CAPÍTULO I – MARCO TEÓRICO
2. EL SENTIMIENTO DE LA CULPA
2.6. LA TEORÍA DE LA REPARACIÓN
Cuando el bebé se relaciona desde la posición depresiva, experimenta el deseo de reparar a la madre, a quien cree que dañó con su instinto de muerte, expresado en la voracidad y capacidad de destrucción.
Según Klein la reparación es posible cuando hay una capacidad de identificación con el otro, ya que “la capacidad de identificación es un
Referencias 95
Klein, M (1952). Algunas conclusiones teóricas sobre la vida emocional del bebe. op cit.
96 Ibid. 97 Ibid. 98 Ibid.
importantísimo elemento en las relaciones humanas en general, y una condición del amor intenso y auténtico”.99 (Klein, 1937, p. 315).
La identificación con el otro, el objeto amado, lleva a un comportamiento en que se demuestra el mismo amor que manifiesta ese objeto amado o que debiera manifestar. Para Klein:
“Mediante la fantasía retrospectiva de desempeñar simultáneamente el papel del buen hijo y del buen padre eliminamos parte de nuestros motivos de odio, logrando así neutralizar las quejas contra los padres frustradores, el furor vindicativo que ellos nos han provocado y los sentimientos de culpa y desesperación provenientes de este odio que dañaba a los que eran al mismo tiempo objeto de nuestro amor”. (Klein, 1937, p. 316).100
Como se ha señalado, el primer objeto con quien el bebé se relaciona es la madre, y más adelante el padre, o quien asuma este papel. Según Somavia, “es de trascendental importancia que el amor por el objeto primario (nuestros padres) pueda mantenerse, ya que el resentimiento excesivo hacia ellos hace peligrar la relación con los objetos de amor posteriores en la vida y, de esa manera, se perturba la capacidad para reparar” (Somavia, 2007, p. 47)101.
La reparación es un trabajo interno y externo. Interno en cuanto que dentro de uno mismo se puede reparar la imagen dañada del otro; se puede restituir internamente lo que se destruyó del otro. Klein sostiene que “en el
Referencias 99
Klein, M. (1999). Amor, culpa y reparación y otros trabajo, op. cit.
100
Ibid.
101
Somavia, J. op cit.
inconsciente reparamos nuestros agravios fantaseados (producto de nuestra fantasía) que nos causaban aún gran dosis de culpa” (Klein, 1937, p. 316)102.
Para Somavia se trata de “aceptar primero la responsabilidad ‘tenía tanta rabia que devalué lo que me dieron y lo ataqué en mi mente”. Ya en la vida adulta este trabajo interno es un proceso consciente, ya que es posible “regresar con otra mirada sobre lo que vivimos” (Somavia, 2007, p. 49).103
La reparación también es un trabajo externo, es decir, realizar actos que pueda restituir aquello con que se dañó al otro. Para Castilla del Pino (1979), no basta el arrepentimiento para liberarse de la culpa, ni tampoco compensa el sufrimiento y el tiempo de sufrimiento por la culpa experimentada; “si quiere dejar de sufrir, puesto que sufre por ser culpable, solo hay una fórmula: dejar de serlo a través de acción reparadora”. (Castilla del Pino, 1979, p. 258)104.
2. 7. CULPA PERSECUTORIA
La palabra que podría resumir lo que se experimenta en la culpa persecutoria es remordimiento. “Esta culpa actúa como si una parte de nuestro aparato mental atacara y persiguiera con culpa a otra parte de nuestra mente, mordiéndole la conciencia” (Somavia, 2007, p. 52).105 La persona siempre vive reprochándose a sí misma, pero nunca cambia, sino que sigue perturbada sin encontrar ninguna salida.
