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T RAYECTORIA VITAL

In document TD La Obra de Casares (página 31-42)

I. BIOGRAFÍA DE JULIO CASARES

I. 3. T RAYECTORIA VITAL

D. Julio Casares Sánchez nació en Granada, en la casa de sus de sus padres sita en el Puente del Carbón24 el 27 de septiembre de 1877. Esta será su residencia hasta su marcha a Madrid en los últimos meses de 1892. Fue bautizado muy cerca de allí, en la popular Iglesia de S. Gil y Santa Ana. Nació en el seno de una familia de clase media25y es el segundo de cinco hermanos.

Casares fue un destacado estudiante; de hecho, obtuvo la calificación de sobresaliente en Bachillerato, grado que logró el 16 de mayo de 189326; pero será

la música la actividad que le encumbra desde muy pronto: a los 9 años da su primer concierto de violín en público en el Teatro Principal de Granada y por ello

El defensor de Granada lo denomina como «niño prodigio».

Precisamente será el deseo de explotar las cualidades de su hijo lo que animará a los padres de Casares, Guillermo y Dolores, a trasladarse a Madrid. En la capital podría compaginar sus estudios musicales, exigencia de su madre, con la carrera de Derecho, posibilidad preferida por su padre, que había comenzado en su ciudad natal matriculándose en el primer curso de esta licenciatura así como en dos asignaturas ajenas a la misma27: “Metafísica” y “Literatura general y española”, dato que habla por sí solo del interés de Casares por el conocimiento, cualquiera que fuera la disciplina. Este hecho es crucial para entender el posterior dominio de la ciencia lingüística que demuestra Casares aunque fuera, eso sí, de aprendizaje autodidacta.

24 Dicha casa estaba situada en la C/ Cuesta del carbón, nº 2, justo al lado de lo que hoy se conoce

como Corral del carbón.

25 Deducimos esta afirmación por la educación que, como veremos más tarde, le fue proporcionada

a Casares, puesto que el único dato registrado en el Archivo Municipal de Granada sobre la profesión de Don Guillermo Casares Botia, padre de nuestro autor, es el rango de empleado, sin más.

26 Como curiosidad, incluimos en el Anexo I dicho expediente académico.

27 En Anexo I incluimos, a continuación del expediente de instituto, el de su trayectoria en la

A pesar de que ya en 1893 se encuentra en Madrid, y en la capital de España vivirá hasta su muerte, Casares nunca se olvidará de su lugar de nacimiento, circunstancias que se demuestra con la exposición orgullosa, en muchas entrevistas a la prensa, de anécdotas e historias de su juventud granadina, como por ejemplo sus dotes para la “piedra lanzada”, diversión infantil que en más de una ocasión derivó en travesura28.

Pero la inquietud del académico granadino no tiene límites y una vez asentado en la capital del país, no sólo continuará con los estudios universitarios y con el perfeccionamiento en materia musical –sigue la carrera de violín guiado por los maestros Monasterio y J. del Hierro, y también inicia el aprendizaje de música de cámara, actividad en la que tuvo, además, como compañero a uno de los grandes músicos del siglo XX: P. Casals−, sino que comienza desde muy pronto a interesarse por los idiomas con la asistencia a clases de alemán desde su primer año en Madrid. Su ansia de conocimiento le lleva a ocupar su tiempo con actividades que poco o nada tenían que ver con sus estudios. La finalidad es el solaz y el entretenimiento. En concreto, dedica tiempo a la Ebanistería, en la Escuela de Artes y Oficios del Rastro de Madrid.

