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TIEMPO Y TRANSFORMACIÓN

In document SINCRONICIDAD (página 151-171)

Una sincronicidad actúa como un espejo, un espejo en el que se refleja el plegamiento y desplegamiento constante del universo a partir de su fundamento. En capítulos anteriores, se desarrollaron imágenes y metáforas que señalan como la realidad es sostenida desde su fuente creadora. Esta creatividad actúa como una percepción pura e incondicional en el vacío, una percepción que crea las primeras dualidades. Esta generación básica se iguala a, por ejemplo, el surgimiento de la creatura desde la pleroma y con la fusión de dioses, en los que la energía potencial y formativa se libera de su fundamento infinito. Son éstos los procesos y movimientos determinados que encuentran su expresión simbólica en una sincronicidad.

Cuando las primeras dualidades surgen del vacío, provocan un contexto que vuelve a actuar sobre ellas. De este modo, nacen las primeras categorías y estructuras que finalmente provocan los movimientos determinados de la materia y la conciencia. El universo, por lo tanto, se representa surgiendo de una serie de niveles sumamente sutiles y plegados en los que, el proceso y la información activa se puede considerar las dos caras de un solo orden. El resultado final son los órdenes explicados de la mente y la materia que surgen de sus formas plegadas fundamentales. Según este planteamiento la mente y la materia no son sustancias distintas sino que son las dos caras de una sola realidad, órdenes que surgen de un espectro común que contiene órdenes sutiles adicionales, y hasta ahora inexplorados, que puede que se descubra que desempeñan papeles importantes en los sucesos del nivel subcuántico, en la evolución de la vida, y en el funcionamiento de la sociedad.

El planteamiento debe ser considerado como una metáfora, pues la complejidad, y la sutileza del universo van más allá de todo intento de captarlos con el lenguaje y las imágenes. No obstante, la cuestión esencial de esta imagen es que implica una creatividad central que lo impregna todo, desde su origen continuo en un acto incondicional de percepción, hasta el movimiento sutil constante de sus determinados órdenes, niveles y estructuras. El espectro del que surgen la mente y la materia es extremadamente sutil y, se mueve rápidamente, pues su fundamento nunca es fijo sino que siempre está implicado en una renovación creadora constante. Incluso los aspectos relativamente fijos, explicados y mecánicos del universo, también surgen de un modo continuo de su orden im- plicado fundamental. Así pues, la partícula elemental, por ejemplo, nace constantemente, se mantiene y muere de nuevo en su fundamento o estado de vacuidad.

El universo se sostiene a través de un acto de desplegamiento creador, en el que ningún orden está absolutamente fijo sino que puede responder a un contexto cambiante. La creatividad se extiende por cada elemento de la naturaleza. Pero si éste es realmente el caso, ¿por qué la creatividad no es más evidente en nuestras propias vidas? Porque la creatividad ilimitada, generalmente, se considera un don especial, algo que es singular y que se relaciona con aquellos genios ocasionales que surgen en las artes y las ciencias. La mayoría de la gente, por contraste, cree que su capacidad creativa está seriamente limitada, pues

están enredados en las actividades diarias del trabajo, relaciones y la familia que les deja poca energía o libertad para cambiar. De modo que cualquier signo de creatividad que aparece en la vida de una persona, normalmente se canaliza en límites bastante estrechos que son establecidos por las circunstancias y las determinadas costumbres, creencias y restricciones de la sociedad.

Muchas personas, cuando reflexionan sobre sus vidas, sienten que están atrapadas por el tiempo y la historia. Por lo tanto, se sienten víctimas de traumas de la infancia, fallos del sistema escolar, posición económica y social de sus padres, errores de apreciación en el trabajo, y se sienten atrapados en el vecindario, ciudad y país en el que viven. Incluso la sociedad y la misma nación creen ser víctimas de sus errores del pasado, que hacen que los conflictos actuales sean inevitables, de modo que soluciones verdaderamente creadoras parecen ser completamente imposibles.

Para poner un ejemplo específico, la gente que vive en Irlanda del Norte se siente atrapada por la violencia que les rodea. Pero también ven que esto es el resultado inevitable de condiciones sociales que se produjeron a raíz de una serie de decisiones políticas que se remontan varios siglos. El resultado es el actual «problema de Irlanda del Norte», en la que cualquier solución parece estar condenada a generar más problemas y conflictos, y el individuo es arrastrado hacia una serie interminable de reacciones violentas. Lo mismo se podría decir del Medio Oriente, y de muchas otras regiones del globo. En cada caso, la sociedad, los gobiernos, y el individuo se sienten atrapados en una situación intolerable e insoluble, en la que cualquier posibilidad de transformación creadora parece ser completamente imposible, pues cada persona se adhiere a lo que ellos consideran posiciones desesperadas, que im- plican necesidades absolutas, derechos no negociables y creencias evidentes. Lo que es cierto en la escala nacional también es cierto en la familia, entre marido y esposa o padres e hijos. En todos los casos, la creatividad parece estar excluida, por toda clase de estructuras y actividades rígidas e inflexibles que se heredan junto con el problema mismo.