Según Grinberg (1963, p. 80) “las principales emociones que intervienen en la culpa persecutoria son: el resentimiento, el dolor, la desesperación, el temor, los autorreproches, etc. Los casos extremos de culpa persecutoria son la esquizofrenia y la melancolía (duelo patológico). La característica es la
Referencias 102
Klein, M. (1999). Amor, culpa y reparación y otros trabajos, op. cit.
103
Somavia, J. op cit.
104
Castilla del Pino, C. (1979). La culpa. Madrid: Alianza Editorial.
105
Somavia, J. op cit.
actuación masoquista del yo que está bajo el predominio del instinto de muerte”.106
¿Cuál podría ser el origen de esta culpa persecutoria? Grinberg remitiéndose a Freud y Klein plantea que “una de las causas principales de su aparición se debería al estado de privación y déficit determinado precisamente por el trauma de nacimiento” (Grinberg, 1963, p. 81).107 Lo que sucede es que durante el nacimiento, el niño experimenta una cierta cantidad de pérdidas, como el cordón umbilical, la misma protección que sentía en el vientre de la madre, la alimentación que recibía y sobre todo el sentirse identificado plenamente con la madre.
El nacimiento trae como consecuencia las perdidas mencionadas, y la culpa aparecería “frente a sí mismo, por haber provocado en la fantasía esta pérdida que perjudica al yo, o por no haberla podido evitar” (Grinberg, 1963, p. 83)108. El yo se culpa a sí mismo por no haber tenido la suficiente capacidad y valentía para retener esos elementos preciosos de sí mismo.
Hay que señalar que “la culpa persecutoria se caracteriza por su aparición precoz, en los primeros instantes de la vida, y se encuentra bajo el dominio de Tánatos” (Grinberg, 1963, p. 85).109 Se podría relacionar la culpa persecutoria con la debilidad del yo, en cuanto que en la medida en que el yo se siente débil no es capaz de elaborar ni de enfrentar una amenaza o asumir una responsabilidad.
Referencias 106
Grinberg, L. (1963). Culpa y Depresión. Estudio Psicoanalítico. Buenos Aires: Paidos.
107 Ibid. 108 Ibid. 109 Ibid.
Según Klein, (1957, p. 199), “si esta culpa prematura es experimentada por un yo cuando aún no está en situación de soportarla, es entonces vivida como persecución, y el objeto que la despierta se convierte en perseguidor”.110
Esta culpa persecutoria se va alimentando en el transcurso de la vida, cuando se cree que nunca hay que equivocarse, porque eso significaría decepcionar al ser amado al no cumplir las expectativas que el otro tiene de mí o las que yo tengo de mí mismo.
Normalmente en la culpa persecutoria no existe noción de tiempo; el pasado y el presente se confunden, y eso hace que la persona no pueda avanzar.
La mejor representación de la culpa persecutoria, como señala Somavía (2007, p. 62), desde la perspectiva bíblica, es la figura de Judas, que con un beso traiciona al maestro, “usa el amor para destruir a Cristo. La culpa es aquí intolerable. Judas no se siente capaz de reparar, el autodesprecio lo persigue”.111
Por eso la culpa persecutoria, inclusive puede llevar al suicidio, porque “cuanto mayor sea el resentimiento, mayores serán la culpa y la persecución y más difícil resultará la elaboración del duelo”. (Grinberg, 1963, p. 87).112
2. 8. CULPA DEPRESIVA
Se habla de una culpa depresiva porque “hay tristeza y pesar, pesar que está acompañado del íntimo anhelo de que la situación se corrija”. (Somavía,
2007, p. 42)113. La persona ya no queda entrampada en su propia culpa sino
que busca caminos de reparación; quiere corregir aquello que estuvo mal. Por
Referencias 110
Klein, M (1957). Envidia y Gratitud. Obras completas Vol. 3 .Buenos Aires: Paidos.
111
Somavia, J. op cit.
112
Grinberg, L. op. cit.
