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CAPÍTULO 2. MARCO TEÓRICO

2.5. Teoría de la Conducta Planificada

Un enfoque distinto a los modelos que se centran en los valores y personalidad del individuo es el enfoque cognitivo-social de Ajzen y Fishbein (1980) y Ajzen (1988, 1991). Estos autores consideraron que la mejor manera de comprender y predecir las

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conductas de los sujetos es conociendo sus intenciones a actuar. Así, elaboraron una primera teoría que hacía énfasis en la relación entre Actitud, Norma subjetiva e Intención conductual a la que denominaron Teoría de la Acción Razonada (en adelante TAR) (Ajzen y Fishbein, 1980). Sin embargo, con el tiempo se percataron de que algunas conductas no estaban bajo el control completo del individuo y requerían conductas cooperativas, por lo que Ajzen (1988, 1991) propuso la Teoría de la Conducta Planificada (en adelante TCP) que amplía la anterior introduciendo el concepto de Control conductual percibido. A continuación se describen estos marcos teóricos, junto con algunos estudios aplicados al ámbito de las drogodependencias.

a) Teoría de la Acción Razonada

Ajzen y Fishbein (1980) en su TAR, sostenían que muchos de los comportamientos de los seres humanos se encuentran bajo control voluntario, por lo que la mejor manera de predecir un comportamiento dado es conociendo la “intención” que se tenga de realizar o no realizar dicho comportamiento. Esta intención se formaría a su vez en función de dos determinantes: las “actitudes” (de naturaleza personal) y la “norma subjetiva” (de naturaleza social). De esta forma, la TAR (Ajzen y Fishbein, 1980, p.5): “se basa en la asunción de que los seres humanos son normalmente bastante racionales y hacen un uso sistemático de la información que tienen a su disposición”.

Así, tal y como se muestra en la Figura 2.7, los tres elementos clave de la teoría son: 1)Intención conductual; factor más directo y cercano a la conducta. 2)Actitud; o valoración positiva o negativa que el sujeto hace de la realización de la conducta, la cual a su vez está determinada por las creencias de la persona sobre los resultados del comportamiento y sus evaluaciones de estos resultados. Y, 3)Norma subjetiva; que consiste en la percepción que el sujeto tiene de las presiones sociales a que realice u omita cierta conducta, que a su vez está compuesta por las creencias de la persona sobre lo que determinados grupos de referencia piensan de la conducta y su motivación para complacer a éstos grupos de referencia.

Figura 2.7. Factores que determinan el comportamiento en la TAR Conducta Intención Actitud hacia la conducta Norma Subjetiva Las creencias de la persona

que el comportamiento conduce a ciertos resultados y sus evaluaciones de estos resultados.

Las creencias de la persona que individuos o grupos piensan que ella debería o no debería realizar la conducta y su motivación para complacer a referentes específicos.

Importancia relativa de consideraciones actitudinales y normativas.

Fuente: Ajzen y Fishbein, 1980, p.8.

Un estudio que aunque con ligeras modificaciones aplica la TAR para evaluar el consumo de cocaína, es el llevado a cabo por Levy y Pierce (1989) con una muestra de 1.002 jóvenes australianos, en edades comprendidas entre los 14 y 19 años. Estos autores, por medio de un cuestionario especialmente diseñado, determinaron la relación que existía entre la intención de consumir cocaína, la actitud positiva hacia el consumo, el que amigos, padres o familiares consumiesen también drogas y la edad del consumidor. De esta manera, encontraron que existía mayor intención de consumir cocaína cuando más actitudes a favor de su consumo poseían los sujetos. Así, a medida que avanzaba la edad de los sujetos, aumentaban las creencias positivas sobre el consumo de cocaína, y, a medida que aumentaban estas creencias, era mayor también la intención de consumir la droga. Por ejemplo, en el grupo de jóvenes con 14 años, el 26,3% poseían creencias positivas sobre la cocaína y de éstos, solo el 0,5% tenía intención de consumirla. En el grupo de jóvenes de 16 años, el 35,7% tenía actitudes positivas y el 5,7% tenía intención de consumirla. Mientras que en el grupo de jóvenes de 19 años, el 57,1% tenía creencias positivas hacia la cocaína y el 21,1% tenía intención de consumirla. Por otra parte, cuando el sujeto conocía a alguien que consumiese cocaína en su círculo social, éste tenía más intención de consumirla que si no conociese a nadie (sólo el 4,2% de los sujetos sin conocidos consumidores tenían intención de hacerlo, mientras que el 38,5% de los sujetos con conocidos tenían intención de consumir cocaína).

