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LA TEORÍA DEL ESTADO DE GUSTAVO BUENO: UN PARADIGMA DE MATERIALISMO POLÍTICO

ACERCA DEL MATERIALISMO FILOSÓFICO 1 El materialismo como doctrina filosófica

V. LA TEORÍA DEL ESTADO DE GUSTAVO BUENO: UN PARADIGMA DE MATERIALISMO POLÍTICO

La reexposición de la teoría política de Gustavo Bueno ha de partir de la teoría del Estado que nos propone en su Primer ensayo sobre las categorías de las “ciencias políticas”, teoría desarrollada a partir de las premisas de un sistema filosófico propio bautizado con el nombre de materialismo filosófico, cuyo fundamento se encuentra en la teoría del cierre categorial. Según las conclusiones que la misma nos ofrece en el terreno de las ciencias humanas, en el momento de plantear una teoría política coherente se ha de recurrir a los mecanismos -igualmente sistemáticos- que la filosofía adopta, esto es, a una suerte de geometría de las ideas (ideas procedentes de distintos ámbitos disciplinares entrecruzadas en el estudio del material político), que desemboca en una filosofía política de estirpe materialista, en rigor: en una teoría de la sociedad política o, vale decir, del Estado. Debido al carácter desbordante del material político, imposible de tratar en un campo categorialmente cerrado, la aproximación de Bueno adopta un acento filosófico más que científico, sin perjuicio de su proceder racional307.

Si el Estado aparece como elemento central del campo político en Bueno no se deberá en todo caso a una decisión arbitraria cuanto a una elección obligada desde sus mismos presupuestos: desde una perspectiva materialista la política emerge a través de la sociedad, pero no de una sociedad humana abstracta determinada según una caracterización idealista o atemporal, cuanto de las múltiples sociedades distribuidas por el globo procedentes de los grupos humanos materialmente considerados. Precisamente, del debate sobre el establecimiento de la línea de demarcación que separa las sociedades humanas de las sociedades políticas, empieza a cobrar cuerpo la teoría de nuestro autor, una teoría que desde sus primeros pasos se verá marcada por la metodología lógico material cuyo rasgo esencial consiste en entrelazar -como desde la teoría del cierre se nos explica- la estructura material del objeto de estudio con su forma lógica, como única manera de dar con las claves genético- estructurales del campo a investigar. De ahí que la explicación sobre el origen de las sociedades políticas y, en su límite, del Estado se apoye tanto en argumentos de carácter lógico, muy especialmente derivados del análisis de organizaciones totalizadoras, cuanto de datos de la

307 Sobre la distinción entre teorías científicas y teorías filosóficas, y la consecuente naturaleza necesariamente filosófica de la teoría política en Bueno, véase del autor el artículo: “Principios de una teoría filosófico política materialista”, Anuario hispano cubano de filosofía, en el Diskette transatlántico (PFE), 15 de febrero de 1996 (disponible en www.filosofia.org/mon/cub/dt001.htm).

antropología política. Conviene advertir que los rasgos de la teoría del Estado que nos disponemos a detallar atraviesan una serie de tópicos no siempre en consonancia con las pautas usuales de la disciplina. Así, en nuestro caso, adquiere especial relieve la definición en la que se recortan las características del Estado, que con Bueno empezará por desprenderse de un enfoque jurídico formal tal y como hoy lo entendemos, hasta regresar a los primeros esbozos de su configuración, dibujados en épocas anteriores al Renacimiento. De tal dilatación del campo de estudio se derivará subsiguientemente un tratamiento dedicado a desentrañar los elementos que en su desarrollo el Estado ha ido organizando hasta componer su articulación efectiva. De hecho, la propia naturaleza de la definición le exige a nuestro autor considerar el despliegue de lo que denomina dialéctica del cuerpo y curso del Estado, en aras de alcanzar su caracterización óptima. En el recorrido que iniciamos se irán registrando las claves que ordenan su discurso, sintetizadas en cuatro bloques que podemos reinterpretar según los siguientes puntos o problemáticas comunes a toda aproximación teórico-estatal: 1) el problema de la definición y justificación del Estado; 2) la cuestión del origen, desarrollo y eventual delineamiento futuro; 3) la reelaboración de su estructura actual en tanto supuesto Estado de derecho con división de poderes; y 4) el replanteamiento de una tipología de las formas políticas, especialmente atento a la teoría de la democracia.

