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TERCERA PARTE: Voy a nadar

In document Jennifer Weiner - Bueno en La Cama (página 126-179)

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Capítulo 10

El verano anterior a mi último curso de carrera en Princeton conseguí un puesto de interna en el Village Vanguard, el más antiguo y afectado periódico semanal alternativo del país. Fueron tres meses espantosos. Para empezar, fue el verano más caluroso en años. Manhattan hervía. Cada mañana empezaba a sudar justo en el instante en que salía de la ducha, seguía sudando durante el trayecto en metro, y continuaba sudando durante todo el día.

Trabajaba para una mujer horrible llamada Kiki. Metro ochenta de estatura y esqueléticamente delgada, el pelo teñido con alheña, utilizaba gafas de sol baratas y siempre se la veía ceñuda. El uniforme veraniego de Kiki consistía en una minifalda combinada con botas de ante altas hasta el muslo, o bien los zuecos más ruidosos del mundo, además de una camiseta ceñida que anunciaba el Sammy's Rumanian Restaurant, o el Boys Scout Gymboree, o algo del mismo palo.

Al principio, Kiki me desconcertaba. El atuendo extravagante tenía sentido, y la actitud hostil era coherente con la tendencia del Vanguard, pero nunca sabía cuándo trabajaba. Aparecía tarde y se marchaba pronto, empleaba dos horas en comer, y daba la impresión de que se pasaba el tiempo hablando por teléfono con una caterva de amigos de voces intercambiables. La placa con su nombre, fija a la valla de estacas blanca que había erigido irónicamente alrededor de su cubículo, rezaba «directora adjunta», y si bien adjuntaba un montón, nunca la vi dirigir o hacer algo.

Sin embargo, era una experta en delegar tareas desagradables.

—Estoy pensando en mujeres y el crimen —anunció un martes por la tarde, mientras bebía su café helado y yo estaba plantada delante de ella, sudando—. ¿Por qué no miras lo que tenemos?

Esto era en 1991. Los ejemplares atrasados del Vanguard no estaban almacenados en la red, ni siquiera microfílmados, sino que estaban encuadernados en enormes, polvorientos y casi descuajaringados volúmenes que pesaban cada uno, como mínimo, diez kilos. Estos volúmenes estaban alojados en el pasillo que comunicaba los despachos de los columnistas con el redil de sillas metálicas y escritorios sembrados de quemaduras de cigarrillos que servía como espacio de trabajo para las luminarias inferiores del Vanguard. Me pasaba los días bajando los volúmenes de las estanterías, arrastrándolos primero hasta mi mesa, y después hasta la fotocopiadora, al tiempo que intentaba esquivar el aliento a ginebra y las manos errantes del activista pro tenencia de armas más prominente de la nación, cuyo despacho estaba justo al lado de las estanterías, y cuya diversión favorita de aquel verano consistía en rozarme sin querer a propósito los pechos, cuando yo iba cargada de volúmenes.

Era horroroso. Al cabo de dos semanas, renuncié al metro y empecé a tomar el autobús. Aunque el desplazamiento duraba el doble y el calor era el mismo, me ahorraba el fétido pozo en que se había convertido la parada de metro de la Calle 116. Una tarde de principios de agosto estaba sentada en el M140, absorta en mis pensamientos y sudando

como de costumbre, cuando, en el momento en que el autobús pasaba delante de Billy's Topless, oí una voz calma y leve que daba la impresión de surgir de la mismísima base de mi cráneo.

—«Sé adonde vas» —dijo la voz.

Se me erizó el vello de la nuca y los brazos. Se me puso la carne de gallina, y me quedé helada de repente, convencida de que la voz que había oído no era... humana. Una voz del mundo espiritual, podría haber dicho aquel verano, riendo con mis amigos. Pero la verdad es que pensé que era la voz de Dios.

