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Por
Juan Ángel JuristoErnesto Pérez Zúñiga:
La fuga del maestro Tartini. Premio XXIV de Narrativa Torrente Ballester Alianza Editorial
Madrid, 2013 443 páginas
en lo profundo con éstas, el profesor va a indagar en la vida pasada de otro escritor que había habitado tiempo atrás en la ca- sa donde vive y que había sido secuestra- do por una enmascarada a la que acompa- ñaba un mono. De esa indagación y de la inmersión en el mundo de la marginación trata este bello libro que se nos presenta como una metáfora salvífica del poder del arte, de la literatura como transformación del mundo, de la visión del hombre ante las cosas. Ese acierto en narrar la frontera entre lo que constituye la ficción y la reali- dad es la clave de la excelencia de esta no- vela, es decir, un contraste entre dos mun- dos, como sucedía con El segundo círculo. De nuevo esa intensa concentración en las atmósferas extrañas, opresivas... como si el autor tuviera cierta querencia por los en- sueños tomados del Romanticismo...
Ahora, Ernesto Pérez Zúñiga, ha es- crito con La fuga del maestro Tartini una novela muy equilibrada en la forma y que posee la virtud de hallarse justo en el filo de la navaja, querencia que puede definir su literatura narrativa, hecha para realzar los límites. Encontrar ese difícil equilibrio no es tarea fácil y tengo para mí que el au- tor se ha transformado en este libro en un espíritu de talante goethiano para llevarlo a cabo, para asistirle en cierta manera.
Trata el libro de una especie de reme- moración que el maestro Tartini, el afama- do músico conocido por “El trino del dia- blo”, realiza de su vida. Hasta aquí nada de particular. Lo que sucede es que Tartini, o así lo ha querido ver Pérez Zúñiga, es un adelantado de su tiempo, un tapado ro- mántico en época de pelucas, cuando el canon clasicista era incuestionable. Tartini se convierte, quizá por su vida aventurera, por el tema de su obra más conocida, por
el virtuosismo de su instrumento que le hi- zo célebre, el violín, en un correlato me- nos trágico, todo hay que decirlo, de Evgeni Oneguin, en esta novela, pero donde late un inmenso afán de trascendencia de los lí- mites. De ahí que me refiera a talante goe- thiano, pues esta narración está escrita con una forma que se quiere de factura clásica, yo diría clasicista en tanto en cuanto quiere imitar el estilo dieciochesco, pero a la vez se hunde en ciertos abismos que llevaron, en pleno siglo romántico, a océanos de pa- sión y de miseria.
Novelar épocas fronterizas o que así las queremos ver ahora, no es tarea fácil porque se corre el riesgo de que cierta idea poco verosímil, diría anacrónica, se ense- ñoree de la narración. Pérez Zúñiga, que es avezado narrador, ha resuelto el proble- ma recurriendo a una segunda voz, que ac- túa al modo de segundo Tartini, y que nos cuenta aspectos familiares, de cuitas amo- rosas, que no sabe ni el propio músico.
Esa segunda voz habla de continuo del tiempo, argumento real de la novela en tanto en cuanto llena casi todas las medi- taciones de lo que resulta la inmersión en la obra de arte, y no es poco mérito, parte inherente, además, del juego literario, que las referencias lleguen a la actualidad. Por ejemplo, en uno de los pasajes en que se comienza “Call me Tom Waits…”
Es esta ambigüedad esencial de la narración, en la que ésta se balancea de continuo, lo que hace que esta novela no tenga nada que ver con una aproximación a la vida de Tartini y, ni de lejos, la preten- sión de realizar una novela de corte histó- rico sobre el final del siglo XVIII. Lo que ha impulsado a Pérez Zúñiga es describir, asistir en cierto modo, a ese momento en que el límite se diluye y aparece lo faústi-
co, el camino hacia la inmensidad propia de la querencia romántica. Para ello tie- ne que haber atracción del abismo, cier- to, pero no olvidemos que estamos ante un personaje perfilado a lo Oneguin y que esa querencia quedaría incompleta sin la pa- sión por antonomasia del siglo, la pasión amorosa. Elisabetta Premazore, se llama la dama, y es de clase humilde, cual la leche- ra amada por Goethe en su vejez. Es la me- jor introducción a la transgresión presente en el amor y en la obra de arte que Pérez Zúñiga quiere se asemeje en la búsqueda desasosegada de Tartini.
El autor nos describe paisajes emble- máticos de las ciudades europeas del mo- mento, Praga, Venecia, Padua, Mantua… maneja una prolija información, se ve que el violín le apasiona porque trata con pro- fusas descripciones lo concerniente a la escuela de violín de Tartini, por la que se le conoció como “el maestro de las na- ciones”, que cita Mozart, y donde pasó por allí Salieri, ese músico injustamente tocado por el genio de Pushkin. Otra vez Oneguin, de una u otra manera.