Como jalones principales de nuestra reexposición veremos cómo se cifra en la noción de eutaxia tanto la función del Estado así como la categoricidad o fundamento científico de la politología, en la medida en que ello es posible. Revisaremos el empaque de su repaso por las modulaciones históricas del Estado -deteniéndonos en la polémica de su origen, además de en las nociones clave de nación, imperio o Estado final-. Comprobaremos asimismo cómo la teoría del cierre categorial se torna doblemente importante al presentarse ya no -o no sólo- en tanto criterio de contraste científico de la disciplina, sino como canon o modelo explicativo sobre el que Bueno superpone, mediante recurso a la analogía, la organización estatal; su teoría de las tres capas del cuerpo político, epígrafe axial de su teoría estatal, resulta ininteligible si no se cuenta con las figuras centrales de su materialismo gnoseológico. Especial interés tendrá por lo demás el detallar el particular enfoque según el cual Bueno entiende la vertebración interna a partir de la que se levanta un Estado, ofreciéndonos una original teoría analítico-sintáctica sobre la ordenación de los poderes políticos que reinterpreta las puntualizaciones que Montesquieu expuso en su Espíritu de las leyes. El propio acercamiento a las tesis de nuestro autor nos obligará a concretar el significado que toman bajo su perspectiva los conceptos

conformadores de toda realidad estatal: pueblo, territorio, y poder o soberanía; asimismo habrá ocasión de precisar el cariz que adoptan las nociones de representación y de partido político. A su vez, se observará el tinte que adquiere el materialismo político de Bueno en tanto modulación peculiar del materialismo histórico: la referencia constante, y obligada, a directrices materialistas no le impedirá leer el legado marxista según una óptica distanciada de todo economicismo, la de sus mismos postulados basados en la relativa autonomía categorial del campo político. Finalmente, junto con la tesis que se propone acerca de la tipología de las formas políticas, apuntaremos las observaciones que le merece la democracia parlamentaria en tanto régimen político asentado en las sociedades occidentales avanzadas. De momento comencemos por especificar la estrategia a través de la que nuestro autor pretende definir el Estado, tratamiento que como enseguida comprobaremos marcará la dirección de todo su estudio.

1. La definición del Estado: una exposición conceptual

1.1. Alcance de un programa completo: núcleo, curso y cuerpo del concepto de Estado

El proceso de codeterminación mediante el que una sociedad humana primaria se desestructura mediante divergencias, internas y externas, rearticulándose a continuación a través de una parte integradora del todo o sociedad de la que sale, propicia en su propio despliegue, según nuestro autor, la definición del núcleo esencial o genérico de la política, amén de perfilar el molde mediante el que analizar el origen, desarrollo y estructura del Estado. Remontemos este resultado a su punto de partida.

Gustavo Bueno se propone desde el primer momento dar con un tipo de definición del Estado que le sirva en principio para enunciar “el núcleo de toda sociedad política”308; se trata

de sentar desde el inicio la base por la que pueda transitar una teoría política con capacidad operativa. Su propósito se encuadra tras los presupuestos del Primer ensayo: estamos en pos de lograr alcanzar la articulación de un campo científico -científico categorial- o cuando menos operativo, esto es, capacitado para analizar los fenómenos políticos hasta el punto de dar con los nexos esenciales, estructurales -recordamos: en todo caso construidos-, que en su medida logren cerrar o determinar -es decir, abrir al conocimiento- un sistema cognitivo de índole político, aun relativo a un marco de dimensiones positivas reducidas, constitutivamente

308 Gustavo Bueno, Primer ensayo sobre las categorías de las “ciencias políticas”, Cultural Rioja (Biblioteca Riojana 1), Logroño, 1991, p. 129.

inestables. Visto el grado de positivización que según Bueno cabe otorgar a la politología, no le queda más remedio, según su balance, que afrontar la formulación de los cimientos reales sobre los que pueda levantarse todo conocimiento político, lo que desde su punto de vista materialista tan sólo es posible desde un enfoque filosófico, toda vez que entendamos la filosofía a su manera materialista. La posibilidad de comprender los procesos que se encadenan en la realidad política derivan del sector central en el que se entretejen las líneas objetuales: es ahora cuando se han retomar las consideraciones que sobre la tercera figura gnoseológica del eje semántico fueron insinuadas con anterioridad -la relativa a las estructuras esenciales-, pues ya sabemos que los entresijos de dicha figura componen el episodio ontológico al que toda gnoseología apunta. La definición buscada de la que el bloque ontológico parte entronca pues con la ya señalada tarea de encontrar la intraestructura de toda sociedad política, entendiendo por tal intraestructura el “centro de gravedad o atractor”309 activado detrás de sus trayectorias

empíricas, de modo que acaso sea posible ponernos delante del criterio científico de verdad política -alternativa bien poco probable, como se dijo-.

