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CAPÍTULO 1. Funcionamiento Ejecutivo

1.1. Bases conceptuales

1.1.2. Sustrato neuroanatómico

Luria, (1995) observó la relación entre las lesiones en el lóbulo frontal y las disfunciones en habilidades relacionadas con la capacidad de iniciativa, la motivación, la formulación de metas y planes de acción y el autocontrol de la

conducta. Durante su estudio del cerebro y la relación con los procesos psicológicos, caracterizo dichos procesos como sistemas funcionales complejos, con múltiples componentes que interactúan. La ejecución de toda actividad mental requiere de procesos que se llevan a cabo por la integración y sincronización de diversas áreas; como la formación reticular y la corteza fronto-medial de la corteza cerebral para mantener el tono cortical, las áreas pre-motoras para organizar espacial y temporalmente los movimientos voluntarios y estructuras frontales, límbicas y del cerebelo, para la formulación interna de secuencias de acciones.

El córtex prefrontal ha sido considerado como una estructura esencial en el engranaje neuroanatómico del funcionamiento ejecutivo, se divide en córtex prefrontal dorso-lateral y córtex orbito-frontal. Se relaciona con la ejecución de actividades complejas y operaciones formales del pensamiento, conducta social, toma de decisiones, juicio moral y creatividad. El córtex prefrontal dorso-lateral ha sido relacionado con actividades de planificación, selección de metas, flexibilidad cognitiva y memoria de trabajo (Antoine Bechara et al., 2001).

En términos generales, el córtex orbito-frontal se divide a su vez en lateral y ventro-medial, su función es organizar temporalmente las acciones dirigidas hacia una meta dentro del campo de la conducta, la cognición y el lenguaje (Fuster, 1989; Fuster, 2015). El córtex orbito-frontal lateral se relaciona con la inhibición de conductas socialmente inadecuadas y el córtex ventro-medial con el procesamiento de las señales somáticas y emocionales que guían la conducta y la toma de decisiones (A. Bechara, Damasio, & Damasio, 2000).

Las áreas ventro-mediales se conectan con estructuras subcorticales como la amígdala (Barbas, 2000), la cual ha sido vinculada con el aprendizaje emocional, desarrollando un papel muy importante en la modulación emocional de la actividad cognitiva (Phelps & LeDoux, 2005). Están involucradas en la expresión y control de las conductas emocionales e instintivas (Fuster 2002; Fuster, 2015), así como en la toma de decisiones en contextos emocionales (Damasio, 2006).

Actualmente existen perspectivas diferenciadas en la comprensión de los procesos y la neuroanatomía del FE. La visión de las funciones ejecutivas como un sistema modular asume que existen regiones específicas de la corteza prefrontal, especializadas en distintos procesos ejecutivos, relativamente independientes, por lo cual una lesión en una región específica causaría deterioro grave en determinadas funciones. La otra perspectiva es una aproximación más integradora, que comprende el FE como un sistema multi-procesamiento con componentes interrelacionados y por lo tanto como un sistema inespecífico y adaptable que posee propiedades como la redundancia y la entropía: los mismos procesos pueden involucrar diversas regiones cerebrales y las regiones cerebrales pueden organizarse en función de la tarea y las demandas contextuales (Verdejo & Bechara, 2010).

Desde la visión integradora se hace énfasis en la idea de que el FE constituye un sistema dinámico, que requiere de diferentes regiones corticales y diversas estructuras posteriores límbicas como el hipocampo y la amígdala. Igualmente plantea que no existe una relación unidireccional y exclusiva entre una función o componente y un área específica, es decir que no existen regiones especializadas en desempeños particulares de un proceso. Señala que distintas áreas de la corteza pre-frontal responden de manera coordinada de acuerdo al nivel de complejidad y novedad de la tarea o situación a afrontar, adaptándose como sistema, en función de los cambios del entorno (Verdejo & Bechara, 2010). Esta concepción es acorde con el FE entendido como un sistema que integra procesos autorregulatorios, que permiten al sujeto no solo responder a condiciones cambiantes, sino también regular su propia actividad para modificar las condiciones externas (Barkley, 2001).

Recientemente Fuster (2015) expuso aspectos importantes y esclarecedores, que propone tener en cuenta en el tema del sustrato neuroanatómico del FE. El primero es que la asignación de la función ejecutiva a la corteza pre-frontal como única fuente de la volición y la toma de decisiones, no tiene sustento en términos filosóficos ni neurobiológicos. Afirma que, aunque la neuropsicología ha determinado inequívocamente que la corteza prefrontal está implicada en la

función ejecutiva, la implicación debe entenderse como claramente limitada a “ser el facilitador del ciclo en los niveles más altos, es decir, en los niveles en los que se organiza la acción que es, sobre todo, novedosa y compleja”.

Un segundo aspecto es la dificultad metodológica de reducir el FE en componentes independientes y medibles, con el objetivo de relacionarlos con áreas frontales específicas y separadas. Aclara que algunas áreas prefrontales pueden contribuir más que otras a determinados procesos ejecutivos, ya sea por la entrada de la información, por su procesamiento o su sustrato conectivo; por ejemplo, la corteza orbital contribuye más a los componentes afectivos de la toma de decisiones que la corteza lateral, y la corteza lateral contribuye más a la memoria de trabajo que la corteza cingulada. Hace énfasis en que, sin embargo, el FE es un sistema complejo en el cual existe interrelación funcional entre todos los componentes, y en donde ninguno de ellos puede ser segregado o separado ni estructural ni funcionalmente sin que esto afecte a todo el sistema en más de una forma.