2 MARCO TEORICO
2.4 Teorías de envejecimiento y vejez:
Como hemos visto anteriormente, la sociedad chilena está atravesando por un proceso socio-demográfico, en el cual se constata una mayor presencia de personas mayores en la actualidad y en el futuro, ya sea en el corto como en el mediano plazo. Es
posible decir que Chile, desde este punto de vista, se sitúa en el inicio de un punto de inflexión, lo que hace pertinente la discusión sobre conceptos de envejecimiento y vejez, más allá de los objetivos de esta tesis.
En primer lugar, el concepto sobre vejez alude a una realidad multifacética. Es un constructo referente a una realidad múltiple. De allí que el concepto escogido ilumina algo de ella y deja de ver el resto.
Una teoría aceptable de la edad, tiene que distinguir, al menos tres sentidos diferentes -edad cronológica, edad social y edad fisiológica- y examinar cómo se relacionan entre sí.
La edad social alude a las actitudes y conductas sociales que se consideran adecuadas para una determinada edad cronológica y que, a su vez, se relacionan transversalmente con el género (Arber y Jay, op.cit.). Como comenta Finch (1996) no cabe duda de que la edad es una categoría social con un fundamento biológico, pero la biología nos dice poco acerca de su sentido y significaciones sociales. Es decir, la vejez, como otras etapas del ciclo de vida, es también una construcción social e histórica que posee el significado que el modelo cultural vigente da a los procesos biológicos que la caracterizan (Redondo, 1990). Se podría decir, que la edad social coincide de alguna manera con el concepto de género debido que se construye socialmente y se refiere a las actitudes y conductas adecuadas, a las percepciones subjetivas (lo mayor que el individuo se siente) y a la edad atribuida (la edad que los demás le atribuyen al sujeto) (Arber y Jay, op.cit.). Un concepto asociado a la edad social es la tercera edad, considerada como una manera amable de referirse a la vejez, y que hace alusión a la etapa número tres luego de las dos primeras: juventud y vida adulta. Para Ham Chande (1996) históricamente este término genera la idea de una edad avanzada, pero dentro del marco de la funcionalidad y autonomía que permite llevar una vida independiente llena de satisfacción, y que constituye un estereotipo que se acerca mucho al de la edad dorada, luego del retiro de la actividad, y que supone que los ancianos (el concepto está más referido a los hombres que a las mujeres debido que parte del supuesto de una jubilación universal) tienen un tiempo de ocio para dedicarlo al placer y a la diversión.
La edad fisiológica se refiere al proceso de envejecimiento fisiológico que aunque relacionado con la edad cronológica, no puede interpretarse simplemente como la edad expresada en años. La edad fisiológica, se relaciona con las capacidades funcionales y con la gradual densidad ósea, el tono muscular y de la fuerza que se produce con el paso de los años (Arber y Jay, op.cit.). Un concepto asociado a la edad fisiológica es la senilidad, es decir, aquellos sujetos que sufren de un nivel de deterioro físico y/o mental que les impide desarrollar con normalidad su vida social e íntima (Fericgla, op.cit.). Otros conceptos que se podrían asociar a la edad fisiológica son los "viejos viejos"- correspondiente a una minoría débil y enfermiza -y los "viejos jóvenes" que incluye a la mayoría de las personas de más edad, que a pesar de la edad cronológica, son vitales, vigoros y activos (Papalia y Wendkos,1988)
Desde el punto de vista antropológico, el concepto de vejez, al margen de la relación directa con la edad cronobiológica o natural de cada individuo, está intrínsecamente determinada por el proceso de producción, por el consumo de determinada tendencia y también los ritmos vitales impuestos por la sociedad (Fericgla, op.cit.). Es decir, está marcada por un aspecto cultural y biológico difícil de diferenciar.
El enfoque biológico del envejecimiento se basa en dos teorías: la teoría del envejecimiento programado, que sostiene que los cuerpos envejecen de acuerdo con un patrón de desarrollo normal establecido en cada organismo y que este programa, preestablecido para cada especie, está sujeto solamente a modificaciones menores; y la teoría del desgaste natural del envejecimiento que sostiene que los cuerpos envejecen debido al uso continuo, es decir que la vejez es el resultado de agravios acumulados en el cuerpo (Papalia y Wendkos, op.cit).
Algunos gerontólogos, hacen la distinción entre envejecimiento primario, como proceso gradual de deterioro corporal que comienza a una temprana edad y que continúa inexorablemente a través de los años, y la vejez secundaria, resultado de la enfermedad y factores que menudo están bajo el control del o la individuo.
