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3. CAPITULO TRES MARCO TEÓRICO Y ESTADO DE LA CUESTION

3.5 Teorías sobre la recepción del discurso

3.5.2 Tendencias centradas en las prácticas sociales y las mediaciones

Los Estudios Culturales fueron fundados en la década de 1980 en el seno de la Universidad de Birmingham, aunque los factores que favorecieron su emergencia datan de la década de 1950 (Huertas-Bailén, 2002, p.124). Esta perspectiva estudia las formas simbólicas y características de la cultura popular en asociación con la vida cotidiana, el poder y el contexto histórico, político y social (Campos y Tristán, 2009). Por consiguiente, su ámbito de estudio no se limita al área de la comunicación.

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En lo que respecta al estudio de la recepción, los Estudios Culturales también parten de la idea de que el receptor es selectivo e interactúa con el medio. No obstante, añaden que esa interacción es “parasocial”; es decir, el televidente y/o el lector construyen el sentido del texto mediático a partir de un diálogo que es similar al diálogo que entablarían con otras personas (Livingston, 1998). Del mismo modo, se asume que las personas “usan” y “consumen” los medios para comprender su realidad social y, en virtud de ello, se considera que el análisis de la recepción no puede ser desligado del contexto histórico y social de las audiencias (Moreno-Esparza, 2010).

Desde el marco de los Estudios Culturales, el interés no estriba en identificar el “significado real” de los contenidos, sino en analizar como las personas decodifican los textos mediáticos, es decir, qué significados son aceptados y legitimados o cuáles son rechazados e ignorados por el receptor (Huertas, 2002, p. 128). Al respecto, Hall (1981) señala que un mensaje genera un efecto, satisface una necesidad o tiene sentido para el receptor sólo en la medida en que éste puede engarzarlo con sus prácticas sociales. Por tanto, la apropiación del texto mediático ya no sólo va a depender de las características del receptor, de su comunidad (es) interpretativa (as) sino también de las estructuras más amplias referidas a su cotidianidad.

Sobre la base de lo anterior, Hall (1981) propone un modelo según el cual existen tres tipos ideales de lecturas o formas de decodificación de los mensajes por parte de los personas. Esas lecturas constituyen un continuum en una escala ideológica que va desde la lectura hegemónica, según la cual el mensaje se decodifica en los mismos términos en los fue codificado, la negociada que indica que el receptor decodifica el mensaje de forma similar a su codificación pero legitima algunos de sus contenidos al tiempo que rechaza otros y la opositora, en la cual el receptor entiende y decodifica el mensaje pero deslegitima sus contenidos desde un marco alternativo de referencia (Hall, 1981, p.130). El modelo de Hall (1981), a pesar de ser un hito en el campo, puede llegar a ser excesivamente esquemático al no tomar en cuenta otros factores que, junto con el contexto sociocultural e histórico, intervienen en el proceso de recepción. En función de lo anterior, Morley (1996) amplía el modelo de Hall (1981) al señalar que las personas construyen los significados a partir de “códigos interpretativos” que adquiere por ser

miembros de una “subcultura” (término analogable con el de “comunidad interpretativa”). Esos códigos son el resultado de las posiciones que ocupan los sujetos en la estructura social y se encuentran determinados por condicionantes sociales como el género, la etnia y la posición socioeconómica. Al respecto, Morley (1996) argumenta (el destacado es mío):

La diferencia que haya en nuestras respuestas al mensaje debe relacionarse también con nuestros distintos orígenes sociales, con el modo en que estos nos suministran diferentes instrumentos culturales, diferentes marcos conceptuales que llevamos a nuestra

relación con los medios (Morley, 1996, p. 119).

A partir de la cita de Morley (1996), es posible argumentar que cuando vemos un programa de televisión, navegamos por Internet o leemos un periódico no lo hacemos en solitario. Todo lo contrario, lo hacemos acompañados de los “marcos conceptuales” que vamos adquiriendo. Esos marcos no son estáticos sino variables, de ahí que una película nos pueda decir algo hoy y dentro de unos años otra cosa completamente distinta. Por esas razones, tampoco podemos “predecir” cómo reaccionarán las audiencias ante el texto mensaje porque, como señala Orozco (1997, p.26), con la “audiencia no se nace” sino que uno se va convirtiendo en un tipo de audiencia a lo largo de su vida y de distintas maneras.

Esta concepción de audiencia como algo heterogéneo y líquido refleja la posición epistemológica que caracteriza a la corriente latinoamericana de los Estudios Culturales; de la cual Orozco (1997) forma parte junto con Martín-Barbero (1987) y García- Canclini (1990). Desde esta corriente, se sobreentiende que “la audiencia” no deja de ser una abstracción y como tal, puede ser definida desde distintas perspectivas. Desde una perspectiva humanista, las audiencias somos todos; mientras que desde una perspectiva comunicacional, las audiencias estarían constituidas por sujetos “comunicantes” que llevan a cabo “escuchas”, “lecturas” o “videncias” activas y/o selectivas de los contenidos que les ofrecen los medios (Orozco, 1997, p.27).

