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1 MARCO TEÓRICO

1.2 Conceptos Relevantes

1.2.1 Terapia, psicoterapia y efecto psicoterapéutico

Según González (“Las bellas artes como terapia en Aristóteles”) la etimología de la palabra terapia se encuentra en el griego therapeuein que significa “cuidar, atender y aliviar”, un conjunto de verbos que evocan la idea de un mejoramiento relacionado, tal vez, con la salud. Pero en un significado más antiguo el término no se aplica exclusivamente a una sanación. En Homero el therápon refiere al escudero del guerrero, quien lo acompaña, le sirve, le propicia cuidados de todo tipo y fundamentalmente lo ayuda en las batallas (González 79). Rescato esta etimología con el fin mostrar un ensanchamiento en los alcances de lo terapéutico, más allá de una idea de eliminación de una enfermedad específica en función del alivio que un médico hace a un paciente. Con la des-medicalización de la definición de terapia, se enfatizan principalmente dos aspectos: en primer lugar, la idea de una relación de acompañamiento inter-activo entre los participantes de la terapia -terapeuta(s) y paciente(s)- y en segundo lugar lo procesual como formato en que se da el devenir del acompañamiento y sus efectos. A partir de ello es que se define aquí la terapia como: un proceso de acompañamiento que busca el cambio a través de la interacción.

La práctica de la teatroterapia demuestra que los efectos de cambio que se producen impactan principalmente en lo psíquico, o sea, la mente. A partir de ello es que es posible enmarcar la teatroterapia como un tipo o modelo de psicoterapia. Lo psíquico o mental es

entendido en esta investigación a luz de la Fenomenología de la percepción (Merleau Ponty) y del Enfoque enactivo (Varela). Ambas perspectivas son a su vez referidas por Fischer-Lichte en la Estética de lo performativo. La mente no representa aquí una instancia separada del cuerpo o que vive dentro de él; no tiene por tanto una localización específica en el cuerpo (en la cabeza o el cerebro, por ejemplo). Tampoco se entiende como un observador imparcial de un cuerpo que habita el mundo de lo material. La mente se constituye justamente en la experiencia corporal de estar en el mundo de una manera específica. Y a su vez –parece paradójico- el mundo, es eso que se crea en el estar y el hacer, o sea en el experienciar específico de cada sujeto. La cognición se entiende como “la puesta en obra de un mundo y una mente a partir de una historia de la variedad de acciones que un ser realiza en el mundo” (Varela 33). La mente está “corporizada” en el organismo entero. En términos de Varela, la mente y el mundo emergen simultáneamente en la “enacción”. Para efectos de esta investigación, la concepción de una mente corporizada significa la inclusión de la corporalidad en el análisis de la operación terapéutica teatral. En el estudio empírico que aquí tiene lugar, el énfasis en lo corporal está dado por un lado por la aproximación de la investigadora a la práctica y, por otro lado, por la atención a los efectos psicoterapéuticos percibibles en su mayoría como corporalidades, conductas y acciones relacionales de los pacientes. En este aspecto resulta pertinente la definición de designa la psicoterapia como

“...un proceso interpersonal diseñado para llevar a cabo modificaciones de los sentimientos, cogniciones, actitudes y comportamientos que han demostrado ser problemáticos para la persona que busca la ayuda de un profesional capacitado.” (Strupp en Lambert 3. La traducción es propia)

Por su parte, el campo de la investigación en psicoterapia hace unos treinta años que, al estudiar y evaluar las eficacias psicoterapéuticas, comienza a reivindicar lo procesual e interactivo, con foco en las subjetividades. Antes de eso, durante los años cincuentas, se habían realizado las primeras evaluaciones del efecto psicoterapéutico principalmente con metodologías cuantitativas, donde la pregunta central buscaba definir la eficacia o ineficacia terapéutica de una psicoterapia. Los resultados eran generalmente positivos, es decir, se observaron cambios en los pacientes de las psicoterapias; pero al mismo tiempo