Incluso la manera en que la raza humana trata al planeta ha provocado dificultades intolerables como la extinción de los bosques, la crisis de energía, contaminación de la atmósfera y trastornos del tiempo, la extinción de especies enteras, y la desintegración progresiva de lagos. Si el mundo realmente surge de una fuente de una sutileza y creatividad infinitas, entonces ¿hemos contaminado este origen, así como un río que antes mantenía todo tipo de fauna en sus orillas, y especies innumerables de peces en sus aguas, pero que ahora está muerto y pestilente?

¿Cómo puede haber sucedido esto? ¿Por qué la creatividad no es capaz de animar a la sociedad y al individuo para que las naciones puedan enfocar el cambio de modos libres y abiertos, por el bien de todos, y para que la vida de cada individuo se impregne de significado? La sincronicidad se distingue en este libro por expresar las «relaciones significativas entre sucesos internos y externos». Del mismo modo, las epifanías en la vida de un poeta o artista, ofrecen la iluminación en los funcionamientos internos y el significado de la

naturaleza. Pero ¿por qué tales sucesos parecen excepcionales o singulares, cuando el significado es esencial para el desplegamiento del universo?

Mientras que la fuente de toda realidad es una creatividad incondicional, parece que la sociedad humana, y los individuos dentro de ella, a menudo funcionan de una manera bastante mecánica, de modo que responden a situaciones nuevas desde posiciones relativamente fijas y no creativas. En otras palabras, parecen estar atrapados en estructuras y formas de fabricación propia, como por ejemplo las creencias, objetivos y valores que se han vuelto tan rígidos, que son incapaces de moverse con la flexibilidad y sutileza que caracterizan al or- den general del universo.

¿Esto significa que la fuente creadora se ha vuelto inherentemente limitada, o disminuida por la conciencia que ella creó? Ello parece inverosímil, dado que incluso aquellas estructuras materiales que parecen ser eternas deben ser, de hecho, constantemente recreadas y mantenidas desde un contexto más amplio que puede cambiar inesperadamente. Ninguna estructura u orden del universo puede considerarse totalmente permanente, pues siempre está sujeto al cambio. Lo que está presente en la materia debe ser incluso más penetrante en la conciencia que es, en su esencia, móvil y abierta a la creación. El problema, por lo tanto, no puede estar en la naturaleza general de la conciencia misma, sino en alguna característica especial o «error» que haya aparecido silenciosamente durante la evolución de la raza humana.

Algunos pensadores han afirmado que la mente está realmente limitada, pues llegó a estar atrapada en la misma velocidad de su propia evolución. H. G. Wells, por ejemplo, hizo una comparación con aquellas primeras creaturas del mar que se adentraron en la tierra. Al principio no estaban completamente preparadas para una existencia en la tierra y, por lo tanto, se vieron forzadas a regresar periódicamente al agua. Del mismo modo, él mantenía que la mente humana había evolucionado tan de prisa que todavía no estaba preparada para existir exclusivamente en un mundo de conciencia superior. Otros han señalado que el cerebro humano contiene estructuras fijas de su pasado reptil que se manifiestan con agresiones y reacciones irracionales que abruman las zonas «superiores» del cerebro.

Pero aquí surge la pregunta: ¿hasta qué punto es dominada la conciencia por estas estructuras fijas y serán siempre estáticas o, al igual que otras estructuras materiales, son sostenidas por un desplegamiento más profundo y, por lo tanto, están abiertas a la transformación y al cambio creador? En otras palabras, ¿está la raza humana condenada a cambiar solamente a través de lentos procesos de evolución y la selección natural del cerebro físico? ¿Está la conciencia limitada por las estructuras mentales estáticas y órdenes sociales que han evolucionado durante los últimos miles de años, o es fundamentalmente ilimitada en su potencial para cambiar? De modo que, ¿puede ocurrir fuera del tiempo evolutivo una transformación total en la mente humana?

