Todos los tesoros de la tierra y de los fondos marinos se encontraran milagrosamente y se los amontonara en un solo lugar, formarían una hermosa colina de oro, de plata, pedrerías y alhajas.
Pero nunca la totalidad de esos tesoros será reunida en ese montón centelleante por la simple razón de que al menos la mitad de las riquezas escondidas es irrecuperable.
Si los tesoros enterrados pueden subir por sí mismos a la superficie según leyes geofísicas controladas, aunque mal conocidas, en cambio las toneladas de oro y las gemas encerradas en grutas rocosas, en subterráneos construidos, en abismos montañeses, están irremediablemen- te prisioneros de la materia inerte, y no se imagina bien cuál milagro podría devolverlos a la luz.
Los tesoros inmersos en los océanos profundos no pueden pretender sino enriquecer los palacios de la fauna abisal o adornar las legendarias sirenas.
Técnicamente, un tesoro submarino parece perdido si yace a más de 200 metros de profundidad, al menos en el actual estado de las posibilidades de recuperación.
A pesar de esto, los ingleses no desesperan completamente de levantar los restos del “Titanic”, que yace a 4.600 metros de profundidad, a 150 kilómetros al sur de Terranova.
El “Titanic”, gigante de 60.000 toneladas de la White Star Line; chocó con un iceberg el 14 de abril de 1912 y se hundió
con los 8.000.000.000 depositados en los cofres de a bordo. También, ¡ay!, con mil quinientos pasajeros.
En julio de 1954, el navío inglés “Help” trató de señalar los restos; pero hay muy pocas posibilidades de que el tesoro del “Titanic” vuelva algún día a la superficie.
Perdido asimismo el oro en pepitas y en polvo desparramado en tomo a la armazón desmantelada del “Islander”, también destripado por un iceberg ante Douglas Island.
Perdidos los 500.000.000 oro del “Lusitania”, torpedeado en 1915 por un submarino alemán ante Kinsale (Irlanda), y los miles de millones de las multitudes de barcos hundidos en los mares profundos del globo.
Pero si se acepta lo ineluctable, en cambio no es con alegría alguna cómo se ven pasar voluntariamente tesoros de diamantes de las manos de los hombres a los bajos fondos del Mar del Norte, lo que fue oficialmente ejecutado y registrado en marzo de 1948.
Poco antes de la guerra de 1939, moría en Hartlepool, condado de Durham, en la costa oriental inglesa, el excéntrico doctor Watkinson.
Cuando se abrió su testamento, se tuvo la sorpresa de leer la siguiente cláusula:
Todas mis alhajas deben meterse en una caja y ser arrojadas al mar, a dos millas al norte de Hartlepool, en el sitio marcado en el mapa adjunto. He comprobado que las alhajas son fuente de deslealtad, de perfidia, de violencia y de injusticia; que la posesión de piedras preciosas inspira orgullo y vanidad y que conduce a los hombres a la degradación moral.
Por eso he estimado que debe hacerse desaparecer esos objetos susceptibles de corromper la naturaleza humana.
El resto de mi fortuna, que se eleva a diez mil libras esterlinas, corresponde a mi hijo, pero, sólo cuando haya ejecutado mi voluntad en cuanto a la inmersión de las piedras preciosas. En caso de que se niegue, las diez mil libras esterlinas se repartirán en partes iguales a los tres establecimientos de beneficencia designados a continuación.
La fortuna del doctor Watkinson consistía principalmente en magníficos diamantes de colec- ción, que había comprado en Africa del Sur. Por cierto, el hijo del doctor atacó el testamento; pero su tenor era perfectamente legal, y en marzo de 1948, en presencia de las autoridades de la justicia, los diamantes fueron lanzados al mar en el sitio designado.
Constituían un valor de unos 100.000.000.
Fue en el Café Atlantic, de la calle del Puerto, en La Rochela, donde Francis Marche, llamado Trinquete, contó su prodigiosa historia a un miembro del Club de Buscadores de Tesoros: —Debe existir en alguna parte, hacia los Sargazos, un cementerio de tesoros, y lo seguro es que, desde hace siglos, miles de barcos han ido allí en procesión. Como quien dijera a su entierro.
