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Subdisciplinas de la onomástica

CAPÍTULO 1. LA ONOMÁSTICA Y EL NOMBRE PROPIO

1.1. La onomástica

1.1.3. Subdisciplinas de la onomástica

En este apartado vamos a dar cabida a los diversos criterios que se han ido postulando a lo largo de la historia para determinar las clases de nombres propios que existen.

La onomástica se divide en varias subdisciplinas, de acuerdo con el tipo de nombre propio que se estudia. Las dos subclases más relevantes son la toponomástica y la antroponomástica. Así mismo pertenecen a la onomástica, y se han integrado en las clasificaciones de algunos gramáticos, los nombres de períodos temporales como los días, los meses, las estaciones, etc., y los nombres de las instituciones. Según Leborans (1999:81) las subclases de la onomástica son la antroponomástica5, la toponomástica, los nombres de marcas y otras realidades únicas que “no han sido consideradas en todos

4No son las únicas categorías de NNPP, sobre esta cuestión tratan Elena Bajo (2002) y la NGLE, 12.8i, y

retomaremos la cuestión más adelante.

5Los profesores Ana María Cano González y Dieter Kremer (2001) mencionan que algunos estudiosos se refieren a la antroponomástica como la rama de la onomástica que se considera con más trayectoria investigadora.

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los casos como categorías de NNPP genuinos”6: a) nombres de períodos temporales, b)

nombres de instituciones, c) siglas de nombres y d) nombres apelativos de uso familiar.

En la Nueva Gramática de la Real Academia (2009:843-4) se incluyen los nombres de las deidades y los meses dentro del paradigma de los nombres propios, aunque en español se escriben con minúscula:

Son también nombres propios los que designan el nombre de las divinidades, figuras religiosas y seres sobrenaturales en distintas culturas (Alá, Apolo, Buda, Cristo, Dios, Fortuna, Morfeo), así como los que se refieren a seres meteorológicos, fantásticos o legendarios, como Blancanieves, Caronte, Hércules, Papá Noel, Pulgarcito, etc.7.

Este planteamiento concuerda en cierto modo con la propuesta de Ramírez Sábada (2002:103). Sostiene dicho investigador que la onomástica se divide en tres ramas, ya que, al lado de la toponimia y la antroponimia, existe la teonimia, que “se ha utilizado preferentemente para la historia de las religiones”.

En cuanto a los nombres propios comerciales, se ve, y así lo hemos considerado, que la mayoría procede de nombres propios de otras realidades que pasan a distinguir marcas o productos. Las denominaciones de origen suelen ser topónimos y antropónimos recategorizados que distinguen clases de productos, o variedades de una materia. Manuel Casado Velarde (2015:179-184) enlista numerosos sustantivos procedentes de nombres propios o de marcas registradas: “La mayoría de esos nombres es de acuñación extranjera. Su vigencia geográfica y cronológica resulta desigual”. Por este procedimiento comercial, un nombre propio pasa a ser un nombre común de una clase. El cambio es objeto de estudio de otra subdisciplina de la onomástica que contempla el proceso inverso, como es la lexicalización de los nombres propios: el

damasco ‘tejido’, “este chico no es un adonis” o “Juana no es una maruja”. El estudio

de la deonomástica sobrepasa los límites de nuestra investigación, pero no hemos de olvidar las conexiones de las distintas subdisciplinas entre sí. En relación con el arabismo, la historia del léxico considerado deonomástico no está exenta de dificultad,

6Cfr. Leborans (1999:81).

7Las categorías onomásticas, según la RAE son las siguientes: “Los nombres propios de persona se

llaman ANTROPÓNIMOS (Luis, Clara) y los animales se denominan ZOÓNIMOS (Babieca, Lucifer, Pegaso). Son también nombres propios los que designan el nombre de las divinidades, figuras religiosas y seres sobrenaturales en distintas culturas (Alá, Apolo, Buda, Cristo, Dios, Fortuna, Morfeo), así como los que se refieren a seres mitológicos, fantásticos o legendarios, como Blancanieves, Caronte, Hércules, Papa Noel, Pulgarcito, etc. Ello no impide que algunos de estos nombres se usen a veces como comunes”, (NGLE, 12.8.i). Mientras que Bosque (2016) divide los nombres propios en tres grupos; antropónimos, zoónimos y topónimos.

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un ejemplo de las distintas interpretaciones que se han sucedido a lo largo de la historia lo tenemos en la palabra algoritmo, cuyo étimo ha sido modificado en el DRAE (2014): quizá del latín tardío *algobarismus, y este abrev. del ár. clás. ḥisābu lḡubār ‘cálculo mediante cifras arábigas’. A diferencia de otras ediciones del diccionario académico, en las que se relaciona con el sobrenombre de un célebre matemático árabe.

La propuesta de Casado Velarde corrige la de Bajo Pérez (2002), quien incluye las siglas dentro del grupo de los NNPP y señala que conviene tener en cuenta que el comportamiento general de las siglas depende de la palabra nuclear, como en UNED (Universidad) y BOE (boletín). Esta autora (2002:173-209) divide las categorías de la onomástica en: 1) antropónimos, que incluyen los sobrenombres y apodos; 2) nombres de entidades, 3) nombres propios de seres sobrenaturales y fantásticos, 4) nombres de animales y plantas, 5) nombres propios de objetos, 6) topónimos o geónimos, 7) cronónimos y 8) nombres propios en algún grado8. Esta clasificación implica la posibilidad de que cualquier realidad es susceptible de recibir doble tratamiento, como referente único e inclasificable (NP) y como referente que pertenece a una clase (NC).

Como ya hemos establecido, pese a la definición y las limitaciones, la distinción entre las dos categorías no está tan clara. Para el hablante medio, el antropónimo es el nombre propio por excelencia, (Marcet Rodríguez y Aijón Oliva, 2003), aunque la toponimia ha merecido toda la atención por parte de los investigadores. En el presente trabajo, analizaremos las relaciones de las dos ramas principales de la onomástica; la antroponimia y la toponimia, puesto que el sistema antroponímico se ha nutrido de topónimos y viceversa. Tengamos en cuenta que una parte considerable de los apellidos es de origen toponímico.

La clasificación convencional reconoce las subclases de los antropónimos, topónimos (hidrónimos, orónimos, etc.) y zoónimos, pero sus límites no son muy claros, porque se producen interferencias y porque la aplicabilidad de un nombre de lugar puede alcanzar la esfera de lo personal; así ha ocurrido al emplearse como antropónimos

8También se pueden clasificar los NNPP, según Cano González y Kremer (2001: 871), desde el punto de vista formal en: a) simples y compuestos, b) sufijados y no sufijados, c) singular o plural, d) con o sin artículo y e) con o sin preposición.

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Viena, Toledo, Italia o Washington. Pero también un antropónimo se puede usar para

dar nombre a distintos lugares, un pueblo, una finca, etc9.

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