Estos resultados llevaron a los autores a recomendar más información de los efectos negativos de la cocaína, con el objetivo de disminuir las creencias positivas sobre la misma en los jóvenes; y, advertir que, dado que la intención de consumir cocaína incrementaba cuando había más uso y presencia de la droga en el contexto social del sujeto, era posible que un incremento en la cantidad de cocaína disponible podría aumentar también la intención de consumirla en la población juvenil. Una importante limitación de este estudio es que, aunque evaluase la presencia de consumidores de cocaína en el círculo social del joven encuestado, esto no implicaba que su norma subjetiva fuese conocida (no se evaluó ni las creencias de los sujetos sobre lo que su grupo de referencia piensa acerca del consumo de cocaína, ni la motivación de los sujetos por complacer a este grupo). Por lo cual, a pesar de los positivos resultados de la aplicación de la TAR, esta teoría no fue probada enteramente, habiéndose perdido una buena oportunidad para conocer el otro elemento que Azjen y Fishbein (1980) consideraban imprescindible para predecir la conducta: la Norma Subjetiva.

Por otra parte, Humphrey, O´Malley, Johnston y Bachman, (1988) demostraron que, aunque útil y eficaz, la TAR presentaba importantes limitaciones en su aplicación en diferentes parcelas de la realidad social. Estos autores realizaron una investigación que evaluaba la influencia sobre las actitudes y conducta de consumir marihuana de tres variables: dos instituciones (escuela e iglesia) y el grupo de amigos. La información que usaron en este estudio procedía del proyecto “Monitoring the Future”, que consistía en la aplicación a escala nacional (en bachilleratos de los EEUU.), de cuestionarios relacionados con las actitudes y el uso de drogas. La población estudiada estaba compuesta por 27.842 jóvenes y comprendía el período de tiempo de 1976 a 1984. El ítem del cual inferían la influencia de los amigos era la pregunta “qué tan frecuentemente estás rodeado de gente cuando usas marihuana”26, con un rango de respuesta del 1 a 4. La influencia de la escuela era medida según las notas que obtuvieran los jóvenes en la misma, con un rango de 1 a 9. La habilidad de las instituciones religiosas para influir a los jóvenes era determinada en dos ítems, el primero se refería a la frecuencia con la que el joven atiende a los servicios religiosos y

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Como puede verse, al igual que en la investigación anterior (Levy y Pierce, 1989), éste ítem evalúa la presencia de otras personas durante el consumo de marihuana, pero no se ajusta exactamente a la definición de Azjen y Fishbein (1980) de “norma subjetiva”, lo cual sigue sin permitir una evaluación completa de la TAR.

el segundo medía la importancia de la religión en su vida. Mientras que las actitudes referidas al consumo de marihuana eran evaluadas según el grado de aprobación del sujeto del consumo exploratorio (una o dos veces), ocasional o regular de marihuana (en una escala del 1 al 5). Finalmente, también preguntaron a los sujetos el número de salidas a la calle por diversión y las veces que consumieron marihuana en los últimos 30 días.

Los resultados los obtuvieron por medio del “análisis de regresión lineal”27, en donde, con una varianza explicada del 54%, los autores encontraron importantes relaciones entre estos factores y el consumo de marihuana en los últimos 30 días (Actitudes hacia la marihuana, r=0,57, p<0,01; Influencia de los Amigos, r=0,53, p<0,01; influencia religiosa, r=-0,24, p<0,01; Influencia de la Escuela, r=-0,21, p<0,01; número de ocasiones que el sujeto sale a la calle, r=0,32, p<0,01). Sin embargo, también encontraron que, a diferencia de lo propuesto por Ajzen y Fishbein (1980), las actitudes no resultaron ser independientes de los grupos normativos, sino que la formación de éstas era mediada por los Compañeros (r=0,60; p<0,01), la pertenencia Religiosa (r=- ,34; p<0,01) y la Escuela (r=-0,16; p<0,01).