A pesar de sus mencionadas virtudes musicales, que le valieron por cierto para que le fuera concedido el primer premio de violín del Conservatorio de Madrid así como para formar parte de la orquesta del Teatro Real desde los dieciocho años29, pronto dejará en un segundo plano esta dedicación para dedicarse de lleno a los idiomas y la diplomacia, algo a lo que debió contribuir, sin duda, la prosperidad económica que prometía un trabajo fijo bien remunerado. Sin embargo, y nos parece significativo recordarlo, nunca se olvidó de su temprana pasión musical como lo demuestra el hecho de que realizara algunas investigaciones notables sobre música japonesa –publicadas en la revista Annales

de L´Alliance Scientifique, en 1898−, y que compusiera algunas piezas musicales a lo largo de su vida. En 1946, ocupando ya bastantes responsabilidades en la Academia, realizó una conferencia-concierto en el Centro María Guerrero. En este

28 Cfr., Mastil, “Cómo fué [sic.] mi juentud”, Barreira, 1 de marzo de 1942.

29 Tenemos noticia de que siendo intérprete de esta orquesta, estrenó, entre otras obras El buque

fantasma de R. Wagner. Además, esta andadura como músico profesional fue breve y por necesidades económicas familiares. Casares, percibía un duro diario como intérprete que contribuía a paliar las penurias que pasó su familia recién llegada a Madrid. Cfr. José Altabella,

Pueblo, “Julio Casares abandonó la música y la diplomacia para dedicarse a la Gramática” (entrevista a don Julio Casares), 3-VIII-1944.

momento, la música es ya para Casares una afición, tal y como se deduce del título de su discurso: “La música del aficionado”. La prensa de la época señala, además, la modestia del autor:

‹‹El triunfo del Japón y algo más, que es el sentido de la continuidad no truncada: la pieza que nos ofreció, con sus explicaciones, en el concierto-disertación del María Guerrero. Y no de aficionado, sino de maestro, con presencia de dificultades vencidas, que algún crítico ha señalado certeramente para subrayar aquella condición: la de maestría››30.

También dio charlas sobre música japonesa con acompañamiento de su propio violín y realizó algunas composiciones sobre música religiosa. Sin embargo, según las propias palabras del académico granadino sus múltiples responsabilidades apenas le dejan tiempo para dedicarse a estos menesteres:

‹‹Este año, la capilla clásica de Mallorca dará a conocer en Madrid un “Ave María” que he escrito. También compongo actualmente un cuarteto. Aunque la verdad es que tengo pocas horas para cultivar esta afición››31.

Como habíamos advertido anteriormente, el interés de Casares por los idiomas –además de continuar aprendiendo alemán, comienza clases de inglés, lo que se une a su conocimiento del francés, obligatorio entonces en los estudios primarios y secundarios−, le hará inclinarse profesionalmente hacia esta faceta, dejando inacabada incluso la carrera de Leyes. Los acontecimientos ocurrieron de este modo: en 1896, el Ministerio de Estado (actual Ministerio de Exteriores) convocó oposiciones para “Joven de lenguas”, pintoresco nombre con el que se permitía a un número selecto de jóvenes iniciar la carrera diplomática. Casares es uno de los elegidos y, tras obtener la plaza, se marcha a París, a la Escuela Superior de Lenguas Orientales, en donde aprenderá japonés. Para completar sus

30 Francisco Casares, “El maestro que se quiere llamar aficionado”, en Hoja del lunes, Madrid, 6-

V-1946.

estudios sobre esta exótica lengua, se estableció en el país del sol naciente durante dos años32.

La inquietud de Casares continua intacta y, antes de que acabe el siglo XIX ya se encuentra en Madrid buscando otro medio de subsistencia debido a que, según palabras literales del granadino, ‹‹los idiomas dejaron de ser un medio para continuar la carrera diplomática››33. Tras aprobar unas oposiciones a Correos y Telégrafos, cargo que nunca llega a ejercer, Casares no se conforma y siente la necesidad de llegar más alto; por esta razón, se presenta poco después a otra prueba de selección, en este caso de Interpretación de Lenguas (concretamente sobre traducción de lenguas escandinavas), organismo dependiente del Ministerio de Estado. Otra vez logrará la plaza –conforme al fin, sí la ocupa–, y poco después es reconocido su buen hacer: es ascendido, en 1915, a Jefe de Interpretación de Lenguas. Este puesto lo ejerció hasta 1947, fecha de su merecida jubilación. Sin embargo, su paso por el Ministerio de Exteriores no es en balde puesto que tras su marcha se le honra con el nombramiento de Jefe honorario de la Interpretación de Lenguas. Por otra parte, siguió profundizando en el estudio de otros idiomas, llegando a poder expresarse y comprender en dieciocho.

