Entrevistado por F. W. Wilson (The People, 18 y 25 de mayo de 1924)
El político inglés Stanley Baldwin (1867-1947) era hijo de un fabricante de hierro y acero. Estudió en Harrow y en el Trinity College de Cambridge, y fue elegido por primera vez como parlamentario conservador en 1906. Su elección como líder del partido y primer ministro en 1923 fue una sorpresa, pero el partido le prefirió a él antes que al aristócrata Curzon. Fue primer ministro en tres ocasiones: en primer lugar de 1923 a 1924; después, tras el efímero Gobierno laborista de Ramsay MacDonald, de 1924 a 1929; y finalmente, de 1935 a 1937, encabezó el Gobierno nacional. Tras su retiro en 1937 fue nombrado primer conde Baldwin de Bewdley. Durante la etapa en que ostentó el cargo de primer ministro se produjo la huelga general de 1926, en la que su Gobierno plantó cara a los sindicatos, y tuvo lugar la abdicación de Eduardo VIII. Su último periodo como primer ministro (1935-1937) fue criticado por Churchill por no haber rearmado al país con la necesaria diligencia en respuesta a la agresión de Alemania. Era un político astuto que se enorgullecía de su reputación de honradez y
consideraba que una de sus principales tareas era mantener al peligroso y poco digno de confianza Lloyd George alejado del centro de la política. Mientras estaba en la oposición, en 1924, Baldwin concedió una entrevista al corresponsal político de The People, que por aquel entonces era un periódico dominical de derechas, en la que hizo unos cuantos comentarios incautos acerca de sus colegas políticos conservadores Winston Churchill y lord Birkenhead (la referencia a su salud es una velada alusión a su
afición al alcohol), así como a lord Beaverbrook, el magnate de la prensa. La entrevista fue una sensación. En cuestión de horas, la sede central del Partido Conservador emitió un comunicado de prensa manifestando que la entrevista contenía ciertas imprecisiones. Al día siguiente se hizo público otro comunicado, que en esta ocasión especificaba que los hirientes
comentarios acerca de ciertas figuras públicas no "representaban opiniones que hubiera expresado o mantenido" Mr. Baldwin. La prensa se mostró extremadamente escéptica acerca del desmentido. "Lo más desafortunado desde el punto de vista de Mr. Baldwin", comentaba el Glasgow Weekly Herald, "es que los pasajes personales que desmiente son precisamente los que más difícilmente podría haberse imaginado o inventado el reportero". Se presionó al propietario de The People, un financiero canadiense
llamado Grant Mordern, para que repudiara la entrevista e hiciera pública una nota pidiendo excusas. En lugar de ello, publicó otro artículo que contenía ulteriores revelaciones comprometidas. Todo el episodio iba en contra de la imagen de Baldwin como político honrado. El anterior primer ministro, Lloyd George, al que Baldwin llevaba largo tiempo acusando de ser deshonesto, pudo mostrarse ácidamente irónico en un discurso
pronunciado ante la National Liberal Federation: "El señor Baldwin es un hombre honrado. Dice la verdad, incluso en las entrevistas". La entrevista había sido concertada a través del principal agente de prensa de los
conservadores, H. E. Blain. En la siguiente edición del periódico, una semana más tarde, F. W. Wilson ofrecía una versión más extensa de su entrevista con Baldwin. Mr. Stanley Baldwin, líder del Partido Conservador y ex primer ministro, me ha puesto al corriente de una dramática situación con consecuencias de largo alcance para un importante partido político y para el país. Le pregunté a Mr. Baldwin cuál era el auténtico significado de su nuevo programa, expuesto en sus tres últimos discursos públicos. —He intentado —respondió— explicarle al país aquello en lo que honradamente creo. Todo futuro gobierno ha de ser socialista, en el sentido en el que nuestros abuelos empleaban la palabra. Personalmente, no sé que significa socialismo, pero sí sé que si el Partido Conservador pretende sobrevivir, debemos tener un credo vital y democrático. Debemos estar listos para hacer frente a los males, sociales y económicos, de nuestro superpoblado y