Todas estas preguntas surgen de las consideraciones de la naturaleza y el significado de la sincronicidad que hemos introducido desde el primer capítulo. Pero, claramente, su significado se extiende mucho más allá de este campo determinado, hasta la cuestión del futuro de la raza humana y, teniendo en

cuenta la amenaza nuclear, hasta la supervivencia misma en el planeta. Para explorar estas cuestiones y llegar a una nueva comprensión de la naturaleza de la sincronicidad, es necesario investigar la naturaleza del tiempo, que también es un aspecto clave de la sincronicidad, y explorar la cuestión de la evolución del «sí mismo». De este modo se descubrirá una respuesta que explica por qué la mente humana está limitada en su creatividad cuando surge del orden ilimitado de la creatividad.

La conciencia y el individuo

La conciencia es un orden sutil con un movimiento delicado, sensible e intangible que es muy distinto al orden de la materia explicada, pero que son inseparables dentro del espectro común de órdenes. La conciencia no se puede reducir de ningún modo absoluto a los funcionamientos físicos del cerebro, ni se puede decir que estos procesos materiales estén totalmente condicionados por la mente, sino que la mente y el cerebro surgen como dos aspectos indivisibles de la única fuente fundamental.

Sin embargo, hasta ahora la conciencia se ha discutido en un sentido más bien abstracto, en términos del aspecto «mental» del universo, en vez de la conciencia específica de individuos determinados. En el primer capítulo, se afirmó que la sincronicidad requiere que se forje un puente entre la materia y la mente, y en los capítulos siguientes se demostró que los procesos de la naturaleza tienen un aspecto mental, que también se calificó de «inteligencia objetiva». Por ejemplo, el movimiento colectivo de electrones en un plasma o en un superconductor, y la unidad de células en un moho de cieno, son similares al comportamiento cooperativo de un grupo de seres humanos. Esto nos sugiere que es posible que exista alguna forma de «inteligencia» dentro de la materia. En el capítulo 6, se introdujo una nueva interpretación de la teoría cuántica en la que la «información activa» desempeña un papel importante en «informar» al campo cuántico que provoca los distintos procesos cuánticos. Del mismo modo, se podría decir que el orden superimplicado tiene un lado «parecido a la mente», puesto que actúa para estructurar el desplegamiento del orden implicado en varias formas explicadas. Por otra parte, estos órdenes implicados, explicados y superimplicados pueden extenderse indefinidamente a niveles incluso más sutiles que incluyen aspectos que se pueden considerar «mentales». En todos los capítulos anteriores, los términos «mental», «inteligencia» y «conciencia» han sido utilizados de manera original y variable como un intento de alcanzar alguna sensación de unidad entre la mente y la materia.

Sin embargo, la palabra «conciencia» se utiliza generalmente para indicar esa luz de concienciación y atención, que ilumina la mente del individuo determinado más que la del universo entero. Al igual que la partícula elemental se despliega del campo cuántico, el solitón aparece en el campo no lineal, y el vórtice sale del río, una conciencia individual puede surgir del orden esencial complejo de la conciencia que se extiende por el universo entero. La mente individual es una especie de localización o concentración de conciencia que se

despliega en el cerebro y el cuerpo del individuo. Pero así como el electrón se pliega en otras partículas elementales y se pliega de nuevo en su fundamento del campo cuántico, y como el vórtice no tiene independencia absoluta de las ondas y de los otros vórtices del río, una mente individual no se puede separar, de ningún modo, de la conciencia de la sociedad como conjunto. De este modo, la mente individual se despliega de la conciencia de toda la humanidad y luego se pliega de nuevo en un proceso continuo.

Desde el punto de vista histórico, podemos decir que sólo recientemente, una conciencia individual se separó de la «mente de grupo» de la tribu o grupo social. Muchos pasajes del Antiguo Testamento, por ejemplo, se mueven de un modo fluido al hablar de la tribu y del representante individual sin hacer ninguna distinción marcada entre ellos. Esto sugiere que tal diferenciación todavía no era sólida. Esta unidad esencial entre el individuo y la tribu ha sido calificada de «personalidad colectiva». Y es posible que en tiempos prehistóricos, la mente se extendiese más allá de la tribu, hasta la vida animal circundante, e impregnase toda la naturaleza. Incluso hoy en día, los escasos grupos supervivientes de cazadores-recolectores parecen tener un fuerte sentido de unidad con los animales que cazan. Los Naskapi, por ejemplo, parecen comunicarse con los animales mientras sueñan y tocan el tambor, y Manitu, que vive en los humanos, también reside en el tiempo, la vida y en otros aspectos de la naturaleza.

