SEGUNDA PARTE La Historia
Capítulo 9. Trágico suceso
I
Faltan cinco minutos para las ocho de la tarde de un cálido y soleado día de verano. Cerca de sesenta personas hablan, formando corros, frente a los balcones del ayuntamiento. Todo parece indicar que el pueblo entero de Cañaovilla ha vuelto a reunirse en la Plaza Mayor, igual que lo hiciera el día anterior, para continuar la celebración de las fiestas en honor de San Lorenzo, su santo patrón. Sin embargo, la triste y dura realidad del momento es otra muy diferente. El motivo de dicha reunión no tiene nada que ver con el de la pasada jornada, en la que fueron a ese mismo lugar a bailar y a saborear los productos típicos de la tierra. La de hoy es una reunión oficial extraordinaria convocada por don Eutimio, el alcalde, para las ocho de la tarde. A ella están obligados a asistir todos y cada uno de los actuales habitantes, ya sean vecinos habituales u ocasionales de Cañaovilla, incluidos los niños. Así de categórica ha tenido que nombrarla esa misma mañana el máximo mandatario municipal, tras el terrible suceso acaecido en la madrugada anterior.
A las ocho en punto, sobre la balconada en la que ondean tres banderas a media asta, aparecen dos personajes desiguales: uno de mediana edad, grande, corpulento y con un tupido bigote negro, y el otro un anciano bajito, delgado y casi calvo.
El primero es Anacleto Pérez, único agente de la localidad. El hombre mayor es don Eutimio Ramírez, como se ha dicho, la máxima autoridad de Cañaovilla.
Don Eutimio llegó al pueblo hace cincuenta años, procedente de una familia adinerada de la capital. Acababa de casarse y decidió comprar unas cuantas viñas y abrir una bodega. Tenía estudios de agricultura y enología, y eligió ese lugar para ponerlos en práctica. Enseguida se ganó el cariño y el respeto de sus vecinos, ya que, pese a ser poderoso y tener dinero, también era la persona más sencilla y humilde del mundo. Nada era suyo, lo que tenía lo compartía con todos, y si había que trabajar duro, él era el primero
en hacerlo. Tanto fue el carisma suscitado por don Eutimio, el «Señorito», como cariñosamente lo llamaban todos, que al poco tiempo lo eligieron alcalde y desde ese día no ha dejado de serlo.
Aunque en estos momentos tan duros y difíciles, el generoso y carismático anciano se encuentra triste, decaído, apenado y enormemente dolorido. No obstante, él es consciente que debe sobreponerse y cumplir con sus obligaciones, y eso es lo que se dispone a hacer.
Los vecinos permanecen en silencio. Tienen mucho respeto y cariño a su veterano alcalde. Asimismo, todos comprenden y comparten su profundo abatimiento.
Don Eutimio aclara su garganta y, sin pérdida de tiempo, da inicio a su discurso.
—Queridos vecinos y amigos —empieza diciendo con voz apagada—, os he reunido para hablaros de un acontecimiento muy desagradable para nuestro pueblo. De un suceso lamentable que, a estas alturas, todos debéis conocer de sobra; pero que, además, tiene algo que lo hace aún más grave.
Llegado a ese punto, el hombre hace una pausa para tomar aire. Se expresa con frases entrecortadas, como si tuviera un nudo en la garganta que le impidiera hablar con continuidad. Pese a lo cual, insiste en sus explicaciones:
—Ese «algo» es lo que a partir de ahora, por desgracia, marcará de forma trágica a nuestro pueblo.
Dicho esto, don Eutimio calla a la espera de que algún vecino haga algún comentario. Pero nadie dice nada. Aunque todos están al corriente de lo ocurrido, el silencio es total, como si la plaza estuviera desierta en vez de ocupada por casi seis decenas de personas. La gente se mantiene expectante tras escuchar las primeras declaraciones del alcalde. Prefieren no manifestarse. Aún están aturdidos por lo sucedido.