excesivamente industrializado país. "Hay que reducir el coste de la vida, el productor debe obtener mayores recompensas por su producto y éste debe costarle menos al comprador y al consumidor. "Creo que el Partido Conservador es el único capaz de enfrentarse satisfactoriamente a tales problemas. En el pasado se nos ha acusado, a menudo con razón, de estar excesivamente identificados con intereses creados y ocultos. En el futuro deberemos poner en orden nuestra casa y eliminar muchos de los abusos, cuya existencia sólo sirve para alimentar los argumentos de los socialistas. Si deseamos sobrevivir como partido, tendremos que vivir para el pueblo en el más amplio sentido de la palabra. "Otra razón por la que debemos hacer esto es que en nuestro partido están los mejores y más experimentados cerebros en el campo de los negocios, y podemos recurrir a ellos para romper círculos de poder y trusts. Porque bajo una política de libre comercio existen ese tipo de consorcios, igual que podrían existir bajo el proteccionismo. Contamos con hombres formados en el servicio a la nación en tiempo de guerra, que podrían ayudarnos. Quizá sería necesario
movilizarles para lanzar una gran campaña para abaratar los alimentos. "Sólo nosotros podemos hacer frente a estos problemas sociales. Los
socialistas se enfangan en los conflictos de la guerra de clases y los liberales son excesivamente idealistas. "En primer lugar, y esto es especialmente importante, debo decir que considero una prioridad el poner coto
inmediatamente a la acaparación de alimentos. Algunos datos que han llegado recientemente a mis manos resultan altamente significativos. "A una mujer que tenía arrendado un terreno para su explotación agrícola le resultó imposible obtener más de un penique por cada una de las coliflores que cultivaba. Posteriormente, fue testigo de cómo esas mismas coliflores se vendían en el mercado local a seis peniques la unidad. Un granjero de Worcestershire me ha contado que vendía carne de cerdo a Birmingham a seis peniques la libra; allí era revendida a un chelín y ocho peniques la libra. Una empresa de Nottingham producía una falda por veinticinco chelines; posteriormente, la misma falda era vendida en Regent Street por cuatro libras cuatro chelines. Tales márgenes de beneficio y semejantes diferencias de precio son, sin duda alguna, excesivos. "Queremos que una Comisión Real con poder investigue todos los hechos antes de formular soluciones legislativas. Estoy seguro de que el índice del coste de la vida podría reducirse en 25 puntos como resultado de la adopción de las medidas oportunas. "Pero esto no es más que parte del programa que propongo. Forma parte del nuevo espíritu que impera en nuestra industria. Debemos educar a los trabajadores en los temas industriales. Deberían conocer los detalles de la gestión, estar informados de la relación entre los salarios y los problemas de la financiación y la depreciación, etcétera, y saberlo todo acerca de la competencia a la que se enfrenta su empresa. Si los sindicatos hubieran gastado su dinero en formar a sus miembros en vez de dedicarse a financiar huelgas, hoy los trabajadores controlarían las industrias en todas partes. "El Partido Conservador no puede seguir las viejas directrices. Estoy convencido de que si no hubiéramos apelado al país y no hubiéramos sido derrotados el año pasado —aunque no fue por eso, dicho sea de paso, por lo que me presenté, sino porque creía en algo que deseaba que el país asumiera— nos habríamos desintegrado en el plazo de dos años y los laboristas se habrían hecho con el poder con una mayoría abrumadora. Debemos reconocer los hechos. Por eso el nuevo programa que defiendo es un intento de poner al partido al día. "El papel de un líder en la oposición es un papel difícil. Lean ustedes la vida de C. B. [Campbell-Bannerman] y vean cómo lo pasó de mal. Sé que soy objeto de insultos, burlas e intrigas. Pero, ¿por qué? "Cuando hablé ante los reunidos en el Carlton Club no esperaba que fuéramos a ganar. Me jugué mi carrera política y estaba perfectamente dispuesto a retirarme de la política. No sabía que Bonar Law se convertiría en nuestro líder. De hecho, la noche anterior había pasado
