La muerte no aparece como un acontecimiento simple que suprime de un solo golpe todas las funciones vitales.
No se puede considerar que exista vida humana cuando no existe ya vida neurológica (muerte real = muerte del encéfalo).
El concepto de “muerte cerebral” ha sido ya ampliamente aceptado no sólo por los médicos sino por abogados y teólogos. Pero cabe preguntarse sobre los criterios propuestos para distinguir entre aquellos comatosos que retienen la capacidad funcional de una posibilidad de recuperación parcial y aquellos para quienes esa posibilidad no existe. Esos criterios dependen de un
diagnóstico definitivo de un desorden irreversible que causa el coma,
juntamente con un cuidadoso examen clínico de la función del tronco
cerebral, pues se conviene que la muerte funcional permanente del tronco cerebral constituye la muerte encefálica.
Un comatoso que presentara tales condiciones estaría incapacitado para
sobrevivir y la muerte encefálica sería seguida inexorablemente por el paro
cardíaco definitivo a corto plazo, es decir, luego de un periodo de horas o días. Estos criterios diagnósticos por los que se puede identificar la muerte, si se verifican, se presume que la muerte de todas las células es inevitable y se determina con certeza la muerte en un cuadro comatoso donde se da un daño estructural irremediable del encéfalo; se depende exclusivamente de la ventilación mecánica.
Afirmaba Juan Pablo II:
“Existe una sola 'muerte de la persona', consistente en la total
desintegración de aquel complejo unitario e integrado que es la persona en sí misma. La muerte de la persona entendida en este sentido radical es un evento que no puede ser directamente verificado por ninguna técnica científica ni metódica empírica. Pero, la experiencia humana enseña también que la muerte
de un individuo produce inevitablemente signos biológicos".
“El reciente criterio de constatación de la muerte, el de la cesación
total e irreversible de toda actividad encefálica, si es aplicado
escrupulosamente, no aparece en contraste con los elementos esenciales de
una correcta concepción antropológica”117.
116
Continúa la transcripción resumida de la obra del P. Domingo Basso “Nacer y morir con dignidad”. Cf. también Mondin, L’uomo: chi è?, Parte seconda, capítulo IV: Morte e immortalità, pp. 383-407.
117
Juan Pablo II, Discurso al XVIII Congreso Internacional de la Sociedad de Trasplantes, Roma, 20 de agosto de 2000.
Lucas Lucas118 define la muerte como la pérdida total e irreversible de la capacidad global de integrar y coordinar las funciones del organismo, físicas y mentales, en una unidad funcional. El organismo humano funciona como un todo en el que todas las funciones están armonizadas en un sistema unitario. Un individuo puede considerarse muerto cuando ha perdido total e irreversiblemente su unidad interna, la unidad orgánica. Esta unidad funcional
del organismo humano depende esencialmente del encéfalo (que comprende
tres partes: cerebro, cerebelo, bulbo raquídeo), por lo que su quiebra irreparable e irreversible indica la muerte de la persona. La muerte del
encéfalo adecuadamente diagnosticada es una indicación cierta de la cual se
puede concluir (deducir) la muerte de la persona.
Hay que evitar tanto el reduccionismo biológico como el reduccionismo espiritualista. La muerte humana tiene un significado metaempírico y no puede quedar reducida a un conjunto de eventos biológicos empíricamente constatables. Mientras haya vida hay que atribuirla al alma espiritual humana, aunque la persona haya perdido la posibilidad de ejercitar muchas de sus facultades. Sólo de la integración del saber biológico y el filosófico deriva la respuesta definitiva sobre qué es la muerte humana.
La muerte es pérdida de unidad, separación. El cadáver no es hombre, porque está informado por otra forma sustancial. La muerte es crisis de la unión sustancial que es todo hombre. El organismo biológico del cadáver se hace objeto, algo distinto de lo que era como cuerpo viviente de un hombre.
No es sólo el cuerpo el que muere sino el hombre, todo el hombre, cuerpo y espíritu. No es sólo un dato biológico, sino que toca a la persona en lo más hondo de su vida individual e interpersonal.
8.2 Visión filosófica sobre la muerte119
Desde el punto de vista filosófico, la muerte consiste en la separación
del alma y del cuerpo. En el cadáver se va produciendo una sucesión continuada de formas sustanciales hasta la última reducción material, esqueleto óseo o cenizas residuales (movimiento de corrupción, según
Aristóteles, es un continuo alternarse de formas sustanciales educidas de la
potencialidad de la materia y cada vez menos perfectas).
El alma espiritual, incorruptible e inmortal, por su misma naturaleza
simple y subsistente, por su no-dependencia de la materia en cuanto al ser,
inicia una nueva fase de su existencia. La materia del cuerpo humano,
cumplido su ciclo, no deja de existir sino que se transforma.
La sintomatología de la muerte no es determinada ni por la filosofía ni
por la teología sino por las ciencias experimentales biofisiológicas, ya que las
causas de la muerte no proceden del alma espiritual sino del cuerpo orgánico. Dado un cierto grado de decadencia en el organismo, el agregado celular que forma el cuerpo no es ya adecuado a su función de parte del compuesto
sustancial humano, y éste se disocia en sus dos elementos.
¿En qué momento (preciso) se produce la separación? No es fácil determinar el momento exacto de la muerte.
Retomaremos la consideración filosófica sobre la muerte humana en la
unidad temática siguiente, encarándola como accidente propio que distingue
al hombre de los animales.
118
Lucas Lucas, Explícame la persona, Roma, Edizioni ART, 2010, pág. 253 y ss. 119
UNIDAD 3: ESENCIA Y PROPIEDADES ESPECÍFICAS DEL