La consideración del envejecimiento como proceso de transformación esencialmente físico y biológico ha hecho que hayan sido los aspectos geriátricos los que hayan primado en el abordaje científico del envejecimiento. Es a partir de la década de los sesenta cuando tanto desde las teorías al uso en psicología social, tales como el
interaccionismo simbólico o la teoría de la vejez como subcultura, entre otras, se pretende completar el estudio tradicional del proceso de envejecimiento con estos otros enfoques. En esta línea, se incorporan aspectos como: la actividad social, la imagen y rol sociales de las personas mayores, así como su autoconcepto, autoestima o satisfacción vital en función de su participación en la sociedad.
La primera de estas aportaciones psicosociales al estudio del envejecimiento es la Teoría de la Desvinculación, desarrollada al inicio de los años sesenta en el seno de un grupo de investigadores sociales pertenecientes al Comité de Desarrollo Humano de la Universidad de Chicago. Este grupo, al tener en cuenta que la mayor parte de los ancianos continuaban viviendo en la comunidad durante toda su vida, planteó la necesidad metodológica de estudiar a las personas mayores en su ambiente natural de forma continuada, dentro de su entorno cotidiano, y no en los hospitales, asilos o residencias. Esta teoría considera aspectos sociales y psicológicos; le ocupan las relaciones entre el individuo y la sociedad, como los cambios que acontecen en el interior de la persona a lo largo de este proceso de retirada.
Para Cumming y Henry el distanciamiento tiene carácter universal, es decir, los mayores de cualquier cultura son proclives a ciertas formas de distanciamiento social, adoptando modelos de interacción que conllevan la reducción de contactos sociales. Estos autores afirman que esta mutua desconexión es beneficiosa tanto para la sociedad, que de esta manera facilita la incorporación de otras generaciones a la compleja maquinaria social, como para la persona, que se ve liberada de una serie de compromisos y obligaciones sociales implícitas adscritas a su anterior rol más activo.
Desde un contexto más socioeconómico, la teoría de la Modernización, ha justificado esta desvinculación a partir del descenso del status del mayor, como consecuencia de su dependencia social y económica, favorecida por una cultura basada en el trabajo y en el culto a la juventud. El individuo "desvinculado", siempre y cuando asuma ese nuevo papel, tiene una sensación de bienestar psicológico. Es decir, conforme envejece, su acción en el plano social decrecerá voluntariamente en la misma medida, produciéndose un alejamiento mutuo de la sociedad y de la persona, que será percibido por el sujeto como "liberador" y que, por tanto, contribuirá a incrementar su satisfacción personal. Esta teoría
afirma que las personas mayores desean precisamente esa reducción de los contactos y compromisos sociales, por lo que buscan la tranquilidad en un cierto aislamiento.
Havighurst destaca la necesidad de contemplar aspectos cualitativos. Este autor considera que lo que se produce no es tanto una disminución cuantitativa en las actividades sociales, sino más bien una reestructuración cualitativa que denomina proceso de "desvinculación-vinculación selectiva", y que lleva a continuar, e incluso potenciar, determinados tipos de actividades. Otra serie de críticas incidieron en la necesidad de considerar las diferencias de personalidad y su repercusión sobre los patrones de envejecimiento. En este sentido, desde la perspectiva del intercambio social, para la Teoría de los roles, la participación social va a cambiar a lo largo de la existencia. El envejecimiento del individuo supone la adopción de nuevas formas de participación. En la base de la organización social se hallan unas posiciones reconocidas, unas normas y unas expectativas de comportamiento tácitas que es necesario tener en cuenta a la hora de analizar el papel del adulto mayor en la sociedad.
La principal teoría alternativa a la teoría de la desvinculación social es la Teoría de la Actividad. El iniciador de esta concepción explicativa acerca del proceso de envejecimiento y los cambios sociales que en él acontecen es Tartle, aunque las primeras referencias a esta teoría como tal corresponden a Neugarten, Havighurst y Tobin. Desde sus formulaciones iniciales han sido muchos los trabajos que se han dedicado a investigar el papel que juegan las actividades en el mantenimiento del bienestar subjetivo entre los mayores. Esta teoría, a diferencia de la anterior, predice que la satisfacción de los mayores, independientemente de su edad, estará positivamente relacionada con el número de actividades en que participen. En este sentido, su formulación se planteó con la intención de explicar el envejecimiento exitoso. En este sentido, los temas de la vejez se abordan desde el sentimiento de bienestar y la importancia de sentirse útil, desde la protección contra el aburrimiento, la soledad y la enfermedad, dado que las interacciones sociales contribuyen a mejorar la imagen de uno mismo y, también, a partir de que las actividades sociales amortiguan la pérdida de roles en edad de jubilación.
