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Capítulo I: Identidad de género y división del trabajo

I. Definiendo el género

2.1 La teoría de los roles sexuales

Dentro de la teoría de los roles sexuales se encuentran varios enfoques (Hochschild, 1974). Sin embargo, en el desarrollo de la investigación social, la corriente que tiene su origen en el estructural funcionalismo parsoniano ha sido la más ampliamente explorada.

Para Parsons (1953), la familia actúa como un sistema social en el que cada ocupante debe cumplir con un rol específico que permita la reproducción familiar. De acuerdo con este autor, en la familia nuclear existe un rol instrumental, que es el mediador con el mundo exterior y que es ocupado

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por los varones; éste es complementado con un rol expresivo a cargo de las relaciones al interior de la familia, y que corresponde a las mujeres. Esta forma de organización es funcional para los hijos, los padres, y la sociedad en su conjunto.

Los roles se construyen y mantienen por dos vías principales: la internalización y la socialización. La primera de éstas es de índole estructural, y consiste en el proceso de aprendizaje de las expectativas y acciones adecuadas en consonancia con la posición individual. Para esto hay agencias de socialización como la familia, la iglesia, la escuela, etc., que son las encargadas de enseñar a los individuos estas normas, así como de recompensarlos o castigarlos de acuerdo con su nivel de aceptación de éstas.

La socialización a su vez es dividida en primaria y secundaria. La primera de ellas es la más importante, puesto que a partir de ésta los niños se convierten en miembros de la sociedad a través de la construcción subjetiva de un “yo”, es decir, de una identidad. El género es adquirido y asumido en la socialización primaria, antes incluso de tener una identidad sexual. En comparación con la socialización primaria, lo que se aprende en la socialización secundaria tiene menos sentido subjetivo, es decir, no existe una carga emocional tan fuerte como en la primera, y en consecuencia posee una mayor posibilidad de modificarse a lo largo de la vida del individuo.

Parsons (1964) retoma la propuesta de Freud respecto a la formación de la identidad y con esto vincula la estructura social con la personalidad, a través de la internalización que realizan los individuos de las normas, expectativas, y la configuración de una identidad individual generizada en congruencia con los valores normativos imperantes.

De esto se derivan algunas consecuencias importantes para la forma en que se conceptualiza la identidad de género bajo esta teoría. En primer lugar, pese a que los roles sexuales varían en cada cultura, al relacionarlos con el psicoanálisis clásico, que propone que la identidad de género se construye a partir de una castración simbólica en el caso de las mujeres, y de un

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reconocimiento del falo como símbolo de poder en el caso masculino11, la identidad de género se encuentra enraizada en las diferencias anatómicas. Por esto, la perspectiva de los roles sexuales asociada al psicoanálisis clásico se encuentra ante una encrucijada al momento de analizar la historicidad del género, puesto que si el primer eslabón de la identidad de género es la diferencia sexual, de esto se deriva que el cuerpo de mujer, que siempre estará carente de un falo, determina un sentimiento de castración en todas las mujeres de todas las épocas.12 Si la desigualdad entre hombres y mujeres se sustenta en la biología, ésta sería inmodificable y reproducida por las identidades de género.

Otro aspecto a destacar es el hecho de que, según esta teoría, la identidad aprehendida durante la socialización primaria es poco susceptible de modificarse a lo largo de la vida. Dado que la identidad de género se adquiere en esta etapa, ésta sería un tanto rígida y cambios radicales como el cambio de género o de identidad sexual responderían a una desviación, resultado de fallas en la socialización. Como puede apreciarse, este marco teórico es demasiado rígido y daría poca cuenta de las transformaciones sociales que vivimos en la actualidad con la alta flexibilidad en las identidades sexuales y de género.

R. W. Connell (1987) por su parte señala algunas dificultades conceptuales de este enfoque. Una de ellas es que con frecuencia cae en una forma de determinismo social, atrapando a los individuos en estereotipos construidos socialmente, y anulando su capacidad de contestación y creatividad. Los grupos de referencia sostienen los roles de otras personas mediante recompensas o castigos, sin embargo – señala Connell - ¿por qué las personas están dispuestas a aplicar este tipo de incentivos positivos y negativos? La respuesta es que se trata de una decisión individual. De esta

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Es al explicar la adquisición de la feminidad que Freud emplea los conceptos de envidia del pene y castración (…) La niña se aparta de la madre y reprime los elementos “masculinos” como consecuencia de su reconocimiento de que está castrada. Compara su diminuto clítoris con el pene, y frente a su evidente mayor capacidad de satisfacer a la madre, es presa de la envidia del pene y un sentimiento de inferioridad. Desiste de su lucha por la madre y asume una pasiva posición femenina frente al padre (Gayle Rubin, 2003: 67)

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Sobre el determinismo biológico presente en Freud existe un amplio debate, así por ejemplo Jacques Lacan revisa el psicoanálisis clásico, y afirma que en realidad Freud nunca quiso decir nada sobre la anatomía, y que su teoría versa más bien sobre el lenguaje y los significados culturales (Gayle Rubin, 2003: 67).