No era Dios, por supuesto, sólo Ellyn Weiss, la menuda y excéntrica articulista colaboradora del Village Vanguard, de aspecto andrógino, que estaba sentada detrás de mí y había decidido decir: «Sé adonde vas» en lugar de «hola». Pero en mi mente pensé que si alguna vez oía la voz de Dios, sonaría exactamente igual: leve, calma y segura.

En cuanto oyes la voz de Dios, las cosas cambian. Aquel día, cuando el prominente activista en pro de la tenencia de armas deslizó las yemas de sus dedos contra el costado de mi pecho derecho, aprovechando que iba camino de su despacho, dejé caer 1987 sin querer a propósito sobre su pie.

—Lo siento —dije, dulce como un pastel, cuando se puso del color de una hoja sucia y se alejó tambaleante, escarmentado para siempre.

Y cuando Kiki me dijo: «He estado pensando en hombres y mujeres, en sus diferencias», y me preguntó si podía empezar a reunir información, le conté una mentira descarada.

—Mi asesor dice que nadie reconocerá mis méritos si sólo me limito a hacer fotocopias —dije—. Si no te soy útil, estoy segura de que los correctores encontrarán algo para mí.

Aquella misma tarde me libré de las garras esqueléticas y encolerizadas de Kiki y pasé el resto del verano escribiendo titulares, y yendo de copas con mis nuevos colegas.

Ahora, siete años después, estaba sentada con las piernas cruzadas sobre una mesa de picnic, con la cara vuelta hacia el pálido sol de noviembre y la bicicleta aparcada a mi lado, a la espera de oír otra vez aquella voz. Esperando a que Dios reparara en mí, sentada en el centro del Pennwood State Park de la Pennsylvania suburbana, a ocho kilómetros de la casa donde crecí, esperando a que me mirara y entonara «Conserva el niño» o «Llama a Planificación Familiar».

Estiré las piernas, alcé los brazos sobre la cabeza, respiré por la nariz, expulsé el aire por la boca, tal como había aconsejado el novio de Samantha, con el fin de liberar mi torrente sanguíneo de impurezas y aumentar los pensamientos positivos. Si había sucedido tal como yo pensaba, si me había quedado preñada la última vez que Bruce y yo estuvimos juntos, estaba de ocho semanas.

¿Sería muy grande?, me pregunté. ¿Del tamaño de la yema de un dedo, una goma de borrar, un renacuajo?

Había decidido que concedería diez minutos más a Dios, cuando oí algo. —¿Cannie?

Aj. Desde luego que no era la voz de la divinidad. Sentí que la mesa se inclinaba cuando Tanya se izó a mi lado, pero seguí con los ojos cerrados, con la esperanza de que si

no le hacía caso, se largaría. —¿Pasa algo?

Tonta de mí. Siempre me olvidaba de que Tanya era militante en diversos grupos de autoayuda: uno de familias de alcohólicos, otro de supervivientes de abusos sexuales, un tercero llamado ¡Dependencia Nunca Más!, con signos de exclamación incluidos. Que me dejara en paz era imposible. Tanya era una firme partidaria de la intervención.

—Si hablaras del problema, quizá te sería útil —retumbó, al tiempo que encendía un cigarrillo.

—Hummm —dije. Aún con los ojos cerrados, noté que me estaba mirando. —Te han despedido —anunció de repente.

Mis ojos se abrieron, bien a mi pesar. —¿Qué?

Tanya parecía más complacida consigo misma que de costumbre. —Lo he adivinado, ¿verdad? ¡Ja! Tu madre me debe diez pavos. Me tumbé, agité la mano para alejar el humo, cada vez más irritada. —No, no me han despedido.

—¿Es Bruce? ¿Ha pasado algo más?

—Tanya, en este momento no me apetece hablar de eso. —Bruce, ¿eh? —dijo con pesar Tanya—. Mierda. Me incorporé de nuevo.

—¿Por qué te molesta? Se encogió de hombros.

—Tu madre imaginó que era algo relacionado con Bruce, de modo que si está en lo cierto, he de pagarle.

