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Martín Barbero (2002) manifiesta que hemos pasado de unas audiencias pasivas, predecibles y estáticas a unas audiencias activas y migratorias. Un reflejo de aquello es que se produce un cambio no solo en las mediaciones históricas de la comunicación sino también en las mediaciones socioculturales, tales como la familia, el barrio, la iglesia, etc., con el consiguiente surgimientos de nuevos actores como los ecologistas, de derechos humanos, los movimientos étnicos o de género. Esto implica nuevos usos sociales de los medios. Se supera el uso puramente instrumental de los medios y a través de ellos se asumen los desafíos políticos, técnicos y expresivos que dirigen hacia el “espesor cultural” que hoy “contienen los procesosy los medios de comunicación” (p. 226).

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Guillermo Orozco (1999), plantea la condición comunicacional de nuestro tiempo como ese cambio fundamental o tránsito, donde las audiencias dejan de ser reconocidas por su estatus y procesos de recepción, donde se manifestaba una escasa participación de interlocución con el poder, para ser reconocidas como estar y ser activos en producción y emisión comunicacionales, aunque no siempre creativas y críticas.

Uno de los aspectos que más han resaltado los investigadores de las nuevas TIC son las cualidades tecnológicas del internet (interactividad, horizontalidad, co-coperatividad) frente a las negativas de la televisión (unidireccionalidad) o dicho de otro modo, el consumo audiovisual del internauta es interactividad y como televidente es pasividad. Esta unidereccionalidad de los medios tradicionales colapsan frente a una supuesta horizontalidad multidireccional de las nuevas tecnologías digitales o internet. En esta segunda realidad los consumidores pueden cortar y pegar partes de programas adecuados a sus preferencias personales, así los telespectadores están creando sus propios contenidos (Dorcé, 2010).

Según el autor Orozco (2010) hay un tránsito de audiencias caracterizadas por actividades de recepción, a ser audiencias que se caracterizan por la creación, producción y emisión, aunque entre la primera y la segunda no hay un cambio total ni tampoco existe una exclusión mutua, produciéndose más bien en un “continuum”. Esto le permite deconstruir de manera real o material los objetos y referentes de su intercambio comunicativo, así como también la posibilidad de transformación, de creación y de participación real de los sujetos audiencias desde y a partir de sus interacciones con las pantallas. Este cambio de status o papel de las audiencias, en sociedades tecnológicamente avanzadas se produce un tránsito y luego en una mutación, esto es de audiencias a usuarios o prosumidores, ya que la interactividad que permiten las nuevas pantallas trasciende la mera interacción simbólica con ellas.

Este tránsito de receptores a productores y emisores es uno de los cambios societales más significativos que luego se convierten en el epicentro de otros cambios en el estar como espectadores en la conformación y negociación de identidades y en última instancia en lo que se ha dado por llamar una cultura de la participación. Hay un proceso de migración

digital (en lugar de “nativos digitales”, según la categorización de Prensky) que tiene como

referencia la dimensión digital como detonante del cambio, pero aquí excluye la dimensión analógica, no así el tránsito de audiencia a usuario que conlleva la dimensión analógica y desde aquí corre su transformación, es decir, se aprovecha los conocimientos y resultados

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de investigaciones anteriores con las viejas pantallas que no acaban de desaparecer, y conectar para explicar de manera más realista lo que sucede con las nuevas, pero se sigue siendo audiencias aunque cambiando de roles siempre en relación a las pantallas (Orozco, 2010).

Este tránsito de audiencias o telespectadores a prosumidores influye en la generación de conocimientos y saberes, así como en la asimilación y circulación de información y el de la construcción de aprendizajes y de manera singular en las formas de entretenimiento y en la generación de emociones y sensaciones.

Según este mismo autor, en la comunicación hay procesos, etapas y escenarios. La comunicación no se da solo en directo cuando se está frente a las pantalla, sino que hay un antes y un después, se integra en la vida cotidiana y a lo largo de la vida. Hay escenarios presenciales y no presenciales en los que continúa la recepción y negociación de significados (Orozco, 2010, p. 12).

La televisión como medio audiovisual en su momento se convirtió en arquetipo de los demás, pues a lo largo de 6 décadas ha introducido a todos a la cultura de la imagen en movimiento, central en el intercambio comunicativo de nuestro tiempo (Orozco, 2010). Sartori (citado por Orozco, 2010) manifiesta que una u otra posición más allá de programaciones buenas o malas o los abusos de los programadores o empresarios televisivos sobre las audiencias, reconocen el gran impacto de la televisión en los sujetos sociales que se vinculan a ella, para bien o para mal.

La interactividad convierte el estar como audiencia en usuario y este paso es un salto cualitativo, porque supone no solo acción sino también reflexión, aunque en otros momentos o contextos diferentes hay la posibilidad de que la audiencia no se comporten como usuarios (Orozco, 2010).

Un hecho cómo los medios pueden influir al pasar de mero espectador a usar los mismos:

“El enrutamiento del mensaje trascendió las tradicionales fronteras ideológicas y

geográficas” (Jenkins, S.F., p. 226). Así plantea el autor antes mencionado el efecto que suscitó su mail – “el profesor Jenkins se va a Washington”- enviado a sus amigos y colegas más cercanos y que luego éstos y otros se encargaron de difundir, a propósito de acudir a testificar ante el Comité de Comercio del Senado de Estados Unidos sobre la influencia de

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los videojuegos como mecanismo de violencia en los jóvenes. Apenas aplastó la tecla de envío, según testimonia el autor, empezaron a llegar cientos o miles de mensajes y luego el eco en artistas, intelectuales, organizaciones y en los titulares de los medios de comunicación, tanto fue creciendo el fenómeno de la difusión que él mismo lo califica de

“proporciones míticas”. Las industrias del entretenimiento solo pretenden “crear nuevas

formas de narrativa interactiva como parte de la cultura popular, pero los medios solo quieren hablar de violencia” (Yenkins, S.F., p. 227). Cuando se suscitó el tiroteo de Littleton

crecieron los argumentos de culpar a los vidoejuegos y a la cultura popular de dichos

asesinatos masivos. La posición del autor es contrario al de los “efectos mediáticos” y a la no acusación de la cultura popular como un “problema social”.