En esta búsqueda, su premisa inicial consistirá en optar por un tipo de definición real y nuclear, antes que por otra, nominal, o real pero estructural: la diferencia estriba en el tratamiento que sobre definiendum realizan; así, el tipo de definición al que quiere atenerse nuestro autor posee la virtud no sólo de vincularse “denotativamente a un contexto predefinicicional”310, tal y como su temperamento constructivo exige -desmarcándose así de

una mera aproximación descriptiva-, sino que además tiende a subrayar la dimensión evolutiva o histórica que una definición estructural impediría al suponer la estructura del definiendum como dada, ya terminada. Su proceder se distancia así del tipo de definición habitual en la esfera de estudios estatales, si es que es aquí en donde ubicamos el planteamiento de Heller. Efectivamente, observamos cómo justamente el alemán recurre al modelo porfiriano de definición cuando nos afirma que: “El género próximo del Estado es, pues, la organización, la estructura de efectividad organizada en forma planeada para la unidad de decisión y acción. La diferencia específica, con respecto a todas las demás organizaciones, es su calidad de dominación territorial soberana”311. Por el contrario, las definiciones nucleares “renuncian a una exposición

309 Ibid., p. 88. 310 Ibid., p. 129.

311 Hermann Heller, Teoría del Estado, F.C.E., México, 1987, p. 255, (subrayado nuestro). Recordemos que Porfirio, filosofo neoplatónico del siglo III d.C., y discípulo de Plotino, ideó en su obra Isagoge un procedimiento para jerarquizar conceptos entre sí, según su comprehensión y extensión. Su esquema, conocido como “árbol de Porfirio”, plantea un método de clasificación, basado en la concepción platónico-aristotélica de la definición

inicial y global de la estructura esencial, que sólo puede ser expuesta en fases sucesivas, y comienzan determinando el núcleo de esa estructura”312. La elección de Bueno implica entonces

una visión determinada de la política, acorde al planteamiento constructivista operacional de la teoría del cierre: en rigor la opción por una definición real y nuclear se ve informada por una teoría de la esencia genérica que parte de la comprensión de la doble figura -gnoseológica pero también ontológica- de la estructura esencial como “totalidad procesual susceptible de un desarrollo evolutivo interno”313 en la cual núcleo, curso y cuerpo se autorequieren a fin de

construir el grueso de la esencia real; comprendemos ahora cómo todas las precauciones protocolarias anteriores, destinadas a precisar el significado dialéctico de la ciencia y de la filosofía en Bueno, cobran entera justificación aquí: la teoría del Estado queda subsumida en el proyecto filosófico político de elaborar una idea esencial genérica que responda a la caracterización categórico-ontológica del campo político; podría así decirse que su tarea coordina en un mismo plano gnoseológico-normativo ciencia política, filosofía política y teoría del Estado.314 Es necesario

subrayar pues cómo la preocupación por la cuestión del núcleo de la sociedad política está enteramente condicionada por el tipo de definición del que se parte; por tanto, si bien la esencia que se pretende en última instancia aprehender no coincidirá con la mera enunciación del núcleo -“puesto que el cuerpo es también esencial y por tanto su curso: la esencia sólo se muestra en el desarrollo de las determinaciones específicas”315-, dicho núcleo constituye el punto de partida de

un programa definicional -no nominal- que compromete la entera elaboración de la exposición,

según el género y la diferencia específica. En él distingue las cinco voces universales o predicables -el género, la especie, la diferencia, el propio y el accidente (Isagoge, I)-, articulando un modelo clásico de subordinación lógica de conceptos, así como una teoría de la definición, de gran influencia en la escolástica.

312 Gustavo Bueno, Primer ensayo sobre las categorías de las “ciencias políticas”, Cultural Rioja (Biblioteca Riojana 1), Logroño, 1991, p. 131, (cursiva en el original). La vía continuará pues la estela sugerida por Plotino cuando en Enéadas, VI, 1, 3, dice: “La raza de los heraclidas forma un género, no porque tengan un carácter común, sino por proceder de un solo tronco”; de ahí que Bueno denomine también a este tipo de definiciones como definiciones plotinianas, frente a las porfirianas. La operativización de los conceptos políticos responderá en Bueno de un tipo de lógica transformativa plotiniano-darwiniana que, desbordando la conceptuación unívoca de raíz porfiriana-linneana, incorpora los resultados de la ciencia biológica; a su vez, el evolucionismo darwinista retomaría a juicio de Bueno la óptica de Plotino al sostener que las especies descienden unas de otras. La historia política recibirá en consecuencia un tratamiento que procede por analogía a lo que sucede en biología. Pero no por ello cabe tildar a Bueno de organicista, ya entre ambos campos media un proceso de inversión antropológica que explicaremos ulteriormente.