En vista de que nadie se decide a hablar, el anciano prosigue con sus comentarios, ahora ya con frases firmes y continuadas.
—Sé que todos estáis al tanto de lo ocurrido anoche en el pueblo. —Las casi sesenta cabezas afirman con determinación—. Como sabéis, la vivienda que nuestro vecino Braulio tiene en la huerta salió ardiendo por
motivos desconocidos. —De nuevo los presentes asienten en silencio—. Y eso no es lo peor... Lo peor es que Lucas, su sobrino, que vivía con él desde hace unos días, estaba dentro cuando se produjo el incendio.
Don Eutimio trata de mantenerse entero. Pero el hecho es tan grave, que cada vez le resulta más difícil conservar la calma delante de sus vecinos.
—¡Lucas ha muerto! —vocea con rabia—. Su cuerpo ha aparecido entre los escombros de la casa, completamente calcinado.
Saca un pañuelo y enjuga las lágrimas que descienden por sus mejillas. Pese a la gravedad del asunto, los allí reunidos no parecen reaccionar. —Pero como os adelantaba antes —continúa entre sollozos—, hay «algo» que hace que esta situación sea aún más dramática, si cabe.
Los vecinos se miran entre sí. No entienden a qué se refiere su alcalde cuando habla de ese «algo».
Don Eutimio parece sentirse sin fuerzas para alargar su discurso, por lo que, volviéndose hacia su compañero de balcón, le susurra con voz inaudible para el resto de asistentes:
—Por favor, Cleto, sigue tú.
El fornido municipal asiente con la cabeza y de inmediato hace uso de la palabra que acaba de cederle su jefe. No se anda con rodeos, va directo al grano.
—Hemos hallado el cadáver de una persona entre los restos de la vivienda —empieza diciendo.
El policía habla alto y claro desde la balconada. A pesar de la tristeza que sin duda siente, sus palabras son firmes y su talante tranquilo.
—Todo hace pensar —continúa— que se trata de Lucas Carrasco, el sobrino del tío Braulio, que, según nos ha informado el propio Braulio y la mayoría sabemos, dormía en esa casa desde que llegó al pueblo. Además, y es otra razón que apoya esa teoría, Lucas es la única persona que echamos hoy en falta. ¿O alguno de los presentes lo ha visto después del incendio de anoche?
Los vecinos se miran intentando localizar entre ellos al aludido, para, finalmente, acabar negando con la cabeza o con un tímido «no».
—Sin embargo —sigue Anacleto—, aunque en principio los indicios parecen claros, aún no se puede certificar oficialmente su fallecimiento. — Se oyen algunos murmullos—. El cuerpo, como consecuencia del devastador efecto del fuego, ha quedado irreconocible. Por lo tanto, es imposible identificarlo de forma visual.
Ahora sí que las palabras del policía logran hacer reaccionar a sus vecinos. De pronto todos empiezan a hablar en voz baja entre ellos, a hacer comentarios de todo tipo sobre el difunto, y no siempre benevolentes. A nadie escapa que el sobrino del viejo hortelano no era muy querido por la mayoría.
—¡Silencio, por favor! —grita el municipal, haciendo gestos ostensibles con las manos—. Voy a intentar explicar cómo está en estos momentos la situación; ya que, como les adelantaba el señor alcalde, la cosa está más complicada de lo que a primera vista pudiera parecer.
Decenas de interrogantes miradas escrutan el balcón donde Anacleto está hablando. En las mentes de sus propietarios, preguntas como: ¿a qué se refiere con eso de que está complicada la cosa? ¿Qué es lo que está complicado? ¿Por qué no puede confirmarse el fallecimiento de Lucas, si Lucas está muerto?
Al astuto agente no se le escapa ninguna de esas escrutadoras miradas. No obstante, sigue hablando con la serenidad que le caracteriza.
—Desgraciadamente os tengo que decir que no estamos seguros que se trate de un simple accidente.
