Kant, Crítica de la razón pura
TABLA DE CATEGORÍAS
1 DE CANTIDAD Unidad Pluralidad Totalidad 2 3 DE CUALIDAD DE RELACIÓN Realidad Inherencia y subsitencia Negación (Substancia et accidens) Limitación Causalidad y dependencia (Causa y efecto) Comunidad (Reciprocidad entre agente y paciente) Escribe Kant: «Llamaremos a esos conceptos categorías, siguiendo a Aristóteles, pues igual es nuestro fin, aunque haya bastante diferencia en la ejecución»[60]. ¡Claro que hay bastante diferencia en la ejecución! Aristóteles no parte de un sujeto para conocer lo real. No hay un sujeto del conocimiento. En Kant se parte de un sujeto que habrá de constituir la realidad. Las categorías de Aristóteles eran las categorías de lo real. Las de Kant son las categorías del sujeto.
Lateralidad
Cito esta edición de Losada porque en ella han participado dos importantes filósofos argentinos. La Nota preliminar es de Francisco Romero. Pero, sobre todo, la traducción de José Del Perojo ha sido revisada por Ansgar Klein. Todo lo que pueda decir aquí y en cualquier parte del profesor Klein será poco. Fue uno de los grandes maestros de filosofía que tuvo nuestro país. No era un escritor. Era un formidable pedagogo. Hombre robusto, sencillo, que dominaba el alemán tan hondamente como a Kant y —muy especialmente— a Hegel. Hay maestros que marcan la vida de uno. Durante mucho tiempo y quizá con razón se dijo (y creo que todavía se dice) que yo era un hegeliano. Algunos, bromeando, decían: “el último de los hegelianos”. No es
exactamente así. Ocurre que mis maestros en Hegel fueron Ansgar Klein y Andrés Mercado Vera. Y esos maestros (quiero decir: maestros así, como ellos) lo destinan a uno. Acaso nunca fui hegeliano. Pero sin duda ningún filósofo me fue mejor enseñado.
Una vez que el entendimiento le aplica al objeto sus categorías el objeto queda por completo constituido. Volveremos sobre esto. No quiero dejar pasar la cita de Hegel. Que es la siguiente: «Kant (…) se representa la cosa sobre poco más o menos así: existen fuera de nosotros cosas en sí, pero sin tiempo y sin espacio; viene luego la conciencia, que tiene ya en sí misma el tiempo y el espacio, como la posibilidad de la experiencia, del mismo modo que, por ejemplo, para comer empezamos por tener boca y dientes, etc., como condiciones previas para realizar esta operación. Las cosas que comemos no tienen boca ni dientes; pues bien, lo que el comer es a las cosas es a ellas el tiempo y el espacio; como las cosas se sitúan, para ser comidas, en la boca y entre los dientes, así también en el espacio y en el tiempo»[61].
Sigamos: si en Descartes la realidad se dividía en res cogitans y res extensa (con lo cual Descartes establece un pensar dual), en Kant —veamos si interpretamos adecuadamente esto— se establece un monismo gnoseológico. Toda la realidad es la realidad que el sujeto cognoscente constituye. La res extensa es establecida por la res cogitans, y es la res extensa de la res cogitans. Solo existe gnoseológicamente lo que el sujeto conoce. No es necesario salir del sujeto, dado que el sujeto es fundamento del mundo de la experiencia posible, que es la que establece al aplicar sus categorías a la empiria que ofrece la sensibilidad. Kant es un constructivista. Podríamos, así, hablar del sujeto constructivista kantiano.