113
Somavia, J. op cit.
eso, “lo que caracteriza esencialmente a la culpa depresiva es el anhelo de reparar al objeto que se siente dañado por los propios impulsos destructivos” (Grinberg, 1963, p. 99).114
En la culpa depresiva, la persona tiene deseo de reparar el objeto dañado; todo lo contrario a lo que era la culpa persecutoria, donde no hay deseo de crear vida, de recrear aquello que se destruyó. Además en la culpa depresiva ya hay noción de tiempo, se puede distinguir “entre pasado y presente y hay también perspectiva y futuro” (Grinberg, 1963, p. 80).
La reparación no significa necesariamente algo externo que se hace por el objeto, sino también una reparación interna. Es tratar de asumir internamente que devalué al otro, que lo ataqué y dañé en mi mente. Cuando se profundice el tema de la reparación se analizará con más detalles.
Un punto importante que hay que tener en cuenta, es la diferencia que existe entre la culpa depresiva de la depresión propiamente dicha. Según Grinberg (1963, p. 104) lo que caracteriza a la depresión es el “renunciamiento
y una entrega del yo, que se abandona y no lucha”; mientras que “la culpa
depresiva, por el contrario, implica un hacerse cargo del problema con aceptación de la responsabilidad. El yo siente pena, sufre el pesar pero sin renunciar ni entregarse”.115
Se puede decir que la culpa depresiva aparece en el niño en la medida en que el yo se va fortaleciendo, se va integrando y es capaz de asumir responsabilidades; puede hacerse cargo de sí mismo. Estas realidades acompañan a la persona a lo largo de toda su vida; por eso también afecta al adulto mayor, ya que en esta etapa de la vida “resulta espontáneo recorrer de
Referencias 114
Grinberg, L. op. cit.
115
Ibid.
nuevo el pasado para intentar hacer una especie de balance” (Juan Pablo II, 1999, n. 2).116
El adulto mayor que al mirar el pasado experimenta la culpa por no haber realizado lo que correspondía, se encuentra en este dilema: entre la culpa persecutoria y la culpa depresiva. Si tiene un yo bastante fuerte e integrado es posible reparar el daño causado, de lo contrario puede caer en una desesperación.
Según Somavía (2007, p. 62)117 la figura bíblica representativa de la culpa depresiva, es la figura de Pedro que, a pesar de haber negado a Cristo, se arrepiente y saca fuerza de este dolor, buscando la mirada y el amor del maestro. Pedro fue capaz de reparar el daño causado.
2. 9. CULPA Y VERGÜENZA
Es importante hacer una diferenciación entre culpa y vergüenza, aunque haya elementos comunes. Un mismo hecho puede provocar culpa y vergüenza al mismo tiempo, pero también solo culpa o sólo vergüenza. ¿Cuál es la diferencia que existe?
Según Etxebarria (citado por Castanyer, 2007, p. 136)118 la vergüenza es la “evaluación negativa del yo de carácter global. Genera un estado emocional desagradable, el cual provoca la interrupción de la acción que se estaba realizando, al tiempo que genera cierta confusión mental”.
Al parecer la vergüenza tiene que ver más con que los demás vean lo que se está haciendo, depende de la opinión de los otros. En cambio la culpa tiene que ver con el concepto que uno tiene de sí mismo. La vergüenza “es
Referencias 116
Juan Pablo II (1999). Carta del Santo Padre a los Ancianos. Santiago de Chile: San Pablo.
117
Somavia, J. op cit.
118
Castanyer, O. (2007). Yo no valgo menos. Sugerencias cognitivo-humanistas para afrontar la culpa y la vergüenza. Bilbao: Desclée De Brouwer.
indiferente a los principios éticos en sí mismos, mientras que la culpa es una sensibilidad interna y corresponde a la autonomía moral del yo del hombre moderno” (Konstan, 2006, p. 91, citado por López-Pedraza, 2009, pp. 34- 35).119
Douglas (1993), citado por López-Pedraza, (2009, p. 42) afirma que la “vergüenza (aidôs) es una emoción inhibitoria basada en la sensibilidad de la imagen de uno mismo y en su protección”.120
Tanto la culpa como la vergüenza son elementos motivadores del control sobre el comportamiento de uno mismo. Si un hecho cometido causa vergüenza es porque algo malo se cometió, o se expuso a la vista de todos la privacidad de uno mismo. Si se experimenta la culpa significa que también hubo una transgresión.
