Sigue dando que hablar la Carta Pastoral del Episcopado Argentino titulada Una luz para reconstruir la Nación (Buenos Aires, Pilar, 12-11- 2005)
Si hemos de ser justos con la misma, diremos que no es desacertado el criterio elegido por sus redactores de recordar «cinco principios básicos de la Doctrina Social», con sus consiguientes «proyecciones sobre la realidad social argentina»; para hacer lo mismo después con «cuatro valores fundamentales de la vida social».
Lo desacertado -por decir lo menos- es el acento marcadamente naturalista e inmanentista de los conceptos vertidos bajo aquellas categorías. El tono temporalista y horizontalista, vacío de toda
perspectiva sobrenatural y de un talante genuinamente religioso. Lo desacertado es el enfoque reducccionista que malbarata y hace pasar la Doctrina Social de la Iglesia por la declaración de principios de cualquier agrupación partidocrática. Lo desacertado, en suma, y moralmente pecaminoso, es que aquello necesario de decir fue pusilánimemente callado, y que lo dicho llevó el sello del
derechohumanismo, de la deificación de la democracia, del culto antropocéntrico y hasta del siempre invocado y confuso solidarismo, convertido ahora en principio de la Doctrina Social. Lo desacertado -completemos el juicio- es el tributo que el texto paga, con inaudita displicencia, al núcleo de las ficciones ideológicas de la modernidad, tanto las de sesgo liberal como las de cuño marxista.
Sirvan de botones al proverbial muestrario, ante todo, el párrafo 29, que proclama abolida la enseñanza tradicional de la Iglesia, según la cual «el error no tiene derechos». Olvidando el pequeño detalle de que tal enunciado doctrinal fue expresado, entre otros, por León XIII en la Libertas, y que a la totalidad del magisterio leoniano pidió volver Juan Pablo II en la Introducción de su Centessimus annus, como un modo de «satisfacer la deuda de gratitud que la Iglesia entera ha contraído con el gran Papa» y de manifestar «también el verdadero sentido de la Tradición de la Iglesia».
Y luego el párrafo 30, en el cual -distorsionando facciosamente la naturaleza de la guerra revolucionaria que el comunismo internacional desató contra la Nación- se establece una explícita asimetría de
culpas, dictaminando que los actos de la guerrilla que «contribuyeron a enlutar a la patria» no son comparables al «terror de Estado» con sus «consecuentes crímenes de lesa humanidad». Como si toda represión estatal -aún la lícita, necesaria y justísima-fuera per se terrorismo; y como si los requisitos legales que tipifican de lesa humanidad a un crimen, no se aplicaran uno a uno al crapuloso accionar de la guerrilla. Y como si la acusación de "lesa humanidad" contra las Fuerzas Armadas Argentinas, no se supiera ya,
sobradamente, que constituye una chicaría política de las izquierdas sin real sustento jurídico.
Para los Obispos, los problemas vitales que deben señalarse y corregirse son de índole sociológica: desocupación, subempleo, exclusión social, inseguridad, pobreza. Y entre los «muchos signos positivos» que han escrutado les parece enunciable, en primer lugar, el aumento «del índice de votantes» (par.20).
La tragedia de una patria católica intencionalmente descristianizada, de la Fe perseguida y profanada, de la Cátedra de Pedro escarnecida, de la blasfemia y de la impiedad promovidas a mansalva, de la cultura de la muerte entronizada, y del ultraje religioso y moral hecho política oficial, no aparece mencionada. La tragedia de una Argentina en la que Cristo ha sido destronado y los deicidas se reparten con
insolencia sus despojos, tampoco los inquieta. La tragedia consiguiente de una población masificada y acostumbrada a la
aceptación del vicio y de la contranatura, cuyos integrantes han sido degradados del rango de ciudadanos al «de votantes», no los perturba ni les quita sus episcopales sueños. El hecho igualmente trágico de un gobierno crapuloso y corrupto, integrado por la gusanería marxistoide más revulsiva, y por los sirvientes más dóciles al Imperialismo
Internacional del Dinero, no se menciona en el listado de inconvenientes.
Todo el sinfín de males enormes que se siguen de estar padeciendo la acción devastadora de quienes niegan los derechos de Dios, ha sido silenciado. Y mientras se calla el deber de resistir valientemente tamaña perversión, hasta el derramamiento de la propia sangre si fuera menester, se insta «a luchar para transformar la pasividad de muchos en una auténtica participación democrática» (par. 21).