En la obra de Pérez Zúñiga se agazapa siempre algo que parece no tiene nombre o, por lo menos, límites precisos. Ocurre que el tema del que se trata oculta siem- pre otra intención. En esta novela, Tartini es personaje fascinante y Pérez Zúñiga au- tor fascinado, pero detrás de esa pasión por un personaje y dar cuenta de él existe otra, más profunda, la de intentar explicar, y ex- plicarse, qué es la obra de arte y su ligazón inextricable al tiempo. Y es esa reflexión sobre el tiempo es el punto esencial de la novela pues en cierta manera el autor cree que la obra de arte posee la cualidad ca- si celestial, podría decirse así, de anularlo. No de hacernos inmortales, lo que sería no
sólo un horror, sino todo lo contrario de lo que se pretende aquí, sino la consecución de la atemporalidad. La novela se abre con una cita de Borges donde dice que el hom- bre es polvo y tiempo, metáfora bella pe- ro menos genial que la de Quevedo, y que la música es el tiempo. En realidad ahí se halla la explicación de años de búsqueda de información sobre el maestro Tartini y las páginas que le siguen. Búsqueda de un personaje fascinante, que quiso saber el meollo de las cosas a través del arte, y que más tarde se da cuenta de que esa recón- dita armonía del mundo se halla en lo más simple. Resolución casi zen a una búsque- da que se quiere oceánica. Esta novela mo- dela muy bien esa contradicción, bebe de ella. En ello reside su valor.
Pero conviene resaltar otras cualida- des de este libro: en nuestra literatura no abundan los ejemplos en que música y lite- ratura se den la mano. En esta novela hay una imbricación entre estructura musical y estructura narrativa en feliz conjunción si sabemos delimitar aquello que queremos afirmar, es decir, por la vida de Tartini su- ceden avatares sorprendentes e imprevis- tos, como corresponden a un héroe que se mantiene en esas fronteras tan queridas por Ernesto Pérez Zúñiga, aquí el siglo del Clasicismo y el precursor romántico, y uno de los goces estéticos más sorprendentes que nos depara este libro consiste en que todo ese movimiento se asemeja al modo que tiene de tocarse una fuga. Tartini quie- re conocerlo todo, al modo de Fausto, pero esa totalidad, esa búsqueda, Tartini la rea- liza sólo mediante el ejercicio de la músi- ca, donde quiere reconciliar esa ambigüe- dad entre el bien y el mal en que consis- te su modo de percibir lo real. Una de las virtudes de Pérez Zúñiga consiste en que
el lector sabe en todo momento más que los propios personajes sobre ellos mismos, pero no al modo del narrador omnisciente que se utilizaba en el siglo XIX, sino recu- rriendo a las dualidades, tan queridas por el autor, es decir, a esa segunda voz que se
manifiesta obsesionada con el tiempo. Vale decir, nosotros, nuestro mundo de ahora. Una novela de perfiles ambiciosos, gran- des, de claro aliento romántico. Un con- traste con estos tiempos que curiosamen- te, la hace muy actual.
Mediante las líneas que siguen quisiera ofrecer un sintético perfil de Agustí Calvet, “Gaziel” (1887-1964), autor de dos libros que acaban de aparecer y que responden a caras diferentes de su poliédrica personali- dad, una de las más apasionantes del perio- dismo español del siglo pasado, por su tino, por su sagacidad y por su preciso y sugesti- vo estilo, que daba cuenta de tres activida- des (Josep Pla en 1964 dixit), la de escri- tor, observador y pensador.
El primero, Diario de un estudian-
te. París 1944 es, en la presente edición,
una traducción de Un estudiant a París que junto con papeles de muy reciente escritura (dos ensayos magistrales sobre Joan Maragall) constituye el último libro
(Barcelona, Selecta, 1963) que Gaziel pu- blicó en vida, y que Joan Fuster reseñaba en Destino (4-VII-1964) como una “síntesis testamentaria”. El texto se reimprimió bajo el marbete París 1914. Diari d’un estudiant (Barcelona, Aedos, 1964). La presente edi- ción es una reelaboración que Gaziel no pu- do completar de Diario de un estudiante en
País, libro editado por la barcelonesa edi-
torial Estudio, con un prólogo entusiasta e inteligente de Miquel dels Sants Oliver, en 1915, a poco de que las treinta y cinco cró- nicas que lo componían hubiesen sido pu- blicadas en La Vanguardia, entre el 9 de setiembre y el 29 de noviembre de 2014. Las crónicas son un diario personal que le abrió las puertas de periodista de la Gran
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Por
Adolfo Sotelo VázquezGaziel:
Diario de un estudiante
París, 1914 (Col. Trasatlántica, 23) Barcelona, Diëresis, 2013.