Así, Humphrey et al. (1988), consideraron que las actitudes eran determinadas por factores que se escapaban del marco de la TAR y resultaba necesario una visión más amplia e integradora.

b) Teoría de la Conducta Planificada

Con el objetivo de ampliar su teoría, Azjen (1988, 1991) propuso la TCP. Los elementos que constituyen y contemplan la TCP son los mismos que los de la TAR (Ajzen y Fishbein, 1980), únicamente variando en la inclusión del “Control Conductual Percibido”. Según Schifter y Ajzen (1985, p.844) este nuevo elemento: “Representa la percepción de la facilidad o dificultad para realizar (una conducta) y se asume que refleja la experiencia pasada así como la anticipación de impedimentos y obstáculos”.

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Análisis estadístico que permite estimar cual de una serie de variables independientes explica en mayor grado la variable dependiente.

De esta manera, el que el individuo piense que es capaz o no de realizar una acción específica, es visto como determinante, junto con las actitudes y la norma subjetiva, de las intenciones y conductas. Además, el control conductual percibido posee una singularidad especial, a diferencia de la norma subjetiva y la actitud hacia la conducta, tiene una correlación directa con la conducta y con la intención conductual, lo que no ocurría con las otras dos variables, que sólo establecían una correlación directa con la intención conductual.

En síntesis, el concepto de Control Conductual Percibido que propone Ajzen (1988, 1991), se refiere al grado con que el individuo cree controlar su vida y los acontecimientos que influyen en ella. Es decir, constituye una expectativa generalizada o una creencia relacionada con la previsibilidad y estructuración del mundo.

Utilizando como marco teórico la TCP en un contexto de consumo de sustancias, Hulten, Bakker, Lodder, Teeuw, Bakker y Leufkens (2003) realizaron un estudio sobre el uso y abuso de las Benzodiacepinas (en adelante BZP)28. Los autores exploraron los factores psicosociales que repercutían en la longitud del periodo de uso de la droga BZP, tomando en cuenta además el Modelo de la Creencia de la Salud. Este último, congruentemente con la TCP, considera que la salud está determinada por sus beneficios percibidos menos sus costes percibidos. Su muestra estuvo compuesta por 467 sujetos de una población de 13.500 habitantes del noroeste de Holanda, que habían ido a la farmacia a comprar BZP. El instrumento que utilizaron para la recolección de datos fue un cuestionario especialmente diseñado que aplicaron en casa de los sujetos. También tomaron el registro farmacéutico de la cantidad de BZP que compraban, para poder dividirlas en dos grupos: el primero es el de sujetos con experiencia previa de uso de BZP (al menos en los últimos 365 días) y el segundo grupo estaba formado por sujetos que no tenían experiencia con el uso de BZP (al menos en los últimos 365 días). Esta información sirvió además para conocer la cantidad de días en los que los sujetos estaban expuestos a BZP.

El cuestionario incluía los siguientes ítems y subescalas: 1)cuatro ítems para medir la Intención conductual, 2)seis ítems para conocer las Actitudes, 3)cinco ítems

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La BZP es una droga legal utilizada en el tratamiento a corto plazo de desordenes de ansiedad e insomnio, sin embargo, usada a largo plazo puede producir dependencia.

para medir el Control Conductual Percibido, 4)un ítem para identificar la Norma subjetiva (en referencia al médico del paciente), 5)tres ítems que pretendían reconocer la Severidad de la enfermedad, y 6)tres ítems que medían las barreras percibidas en cuanto a la Creencia de dependencia. Los grupos estuvieron formados por 360 sujetos con experiencia previa de BZP y 107 sujetos sin experiencia con BZP.

La comparación entre las puntuaciones medias de los grupos en el cuestionario, reveló que aquellos que no tenían uso previo de BZP tenían un mayor control conductual (4,40 vs. 3,65; p>0,001)29, así como estaban más influenciados por la norma subjetiva (3,61 vs, 3,31; p>0,01), mientras que aquellos que hacían más uso de BZP tenían mayor intención conductual (4,50 vs. 3,41; p>0,001) y actitudes favorables hacia el uso de BZP (3,64 vs. 3,36; p>0,001).