En las primeras décadas del siglo XX, desarrollará otra inquietud con la que obtendrá prestigio en el mundo cultural madrileño: la crítica literaria. Fruto de esta actividad –desarrollada gracias a la lectura de las obras clásicas y modernas tanto de la literatura española como europea–, es la publicación de Crítica

profana (1916), obra en la que enjuicia el estilo y estética literaria de tres ‹‹jóvenes maestros››, en palabras del autor, de la literatura española: R. León, Valle Inclán y Azorín. Con estos ensayos, en los que trata Casares de mostrar los resultados de sus lecturas personales, se le abren las puertas de muchos periódicos nacionales que requieren su colaboración. Sin embargo, a pesar de la valentía y el acierto que mostró con muchas de las ideas vertidas en esta obra, no busca la fama ni el reconocimiento:

32 Seguramente entre 1896 y 1898. También, de otro lado, aprovecha la estancia en dicho país

oriental para interesarse por la música japonesa, a la que ya hemos visto que dedicará algunos estudios no sólo tras su vuelta de Japón sino algunos años más tarde.

33 José Altabella, Pueblo, “Julio Casares abandonó la música y la diplomacia para dedicarse a la

‹‹Así como en las ceremonias religiosas sale primero el monacillo y van en último lugar los más altos dignatarios de la Iglesia, yo me apresuro a ir delante, no por orgullo nietzscheano, sino para hacer acto de humildad. Yo no soy literato ni crítico. Mientras fui mozo, alterné los estudios del bachillerato con la lectura de las novelas modernas y de las inevitables obras clásicas. Después, anduve por el mundo, adquirí algunos conocimientos prácticos, me lancé, de regreso a España, a esas luchas terribles que se llaman oposiciones, y he llegado a ser, con la ayudad de Dios, un número de un escalafón. Ahora, en mis cortos ocios, vuelvo a leer como antes, pero con un lápiz en la mano. ¿Podrán interesar a los profesionales de la literatura o al público las observaciones de un profano?›› (Casares, 1916: 9).

Dentro de esta línea se encuentra también el libro titulado Crítica efímera (1919) que, igualmente, contiene artículos de crítica literaria contemporánea; en esta ocasión trata Casares sobre otra serie de jóvenes escritores: Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, G. Miró, J. R. Pérez de Ayala y M. de Unamuno. Por otra parte, buena prueba de que nunca abandonó la faceta de crítica literaria es que fue el académico designado para responder a W. Fernández Flórez en la sesión de ingreso del autor de El bosque animado. Para tal ocasión realizó Casares el ensayo titulado “El humorismo”. Además, con motivo del III Centenario del nacimiento de Cervantes realizó una nueva aportación, “Las tres edades del Quijote”, en la que combina el juicio literario con la filología. Aún podríamos citar alguna aportación más de Casares en relación con esta temprana inquietud crítica; en todo caso, lo fundamental es que todos estos trabajos son una prueba diáfana de la capacidad del granadino para disertar sobre los más diversos temas. Se trata, en otro orden de cosas, de una prosa amena que sin embargo no escatima la precisión léxica y sintáctica.

