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temas más adaptados a ellas [ 80 ]

Sección 8. De la libertad y de la necesidad

Parte I

Podría esperarse fundadamente que, en las cuestiones intensamente discutidas y debatidas desde los comte�-·

zos de la ciencia y de la filosofía, por lo menos d slgnt­ ficado de todos los términos hubiera s1do prec1sa

? de ' común acuerdo por los participantes en la d1scu�1or: que nuestras investigaciones en el curso de dos m!l anos hubieran logrado pasar de las palabras al tema real Y verdadero de la controversia. Pues ¿no parece muy sen-_ cilla definir con exactitud los términos empleados en el

razonamiento y hacer de estas deflmc10n�s: ?o del mero sonido de las palabras, el objeto de anahs1s, Y ex�men posteriores? Pero si consideramos la cuesuon mas

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cerca, tenderiamos a sacar una conclusión opuesta. " n virtud tan sólo del siguiente hecho: a saber, 9ue unª controversia se ha mantenido en p1e mucho uempo

aún queda por dirimir, podemos suJ?oner .. d d n la expresión y el que los mterlocutores alguna a m estan. .t'

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asignando ideas distintas a los ternunos utl tza os ,

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controversia. Pues como se supone que las facultades de la mente son naturalmente iguales en todo individuo -de lo contrario nada sería más estéril que razonar o discutir puntos-, sería imposible, si los hombres asig­ nan las mismas ideas a sus términos, que pudieran tanto tiempo mantener opiniones distintas con respecto al mis­ mo asunto, especialmente desde el momento en que co­ munican sus puntos de vista y cada bando busca por todas partes [ 8 1 ] argumentos que le puedan dar la victo­ ria sobre sus antagonistas. Es verdad que si los hombres intentan discutir sobre cuestiones que están totalmente allende el alcance de la capacidad humana, como las con­ cernientes al origen de los mundos o la organización de un sistema intelectual o de una región de espíritus, pue­ den durante largo tiempo azotar el aire con sus esté­ riles contiendas y no llegar jamás a una conclusión defi­ nitiva. Pero si la cuestión afecta a cualquier tema de la vida y experiencias comunes, no pensaría que nada pudiera mantener por tanto tiempo la disputa sin decidir, excepto algunas expresiones ambiguas que siguen distan­ ciando a los antagonistas y les impiden la lucha a cuerpo.

Este ha sido el caso de la muy discutida cuestión so­ bre la libertad y necesidad y en grado tan notable, que, s1 no estoy muy equivocado, encontraremos que toda la humanidad, culta e ignorante, siempre ha sido de la mis­ ma opinión en esta cuestión y que unas pocas definicio­ nes inteligibles inmediatamente hubieran puesto fin a la controversia entera. Reconozco que esta disputa ha sido tan tratada por todos y ha llevado a los filósofos a un laberinto tal de oscura sofistería, que no sería extraño que un lector sensato satisfaga su necesidad de tranqui­ lidad hasta el punto de hacer oídos sordos a la propuesta de tratar esta cuestión, de la que no puede esperar ni enseñanza ni entretenimiento. Pero el planteamiento del argumento que aquí se propone puede quizá servir para renovar su atención; como tiene mayor novedad, pro­ mete, por lo menos, alguna solución de la controversia

y no turbará su paz con razonamientos intrincados u

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Espero dejar claro, por tanto, que todos los hombres han estado de acuerdo en la doctrina de la libertad y de la necesidad, según cualquier acepción razonable que se asigne a estos términos. Empezaremos por examinar la doctrina de la necesidad [ 82] .

Se acepta universalmente que la materia, en todas sus operaciones, es movida por una fuerza necesaria o que todo efecto natural está tan precisamente determinado por la energía de su causa, que ningún otro efecto en esas circunstancias concretas podría resultar de ella. El grado y dirección de todo movimiento son fijados por las leyes de la naturaleza con tal precisión que tan fácil es que surja un ser viviente del choque de dos cuerpos como que ocurra un movimiento de otro grado o dirección. Si deseamos, por tanto, hacernos una idea correcta y pre­ cisa de la necesidad, hemos de considerar de dónde sur­ ge esta idea cuando la aplicamos a la operación de los cuerpos.

Parece evidente que si todas las escenas de la natu­ raleza fueran continuamente cambiadas, de forma que ninguna pareja de acontecimientos se pareciera, sino que todo objeto fuera totalmente nuevo, sin semejanza algu­ na con lo previamente visto, nunca en este caso habría­ mos alcanzado ni Ia más mínima idea de la necesidad o conexión entre estos objetos. En tal caso sólo podria­ mos decir que un objeto o acontecimiento ha seguido a otro, no que uno fue producido por el otro. La huma­ nidad necesariamente desconocería la relación causa­ efecto. Desde este momento se habría acabado la infe­ rencia o el razonamiento acerca de las operaciones de la naturaleza, y la memoria y los sentidos quedarían como los únicos conductos por los que el conocimiento de cualquier existencia real tendría acceso a nuestra mente. Por tanto, nuestra idea de necesidad y causación pro­ viene exclusivamente de la uniformidad que puede obser­ varse en las operaciones de la naturaleza, en las que constantemente están unidos objetos similares, y la men­ te es llevada por costumbre a inferir uno de ellos de la aparición del otro. Sólo estas dos circunstancias consti-

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tuyen la necesidad que adscribimos a la materia. Más allá de la conjunción constante de objetos similares y la consecuente inferencia del uno a partir del otro, no te­ nernos noción alguna de necesidad o conexión [ 83] .

Si resultara que la humanidad entera siempre ha admi­ tido, sin duda o vacilación alguna, que estas dos cir­ cunstancias se dan en las acciones voluntarias de los hom­ bres y en las operaciones de la mente, se sigue necesa­ riamente que la humanidad ha estado siempre de acuer­ do en lo que respecta a la doctrina de la necesidad, y que hasta ahora los hombres han discutido por no ha­ berse entendido unos con otros.

Con respecto a la primera circunstancia, a saber, la conjunción constante y uniforme de acontecimientos re­ gulares, podemos contentarnos con las siguientes consi­ deraciones. Es universalmente admitido que hay una gran uniformidad en las acciones de los hombres de to­ das las naciones y edades, y que la na tmaleza humana permanece la misma en lo que respecta a sus principios y operaciones. Los mismos motivos han producido siem­ pre las mismas acciones; los mismos acontecimientos se siguen de las mismas causas. La ambición, la avaricia, el amor propio, la vanidad, la amistad, la generosidad, el espíritu cívico: estas pasiones, mezcladas en diferentes combinaciones y repartidas por la sociedad, han sido des­

de el principio del mundo, y siguen siendo, la fuente de

toda acción y empresa que haya podido observarse en la humanidad. ¿Se desean conocer los sentimientos, las inclinaciones y el modo de vida de los griegos y de los romanos? Estúdiese bien el temperamento y las accio­ nes de los franceses y de los ingleses. No puede uno andar muy descaminado al proyectar sobre los primeros la ma­ yoría de las observaciones realizadas a propósito de los últimos. Hasta tal punto la humanidad es la misma en todo momento y lugar que, en este sentido, la historia no nos da a conocer nada nuevo o extraño. Su principal utilidad es tan sólo descubrir los principios universales y constantes de la naturaleza humana, al mostrarnos al hombre en toda suerte de situaciones y circunstancias, y

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