Originariamente, la conciencia contenía el mundo entero, pero en el individuo se vuelve fija y concentrada, vinculada a su cuerpo y recurriendo a determinados recuerdos, costumbres, experiencias de la vida y predisposiciones, para tener como resultado una conciencia personal. Esta mente individual puede haber crecido como una especie de reflejo de la sociedad. Al igual que una persona no llega a conocer su cara mirando hacia dentro, sino mirándose en un espejo, la sociedad refleja algo de la persona del individuo. El sí mismo, en este sentido, se exterioriza en la sociedad, y luego se refleja en ésta, y entonces es considerado como alguna sustancia o entidad persistente y real. De este modo la conciencia se despliega en la mente individual y se asocia con una persona determinada que luego interactúa con los demás y con el mundo en general. A través del largo proceso de la evolución del ser humano y de la sociedad, la mente desarrolló sus poderes de discriminar, calcular, jugar, reflexionar, desarrollar estrategias y solucionar problemas, y generalmente de desarrollar un poder técnico y un conocimiento creciente. Pero el precio por todo esto parece haber sido el desarrollo de un «sí mismo» que se aísla cada vez más de un contacto directo con la naturaleza o la sociedad. Esta sensación de pérdida y de estar separado de las armonías internas de la naturaleza ha sido explorado a menudo por los poetas y se ilustra en las citas de Wordsworth y T. E. Lawrence en el capítulo 1.

Incluso la conciencia individual está separada de sí misma, pues se dice que una gran parte de la mente es «inconsciente» y que posee un amplio contenido que normalmente no es asequible al «sí mismo». Sin embargo, algunos místicos afirman que la separación del «sí mismo» individual de la inconsciencia y del resto del mundo no es absoluta y, que se puede lograr un profundo sentido de

unidad con el universo entero, de modo que se puede empezar a explorar incluso el fundamento de la conciencia. De este modo, el místico cree que la vida está impregnada de significado y de un sentido de «unidad» con toda la naturaleza.

Algo parecido, pero a una escala mucho más reducida, parece ocurrir durante una sincronicidad, cuando una persona experimenta una fuerte sensación del significado que une los pensamientos internos, los sueños y los sentimientos, con patrones de sucesos del mundo externo. Si tales epifanías de significado se mantuviesen durante toda la vida, la mente humana funcionaría a un nivel distinto. Mientras que conservaría sus poderes de planificar, predecir y solucionar problemas, también sería capaz de extenderse y compartir los significados colectivos de la sociedad, y de mantener una sensibilidad mayor con los ritmos de la naturaleza. De este modo, las estructuras rígidas de pensamiento se disolverían y la creatividad podría funcionar en todo el campo de la conciencia.

El tigre y la selva

A fin de comprender por qué una fuerte sensación de significado sólo ocurre en algunas sincronicidades aisladas, o con individuos singulares llamados místicos, es necesario descubrir por qué la mente individual se ha separado del campo de la conciencia y de la fuente creadora. Un buen punto de partida es la imagen de un tigre en la selva. El tigre ha percibido el peligro y se funde en un segundo plano, observando la selva con gran intensidad. El animal vibra en su sensibilidad. Su cuerpo entero expresa su absoluta atención y vigilancia. En un sentido casi intemporal, el tigre forma un conjunto con la selva y reacciona a cada matiz de su entorno.

El tigre, a través de su cuerpo íntegro, es un acto puro de percepción y concienciación absoluta; su conciencia se exterioriza hacia toda la selva. Esto contrasta claramente con el modo en que la mayoría de la gente vive su vida, con los sentidos entumecidos y una sensación de estar aislados del medio ambiente, e incluso de sus propios cuerpos. Es sólo en la infancia que las personas tienen una sensación de participación con el mundo, en que la mente no está atrapada por el «sí mismo» y se vive con la intensidad del tigre.

Pero supongamos que ahora alguien es transportado desde la sala de televisión o la mesa de su despacho hasta la selva del tigre. Inmediatamente, en todo el cuerpo, se despierta una concienciación intensa del entorno, mientras los sentidos se esfuerzan por captar el más mínimo ruido o movimiento. Dentro de tal concienciación, queda poco lugar para el «sí mismo» con todos sus recuerdos y preocupaciones: el organismo entero se encuentra en un estado indiviso de sensibilidad extrema, como si la mente estuviese situada en la superficie misma de la piel y reaccionase a cada aspecto de la selva.

Mientras el cazador acecha al tigre, las formas de la selva se registran en los límites de los sentidos. Un repentino destello de color o susurro en la maleza se percibe con un «sexto sentido»; por ejemplo, un movimiento rápido se capta en

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