Al pronunciar esa frase, Anacleto sube aún más su tono de voz. Sabe que, al oírla, se producirán las primeras reacciones activas entre sus vecinos. Como efectivamente sucede.
—¿Qué tratas de decir con eso, Cleto?
Las penetrantes palabras de Jonás se escuchan por encima del murmullo general. Su pregunta no es personal, es la de todos los presentes, aunque sea el carnicero quien la haya formulado.
—Estoy diciendo —aclara el municipal—, que hay dudas razonables con respecto a que el incendio se produjera de forma accidental.
Al oír eso, los ánimos de esa pacífica gente, que hasta entonces habían estado relativamente serenos, empiezan a enardecerse. La explicación del policía les ha dolido. En cierta manera se sienten señalados como culpables. Aunque rurales y analfabetos la mayoría, han comprendido la gravedad de las palabras de Anacleto.
La impetuosa reacción de los vecinos no pasa inadvertida a los ojos de don Eutimio, que de inmediato trata de apaciguar un temporal que, de forma involuntaria, ha desatado su subordinado.
—¡Queridos amigos! —dice intentando sacar fuerzas de donde no hay, para elevar la voz y que todos puedan oírle—. ¡Nadie os está acusando de nada! —De momento logra que cesen los murmullos—. Lo que Cleto intenta decir es que estamos confusos con esta situación tan embarazosa. Que para este pueblo lo que ha ocurrido es un hecho sin precedentes y que tal vez todos... ¡todos! nos estamos viendo desbordados por los acontecimientos.
Las palabras del alcalde consiguen apaciguarles un poco. Pero necesitan saber más sobre el tema.
—¿Qué habéis pensado hacer? —vocea Jeremías, el de la taberna, haciéndose eco del sentir general.
—En primer lugar —dice don Eutimio, ya más calmado—, voy a solicitar la presencia en este balcón de nuestro doctor. Él sabrá explicar mejor que yo la prueba que se la va a hacer al cadáver encontrado, y que, según su sabia opinión, determinará la causa de la muerte de ese pobre desgraciado.
II
Don Pedro García es la única autoridad sanitaria del pueblo, donde ejerce como médico, boticario, practicante y veterinario. Cualquier problema que surja en Cañaovilla y que esté de alguna forma relacionado con la salud, ya sea de las personas o de los animales, deberá pasar, irremediablemente, por sus manos.
El galeno está en la plaza cuando escucha las palabras del alcalde, por lo que, rápidamente, se dirige al ayuntamiento y aparece en la balconada. Tras
saludar a sus convecinos, se dispone a explicar lo que se le ha demandado. —Se me ha pedido ayuda para aclarar la trágica muerte de ese pobre hombre —empieza diciendo—, y os aseguro que una vez realizadas las pruebas que voy a practicarle al cadáver, no quedará duda sobre la causa de su fallecimiento. —Habla con continuidad y ligereza para no ser interrumpido—. Como recordaréis, el año pasado estuve dos semanas en la capital. Allí participé en un curso de medicina forense en el que aprendí a diseccionar y analizar cadáveres. Lo que es comúnmente conocido como: autopsia. Al practicarle la autopsia a un fallecido se puede averiguar cómo, cuándo y por qué ha muerto, e incluso su identidad, si fuera necesario.
El médico hace una breve pausa. Sabe que lo que va a decir a continuación hará saltar chispas entre los asistentes. De hecho ya está observando la tensión entre sus convecinos. Pero debe hacerlo.
—Voy a practicarle la autopsia al cadáver hallado en la casa incendiada —concluye.
Tal y como esperaba... estalla la bomba. La gente, con don Fermín, el párroco, a la cabeza, protesta enérgicamente. Su desconocimiento del tema y, sobre todo, su fuerte religiosidad no encajan con ese tipo de prácticas. El sacerdote acusa a don Pedro de sacrílego si osa cumplir lo que está diciendo. Según él, realizar ese tipo de operaciones conlleva la profanación del cadáver, por lo que, si el médico insiste en hacerlo, estará cometiendo un sacrilegio. Y eso, a los ojos de Dios, es pecado mortal.