dos horas con él y había enviado una carta sellada al presidente de su Asociación de Glasgow expresándole su intención de no presentarse al Parlamento de nuevo. Fue en ese estado de ánimo como le dejé. "Y entonces ganamos. Yo hablé porque estaba decidido a que jamás pudiera volver a producirse la siniestra y cínica combinación de los tres dirigentes de la coalición: Mr. Lloyd George, Mr. Churchill y lord Birkenhead. Hoy puede verse el signo de los tiempos. "No esperaba que los ex ministros conservadores desterrados se tomaran las cosas así de mal. Antes de las elecciones del año pasado recibí con los brazos abiertos a Mr. Austen Chamberlain y acepté a sus amigos, aunque poco me habría costado
impedir su regreso a nuestros consejos. "Con él vino lord Birkenhead, que muy inteligentemente se había pegado a los talones de Austen el año anterior. Austen es uno de esos hombres leales, incapaz de ver deslealtad o intriga a su alrededor aunque la tenga delante. No me hago ilusiones respecto a lord Birkenhead. Si su salud no le traiciona, constituirá un problema para el partido. Pero, ¿puede un líder de la oposición cerrarle las puertas a un ex ministro? 'Y al mismo tiempo, me veo atacado por el
consorcio de la prensa, por lord Beaverbrook y lord Rothmere. A mí no me afecta. No me importa lo que digan o piensen. Ambos son hombres a los que no franquearía el paso a mi casa. No les respeto. ¿Quiénes son? Según me dicen, fui atacado en el Evening Standard por mi disposición acerca de los portavoces en el tema de los presupuestos. No lo leí. ¿Por qué iba a hacerlo? "El trust de la prensa empieza a descomponerse. El Daily Mail está muerto; carece de alma. A pesar de todos sus defectos, Northcliffe era un gran periodista, con una chispa de genio. ¡Pero este hombre! Recibo mucha correspondencia acerca de él. El otro día me llegó una postal que decía: 'Si lord Rothmere busca lograr un halo en el paraíso o una diadema en tierra, ¿por qué no se lo ofrece usted?'. "La última vez que hablé con lord Beaverbrook fue en el funeral de Bonar. Había establecido una extraña amistad con Bonar y había conseguido llevarse su porción de la tarta, cosa que no tenía derecho a hacer. Obtuvo gran cantidad de
información, que no usó como debiera haberlo hecho. "Cuando llegué yo, eso se acabó. Sé que podría obtener su apoyo si le hiciera llamar para discutir con él el tema, pero prefiero no hacerlo. Esa clase de cosas no me agradan. "Como ya he dicho, no me importan los ataques personales. A veces me pregunto si mi callado desprecio no les irrita más que si decidiera responderles. Supongo que es mi sino sufrir la deslealtad, pero todo tiene sus límites. 'Tomemos, por ejemplo, el artículo publicado en el reciente número de English Life. Es un trabajo bastante sucio. Lo firma un 'ex ministro conservador', y apostaría a que si no lo ha escrito el hombre que
sospecho, desde luego fue él el que lo inspiró. Es una puñalada por la espalda. Ahora bien, ataca a mis hombres, a los responsables de la oficina central, y eso sí que no pienso tolerarlo. Si alguien hubiera atacado a un funcionario del Tesoro cuando yo estaba allí, habría acudido al
Parlamento y habría hecho un discurso furibundo. Y eso es lo que pienso hacer ahora. "Además, todas estas intrigas, esos complots de Churchill, son malos para el partido y para todos los jóvenes que consideran a los
conservadores la salvación del país. ¿Qué buscan estos intrigantes?