Espléndido, pensé. Mi pobre vida reducida a una serie de apuestas de diez dólares. Las lágrimas acudieron a mis ojos. Daba la impresión de que últimamente lloraba por todo, empezando por mi situación y continuando con las historias de interés humano que aparecían en la sección de Estilos de Vida del Examiner y en los anuncios de sopas Campbell.

—Supongo que viste el último artículo que escribió, ¿eh?

Lo había visto. «De nuevo el amor —se titulaba, en el número de diciembre, y había salido justo a tiempo de arruinarme el Día de Acción de Gracias—. Sé que debería concentrarme en E. Por lo que es», había escrito.

Sé que es un error comparar. Pero no hay forma de evitarlo. Después de la Primera, parece que la siguiente mujer es, ineludiblemente, la Segunda. Al menos al principio, al menos por un breve tiempo. Y E. es, en todos los aspectos, muy diferente de mi primer amor: menuda, mientras que ella era alta; fina y delicada, mientras que ella era ancha y robusta; dulce, mientras que ella era amarga y mordazmente divertida.

«Despecho —dicen mis amigos, y cabecean como viejos rabinos, en lugar de licenciados de veintinueve años—. Es la chica de tu despecho.» Pero ¿qué tiene de malo el despecho? —me pregunto—. Si hubo una primera y no salió bien, tiene que

haber una segunda, una siguiente. A la larga, has de continuar adelante.

Si el primer amor fue como explorar un nuevo continente, creo que el segundo amor es como mudarse a un nuevo barrio. Ya sabes que habrá casas y calles. Experimentas el placer de averiguar cómo son las casas por dentro, la sensación de pisar la calle. Conoces las reglas, el vocabulario básico: llamadas telefónicas, bombones por San Valentín, cómo consolar a una mujer cuando te cuenta las desgracias del día, de su vida. Ahora sabes sintonizar. Descubres su mote, cómo le gusta que cojas su mano, el dulce punto situado bajo la curva de la mandíbula...

Sólo pude llegar hasta ese punto, antes de precipitarme al lavabo y vomitar por segunda vez aquel día. La sola idea de Bruce besando a alguien en el dulce punto situado bajo la curva de la mandíbula (hasta la idea de que reparara en ello), bastaba para revolver mi pobre estómago. Ya no me quiere. Tenía que recordármelo sin cesar, y cada vez que pensaba en esas palabras, era como oírlas por primera vez, en grandes letras mayúsculas, pronunciadas con voz estentórea por el tío que presentaba los preestrenos en off: YA NO ME QUIERE.

—Tiene que ser duro —musitó Tanya. —Es ridículo —repliqué.

Y es que la situación global era ridícula. Después de tres años de aguantar sus súplicas, sus ofertas, sus impertinencias, sus proclamaciones bisemanales de que yo era la única mujer a la que deseaba, nos habíamos separado, yo estaba embarazada y él había encontrado otra, y lo más probable era que no volviera a verle nunca más. (Nunca era otra palabra que oía un montón en mi cabeza, como en «nunca volverás a despertar a su lado», o «nunca volverás a hablar con él por teléfono».)

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Tanya.

—Esa es la gran pregunta —dije, salté de la mesa y monté en mi bicicleta, y me fui en dirección a casa. Sólo que ya no me parecía mi casa, y gracias a la invasión de Tanya, no estaba segura de que volviera a parecerlo.

Cuanto menos sabes sobre la vida sexual de tus padres, mejor. Tienen que haberlo hecho al menos una vez, piensas, para tenerte, y unas cuantas más, si tenías hermanos y hermanas, pero eso era procreación. Era un deber, y la idea de que utilizaran sus diversos agujeros y accesorios para divertirse, para obtener placer (en suma, tal como tú, su hija, utilizabas los tuyos) era vomitiva. Sobre todo si practicaban el tipo de vida sexual que estaba en boga a finales de los noventa. No hace falta saber que tus padres follan, y mucho menos que follan más que tú.

Por desgracia, gracias a la preparación de Tanya en autoayuda, y al hecho de que el amor había hecho perder la chaveta a mi madre, yo sabía toda la historia.