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forma, la teoría de los roles, que es una teoría estructural, se disuelve en este punto en un voluntarismo social bajo la asunción de que la gente elige

mantener las costumbres existentes.

Otro cuestionamiento de este autor a la teoría de los roles sexuales es que los cambios en éstos se dan por una incomodidad individual ante las normas prevalecientes, es decir, esta teoría adolece de herramientas conceptuales para el análisis de los movimientos sociales y de la transformación del entorno político. Por ello, este enfoque es fundamentalmente estático como teoría social.

En resumen, Connell (1987: 54) introduce cuatro consideraciones críticas a la teoría de los roles sexuales: su voluntarismo e incapacidad para teorizar los conflictos de poder y de intereses sociales; su dependencia en una dicotomía biológica; la prevalencia de un caso normativo estándar, y la consiguiente omisión de la resistencia y, finalmente, la ausencia de teorización sobre la historicidad del género

Los roles sexuales y la división del trabajo, algunas consideraciones

Según lo que hasta aquí se ha expuesto, a cada rol sexual corresponde una actividad específica en lo referente al trabajo, con base en las diferencias biológicas y de socialización. En una familia nuclear, el rol instrumental - masculino debe hacer frente a las actividades productivas remuneradas como mediador entre las esferas pública y privada; mientras que el rol expresivo-femenino a las de reproducción, usualmente no remuneradas y concentradas en la esfera privada. Así, el modelo de la familia nuclear con una rígida división de las tareas asignadas a cada rol con base en su sexualidad es presentado como normativo y funcional a la sociedad.

Los cuestionamientos presentados en la sección precedente pueden extenderse a la división sexual del trabajo propuesta por la teoría de los roles sexuales. Además, en ésta ambos roles se ven como complementarios, ignorando así los conflictos de poder que hay entre ellos y en los que, de hecho, la relación entre el espacio público y el privado no es horizontal sino jerárquica.

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La ubicación social de la mujer en el ámbito doméstico puede ser funcional para la reproducción de la sociedad, aunque al mismo tiempo para la reproducción de un sistema patriarcal, dato que frecuentemente es omitido en la perspectiva de los roles sexuales ya que, como hemos mencionado, ésta es una teoría del orden y de su continuación, y no del conflicto ni del cambio social.

Sin embargo, una de las transformaciones sociales más importantes que ha debido teorizar este enfoque es la creciente incorporación de las mujeres al mercado de trabajo. Con el resquebrajamiento del Estado de bienestar y el salario familiar en el que se sostenía, las mujeres han debido incorporarse en mayor proporción al trabajo productivo remunerado. Ante estos cambios en la realidad social, autores y autoras como Gail Mummert et. al., plantean un enfoque basado en los roles sexuales mucho menos rígido que el parsoniano, en donde éstos son:

entendidos como en constante creación, productos de procesos de socialización en un momento histórico y en una cultura específica, los roles de género son un componente de las relaciones de género. Son siempre dinámicos, una especie de mapa cognoscitivo que ofrece puntos de referencia para hombres y mujeres en cuanto al comportamiento permitido. Así, los roles ofrecen a hombres y mujeres guías sobre quiénes son y qué deben hacer en determinada situación (1998:25)

Numerosas investigaciones sobre la división del trabajo entre hombres y mujeres se realizan desde una perspectiva de los roles sexuales, puesto que en ésta está claramente definido la posición que ocupan hombres y mujeres, y las actividades que por ello les corresponden. Cuando se habla, sin embargo, del trabajo de hombres en la esfera doméstica y del de mujeres en la pública, se conceptualiza esta participación como un intercambio de roles y, en consonancia con el dinamismo planteado por Gail Mummert, la propuesta respecto a la división sexual del trabajo es flexibilizar los roles de hombres y mujeres, de forma que una mujer pueda ocupar un rol instrumental (antes conceptualizado como masculino) y viceversa.

Pese a que esta conceptualización es mucho más pertinente para el análisis de género, cabría preguntarnos hasta dónde es teóricamente congruente hablar de roles dinámicos y flexibles, y si no sería más bien esta propuesta una evidencia del agotamiento de una categoría analítica como la de los

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roles sexuales para dar cuenta de relaciones de género históricas, conflictivas e insertadas en distribuciones desiguales de poder. Al mismo tiempo, la propia noción de roles, por mucho que sean intercambiables, contribuye a mantener la dicotomía entre lo público y lo privado, el espacio de hombres y el espacio de mujeres.