La faceta de escritor de Casares se completa con las colaboraciones periodísticas, que comienzan en los primeros años del siglo pasado. El autor del

DI plasmó su nombre en algunos de los periódicos de mayor tirada del país en este momento: ABC, La Nación y La Acción. Los temas de sus artículos son de índole diversa; así, realizó la crítica de libros en ABC durante algún tiempo– continuando sus incursiones en el campo de la crítica literaria–, aunque la principal preocupación de las reflexiones periodísticas de Casares es desde el principio la lengua: desde la tribuna de prensa quiere llamar la atención sobre

incorrecciones ortográficas, léxicas y gramaticales comunes en su época. Estos artículos serán recopilados posteriormente por el granadino en varios libros junto con otros escritos ocasionales: El humorismo y otros ensayos (1941), El

diccionario como instrumento y el diccionario como símbolo (1942),

Divertimentos filológicos (1947), Cosas del lenguaje (1961) y Novedades en el

diccionario académico (1965).

Pero en las dos primeras décadas del siglo XX, Casares todavía tiene tiempo para comenzar su idilio, si se nos permite el calificativo, con la lexicografía, tras la publicación de dos diccionarios bilingües: Nuevo diccionario

Francés-Español y Español-Francés (1911) y Diccionario breve Francés-

Español y Español-Francés (1921).

Toda esta rica y variada actividad, le llevará a ser propuesto como nuevo académico el 12 de junio de 1919 para cubrir la vacante de D. Augusto González Besada. Sus valedores fueron tres laureados personajes de las letras españolas: el Marqués de Villamediana, R. Menéndez Pidal y R. León. Estaba, pues, todo listo para que el granadino formara parte de la regia institución, a la que, como veremos, transmitirá aires renovadores. Como no podía ser de otra forma, la RAE aceptó al joven pero polifacético Casares, algo que ocurrió el 7 de noviembre de 1919. Desde este momento él fue el ocupante del sillón J. Así lo refiere el órgano informativo oficial de la Corporación:

‹‹En junta ordinaria del jueves 6 de noviembre próximo pasado fue elegido individuo de número, para cubrir la vacante causada por fallecimiento de don Augusto González Besada, el señor don Julio Casares, filólogo de mérito, bien conocido por diversas obras y el alto cargo que ocupa en el Ministerio de Estado. La Academia está de enhorabuena por la entrada del señor Casares, cuyo concurso para sus grandes y nacionales trabajos será de los más útiles que hubieran podido allegar›› (BRAE, 1919: 74).

La labor del granadino en la Academia será espléndida34, puesto que además de colaborar en múltiples empresas de la Corporación (2ª edición del

34 La importancia de las múltiples ocupaciones que Casares ocupó en la Academia nos han

decidido a dedicarle un apartado específico en el que, en efecto, describimos con detalle las responsabilidades del granadino en la Institución lingüística. Puede consultarse a continuación de la “Trayectoria vital”.

Diccionario Manual, redactor del primer Diccionario histórico, redactor de las directrices para las Nuevas normas de Ortografía y Prosodia, etc.), y ostentar cargos de responsabilidad (Secretario desde 1936 y Secretario Perpetuo a partir de 1939, primer Director del Seminario de Lexicografía, miembro de la Comisión de Gramática, etc.), fue un decidido defensor de la Corporación. Así, dedica parte de su tiempo a hacer partícipe al público de las decisiones significativas sobre el léxico tomadas en el seno de la Academia. Sus aportaciones para el correcto uso del idioma, destinadas al público general, siguen teniendo el mismo carácter didáctico pero ahora están respaldadas por la RAE. Buena prueba de ello es la serie de artículos “La Academia trabaja”, publicados desde 1959 a 1963 en el diario ABC y vueltos a editar, tras una selección del propio Casares, en 1965.

Sin embargo, más allá de todos esos cargos y servicios prestados a la Academia, está la personalidad afable, vitalista y solidaria de un hombre que luchó con abnegación para transmitir su espíritu a la Academia. Sus compañeros valoraron también a la persona:

‹‹Grave pérdida ha sido para nosotros la de don Julio Casares. Pocas veces se dará tan ejemplar unión de dotes excepcionales y abnegada entrega. Poseía extraordinaria claridad mental, rápida y certera intuición, curiosidad que rehacía interesarse por cuantas novedades aparecían en los más diversos campos. Su inteligencia aguda y viva nunca perdía de vista la realidad, y su sentido práctico le hacía encontrar la solución adecuada para responder a las circunstancias del momento: de ahí su capacidad organizadora, empujada por una voluntad enérgica y flexible a la vez. La actividad toda de este hombre estaba puesta al servicio de la lengua española y de la Academia›› (Lapesa, 1964: 215).