Empezó cuando mi hermano, Josh, volvió de la universidad y estaba registrando el baño de mi madre en busca de un cortaúñas, cuando se topó con un montoncito de tarjetas de felicitación, de ésas con acuarelas abastractas de pájaros y árboles delante, y sentimientos

en caligrafía florida dentro. «Pienso en ti —decía la portada de una, y dentro, bajo el pareado de turno, alguien había escrito—: Annie, después de tres meses, el fuego aún quema.» Sin firma.

—Creo que son de esa mujer —dijo Josh. —¿Qué mujer? —pregunté.

—La que vive aquí —dijo Josh—. Mamá dice que es su monitora de natación. ¿Una monitora de natación realquilada? Era la primera vez que oía hablar de eso. —No será nada —le dije a Josh.

—No será nada —dijo Bruce, cuando hablé con él aquella noche.

Y así empezó mi conversación con mi madre cuando llamó al trabajo dos días después.

—No será nada, pero... —¿Sí? —preguntó mi madre.

—¿Hay, hum, hay alguien... que esté viviendo ahí? —Mi monitora de natación —contestó.

—Los Juegos Olímpicos fueron el año pasado —dije, para seguirle la corriente. —Tanya es una amiga mía del Centro de la Comunidad Judía. Está buscando apartamento, y ocupa la habitación de Josh durante unos días.

Eso me pareció un poco sospechoso. Mi madre no tenía amigas que vivieran en apartamentos, y mucho menos que se quedaran a dormir porque estaban buscando uno. Todas sus amigas vivían en las casas que sus ex maridos les habían dejado, como ella. Pero lo dejé correr hasta la siguiente vez que llamé a casa y me contestó una voz desconocida.

—¿Hola? —gruñó la voz. Al principio me fue imposible decidir si se trataba de un hombre o una mujer, pero fuera quien fuera, daba la impresión de haberse levantado de la cama, aunque eran las ocho de la noche de un viernes.

—Lo siento —me disculpé—. Creo que me he equivocado de número. —¿Eres Cannie? —preguntó la voz.

—Sí. ¿Quién es usted, por favor?

—Tanya —dijo con orgullo—. Soy amiga de tu madre. —Oh —dije—. Oh. Hola.

—Tu madre me ha hablado mucho de ti.

—Bien, eso es... estupendo —dije. Mi cabeza daba vueltas. ¿Quién era esta persona, y por qué estaba contestando a nuestro teléfono?

—Pero ahora no está —continuó Tanya—. Está jugando al bridge. Con su grupo de bridge.

—De acuerdo.

—¿Le digo que te llame? —No, no, gracias.

Eso fue un viernes. No volví a hablar con mi madre hasta que llamó el lunes por la tarde al trabajo.

—¿Quieres contarme algo? —pregunté, esperando alguna variante de «No». En cambio, respiró hondo.

juntas.

¿Qué puedo decir? La sutileza y la discreción son virtudes características de la familia.

—He de irme —dije, y colgué el teléfono.

Pasé todo el resto de la tarde con la mirada perdida en el espacio, lo cual, creedme, no contribuyó a mejorar la calidad de mi artículo sobre los premios de vídeos musicales de la MTV. En casa había tres mensajes en el contestador automático: uno de mi madre («Cannie, llámame, hemos de hablar de esto»), uno de Lucy («Mamá dijo que he de llamarte, pero no explicó por qué»), y uno de Josh («¡Ya te lo había DICHO!»).

No hice caso de ninguno, sino que fui a buscar a Samantha para un postre de emergencia y una sesión de estrategia. Fuimos al bar de la esquina, donde pedí un vaso de tequila y un trozo de tarta de chocolate con salsa de arándanos. Así fortalecida, le conté lo de mi madre.

—Caramba —murmuró Samantha.