“La décima parte del oro del globo está allí, y en fondos que no exceden los 30 metros en
ciertos sitios.
“E1 Mar de los Sargazos, en el Atlántico, es mal conocido; siempre se ha dicho que hay un
entablamiento rocoso a débil profundidad.
Marche se rascó la nuca antes de proseguir su explicación.
Resultaba de ella que cuando un navío se hunde no va siempre directamente al fondo.
—A menudo desciende a los abismos según una larga línea oblicua que puede tener su punto terminal a grandes distancias del sitio del naufragio.
“A veces también, los restos quedan entre dos aguas; todo depende de su densidad, de su
cargamento y de los bolsillos de aire que permanecen en su casco.
“Puede entonces, y esto acredita la leyenda de los barcos fantasmas, permanecer larguísimo
tiempo en equilibrio, hundiéndose, subiendo, mostrándose en la superficie en ciertos momentos, pues resulta juguete de las corrientes marinas, y deriva millas y millas.
Francis Marche, después de esta exposición, pasó directamente a su tema:
—He aquí lo que se dice y he oído contar en Madera, Las Palmas y Puerto Plata: esos barcos a la deriva hundidos sobre el Gulf Stream y la corriente norecuatorial, a lo largo de Europa occidental, de Africa y del mar de las Antillas, navegan bajo el agua hasta la altura de Haití.
“Ahí suben hacia el norte y ante las Bahamas entran en, el Mar de los Sargazos, en zona casi
muerta.
“Piense usted en que desde el siglo XV miles de galeones españoles se han hundido en esos
parajes; y cuántos barcos después. En el cementerio debe haber algunos centenares de esqueletos con cargamentos preciosos, y todo ello reunido en pequeñísimo espacio.
“Por lo demás, habría otros cementerios de tesoros: uno al sureste de las Bermudas; otro a
250 millas a lo largo del cabo Corrientes, en Argentina; otro ante la isla Chiloé, en Chile, y otro en el Cabo Verde.
Se sabe que ante Haití, en el famoso banco de Plata, la “Nuestra Señora de la Concepción” se hundió en 1641 con una auténtica fortuna en piastras, piezas de a ocho, barras de oro y de plata, lingotes, piedras preciosas, etc. ¡Pues bien, los restos, que encontró el inglés William Phips en 1684, y que fueron relativamente bien señalados, no pudieron encontrarse en seguida!
Admitiendo que existiera, puede uno preguntarse si el cementerio de tesoros será localizado algún día.
Pero Francis Marche, a quien se hiciera esta objeción, terminó por largar lo mejor de cuánto sabía:
—No quise decírselo al principio; pero conozco el punto: un poco por encima del trópico de Cáncer y no lejos de los 68” de longitud oeste. Esto nada le dice a usted, de seguro; pero he hablado con un marino dominicano que buceó sobre el cementerio y retiró un lindo botín.
“Ese hombre era conocido en Puerto Plata, y otros como él, según parece, sabían también
situar con precisión el cementerio.
“Sé que hay que partir de Puerto Plata y subir rectamente unos 3’ hacia el norte, luego 30’
antes del trópico, navegar francamente hacia el este otros 3’, más o menos.
“Los fondos son insondables por todas partes; pero llegado a los lugares se puede ver un
banco rocoso en forma de palangana, uno de cuyos bordes se curva hacia el sur.
“Tal vez un antiguo cráter de volcán.
“Es el cementerio de los tesoros. Los restos náufragos están todos reunidos en medio de la
palangana, a unos 30 metros de fondo, aproximadamente.
“Para detectar ese banco rocoso se necesitaría un helicóptero. En algunos días, la localización
se realizaría y entonces cualquier buzo podría operar fácilmente.
“Hay allí miles y miles de millones que duermen.
El cementerio de los tesoros, tal como lo concibe y lo cree Francis Marche, no tiene una existencia demostrada; pero es indudable que allí o en otra parte, en abismos submarinos, los restos náufragos yacen amontonados con sus antiguos cargamentos de oro, plata y piedras preciosas.
Pero esas riquezas ya no son para los hombres, ya no pertenecen al universo de los vivos. Son los tesoros de Plutón.