¡Simplemente volver al viejo y sucio estilo en política! No lo harán mientras yo sea el líder del partido. Y Mr. Baldwin bostezó con repugnancia y
cansancio tras discutir tan extensamente un tema tan desagradable.
Cuando entré en la gran habitación del primer piso de Eaton Square, Mr. Baldwin estaba sentado a una mesa en la esquina más alejada. Se levantó para darme la bienvenida y mis primeras palabras fueron: —Me temo que soy un hombre muy persistente, Mr. Baldwin. Llevo semanas intentando ponerme en contacto con usted. —En absoluto, Mr. Wilson —respondió él —. He aceptado verle porque Mr. Blain me pidió que lo hiciera. ¿Quiere sentarse y fumar algo? He estado hoy en Wembley y me han dado algo de tabaco Boer. La primera vez que lo fumé fue cuando De Wet me regaló un poco. Me gusta bastante, —Es muy seco y difícil de fumar en pipa —dije —. Solía fumarlo ocasionalmente durante la guerra, cuando me lo
suministraban los oficiales surafricanos del regimiento. Por cierto —añadí —, conozco a su hijo, Oliver, ya que estuvo en Bushey haciendo la
instrucción conmigo durante la guerra. Mr. Baldwin, llegados a este punto, se había sentado en un confortable sofá, armado con dos pipas de madera de cerezo. —Aquéllos sí que fueron buenos tiempos —observó mientras llenaba una de las pipas. Entonces le pregunté qué pensaba de Wembley y me dijo que le parecía la exposición más maravillosa que jamás había visto, que deberían hacerla permanente o al menos mantenerla durante cuatro años. —Como hombres cultos —dijo—, la exposición no nos impresiona del mismo modo en que impresionaría a un miembro ordinario del público. Fíjese, por ejemplo, en esas maravillosas imágenes del pabellón
australiano. Dan una idea muy precisa de lo que es la ganadería de ovejas. Por supuesto, el recorrido resulta bastante fatigoso. A mí me lo pareció, ya que la recorrí a gran velocidad. Cuando volví me puse esto —dijo
mostrándome los faldones de su levita— y asistí a un té en casa del duque de Devonshire. —Verá usted, Mr. Baldwin —dije—. Debo dejar bien claro qué es lo que deseo. Tras un sensato periodo de silencio desde el discurso del rey y después de su derrota en las últimas elecciones, ha pronunciado usted sólo tres discursos que, en mi opinión, contienen su respuesta a los
laboristas y ofrecen al partido una nueva política sobre la que comenzar su reconstrucción. A mi modo de ver, ha formulado usted una nueva
economía, que pueden oponer a la economía socialista, y al fin ha ofrecido al país una dirección que pueda seguir con entusiasmo. A nivel personal estoy especialmente interesado en sus sugerencias sobre la necesidad de hacer frente al problema de la acaparación. Mr. Baldwin me interrumpió y empezó a explicar que en sus discursos siempre había intentado decirle al país aquello en lo que honradamente creía. —Verá usted —comentó—, cualquier futuro gobierno, sea del color que sea, tendrá que ser socialista en el sentido en que nuestros abuelos usaban la palabra. No me
sorprendieron sus palabras, ya que Harcourt dijo en una ocasión que "hoy en día somos todos socialistas". A partir de ahí continuó exponiendo su nueva política en las palabras que reproduje fielmente el domingo pasado. La única parte que omití fue un pasaje en el que hablaba en términos un tanto oscuros acerca de una disparidad entre las exportaciones y las
importaciones en la actualidad y las importaciones y las exportaciones antes de la guerra. Me dio la impresión, al oírle hablar del tema, de que se sentía un tanto perdido y que no acababa de verlo claro. Daba la sensación de que estaba pensando en voz alta más que expresando un juicio meditado. De hecho, durante todo el tiempo que Mr. Baldwin estuvo hablando me