—¡Santo Dios! —dijo Bruce, cuando hablé con él un rato después. Pero su sorpresa inicial no tardó mucho en dar paso a..., bien, llamémoslo un sorprendido regocijo. Con una buena dosis de condescendencia. Cuando llegó a mi puerta, estaba en su modo de liberal desaforado—. Deberías alegrarte de que se haya enamorado de alguien —me sermoneó.

—Lo estoy —dije poco a poco—. O sea, eso creo. Es que... —Deberías alegrarte —repitió Bruce

Podía ponerse bastante insoportable cuando acataba la disciplina del Partido Comunista y repetía las creencias de rigor entre los licenciados del noreste en los noventa. Casi siempre le dejaba salirse con la suya, pero esta vez no iba a permitir que me hiciera sentir como una fascista, o como si tuviera una mentalidad más estrecha que la de él. Se trataba de algo personal.

—¿Cuántos amigos homosexuales tienes? —pregunté, sabiendo cuál era la respuesta. —Ninguno, pero...

—Ninguno que tú sepas... —dije. Hice una pausa para que asimilara mi mensaje. —¿Qué quieres decir? —preguntó.

—Está muy claro. Nadie que tú sepas.

—¿Crees que alguno de mis amigos es homosexual?

—Bruce, yo ni siquiera sabía que mi madre era gay. ¿Cómo quieres que sea una experta en la sexualidad de tus amigos?

—Oh —dijo, más calmado.

—Lo que quiero decir es que no conoces a nadie gay. ¿Cómo puedes suponer que es algo estupendo para mi madre, o que debería estar contenta por eso?

—Está enamorada. ¿Es eso tan horrible?

—¿Qué pasa con la otra? ¿Y si es una persona horrible? ¿Y si...? —Empecé a llorar, cuando imágenes horribles se acumularon en mi cabeza—. ¿Qué pasaría si, no sé, van paseando y alguien las ve y les tira una botella de cerveza a la cabeza, o yo qué sé...?

—Oh, Cannie...

—¡La gente es mala! ¡Eso es lo que quiero decir! No pasa nada por ser gay, pero la gente es tan mala... y racista... y podrida..., ¡y ya sabes cómo es mi barrio!

La verdad era que nadie permitía que sus hijos vinieran a jugar a nuestra casa desde 1985, cuando mi padre inició su caída en picado, descuidó el jardín y se puso en contacto con el artista que llevaba dentro. Había traído un escalpelo del hospital y transformado media docena de calabazas en reproducciones muy fallidas de miembros de la familia de mi madre, incluyendo una tía Linda verdaderamente espantosa que había colocado sobre nuestro porche, coronada con una peluca rubia platino que se había agenciado en el departamento de objetos perdidos del hospital. Pero también era verdad que Avondale no podía calificarse de comunidad bien integrada. Ningún negro, pocos judíos y nada de gays declarados, por lo que yo podía recordar.

—¿A quién le importa la opinión de los demás?

—A mí —sollocé—. Es fantástico tener ideales y confiar en que las cosas cambiarán, pero hemos de vivir en el mundo tal como es, y el mundo es..., es...

—¿Por qué lloras? —preguntó Bruce—. ¿Estás preocupada por tu madre, o por ti? —Yo estaba llorando con tal sentimiento que no pude ni contestar, y las mucosidades exigían una atención inmediata. Me pasé la manga por la cara y me soné ruidosamente. Cuando levanté la vista, Bruce seguía hablando—. Tu madre ha hecho una elección, Cannie, y si eres una buena hija, lo que tienes que hacer es apoyarla.

Bien. Para él era fácil decirlo. No era como si la Siempre Exquisita Audrey hubiera anunciado durante uno de sus banquetes kosher de cuatro platos que había decidido aparcar en la acera de enfrente. Apostaría la paga de una semana a que la Siempre Exquisita Audrey nunca había visto la vagina de otra mujer. Era muy probable que ni siquiera hubiera visto la suya.

Pensar en la madre de Bruce en su bañera de hidromasaje para dos, toqueteándose sus partes con una manopla de algodón, me hizo reír un poco.

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