El Evangelio no manda luchar por la democracia, sino librar el buen combate por amor a Cristo Rey. Un combate en el que se está
dispuesto a donar la vida, y en el cual, históricamente, muchos santos y muchos héroes cristianos segaron vidas de enemigos públicos. Porque no es lo mismo la muerte de un inocente, que la muerte de un culpable en guerra justa o en custodia propia, o en legítima contienda defensiva de bienes cuyo agravio no puede consentirse.
No trae, pues, la Carta de los Obispos, una luz para reconstruir la nación. Sombras, nada más, como en el tango de Contursi. Lo que debieran saber los pastores es que, como lo enseñara Castellani, Dios no es un cantor de tangos, que al final, enternecido, abrirá las anchas puertas para que todos pasen al cielo. No; no, enseñaba el gran cura. La puerta es estrecha. Golpearán queriendo entrar los mercenarios que dejaron el rebaño a merced de los lobos. Y detrás se escuchará la voz firme y gimiente del Señor recitando: «Algún día haz de llamar / y no te abriré la puerta / y me sentirás llorar».
LA BESTIA:
Pero como vivimos bajo el signo de lo paródico y de la apariencia sin ser, tamaño documento episcopal -anodino, heterodoxo y tibio- fue
presentado por los medios como un «durísimo ataque» al Gobierno; una especie de bula condenatoria que lo arrojaba al averno. Y así durante días y días de libérrima ignorancia periodística. La especie llegó a oídos de la Bestia y reaccionó como es del dominio público. En su boca de dicción canibalesca se agolparon los sones guturales que hicieron las veces de palabras reprobatorias. En sus zarpas se
crisparon las pulsaciones que remedaron humanos gestos desdeñosos.
Porque Néstor Kirchner, que a él mentamos cuando decimos la Bestia, es un calco de Dudard, aquel personaje progresista de El Rinoceronte de lonesco, cuyas últimas palabras antes de animalizarse fueron
declarar que lo hacía pues era necesario ir con el tiempo. La Bestia no lee, ni medita, ni reflexiona, ni jerarquiza, ni distingue. La Bestia es incapaz del ensimismamiento, de la contrición, del perdón otorgado o requerido. Gruñe, manotea y depone. Es inútil hacerle inteligir la naturaleza de la Iglesia a la que cree pertenecer, y la naturaleza de la herejía que hoy corroe a esa Iglesia y a cuyos profetas exalta
dialécticamente. Es inútil pretender inculcarle la noción del
sacramento de la penitencia, en virtud del cual, lo que quiso señalar como un defecto: «confesar a los torturadores», no sería sino un mérito, amén de un deber. Es inútil proporcionarle los rudimentos de la lógica, según los cuales, un texto es veraz o falso per se, no per accidens; esto es, en el caso que nos ocupa, por el apoyo de la Iglesia a la legítima represión militar a la guerrilla. Es inútil solicitarle la fina motricidad del alma, y la virtud de la veracidad conexa a la justicia. La recua terrorista a la que lo une su pasado de módico estudiante
subversivo y su presente de garante del rencor setentista, lo acompaña en su odio a la Cruz. Que es lo único que queda en pie después de su grotesca soflama contra lo que él creyó inadmisible. Hubiera sido edificante que ante este estallido feral -por el cual, como en el poema de Manuel Machado, el animal «bufa, ruge, roto, cruje», y encuentra como respuesta la figura esbelta del torero «que se esquiva jugando con su enojo»- la Bestia se hubiera encontrado con la firmeza de los Herederos de los Apóstoles haciéndolo rodar por la arena. En su lugar, los obispos y el Cardenal Primado, Monseñor Bergoglio, se
apresuraron a aclarar con prontitud que la traída y llevada Carta Pastoral no estaba dirigida contra el Gobierno. Diversidad de voceros oficiales y oficiosos de la Conferencia Episcopal dieron la buena y tranquilizadora nueva... ya vieja para nosotros.
Gracias al Cielo, entre los desertores de la Eternidad y la Bestia, todavía existen católicos y argentinos dispuestos a pelear por Dios y por la Patria.