Generalmente, cuando se experimenta la vergüenza, lo único que se quiere es desaparecer del lugar, ser tragado por la tierra; en cambio la culpa es una experiencia que se relaciona mucho más con la conciencia.
Etxebarria (citado por Castanyer, 2007, p. 148)121 señala que “mientras la vergüenza provoca el deseo de escapar de la situación, la culpa mantiene a la persona ligada a la situación interpersonal y señala al sujeto el camino hacia la acción reparadora”.
Referencias 119
López-Pedraza, R. (2009). Emociones: una lista. Caracas: Festina Lente.
120
Ibid.
121
Castanyer, O. op cit.
2. 10. CULPA Y DEPRESIÓN 2. 10. 1. La depresión
Cuando se habla de depresión, es importante diferenciar un simple sentimiento de desánimo (una experiencia normal de la vida, que en algunos momentos presenta ciertos síntomas depresivos), de lo que es la depresión propiamente dicha.
Según Torres (2005, p. 201) “la depresión entendida como trastorno mental es más que el desánimo o un conjunto de síntomas depresivos: es una enfermedad de grave repercusión en el paciente y su familia, altamente invalidante, eventualmente mortal y posible de sanar, con un tratamiento adecuado”122
Existen algunos indicadores clínicos de la depresión. Los más importantes son (cf. Torres, 2005, pp. 202-203)123:
- Compromiso del ánimo. Es lo central en la depresión.
- Tristeza. En niños y jóvenes en vez de encontrar tristeza puede haber irritabilidad.
- Anhedonia: disminución o pérdida de la capacidad de gozar o disfrutar con lo que antes habitualmente sí lo hacía.
Alteraciones neurovegetativas:
- Alteraciones del sueño: insomnio o hipersomnia.
- Disminución o aumento del apetito, lo que puede conducir a notorias variaciones de peso.
Referencias 122
Torres, R. (2005) Trastornos del ánimo, en: Valdivieso, S. (2005). Fundamentos de Psiquiatría Clínica. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Católica de Chile.
123
Cf. Ibid
- Disminución del deseo sexual. Alteraciones cognitivas.
- Disminución de la concentración.
- Indecisión para cosas menores o cotidianas.
- Alteraciones de la memoria, especialmente respecto de la retención de nueva información más que de la memoria de largo plazo (la que en general no se altera).
- Pensamiento enlentecido.
- Pensamiento depresivo (pesimismo, inferioridad, ruina, culpa excesiva). - Pensamientos o ideas recurrentes de muerte.
Conducta: - Aislamiento.
- En casos extremos se puede producir mutismo (no hablar) y akinesia (no moverse).
- En los cuadros depresivos muy ansiosos se puede presentar intranquilidad. 2. 10. 2. Relación entre la culpa y la depresión
¿Dónde puede estar la relación entre la depresión y la culpa?
En que una culpa excesiva podría llevar a una depresión o la depresión que se sufre conlleva a hurgar exageradamente en la culpa. Grün (2010) señala que “las personas depresivas sufren por sus sentimientos de culpa. En cualquier conflicto que surge en su entorno, buscan enseguida la culpa que ellos tienen. Sobretodo en las personas mayores, los sentimientos de culpa son una de las características principales de su depresión”. (Grün, 2010, p. 123)124.
Referencia 124
Grün, A. (2010). Caminos a través de la depresión. Impulsos espirituales. Buenos Aires: Agape Libros.
