “barrios judíos” se esforzaban en apoyar y reforzar la autoridad de los dirigentes judíos elegidos: necesitan el prestigio de los “consejos judíos” para conseguir la docilidad de las masas judías.
Hacia abajo, los dirigentes judíos ejercían un poder formalmente ilimitado sobre la población cautiva. Hacia arriba, se encontraban a merced de una organización criminal libre de todo control. Las élites judías desempeñaron, por lo tanto, un papel mediador fundamental en la incapacitación de los judíos.
Además, y esto es atípico de un genocidio, el sometimiento absoluto de la población a la voluntad de sus captores no se consiguió por medio de la destrucción, sino reforzando las estructuras comunales y la función integradora de las elites.
Por lo tanto, y es paradójico, la situación de los judíos durante las fases preliminares de la Solución Final era más parecida a la de un grupo
subordinado en el seno de una estructura normal de poder que a la de las víctimas de una operación genocida “normal”.
Efectivamente, los casos individuales de desobediencia eran inefectivos precisamente porque, en muchos otros, los nazis sí podían contar con la cooperación de los judíos y, en consecuencia, perpetrar su operación criminal utilizando solamente una parte muy pequeña de sus propias fuerzas.
Hasta cierto punto, los judíos formaban parte del orden social que los iba a destruir.
Eran un eslabón fundamental en la cadena de acciones coordinadas. Su propia actuación era una parte indispensable de la operación total y condición decisiva para que tuviera éxito.
Los genocidios “normales” dividen a los actores, sin ningún tipo de ambigüedad, en asesinos y asesinados, y para éstos últimos, la resistencia es la única respuesta racional.
En el Holocausto las divisiones eran mucho menos claras. Aparentemente, la población condenada, incorporada a la estructura global de poder y con una serie de tareas y funciones dentro de ella, tenía una gama de opciones entre las que elegir. La cooperación con sus enemigos jurados y futuros asesinos tenía su grado de racionalidad.
Los judíos, en consecuencia, se acostumbraron a las condiciones de sus opresores, les facilitaron la tarea y acarrearon su perdición, aunque su actuación fuera guiada por el propósito, racionalmente interpretado, de sobrevivir.
Debido a esta paradoja, los documentos del Holocausto ofrecen una oportunidad única de entender los principios generales de una opresión administrada burocráticamente.
Y es importante tenerlos en cuenta para entender la forma en que funciona el poder en la sociedad moderna.
Uno de los más importantes es la capacidad del poder moderno, racional organizado burocráticamente de inducir acciones funcionalmente indispensables para sus fines y que son totalmente contrarias a los intereses vitales de los actores.
Posiblemente el Holocausto se habría producido igual sin todas estas ayudas, pero habría pasado a la historia de forma diferente, acaso menos aterrador.
“Aislar” a las víctimas
La burocracia tiene que estar: 1) completamente especializada y 2) tener un monopolio incondicional sobre la función especializada que lleva a cabo.
Los objetos elegidos deben permanecer dentro de la competencia de esta burocracia especializada y de ninguna otra institución.
La burocracia que dirige una política de objetivos y dispone del derecho exclusivo a acometerla, tiene plena competencia para definir los parámetros de comportamiento de sus víctimas y, por lo tanto, puede incluir los motivos racionales de las victimas entre los recursos que puede utilizar para realizar su tarea.
Antes de que el poder burocrático pueda contar con la cooperación de la categoría que se va a destruir o perjudicar, tiene que “aislarla” de forma efectiva.
O bien trasladarla físicamente del contexto de la vida cotidiana y de las preocupaciones de los otros grupos o separarla psicológicamente por medio de definiciones discriminadoras haciendo hincapié en la singularidad de la categoría objetivo.
El ghetto es el mundo La vida sin vecinos…
Se encuentran solos, no pueden contar con la solidaridad de otras personas…
Alejadas espiritualmente…
No comparten las mismas experiencias…
La desaparición física de los judíos pasó inadvertida en gran parte porque los alemanes los habían eliminado hacía mucho tiempo de sus corazones y sus mentes.
El aislamiento espiritual se consiguió utilizando diferentes métodos:
Llamamiento al antisemitismo: se acusaba a los judíos de crímenes odiosos, intenciones funestas y vicios hereditarios.
Se estimularon temores y fobias que suelen ir asociados con los parásitos y las bacterias y se apelaba a la obsesión del hombre moderno por la salud y la higiene.
Dedicaron gran cantidad de energía y esfuerzos a elaborar una definición legalmente perfecta de los judíos… era necesaria para garantizar a los testigos del sacrificio que lo que estaban viendo no les sucedería a ellos, que sus intereses no estaban amenazados, que eran cosas que les pasaban a los judíos y por lo tanto, que no tenían consecuencias adversas sobre ellos.
El juego de “salva lo que puedas”
El juego en que los nazis obligaron a los judíos a participar era el de la muerte y la supervivencia y, por lo tanto, la acción racional, en su caso, sólo podía estar dirigida a incrementar las oportunidades de la destrucción o de limitar la escala de la destrucción. El mundo de los valores se redujo a uno, permanecer con vida o, al menos, éste eclipsaba a los demás.
