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T IEMPO VISITADO, EL E VANGELIO DEL REINO

Con todo, el pensamiento judeocristiano supera visiones pesimistas respecto al mundo y a la historia. Gesché destaca que “el tiempo-chronos, el tiempo de esta tierra, no es un tiempo devaluado”. La fe cristiana invita al ser humano a vivir su vocación en el tiempo y a convertirlo en el lugar de una historia, insertándose en una historia de salvación. Es más, “el tiempo-aiôn, el tiempo de eternidad, no está reservado solo para Dios, sino que es accesible al hombre”, quien es invitado a participar del proyecto divino. La eternidad viene a visitar el tiempo (chronos). Aquí interviene la noción de tiempo favorable, tiempo oportuno: kairós. “El kairós es el tiempo de la visitación del tiempo por la eternidad”. Así “el tiempo de nuestra temporalidad queda atravesado por flechas de eternidad, por tiempos fuertes de Dios y por momentos de impulso del hombre hacia su destino”33. La encarnación, la venida del reino, los signos de los tiempos, la parusía, son, precisamente estos tiempos fuertes de Dios que conducen al hombre hacia su destino. Y lo conducen a través de la misma historia. El sujeto humano es ‘destinal’: se le ha prometido la ‘eternidad’. La eternidad visita constantemente el tiempo.

En definitiva, Dios sigue confiando en el hombre: no solo le ha confiado la creación sino que además se acerca definitivamente en Jesucristo y le propone el Evangelio del reino/reinado de Dios. Dios quiere traer su reino de salvación, vida, libertad, paz y justicia a un mundo donde junto con la alegría y la felicidad, reinan también el sufrimiento y la desgracia entre los hombres y mujeres y donde también sufre el conjunto de la creación. El reino de Dios quiere ofrecer felicidad a la humanidad. La lógica de Dios es una ‘lógica de la felicidad’34. En efecto, si se mira con atención la Biblia, se podrá observar que la felicidad constituye una de las señales fundamentales del proyecto de Dios. Lograr felicidad es lograr el Shalom (la paz interna y externa). En el mundo bíblico, la vida es un don de Dios, signo de la comunión con Él. Vida es dicha, felicidad, prosperidad, abundancia, plenitud, paz. Jesús, por su parte, proclama el Evangelio del Reino, es decir, una Buena Noticia de salvación y paz universal que trae vida, felicidad, gozo y libertad para todas las personas. Toda la vida de Jesús manifiesta una profunda experiencia de Dios como un Padre que ama la vida y que ha decidido intervenir en la historia en favor de los pobres, de pecadores y marginados. Jesús es el Mesías, el Enviado de Dios que trae la salvación. En este sentido, tanto sus milagros como el perdón de los pecados son signos de la llegada del Reino. Sus curaciones y exorcismos, sus palabras de consuelo y su costumbre de comer con la gente sencilla, son acciones salvadoras en favor de todos aquellos que sufren carencias y necesidades. Por ello, acuden a Él los paralíticos, los ciegos, los leprosos, las mujeres, los hambrientos, las viudas, los pobres. Y todos ellos encuentran remedio para sus males. Las curaciones y el perdón de los pecados, el compartir con los más pobres y la amistad con los marginados, constituyen una noticia de alegría en cuanto realidad benéfica del Reino en Jesús35. Por ello, sus contemporáneos podían comentar: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7, 37). Y así va llegando el Reino de Dios (Mt 12, 28; Lc 11, 20), es decir, la soberanía de Dios comienza a hacerse visible en la historia36. Esta visibilidad produce vida y felicidad37. Es más, el reino implica en definitiva la superación de la muerte. Por ello, se nos promete la resurrección. En adelante, en este camino de

compromiso y felicidad estará lo esencial de la fe cristiana: “Bienaventurados (Dichosos) los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados… Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios…” (Mt 5, 6-9).

Como bien lo ha señalado el Concilio Vaticano ii en el lugar que hemos recordado más arriba: el fundamento de esto es el amor de Dios Creador que procura “a la vez su gloria y nuestra felicidad” (AG, 2). Según la fe cristiana Dios ha creado el mundo por amor y nos ha llamado “a participar con Él en la vida y en la gloria. Difundió con liberalidad, y no cesa de difundir, la bondad divina, de suerte que el que es creador de todas las cosas ha venido a hacerse todo en todas las cosas (1 Cor 15, 28), procurando a la vez su gloria y nuestra felicidad” (AG, 2). “El hombre está invitado, desde que nace, a un coloquio con Dios, pues no existe sino porque, creado por Dios en su impulso de amor, debe su conservación a ese mismo amor, y no vive de verdad si no lo reconoce libremente y no se entrega a su Creador” (GS, 19). En definitiva, el ser humano “ha sido creado para un destino feliz” (GS, 18), que incluso sobrepasa las fronteras de la muerte. En definitiva, el ser humano no ha sido hecho para la desdicha sino para la dicha, así como ha sido hecho para la vida, para la plenitud, y no para la muerte. La felicidad, o su búsqueda, es un dinamismo propio e indispensable del ser humano.