Este aspecto está muy relacionado con el anterior. Es la realización de cuanto se ha preparado. Con todo, por hallarse al grupo inmerso en una comunidad ya orante, bajo el influjo del Espirar, tiene particularidades que difícilmente puede preverse, y, por tanto, prepararse con anterioridad. Por otra parte el hecho de encontrarse el dirigente actuando en un grupo compuesto de personas, con distintas necesidad, diferente madurez humana y espiritual, diversa apertura el Espíritu hace que su misión se torne más difícil. Por eso esto nos llevaría como de la mano, a señalar cualidades y disposiciones sin las cuales ninguno debería aceptar la responsabilidad de dirigir un grupo de oración, ni, en los responsables invitar para ello, sin que les conste con seria garantía la actitud de los sujetos. No se trata de buscar los dirigentes ideales. Cada uno ha de tener el anhelo de perfeccionarse en su misión, pero siempre se encontrara con deficiencias que deben ser un estímulo para entregarse más al Señor e impulsarlo a superarlas. Desde luego huele a osadía lanzarse, por sí y ante sí a dirigir un grupo formal de oración sin tener una preparación conveniente. Esta supone el conocimiento teórico de la Renovación, estar al corriente del modo llevar una comunidad orante, de las incidencias que pueden ocurrir a lo largo del paso por los diversos elementos que la configuran, y sobre todo, el conocimiento vivencial de un grupo de oración. Todo esto suele aprenderse al lado de dirigentes experimentados y en una forma metódica impartida durante semanas y aun meses. Nos resulta difícil creer que el Espíritu Santo actué fuertemente, y supla este bagaje de cooperación y este, sin más, a disposición del que atrevidamente se lanza a dirigir una comunidad de oración. Otra cosa distinta es reunirse varias personas, informalmente, para orar. Entonces todos se simplifican. Pero aún en este caso sería muy conveniente que un dirigente entrenado se hallara presente y se responsabilizara de la marcha general de la oración.
Los dirigentes de los grupos que actúan ya en la oración deben tener en cuenta no pocos aspectos en los que han de está dispuestos a actuar al margen de toda improvisación. Por eso lo primero en él les será pedir insistentemente a la asistencia del Espíritu Santo. El lo ha prometido y no se hará de rogar, si nosotros clamamos pro su asistencia. Reducimos esta actuación a los puntos más salientes:
Nunca se ponderará suficientemente la importancia de la apertura de la oración con la invocación al Espíritu Santo. Aunque hayan prendido cantos o le sigan pidiendo la presencia y su actuación no debe faltar una oración sencilla, ferviente de impetración. Puede hacerse con la hermosa oración tan conocida y practicada hasta no hace mucho por cualquier cristiano consciente del poder y necedad de la acción del Espirar en el dominio sobrenatural: “Ven, Espíritu Santo”… Puede hacerse con palabras sencillas, salidas de un corazón que verdaderamente cree en esta realidad. Lo que Forrest dice, referido a la plegaria antes mencionada, se puede aplicar a toda invocación al Espíritu Santo con que ya es clasismo comenzar la oración comunitaria en la Renovación Carismática: “Sencillo como suena, un rol vital que podemos jugar dentro de la Renovación es revitalizar nuevamente la antigua plegaria de la Iglesia, Ven, Espíritu Santo. Esta oración expresa todo lo que creemos y esperamos y todo aquello por lo cual trabajamos a través de la Renovación”.
En pocos grupos de oración, sobre todo en Europa, se da oportunidad para que los miembros del grupo de oración lo invoquen, a su vez, breve, sencilla y fervientemente.
Otro aspecto en el que el dirigente debe estar sinceramente activo, bajo el influjo del Espíritu, es el elemento más importante que configura la comunidad orante en la Renovación: La oración de Alabanza
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No ponderemos aquí su importancia. Lo hemos hecho en otro opúsculo. Esta, es la que da el tono fuerte ala comunidad que ora; es allí donde, de un modo especial, actúa la fuerza y el amor del Espíritu Santo; la que envuelve; como dirigentes han de poner especial atención a que se desarrolle en un ambiente de serenidad interior y exterior, en una intimidad profunda, en un fervor que no decae, sino que va progresivamente creciendo. Sin dar entrada, por ningún motivo al “emocionalismo”, se acepta cuando la oración de alabanza sube de intensidad, avivado por la acción del Espíritu. Todo cuanto tienda a desviarla, atenuarla, hacerla oscilante, formulistica… debe ser eliminado, discretamente, hasta donde se pueda. El tacto del dirigente, elevado por la asistencia del Señor, no hará difícil esta misión importante.