Lemon, Bengtson y Peterson enuncian cuatro postulados básicos:
1º Cuanto mayor es la pérdida de rol que se produce durante el envejecimiento, mayor es la probabilidad de que la persona reduzca su actividad.
2º A mayor frecuencia y grado de intimidad de la actividad, mayor apoyo de rol recibe la persona.
3º El apoyo de rol que se recibe se relaciona directamente con el autoconcepto experimentado por la persona.
4º El autoconcepto positivo, se relaciona directamente con la satisfacción vital. Según esta perspectiva, la desvinculación operaría sólo en el sentido de la sociedad hacia los mayores. Frente a esto, el desempeño de roles activos durante el proceso de envejecimiento resulta crucial para la percepción que tiene la persona de sí misma y para su adaptación social. Por ello, sus autores defienden la idea de que para alcanzar este objetivo, las personas, a medida que envejecen, deben reemplazar aquellos roles y actividades que formaban parte de su vida adulta, por otros nuevos, de forma que puedan mantener estilos de vida activos. Esta cuestión es, sin lugar a dudas, una de las que más debates ha generado a lo largo de la historia de la Gerontología como disciplina. La principal crítica que ha recibido esta aproximación teórica es la que existen personas mayores satisfechas con la desvinculación. Lo que sugiere que la persona representa un papel crucial para determinar la relación entre los niveles de actividad y su bienestar.
En este enfoque se encuentra la teoría sicosocial de Erikson (1985), quien asocia a esta etapa de la vida la última y octava crisis en el desarrollo sicosocial del yo "integridad versus desesperación". La primacía de la integridad permite la emergencia de la sabiduría descrita por Erikson como una especie de preocupación informada y desapegada por la vida misma, frente a la muerte misma. En contrapartida aparece el desdén como reacción ante el sentimiento de un creciente estado de acabamiento, confusión y desamparo.
El enfoque social del envejecimiento, por último, tiene que ver con la sociología del envejecimiento, que ha desarrollado importantes áreas de trabajo para la interpretación de la realidad social de los adultos mayores. Las teorías que se han desarrollado en este enfoque son, principalmente, teoría funcionalista sobre envejecimiento, economía política del envejecimiento y teoría de la dependencia estructurada.
La teoría funcionalista del envejecimiento tuvo predominio en los años 60 y 70, y consideraba la vejez como una forma de ruptura social, y en términos de la teoría del rol, como pérdida progresiva de funciones. Sus críticos apuntaban, por un lado, a que esta forma de concebir el envejecimiento constituía un arma ideológica que justificaba los
argumentos sobre el carácter problemático de una población que envejecía y que los consideraba como improductivos, no comprometidos con el desarrollo de la sociedad, etc.; y por otro, que con la insistencia en la importancia de la adaptación personal del individuo se corría el riesgo que se desarrollase en la vejez un egocentrismo y aislamiento progresivo (Bury: 1995). En la economía política de la ancianidad, la cuestión principal que se plantea consiste en que para comprender la situación de las personas ancianas en las sociedades capitalistas modernas, el factor determinante fundamental de la calidad de la última fase de la vida es la influencia de la situación del mercado de trabajo adulto en el momento de la jubilación y posteriormente (Estes, 1986).
En relación a lo anterior, algunos enfoques socio-críticos sobre la Vejez, que provienen tanto desde la “psicología” como la “sociología”, plantean que la vejez debe ser entendida y “sentida” como la producción de un “destino de lo social” antes que una mera mecánica de un “destino de lo biológico”, ya que son las características materiales y culturales de cada sociedad (y de su modo social de reproducirse y cambiarse a sí misma) las que condicionan tanto los aspectos cuantitativos como los cualitativos de la vida humana, y por ende, de la calidad de vida (Thomas, 1982).
Por una parte, las Concepciones dialécticas críticas abordan el concepto de vejez desde ideas como “clases y grupos sociales, y el rol de la vejez en el modo de producción, alienación social, ideología, enajenación, explotación, marginación, conciencia de sujeto en sí y para sí, conflicto social derivado de la lucha de intereses sociales diversos, etc.”.12 Y, por otra, las Teorías y enfoques de la “Construcción social de la Realidad” ven la vejez “como realidad social construida y no meramente dada, definiendo la sociedad como realidad objetiva y a la vez subjetiva, abordando la problemática en base a conceptos tales como proceso institucional, legitimación (en sus 5 niveles: Pre-teórico, Teórico, Nivel explícito, Universal simbólico y Negativo (Berger & Luckman, 1968)), integración, plausibilidad subjetiva, sentido del orden institucional, reconocimiento subjetivo de sentido, horizontalidad, verticalidad”13, entre otros.
12 Marco Conceptual CCI, Evaluación de Programas. Página 10. 13 Ibid: 10.