surgía un problema: los resultados eran homogéneos para todo tipo de psicoterapia, y no especificaban “qué tipos de intervenciones terapéuticas producen cuáles efectos”(Krause et al. 300). Este problema generó que a finales de los años noventas comience un creciente interés por la investigación en tres líneas: el proceso terapéutico, los factores de cambio psicoterapéutico y la relación entre el problema y el tratamiento. A estas nuevas preguntas no fue posible responder con cantidades y resultó necesario aplicar nuevas metodologías. Así es como cobra fuerza la investigación cualitativa en psicoterapia. A partir de este giro se reivindican como fuente de conocimiento: la subjetividad de los pacientes, la interacción entre el paciente y el terapeuta, y lo procesual de la terapia por sobre el resultado final. Lo procesual a su vez expone una multiplicidad de diferentes tipos de cambios terapéuticos, complejizando y afinando las categorías comprensivas de lo que es una psicoterapia y sus efectos.

Aun así, tras revisar varias investigaciones cualitativas actuales en psicoterapia, se manifiesta, no siempre pero mayoritariamente, la carencia de instrumentos metodológicos adecuados para recoger las dimensiones no verbales. Se trata de investigaciones que se sitúan en la teoría desde la subjetividad, la intersubjetividad e incluso la performatividad, incluyendo muchas veces la fenomenología en su marco teórico; sin embargo, sus técnicas de recopilación de datos suelen centrarse casi únicamente en el plano verbal, es decir, en los discursos lingüísticos de los pacientes. En otras palabras, se aprecia cierto sesgo epistemológico en torno al lenguaje hablado y/o escrito como la superficie de conocimiento primordial; en consecuencia, el investigador no suele involucrarse en la práctica misma, sino que accede casi exclusivamente a lo que los pacientes dicen sobre ella. Sin embargo, la superación a este problema en la investigación de la psicoterapia, se constituye en los estudios de caso único. Allí el relato, más bien narrativo del terapeuta- investigador, le permite no sólo describir aspectos extralingüísticos de el o los paciente/s, sino también rescatar las propias percepciones y reacciones al interior de una práctica compartida.

utilizar el concepto de cambio para referir a los efectos psicoterapéuticos. Pero considero que se trata en alguna medida de un concepto problemático, principalmente porque en español remite a muchas acepciones, algunas de las cuales pueden desorientar la transformación o cambio terapéutico que acá se quiere delinear. De las catorce definiciones del término cambiar que ofrece el diccionario de la R.A.E, me interesa detenerme en tres para poder explicar este punto; las dos primeras y la séptima definición: “cambiar:

1. Dejar una cosa o situación para tomar otra.

Cambiar de nombre, lugar, destino, oficio, vestido, opinión, gusto, costumbre. 2. Dar o tomar algo por otra cosa que se considera del mismo o análogo valor. Cambiar pesos por euros.

7. Dicho de una persona: mudar o alterar su condición o apariencia física o moral. Luis ha cambiado mucho.”

Los ejemplos dados por la cita son útiles para ilustrar estas distinciones. La primera definición de cambiar, que refiere al cambio como trueque, que requiere de abandonar lo anterior por completo para poder tener lo nuevo, se trata de un nuevo estado que requiere transacción. En la segunda definición ocurre algo similar, cambiar de vestido o de oficio generalmente requiere abandonar el anterior. En cambio, la séptima acepción refiere a una acción que, podríamos decir, no es discreta sino continua. Luis puede cambiar un poco, puede cambiar bastante o puede cambiar muchísimo. En alemán este cambio se le llama ändern que podría traducirse como aotrarse. Esta forma de cambiar, que implica una continuidad entre el estado primero y el segundo, podría definirse en español como modificar cuya primera definición en la R.A E es “transformar o cambiar algo mudando alguna de sus características”. Una acción que parece ser más continua y no exige necesariamente el abandono completo de un estado anterior. En base a esta acción es que comprendo aquí el cambio terapéutico y el efecto de transformación al que se orientan los medios teatrales.