313 Pelayo García Sierra, Diccionario filosófico, Pentalfa, Oviedo, 2000, p. 82.

314 Como el propio Bueno nos comenta en otro lugar, “mejor que decir, por ejemplo, ‘hablar de filosofía política’, sería decir: ‘hablar del Estado filosóficamente’”, Gustavo Bueno, “Materialismo filosófico como materialismo metodológico”, Prólogo a Alfonso Fernández Tresguerres, Los dioses olvidades. Caza, toros y filosofía de la religión, Pentalfa, Oviedo, 1993, p. 20.

es decir en este caso, de la teoría del Estado; en resolución, tal modo de definir no se completará sino hasta la total elaboración de su teoría.

La estrategia que adopta Bueno consiste en dar prioridad al núcleo como género generador de la esencia estatal hallando en primer lugar un género generador previo del que a su vez resulta, denominado género radical o raíz, que según su planteamiento habrá de ser descompuesto de manera que su reestructuración por anamorfosis conduzca definitivamente a la enunciación del núcleo: la localización de dicha raíz desvelará así el carácter intraestructural de cualesquiera sociedades políticas que habrá de someterse a análisis para llegar al núcleo conceptual que el Estado comporta. Queda por advertir que la anamorfosis es una alternativa metodológica en la línea del proceso regressus-progressus (o de reducción-reconstrucción) a través del que se reconstruye la estructura de referencia -el objeto de estudio ya descompuesto- refundiendo los componentes de suerte que se restablezcan los materiales de partida en un nuevo nivel ontológico, reorientando la investigación científica; la vía de la anamorfosis encaja por lo demás con el proyecto constructivo de las definiciones nucleares, al rechazar su vía opuesta o reductiva, la misma que en la línea de las definiciones esenciales sobreañaden, siguiendo la estela marcada por la concepción porfiriana, una diferencia especifica al género generador -aquí denominado género próximo-, crónicamente fijo o asentado como vimos desde su determinación inicial. La exposición de Bueno aunará en definitiva y como veremos el plano lógico con el histórico, al entramar la aparición material de una organización estatalmente articulada con la cristalización de un formato lógico que suplanta un enclasamiento distributivo de los elementos estudiados -las organizaciones sociales humanas mismas- por otro de cariz atributivo, lo que trocará la disposición histórica de estas desde un punto de vista interno tanto como externo.

1.2. En busca del núcleo del Estado

Al encargarse en primer lugar de la raíz o género radical por medio del cual conceptuar subsiguientemente toda realidad estatal, Bueno recuerda el abanico de posibilidades que se le presentan. Efectivamente, en la tarea de discriminar el ámbito conceptual en el que pueda encontrarse la raíz de la sociedad política -generadora de su esencia y en parte esencia misma de esta- varias son las alternativas, aun desde definiciones porfirianas, que se han barajado, pudiéndose simplificar todas las posturas proferidas -como así hace- según las rúbricas del politicismo o apoliticismo, ya se suponga o no que las sociedades humanas posean de suyo

significado político. Antes sin embargo de examinar los argumentos de tales alternativas, hemos de precisar una premisa que nuestro autor no esconde, pero que ya se adelantó anteriormente al tratar de los contenidos que un campo categorialmente político habría de tocar en su eje semántico. Nos referimos a la elección societaria que entonces Bueno sugirió al bosquejar el núcleo generador que anda detrás de la configuración de un Estado: ya ahí se formuló la disyuntiva que obliga al politólogo bien a presuponer que la escala en la que se dibuja el concepto de sociedad política pertenece a la misma en la que se diseña la noción de sociedad humana, o bien a decantarse por una opción contraria, en cuyo caso -recordamos: aquel que abarcan las teorías no societarias de la sociedad política- cabían tres opciones: a) teorías teológicas de la sociedad política; b) teorías psicológicas de la sociedad política; o c) teorías culturales de la sociedad política. Ante tal elenco, Bueno tomaba partido -y vuelve a tomarlo rotundamente ahora, desde el momento en que se centra en definir el núcleo de la sociedad política- a favor de una teoría societaria del Estado, ubicando en el seno del concepto de sociedad humana su raíz genérica. La decisión aparecía informada por una concepción de la sociedad humana como entidad totalizada “resultante de las actividades de múltiples sujetos operatorios conjuntados (por convergencia o por divergencia)”316 y que ahora debemos detallar

más profundamente, pero que de cualquier forma otorgaba capacidad al grupo humano para desplegar una actividad política a partir de criterios específicos -nucleares precisamente- que se desarrollan morfológicamente en el curso histórico. En la persecución de tal tarea nos encontramos. Conviene con todo insistir en el distanciamiento que con respecto a la alternativa psicológica se produce, ya que bajo esta línea es en la que se cifran las bases del