pareció un hombre que piensa las cosas detenidamente, muy honrado, serio y amable, con un gran sentido del deber y de sus obligaciones para con su país, un tanto abrumado por su posición, que intentaba hacer frente a un problema muy difícil con conocimientos escasamente correlacionados y unos pocos principios económicos fundamentales, aunque asistido por un deseo realmente profundo de mejorar la suerte de sus conciudadanos más desfavorecidos Todo lo que había pensado anteriormente acerca de Mr. Baldwin —que era el típico inglés honesto al que no había maleado la lucha política— iba confirmándose cada vez más. Viéndole ahí sentado, rodeado de humo, llenando una pipa tras otra, meditando con su atractiva voz grave y convincente, me fue fácil comprender por qué Bewdley le
apreciaba tanto y por qué sus amigos íntimos hablan de él con tanta devoción. No tenía la deslumbradora brillantez de Mr. Lloyd George, no poseía la rapidez de reflejos, el pragmatismo y la sutileza de ese estadista, ni intentaba, como a menudo sentía uno en presencia de Mr. Lloyd George, entrar en sintonía con su público. Carecía de la astuta, cautelosa e
implacable lógica de Mr. Bonar Law, del pensamiento pontificante y
cuidadosamente estructurado de Asquith. Sólo traslucía la devoción política de un hombre sencillo al desnudo. Mientras hablábamos del nuevo y el viejo conservadurismo, le cité a Mr. Baldwin un comentario escrito por
Lowes Dickinson en A Modern Symposium. —¿Recuerda la opinión del viejo tory en ese libro, Mr Balwin? "Me gusta que mi jardinero se quite el sombrero en mi presencia, del mismo modo que yo me lo quito en presencia de la reina". —Sí, lo recuerdo —dijo Mr. Baldwin—, lo recuerdo. Ése es el mejor libro que Lowes Dickinson ha escrito jamás. Le felicité por su
discurso sobre los aranceles de McKenna. —No fue tanto el contenido lo que admiré, Mr. Baldwin, sino el tono del discurso. La causa conservadora queda tan a menudo encenagada por la exageración que me satisfizo
mucho leer su discurso, por su tono calmado y sus admirables
observaciones. —Me alegro de que le gustara —dijo—. Lo preparé así a propósito. Quería que los laboristas me escucharan. Y lo hicieron.
Permanecieron sentados con la lengua fuera. Los laboristas me escuchan, ¿sabe usted? Creo que me respetan. Me sentí muy defraudado por el
discurso de Mr. Snowden. Fue innecesario y supuso una marcha atrás respecto a su actitud anterior. Como sabrá, esa misma noche Mr.
MacDonald cometió una grave metedura de pata en el Albert Hall. Poco después observé: —Se diga lo que se diga acerca del Partido Laborista, reconocerá que la fuerza que hay detrás del socialismo es casi religiosa en su fervor e intensidad. —Sí —dijo—, pero es extraordinario que cuando los fanáticos caen, caigan casi invariablemente en un montón de estiércol. Cuando Mr. Baldwin hubo agotado todo lo que tenía que decir sobre política, dije: —Verá, señor Baldwin, al parecer, usted tiene un credo político, que podemos seguir con entusiasmo y predicar con convicción. Pero ¿qué sentido tiene intentar difundirlo cuando es ignorado por la prensa hostil, ridiculizado, atacado e insultado a diario? Con franqueza, muchos miembros de su partido se dedican a susurrarse los unos a los otros que no sirve usted para nada. Si uno hiciera caso a muchos parlamentarios conservadores sacaría la impresión de que es usted una especie de anciano decadente. Mr. Baldwin sonrió y replicó: —Por supuesto, la vida de un líder de la oposición es siempre difícil. Todos se enfrentan a intrigas.
Recuerde cómo trataron a "C. B.". Lea su vida y verá cómo lo pasó de mal.