—¡Condenarás tu alma y la de todos nosotros! —grita, iracundo, el cura —. El pueblo entero pagará por tu pecado.
Pero el alcalde, conocedor tanto del carácter rebelde de don Fermín como de su propio poder de persuasión sobre sus vecinos, interviene en auxilio del médico.
—Ya sé, querido Fermín —dice señalándolo a él, pero hablando para todos—, que no eres partidario de ese tipo de prácticas. ¡Nadie lo es! Tampoco yo. —Se dirige a sus paisanos con firmeza y decisión, a la vez que con apego y comprensión—. Pero quiero que entendáis que estamos ante una situación muy grave, y que no nos queda otra alternativa. Nunca en este tranquilo pueblo había ocurrido nada de semejante envergadura. ¿No es cierto?
La pregunta queda en el aire. Nadie la responde. Todos guardan silencio, incluido el párroco.
Para seguir hablando, don Eutimio suaviza la voz. De esa forma le será más fácil convencer a sus vecinos y amigos. Sabe que la única forma de ganarles es con el corazón.
—Llevo cuarenta años siendo vuestro alcalde —dice con emoción sentida—, y creo que aún está por llegar la primera vez que os falle en algo. Os pido una vez más que confiéis en mí.
El poder de persuasión de don Eutimio es extraordinario. Ni siquiera don Fermín lo supera en cuanto al respeto y sumisión provocados. Desde el momento que empieza a hablar en favor del doctor, todo el mundo calla sin que nadie tenga que pedírselo. Cuando finaliza sus explicaciones, hasta el último vecino, a excepción del párroco, agacha la cabeza como signo de aprobación y apoyo incondicional a su regidor.
La contienda se ha decantado a favor de don Eutimio. La gente confía en su veterano alcalde, en detrimento de su párroco. No obstante, observando sus rostros, parece que ambos hubieran perdido. Y la dura realidad es esa. Ya que se trata de la primera vez desde que conviven juntos en el pueblo, que mantienen una disputa. Ni siquiera en la taberna del Jeremías, echando la partida de brisca, han tenido nunca una mínima diferencia. Y eso que siempre juegan como rivales. Aunque en esta primera batalla haya salido vencedor don Eutimio, la guerra no ha hecho más que empezar. Por desgracia este altercado parece augurar un mal final.
Una vez informados sobre la decisión de practicarle la autopsia al cadáver, el alcalde les insta a volver al día siguiente a las diez de la mañana. A esa hora el improvisado forense, que trabajará toda la noche, tendrá los primeros resultados de los análisis. En función de los cuales se dictarán las medidas oportunas al respecto, si estas fueran necesarias.
Siguiendo el consejo del alcalde, los asistentes, cabizbajos, decaídos y abatidos, se van retirando a sus respectivas moradas. El pueblo entero está conmocionado por la incómoda situación que están padeciendo. La gente está más preocupada por el desenlace de las pruebas que va a realizar don Pedro, que por la probable muerte de Lucas. Mirándoles a la cara parece que todos tuvieran algo que ocultar. Sus rostros no expresan tristeza ni
dolor, sino auténtica inquietud y preocupación. Nadie niega que la mayoría, aunque no se alegre de la muerte de Lucas, ya que iría en contra de sus profundos y arraigados principios religiosos, tampoco es que lo sientan demasiado.
III
Faltan quince minutos para las diez de la mañana, cuando todos los habitantes de Cañaovilla esperan en la plaza. Sus semblantes reflejan el sueño de no haber dormido en toda la noche; pero también la ansiedad por conocer los resultados de la autopsia. Esas acusadoras declaraciones de Anacleto creando dudas sobre el origen del incendio, les tiene intrigados. En sus mentes una misma pregunta: «¿Es que en este tranquilo pueblo puede haber alguien capaz de provocar un incendio que mate a otra persona?»