Las labores como académico, sobre todo en los primeros años, no le impidieron continuar con su ascendente carrera diplomática. Desde 1921 es el Delegado español en la Sociedad de Naciones –antecedente de la ONU–, desarrollando en este organismo internacional una actuación «intensa y variada», en palabras del mismo Casares35. De este modo, su presencia en esta institución, no fue testimonial sino, en cambio, relevante, como atestigua el que fuera elegido por este Organismo para desempeñar diversos cargos, en su mayor parte

relacionados con la cultura –concretamente en los departamentos de Interpretación de Lenguas y de Relaciones culturales: formó parte de la Comisión de Cooperación Intelectual y fue Director de la “Revue Pedagogic”, órgano informativo de la Sociedad de Naciones, y presidió congresos internacionales, como el de la Propiedad Intelectual de Enseñanza pública–. Sin embargo, su mayor logro como miembro de la Sociedad de Naciones fue lograr la armonía mundial en materia de estupefacientes con el Tratado Internacional sobre su la prohibición que, de hecho, se denominó Julio Casares. El mismo autor, aunque sin mencionar este último hecho, dejó constancia de la relevancia de este acuerdo: ‹‹fui protagonista de la famosa Conferencia del opio, donde se concertó el Tratado Internacional más avanzado en la historia››36.

Casares fue miembro de la Sociedad de Naciones hasta la renuncia de España a seguir formando parte de ésta en 1939. En realidad, el abandono de otras muchas naciones, unido a ciertos cambios en el orden mundial vigentes desde el Pacto de París (1949), aconsejaron la definitiva disolución de este organismo internacional cuyos fundamentos y objetivos eran, por otra parte, similares a la organización mundial que la sustituyó: la ONU. La Sociedad de Naciones actuó, así mismo, en diversos frentes y posibilitó acuerdos internacionales que aseguraron el orden mundial:

‹‹Los grandes conceptos en los que se basaba fueron a menudo dejados de lado y olvidados ante los acontecimientos cotidianos; pero para entender su historia, el lector debe tener presente el hecho esencial de que fue siempre, en el éxito o en el fracaso, la expresión constitucional de las aspiraciones del género humano hacia la paz y hacia un mundo racionalmente organizado›› (Walters, 1971: 21).

Los continuos viajes por Francia y Suiza debidos a su cargo en la Sociedad de Naciones, debieron ser aprovechados por Casares para entrar en contacto con novedades que, en materia lingüística en general y lexicográfica en particular, se producían en Europa. No olvidemos que conocía el francés a la perfección, puesto que había publicado varias ediciones de su diccionario bilingüe francés-español, con lo que tenía a su alcance la comprensión de cualquier obra de lingüística

moderna escrita en esta lengua. De aquí la presencia del estructuralismo en la obra lingüística de Casares, como se verá a lo largo de esta tesis doctoral.

A pesar de las responsabilidades acumuladas por su trabajo en el Ministerio de Exteriores, la pertenencia a la Sociedad de Naciones y a la RAE, aún tuvo tiempo Casares para conseguir una vieja aspiración: la publicación de un diccionario ideológico del español avalada por una estructuración rigurosamente científica. Como el mismo autor relata37, la utopía que se trazó Casares parecía tener un final feliz en 1936 tras 22 años de intensísimo trabajo con jornadas agotadoras de hasta 12 horas, en las que contó con la ayuda de algunos colaboradores y de su mujer en algunos momentos –única referencia, por cierto, del comedido Casares en sus escritos a la que fuera su esposa–. Además, había

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