En todas las etapas del Holocausto las víctimas se enfrentaban con una opción, por lo menos, subjetivamente, ya que objetivamente la elección ya no existía debido a que se le había adelantado la decisión secreta de la destrucción física. No podían elegir entre situaciones buenas y malas pero, al menos, pidas elegir entre las malas y las peores. Y, más importante, podían esquivar algunos golpes si manifestaban que merecían una exención o un trato especial. En otras palabras, tenían algo que salvar.
Para que el comportamiento de sus víctimas fuera predecible y, en consecuencia, manipulable y controlable, los nazis tuvieron que hacer creer a sus víctimas que realmente podían salvar alfo y que existían una normas muy claras sobre cómo comportarse para conseguirlo.
Las víctimas tenían que pensar que su conducta tenía importancia y que su situación se podía modificar dependiendo de lo que hicieran.
El aspecto diabólico de esto fue que las creencias y convicciones que sancionaba y las actuaciones que fomentaba proporcionaron legitimidad al plan maestro nazi y lo hicieron digerible para muchos incluidas las víctimas… Lo que resultaba tan desastroso, a nivel moral, de aceptar estas categorías privilegiadas era que todo el que solicitaba que le hicieran una “excepción” aceptaba implícitamente la norma.
Cualquiera que viera en la normativa una oportunidad y pidiera acogerse a los beneficios estaba aceptando al mismo tiempo el supuesto que justificaba la norma y las excepciones, es decir, que los judíos “normales”, los judíos “como tales”, no se merecían los derechos que otorgaba la ciudadanía alemana.
El flujo de peticiones prolijamente argumentadas contribuyó en gran medida a la silenciosa reconciliación con la nueva situación que habían creado las leyes contra los judíos.
Lo que se aceptaba tácitamente era el principio de que era necesario ser de una clase especial de judío para protestar contra la discriminación o la persecución.
La individualización de las estrategias de supervivencia condujo a una carrera generalizada por funciones y posiciones que se consideraban favorables o privilegiadas y a terribles esfuerzos por consagrarse personalmente con los opresores, invariablemente a costa de otras víctimas.
La racionalidad individual al servicio de la destrucción colectiva
Cuando se puede elegir existe la oportunidad de comportarse con racionalidad. Al tener pleno dominio sobre los medios de coacción, los nazis se encargaron de que racionalidad significar cooperación, que todo lo que hicieran los judíos al servicio de sus propios intereses acercara el objetivo nazi al éxito total.
La racionalidad de la propia conservación
El éxito de los opresores dependía de que, persuadiendo a las víctimas de que existía la posibilidad de sobrevivir, se pudiera conseguir el objetivo original, este es, permitir a las personas que actuaran racionalmente en un marco deliberadamente irracional. Esto, a su vez, dependía de que se eliminaran los enclaves de normalidad del contexto total.
Para conseguirlo había que crear la apariencia de que la mayor parte de la veces la supervivencia selectiva era posible, y por lo tanto, la conducta dictada por el interés en la propia conservación era racional y sensata.
Sin embargo, una vez que se había elegido la propia conservación como criterio de actuación supremo, su precio iría subiendo lenta pero inexorablemente hasta que se devaluaran todas las otras consideraciones. La cooperación de las victimas con los designios de sus perseguidores fue facilitada por la corrupción moral de las víctimas. Al enfrentarlas con elecciones en las cuales “los más adecuados”, los que sobrevivirían, solo podían pasar la prueba con las manos sucias, los diseñadores se aseguraron de que con el paso del tiempo la población del ghetto se iría convirtiendo en un grupo de cómplices y que iría creciendo su insensibilidad moral, en detrimento de todos los frenos que normalmente sujetan la presión del instinto de conservación.
En el ghetto, la distancia entre las clases era la distancia entre la vida y la muerte. El simple hecho de permanecer con vida significaba cerrar los ojos ante la agonía y la miseria de otras personas.
… la vida en el ghetto había ido perdiendo progresivamente su valor, y el premio más codiciado, el único que contaba, era la propia supervivencia. Pocas veces la simple preocupación por la propia supervivencia ha estado tan cerca de la corrupción moral.
Una fuerza irresistible para vivir hacía que se dejaran a un lado los escrúpulos morales, y con ellos, la dignidad humana.
En medio de la pelea universal por sobrevivir, el valor de la propia conservación se entronizaba como la incontestable legitimación de la elección. Todo lo que era útil para la propia conservación estaba bien… parecía que todos los medios estaban justificados.
Este comportamiento reflejaba la corrupción general de la población convertida en víctima.
La opresión que elevaba la racionalidad de la propia conservación y devaluaba sistemáticamente las consideraciones morales consiguió deshumanizar a sus víctimas.
Conclusión
Los judíos en realidad no tuvieron elección. O, mejor dicho, no habían sido ellos que habían fijado la gama de elecciones posibles. La mayor parte de ellos, incluyendo a los profundamente corruptos y sin escrúpulos, utilizaron
su razón y su capacidad de juicio racional ante las opciones que se les presentaban.
Lo que la experiencia del Holocausto reveló, en todas sus pavorosas consecuencias, fue una diferencia entre la racionalidad del actor (un factor psicológico) y la racionalidad de la acción (medida por sus consecuencias objetivas para el actor).
En situaciones de poder acusadamente asimétricas, la racionalidad de los dominados, cuando menos, tiene sus pros y sus contras. Puede funcionar a su favor, pero también los puede destruir.