Hasta entonces era algo impensable. Pero en los últimos días habían ocurrido tantas cosas, que podía haber cambiado, y mucho, el temperamento pacífico y sosegado de aquellas buenas gentes.
Don Eutimio aparece en el balcón central del ayuntamiento, en esta ocasión precedido por don Pedro, el médico, y, cómo no, seguido de su inseparable Cleto. El silencio llena la plaza. Todas las miradas se clavan en las tres desiguales figuras. La expectación es máxima por saber lo que va a notificarse desde ese elevado lugar. Probablemente de ello dependa el futuro de Cañaovilla. El alcalde, que ha sido informado del resultado de la autopsia, cede la palabra al doctor para que sea él quien se lo comunique al resto de vecinos. Don Pedro, sin pérdida de tiempo, con voz alta y firme, da comienzo a las esperadas explicaciones.
—He examinado el cadáver —dice—. He ejecutado y verificado todas las pruebas necesarias para esclarecer hasta el último de los interrogantes existentes en una muerte violenta como la que nos ocupa. —Mira de reojo a don Eutimio, que con un leve movimiento de cabeza le insta para que siga —. Mi conclusión, tras estudiar hasta el más mínimo detalle, es que la persona hallada en la calcinada casa del tío Basilio —hace una breve pausa voluntaria—, ya estaba muerta cuando se quemó la vivienda.
El silencio en la plaza es total, sepulcral podría decirse, teniendo en cuenta los hechos. Ninguna de las cincuenta y tantas personas allí reunidas dice nada. Todos se han quedado boquiabiertos, sin fuerzas para articular palabra. Todos se miran entre sí, evaluando el alcance de la noticia que acaban de recibir.
Antes de que tengan tiempo de reaccionar, el alcalde, con la sapiencia que le caracteriza, se adelanta a cualquier tipo de manifestación por parte de sus vecinos. Él ha permanecido toda la noche al lado del doctor y, por supuesto, ha sido el primero en conocer los terribles resultados de sus análisis.
—En primer lugar —dice elevando la voz—, quiero que permanezcáis ahí donde estáis hasta que os demos la información completa. —Teme que empiecen a abandonar la plaza—. Sé que la situación es grave, pero nosotros siempre hemos demostrado saber comportarnos con sensatez ante la adversidad. —Se queda un instante pensativo—. Aunque tal vez esta sea la peor pesadilla a la que nos hemos enfrentado jamás.
Ahora sí que la gente empieza a soliviantarse y a hablar entre ellos, cada vez en un tono más elevado.
—¡Por favor, señores! —vocea don Eutimio—. Os ruego que permanezcáis atentos a lo que tengo que deciros. Para mí es de vital importancia que todos sepáis comprenderlo.
Los vecinos de momento callan, dispuestos a seguir escuchando.
—¡Gracias por vuestra atención, amigos! Insisto que es muy importante para mí, que entendáis la difícil decisión que me he visto obligado a tomar en vista de la gravedad del asunto que nos ocupa. —La expectación entre los presentes es máxima—. Tengo que comunicaros que he pedido ayuda al Departamento de Policía de la capital. Mañana vendrán dos agentes a intentar esclarecer la muerte de Lucas Carrasco. —El médico le toca el brazo y le habla al oído, haciendo que rectifique su último comentario—. Bueno, en realidad tampoco estamos en condiciones de asegurar la identidad del fallecido. Ya que, como consecuencia del efecto del fuego, el cuerpo se encuentra completamente irreconocible. Sigue tú, por favor, Pedro —le dice al galeno.
—Al tratarse de un posible caso de homicidio, los agentes necesitarán pruebas incuestionables que certifiquen su identidad. A ellos no les vale que digamos que es Lucas Carrasco, porque es el único que falta hoy en el