El dirigente no puede dejarse llevar ni del temo, ni de la improvisación para hacer que guarde el orden que Dios quiere (1 Cor. 14. 33. 40). Orden no es sinónimo de rigidez, de monotonía de ausencia de creatividad. San Pablo nos lo aclara suficientemente en el capítulo 14 de la primera carta a los Corintios. El orden es indispensable para que el Espíritu de Dios se manifieste, para que la oración proceda en un ambiente de paz interior y exterior, para profundizar en la oración, para una sana creatividad. El dirigente irá aprendiendo a intervenir, a callar, a posponer su actuación para fuera de la oración, a cortar intervenciones, desafortunada y turbadoras con un canto oportuno, o de otros modos diversos. Sabrá ir abriendo cauces, sin acaparar la oración, reduciendo su palabra a lo indispensable, para que la comunidad se sienta invitada a entregarse al Señor, a manifestar en alabanza ante los demás lo que bulle en su corazón.
El dirigente se irá sensibilizando progresivamente respecto de la orientación que el Espíritu Santo va imprimiendo a la oración. Esto se capta, sobre todo, a través de las motivaciones de la alabanza y de la calidad de la misma. No siempre ocurre pero tampoco es infrecuente. A veces, no se da porque la comunidad no tiene palabra de Dios en que apoyarse. Mientras perdure este ritmo orientado por el Espíritu mismo deberían hacerse rupturas, sino seguirlo e intensificarlo. Por eso las lecturas, los cantos, introducidos deberían estar en la misma línea del conjunto. No hay que temer que la oración sea una repetición de frases sobre un tópico común. El Espíritu Santo ira suscitando oraciones de alabanza parciales que desembocarán en el cauce que El ha abierto; cada un distinta, pero cada una acorde a la orientación del Espíritu. Cuando la oración se hace dispersa el dirigente debe saber conservar su serenidad y actuar parcamente usando el buen sentido común que se presupone tener y poniéndose fervientemente bajo la acción del Espíritu Santo.
Un aspecto en que la tentación de la improvisación acecha especialmente al dirigente de un grupo de oración es la instrucción. No vamos a insistir en su importancia. Apenas hay documento de la Jerarquía en el que no se haga alusión a ella y se recomienda encarecidamente. Por la instrucción los asistentes a los grupos de oración van siendo evangelizados más eficazmente que en cualquier otra circunstancia, si exceptuamos la celebración eucarística. Las disposiciones en que se encuentran hacen que oigan y absorban con fruición la Palabra de Dios. Por la instrucción se dispone espiritualmente a participar en el grupo de oración. Por ella también, abren sus corazones a la acciones del Espíritu que aprovecha toda oportunidad para actuar calladamente en lo más intimo del ser. La tentación de la improvisación nos ataca y sorprende a la mayor parte. Encontramos, fácilmente pretextos para no prepararla mediata o inmediatamente: muchas veces no cuesta emplear un tiempo del que apenas disponemos; nos agarramos a que “el Espíritu Santo pondrá en mis labios lo que El quiere que diga”; a veces, son temas ya oídos repetidamente o sobre los que hemos hablado y nos parece suficiente para entregar el mensaje del Señor a la comunidad. Si hay grupos de oración que avanzan demasiado lentamente, no sería difícil hallar causa en una
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instrucción dada, una y otra vez, como podríamos entregar una clase de gramática o de historia mal preparada. La Palabra de Dios y sus cosas son algo muy serio. Leamos la Constitución del Vaticano II sobre la Revelación. Después del Cuerpo real de Cristo en la Eucarística, no hay cosa que se deba tratar con más respeto, veneración y amor. Una manifestación de esto es el modo como damos la instrucción a una comunidad ansiosa de conocer al Señor, de llenarse de su sabiduría y de hacerla norma de su vida cristiana. Si el dirigente realmente, no se siente preparado, no debe correr el riesgo de encargarse de una misión tan fundamental en la Renovación. Los responsables de señalar, invitar, selecciona los temas deben tener muy presente cuanto hemos dicho. No basta la facilidad de palabra, ni siquiera el testimonio cristiano de la propia vida. Ha de haber una garantía real, desde la seguridad y pureza en la doctrina de la Iglesia Católica, hasta en el modo vivencial de comportarse con la Palabra de Dios y entregarla a la comunidad.