A este mundo que el sujeto constituye con su andamiaje categorial Kant lo llama mundo de la experiencia posible. Posible remite a imposible. Cuando se menciona que algo es posible se está estableciendo que algo no lo es. En rigor, Kant, al establecer el mundo de la experiencia posible, establece un mundo de la experiencia imposible. Somos nosotros los que decimos este concepto, que está en Kant pero que Kant no lo señala así. El mundo de la experiencia imposible es nombrado por Kant como mundo nouménico. O como la cosa en sí. La cosa en sí es aquello que sabemos de la realidad una vez que hemos retirado de la realidad todo lo que sabemos de ella. La cosa en sí es aquello de lo que no sabemos nada. Mas aun: es aquello de lo que no podemos saber nada. El sujeto conoce aquello que constituye: solo hay objetos para un sujeto = mundo de la experiencia posible. Lo no consituido por el sujeto es la cosa en sí. El célebre noúmeno kantiano. Desde los griegos lo nouménico era el mundo de lo inteligible que se diferenciaba del mundo sensible. Este mundo inteligible era el de las llamadas realidades últimas o realidades metafísicas. Interesa señalar que en esa tradición son estas realidades las que deben ser pensadas e inteligidas, pero en Kant ocurre algo distinto. Kant usa lo nouménico para señalar que no podemos conocer las
verdades metafísicas, las llamadas realidades últimas. Escribe: «Todo nuestro conocimiento arranca de los sentidos, pasa de ellos al entendimiento y termina por último en la razón, por encima de la cual no hay nada superior para elaborar el material de la intuición y ponerla bajo la suprema unidad del pensamiento»[62]. Y algo más: «Hemos dado (…) a la dialéctica la denominación de lógica de la ilusión»[63]. Volvamos ahora al concepto de noúmeno. Es todo aquello que se encuentra litera de la experiencia. ¿Por qué la llamada dialéctica trascendental es nombrada como una lógica de la lógica de la ilusión? No es nada arduo averiguarlo: el conocimiento arranca de los sentidos (recordar: gran concesión de Kant a Hume), la sensibilidad encuadra a la empiria en el espacio y en el tiempo y el entendimiento aplica a la sensibilidad las categorías del entendimiento. Esto permite a la razón kantiana llegar a la síntesis trascendental del entendimiento. Hasta aquí la razón conoce verdaderamente y no se pierde en nada. ¿Por qué? Porque el entendimiento trabaja sobre las síntesis de la sensibilidad. Si el entendimiento no se extravía es porque a él le llega la empiria de la sensibilidad en el modo del espacio y el tiempo. Pero la razón trabaja sobre las síntesis del entendimiento. Ya no trabaja sobre ninguna materialidad sino sobre síntesis lógicas. Trabaja en el vacío. Es un conocimiento sin materialidad. Es un conocimiento metafísico, es decir, un conocimiento imposible, nouménico. La ilusión metafísica que Kant denuncia como imposible se produce cuando el hombre quiere conocer lo absoluto. Lo absoluto en sus tres expresiones impecables: Dios Libertad Inmortalidad del alma Nada de esto puede conocer la razón. Ninguno de estos conceptos tiene ninguna empiria originaria (de la cual pueda partir el conocimiento) para ofrecer. Así, la razón se pierde en antinomias y paralogismos. O sea, en sofismas. ¡Magnífico, exclamará Hegel! Si la razón —precisamente— trabaja de modo antinómico. Si la razón es dialéctica. Qué cosa, lamentará, Kant estuvo a las puertas de la verdad y no la vio. Desde el punto de vista de Hegel, es cierto: la razón es dialéctica y trabaja en base a contradicciones. Pero si Kant se detiene a las puertas de las grandes verdades metafísicas es porque su sistema es deudor de Hume. De la metafísica no hay empiria. Las verdades metafísicas no se nos dan en la experiencia. Y Kant — recordemos— dijo que todo conocimiento empieza por la experiencia. Hegel le dará otra solución a esto. Ya la veremos. Pero Hegel no le rendirá ninguna atención a Hume. De Kant a Hegel se pasa del idealismo subjetivo al idealismo absoluto. Un idealismo absoluto no necesita partir de la empiria. Solo, por ahora, retengan esto: cuando entremos en Hegel se tornará trasparente.
Kant afirma el valor de las proposiciones metafísicas que declara cognoscitivamente imposibles. No, no es que no tengan sentido. Solo ocurre que cuando la razón quiere conocer a Dios, la libertad o se pregunta por la inmortalidad del alma, se pierde en antinomias y paralogismos porque no trabaja con la materialidad que el entendimiento sintetiza: trabaja en el vacío. El campo de la cosa en sí, el campo de lo nouménico es el campo de la ética. Para ello Kant escribirá la Crítica de la razón práctica, cuyo estudio no entra en nuestros planes. Otra vez será.
Busquemos, ya por última vez, por otro lado: el mundo de la experiencia posible kantiana le pertenece al sujeto trascendental, es él quien lo constituye. Sabemos lo que nuestro saber constituye. El mundo del sujeto es el inundo que el sujeto ha constituido. Asoma aquí una semejanza útil de señalar entre Kant y el filósofo napolitano Giambattista Vico, que vivió entre 1668 y 1744, algo o bastante antes que Kant. Entre paréntesis: en la Argentina del siglo XIX fue Pedro De Angelis, el asesor
intelectual de Juan Manuel de Rosas, el que era un erudito en Vico. Alberdi, Echeverría, Marcos Sastre, los Varela y Sarmiento abrevaban en el romanticismo social de la época. La máxima de Vico, su aporte epistemológico, es formidable: el hombre puede conocer la historia porque la hace. Su verum ipsum factum es, en rigor, revolucionario y volveremos más de una vez sobre él.
Nuestra exposición sobre Kant continuará por el lado de su relación con las vanguardias artísticas: las literarias, plásticas y musicales. El formalismo del obstinado habitante de Könisberg habrá de impulsar disímiles talentos en disímiles ramas del arte.