En este punto del trabajo, hay que recordar que Francisca fue tratada de la enfermedad de la depresión durante cinco años, cuando tenía 55 años de edad. Por eso, se creyó conveniente tener en cuenta esa realidad, para estar atento a ella durante el acompañamiento psicoespiritual.
Según Grün, la depresión puede ser favorecida cuando se ha recibido una imagen negativa de Dios, y las personas “dan vueltas constantemente alrededor de su culpa” (Grün, 2010, p. 123).125
Otros en cambio, sufren sentimientos de culpa patológicos. En nuestro
caso se diría culpa persecutoria, que se complica más todavía con una
“religiosidad que da vueltas constantemente alrededor de la culpa y transmite a las personas el mensaje de que son grandes pecadores y de que llevan en todo momento una culpa sobre sus espaldas”. (Grün, 2010, p. 124).126
Existen además personas que sufren la depresión porque no han asumido su culpa y la reprimen constantemente. Grün propone que en este caso “la tarea consiste en afrontar la culpa, creer en el perdón, pero, al mismo tiempo, volver a poner orden en la vida” (Grün, 2010, p. 125).127
Sería muy interesante investigar hasta qué punto, si se acompaña psicoespiritualmente la elaboración de la culpa, disminuye o desaparece la depresión, pero eso sería un tema para otra investigación.
Referencias 125 Grün, A., op cit. 126 Ibid. 127 Ibid.
2. 11. LA CULPA DESDE LA PERSPECTIVA RELIGIOSA
Según Mifsud (2004, p. 22)128 la culpa religiosa surge cuando “el
reconocimiento de la falta (o el pecado) que causa el sentido de culpa es detectado desde la fe, desde la presencia de Dios”.
Necesariamente al hablar de la culpa religiosa, se debe tener presente la diferencia entre la culpa persecutoria y la culpa depresiva; distinción que se ha clarificado en este trabajo. Sin duda, la culpa es sana cuando lleva al arrepentimiento, a la conversión. Es una oportunidad para retomar el camino del encuentro con Dios, con uno mismo y con los demás.
Experimentar la culpa es consecuencia de una falta cometida o de una acción positiva omitida. Desde una perspectiva religiosa, esto se llama pecado. De acuerdo a lo que sostiene Mifsud (2004, p. 24)129 “el sentido de culpa que comporta la experiencia del pecado es auténtico en la medida que asume responsablemente un compromiso para la corrección, ya que de otra manera sería simplemente un malestar emotivo e infantil”.
Se podría señalar que el sentido de pecado se descubre cuando el sujeto se encuentra con la persona de Jesús, y lo acepta como Hijo de Dios; así lo señala Benedicto XVI (2005, nº 1)130, “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.
Referencias 128 Mifsud, T. op cit. 129 Ibid. 130
Benedicto XVI (2005). Carta Encíclica Deus Caritas Est. Dios es amor. Santiago de Chile: San Pablo.
Este encuentro con la persona de Jesús ilumina la falta cometida, no como un simple error, sino que lleva a una experiencia espiritual de reconocerse como pecador, confiado en la misericordia de Dios, capaz de salvar al hombre. De ahí que, “la experiencia de pecado, por tanto, ya es una gracia: que el rostro herido de Jesús se me haya revelado en el(a) hermano(a) a quien hago el mal o no obro el bien, y que pueda recibir el perdón de Dios” (Cabarrús, 2007, p. 185)131.
Esta experiencia de pecado solo es posible cuando la persona no queda entrampada en su propia culpa (persecutoria), ya que eso la lleva a mirarse a sí misma como centro de la culpa y no proyecta la mirada en Dios, para buscar el camino real de la conversión que comienza con la experiencia del perdón. Por lo tanto, “creer en la misericordia de Dios permite reconocer el propio pecado y emprender con humildad el camino de la conversión” (Mifsud, p. 31)132.
Referencias 131 Cabarrús, C. op cit. 132 Mifsud, op cit.