Capítulo 1 Marco conceptual
1.1 Balance de los estudios sobre las condiciones globales que afectan el ordenamiento
1.2.1. Territorio
Existen diferentes visiones de lo que significa el ordenamiento territorial. Detrás de ellas hay inscrito un concepto de territorio. Para Raffestein en su trabajo de 1980, el territorio es un espacio apropiado y valorizado por los grupos humanos, que revela relaciones marcadas por el poder. En esta concepción es esencial comprender que el espacio es anterior al territorio, el espacio es de cierta forma dado como si fuese una materia prima, esto para afirmar que el territorio es una producción a partir del espacio. A causa de todas las relaciones que envuelve esa producción, se inscribe en un campo de poder.
Según Raffestein la cartografía moderna utiliza la lógica euclidiana del plano, la línea y el punto, para representar el territorio. De esta manera define mallas, nudos y puntos que corresponden en su orden, a la división del espacio en diferentes niveles, a los centros de poder y a las relaciones que ligan los diferentes puntos. Estos elementos conforman el sistema territorial que asegura no sólo el control de un territorio sino que además impone un orden jerarquizado de administración. Esta definición corresponde a la lógica del Estado con su extensión interna y sus fronteras externas (Lévy 2003).
Desde la perspectiva de la geografía cultural, Bonnemaison y Cambrézy (1996) distinguen dos concepciones de territorio. Una que va en el mismo sentido de la definición anterior, es decir, que concierne al enfoque del Estado moderno, en la cual se considera al territorio como un espacio cerrado por fronteras y dividido internamente en piezas no superpuestas que corresponden a las divisiones político-administrativas. Esto significa que las personas se sitúan exactamente en un lugar y no en otro. La segunda concepción es la denominada lógica culturalista del territorio, en la cual la pertenencia al territorio está basada en una apropiación del mismo por identidad cultural y no por la posición en un lugar. En esta segunda visión se establece una relación afectiva con el territorio y éste se refiere a los geosímbolos más que a las fronteras. Es decir, a los sentimientos de identidad y pertenencia a un territorio provocados por la dimensión simbólica que se le da a un lugar, a un itinerario o a un elemento del paisaje. Estas dos concepciones de territorio brindan
elementos claves para comprender los enfoques más recientes de ordenamiento territorial adelantados en Colombia en los últimos cincuenta años.
Según Lobato (1996) se trata de dos significados diferentes de la apropiación del territorio. Uno asociado al control de hecho efectivo y legitimado por parte de instituciones o grupos sobre un segmento del territorio, en donde el concepto del territorio se vincula a la geopolítica. Otro que le confiere una dimensión afectiva derivada de prácticas espacializadas por parte de grupos distintos. En este segundo significado, el concepto de territorio se vincula a una geografía que privilegia los sentimientos y simbolismos atribuidos a los lugares.
Para comprender fenómenos contemporáneos como la mundialización, Lévy (2003) propone una definición de territorio que articula dos términos: territorio y red. Esta opción estratégica como Lévy la denomina, entiende las redes no como soportes materiales o abstracciones sacadas de la noción de distancia, sino como espacios de competencia o complementarios a los territorios. Así, la mundialización se puede entender más fácilmente cuando se comparan las respectivas escalas de territorio y de red.
Otra articulación importante es la que se establece entre territorio y cultura. A partir de la definición de cultura desde la antropología interpretativa de Geertz (1992), Giménez (2001) resume las relaciones entre cultura y territorio. Para ello sintetiza la definición de cultura hecha por Geertz, como: “un conjunto complejo de signos, símbolos, normas, modelos, actitudes, valores y mentalidades a partir de los cuales los actores sociales
confieren sentido a su entorno y construyen su identidad colectiva” (Giménez 2001: 11). En su análisis se refiere a los estados de existencia de la cultura que esta definición permite distinguir. Es decir, “el estado objetivado en forma de objetos, instituciones y prácticas directamente observables, y el estado subjetivado o internalizado en forma de representaciones sociales” (op. cit.). De esta manera en el primer estado se encuentran los geosímbolos, los bienes ambientales y las prácticas culturales específicas, mientras que en el segundo se encuentra la apropiación como símbolo de identidad socio-territorial por parte tanto de individuos como de grupos.
Una de las aplicaciones de este concepto de cultura es el relativo a la comprensión de fenómenos como la migración. Se puede abandonar físicamente un territorio sin perder la referencia simbólica del mismo. Para nuestro estudio esta referencia es importante por cuanto contribuye a entender algunos referentes simbólicos de la población desplazada que se ubica en el municipio de Soacha y las implicaciones de ello en la construcción de territorio.
Considerando estas perspectivas del territorio, ¿qué podemos decir acerca de su relación con la planificación territorial?. Desde nuestro punto de vista, el análisis crítico de un documento de planificación, por ejemplo del plan de ordenamiento territorial, permite observar la visión de territorio allí propuesta. La legitimación adquirida en tanto norma permite que esta visión se lleve a la práctica a través de actores institucionales. Para una comprensión integral del ordenamiento del territorio es necesario observar además otras
lógicas que se imponen, de ahí la importancia de analizar los intereses y acciones emprendidas por diversos actores. Estas lógicas van desde las que establecen relaciones afectivas con el territorio hasta las que lo ven como un espacio con valor comercial. A continuación veremos la discusión concerniente a los actores.