Como puede verse, los Estudios Culturales latinoamericanos, al igual que los anglosajones, parten de la idea de que el proceso de recepción es interactivo. Lo que marca la diferencia entre unos y otro es que, para los latinoamericanos, las variaciones en el proceso de recepción pueden ser explicadas a partir de las mediaciones que

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articulan las prácticas comunicativas, los movimientos sociales y las temporalidades (Martín-Barbero, 1987). La categoría teórico-analítica de las “mediaciones” fue acuñada originalmente por Martín-Barbero (1987) y reformulada posteriormente por Orozco (1993). El primero, define las mediaciones como: “los lugares de los que provienen las constricciones que delimitan y configuran la materialidad social y la expresividad cultural de la televisión” (Martín-Barbero, 1987, p. 233); aunque el autor es enfático al aclarar que esto aplica a otro tipo de medios y no exclusivamente a la televisión y que una mediación no es un filtro sino una instancia en donde el contenido mediático se consume al tiempo que se construye.

Ahora bien, ¿cuáles son esas instancias? Originalmente, Martín-Barbero (1987) propuso tres: la cotidianidad familiar, la temporalidad social y la competencia cultural (p. 233). Posteriormente, Orozco (1993) amplía el término y propone una “dialéctica de la mediación” entendida como un proceso que estructura la interacción entre las audiencias y los medios así como la creación del sentido por surge de esa interacción (p.33). Asimismo, este autor distingue dos componentes en el proceso de mediación: en primer lugar, el que estructura el sentido y en segundo lugar, las fuentes que influyen sobre eso proceso, como por ejemplo, la cultura, el contexto político, el modelo económico dominante, la clases social, el género, la etnicidad o bien, las condiciones situacionales y el contexto mismo de la recepción (Orozco, 1993, p. 34).

La corriente de los Estudios Culturales, tanto en su vertiente anglosajona como en la iberoamericana, ha sido objeto de críticas e incluso se afirma que ha experimentado un declive académico (Huertas-Bailén, 2002). No obstante, consideramos que su aporte principal – el de relacionar la comunicación con la cultura y las prácticas sociales – se mantiene vigente precisamente porque nos obliga a estar constantemente reformulando las herramientas teóricas que empleamos para comprender cómo los cambios culturales inciden en las dinámicas de la comunicación. Gracias a esa premisa heurística, que nos obliga constantemente a mirar el contexto para entender al texto, han ido surgiendo nuevas formas de conceptualizar el complejo proceso de la recepción.

Un ejemplo de lo anterior, es la emergencia del concepto de “audiencia transnacional” el cual propone una nueva forma de entender a las audiencias en este contexto

globalizado de flujos migratorios intensos y superdiversos. El término en sí fue propuesto por Moreno-Esparza (2010) como una alternativa a los términos de “público minoritario” o “étnicos”. Para este autor, dichos conceptos reflejan el “nacionalismo metodológico” que ha prevalecido en los estudios sobre el uso y el consumo mediático de las personas migrantes. Tradicionalmente, esos estudios asumen que las personas migrantes consumen los medios de su país de origen para mantener su identidad cultural o, por el contrario, prescinde de esos contenidos y se apropian de los medios de la sociedad de destino con el fin ulterior de “adaptarse” a su nueva sociedad (Moreno- Esparza, 2010, pp. 49-55). La crítica que se le hace a estas posturas es que asumen que los “migrantes” son una “masa” homogénea cuya identidad será transformada automáticamente por los contenidos mediáticos. Y esto resulta problemático porque infravalora las capacidades de los migrantes en tanto audiencia (Moreno-Esparza, 2010) El sesgo en este tipo de teorías radica en que establecen una jerarquía de las audiencias. Es decir, parten de que las audiencias serían selectivas y capaces de articular distintas lecturas de los medios siempre y cuando se correspondan con el grupo social dominante o, en su defecto, formen parte de la sociedad receptora. En caso de no formar parte del endogrupo, las audiencias serán altamente permeables por los mensajes que difunden los medios, tal y como lo proponía la ya caduca teoría de la aguja hipodérmica.

Con base en todo lo anterior, el concepto de “audiencia transnacional” describe a las comunidades transnacionales cuyos vínculos de interacción y consumo mediático se mantienen en, al menos, dos países: el de origen y el de destino. Asimismo, se asume que el consumo mediático de estas personas es variable, activo y selectivo (Moreno- Esparza, 2010, p.51). En vista de que los y las adolescentes que participaron en esta tesis son de distintos orígenes culturales, el concepto de audiencia transnacional constituye una herramienta útil y pertinente para esta investigación.

Ahora bien, el hecho de que a las audiencias se les atribuya una capacidad selectiva no equivale a negar la influencia que tienen los medios sobre la forma de pensar de las personas. Las teorías de los encuadres noticiosos y el enfoque sociocognitivo del análisis crítico del discurso, ambos incluidos en este marco teórico, sugieren que los medios tiene la capacidad de influenciar a las personas, eso sí, bajo el entendido de que los efectos de los medios y su capacidad de influencia es variable y dependerá (por lo

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menos) tres aspectos: su comunidad interpretativa, las mediaciones y las prácticas sociales. Una vez aclaradas estas consideraciones, en el marco de esta tesis se estima pertinente hacer referencia a un tipo de efecto en particular, a saber: “el efecto de la tercera persona” o third person effect of media coverage.