Por otra parte, por medio del modelo estadístico de ecuaciones estructurales, los autores pudieron comprobar la relación existente entre los diferentes elementos que propone la TCP. Cabe señalar que, aunque el modelo explica el 67% de la varianza para los consumidores experimentados, sólo explica el 18% de la varianza para los inexpertos. Los resultados obtenidos son los que siguen:

a) En sujetos con experiencia previa de BZP, la Intención conductual es el elemento que mayor capacidad predictiva posee sobre el uso de BZP (coeficiente de sendero30=0,69). Las Actitudes predicen el uso de BZP por medio de la intención conductual (coeficiente de sendero=0,26). La Norma subjetiva determina en un 0,26 (coeficiente de sendero) las actitudes (tal y como sucedió en el estudio de Humphrey et al., 1988). El Control conductual percibido se relaciona directa y negativamente con la conducta (coeficiente de sendero=-0,41), lo cual indicaría que cuando los sujetos consideraban que no tenían control sobre su consumo de BZP hacían un mayor uso de la misma. Además, congruentemente con esto, la Creencia de que el uso de BZP conlleva a la adicción determina negativamente el Control conductual percibido (coeficiente de sendero=-0,34) y positivamente la Intención conductual (coeficiente de sendero=0,34).

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Los valores son medias obtenidas de las puntuaciones de los cuestionarios utilizados con un rango de respuesta del 1 al 5.

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Los coeficientes de sendero de Wright describen en las ecuaciones estructurales (Sierra, 1981, p.288): “la relativa influencia de las diferentes variables sin contaminación de las varianzas producidas por otras variables (...) éstos coinciden con los coeficientes betha del análisis de regresión y con los coeficientes del análisis de dependencia de Boudon”.

Es decir, cuanto más creían las personas que las BZP eran adictivas, menor control conductual presentaban, pero más intención tenían de consumirlas, probablemente amparadas en la opinión del médico (norma subjetiva en este estudio).

b) Por otro lado, en sujetos sin experiencia previa, las relaciones significativas fueron mucho menores. Entre ellas, destaca que la Intención determinaba la Conducta de consumo (coeficiente de sendero=0,21), la Actitud se relacionaba con la Intención de consumo (coeficiente de sendero=0,45) y la Norma subjetiva determinó la Actitud (coeficiente de sendero=0,56). Así, para las personas que comenzaban a medicarse con BZP resultaba fundamental la influencia de su médico (norma subjetiva), ya que ésta moldeaba su actitud y su posterior intención de consumir la droga. De estos resultados, vuelve a llamar la atención que el estudio no corrobora fielmente el esquema de Ajzen (1991), ya que la norma subjetiva influye en la conducta final a través de la actitud y no a través de la intención.

En definitiva, este estudio muestra que la TCP puede ser eficazmente usada para la medición y explicación de la conducta de uso y abuso de drogas. Tal vez la teoría tenga la limitación de dejar una buena parte de la varianza sin explicar. En esta investigación por ejemplo, restaría conocer el 33% de la varianza para usuarios experimentados de BZP y el 82% para aquellos sin experiencia anterior. Esta limitación de la TCP, ha sido igualmente observada por otros autores como Ros (2001b, p.82): “Todavía queda mucha varianza del comportamiento sin explicar, lo cual sugiere que deben existir otros factores cuya influencia no ha sido aun determinada (...)”. De esta manera, factores como la personalidad del sujeto, los valores, su rol social, estatus, edad, etc. podrían ser utilizados para una descripción más completa de los determinantes de la conducta. Autores como Liska (1984) o Kuther (2002) también criticaron esta tendencia lineal y no recíproca en el pensamiento de Ajzen.

No obstante, resulta necesario reconocer que la incorporación del elemento Control conductual percibido significó una mejora de la TCP frente a la TAR. Lo cual también encuentra evidencia en una investigación que compara la TAR y TCP y es llevada a cabo por Leone, Perugini y Ercoloni (1999). Estos autores aplicaron un cuestionario especialmente diseñado a 240 estudiantes universitarios italianos, y

encontraron que la TCP tenía una mejor predicción de la intención de la conducta que la TAR (52% de la varianza explicada vs. 40% de la varianza explicada).

En resumen, la TCP se presenta entonces como una teoría cognitivo-social, que ofrece al investigador una sólida base para predecir y comprender la conducta. Así, para Ajzen (1988, 1991) la conducta está mediada por la intención de realizarla, y en parte también por el control conductual percibido. Además, esta intención conductual está definida por el control conductual percibido, nuevamente, y por las actitudes y normas subjetivas que posea el sujeto.