Texto Bíblico: Mateo 20:1-16
INTRODUCCIÓN
En aquella época, así como en algunos lugares del mundo hoy, era costumbre que las personas que necesitaban trabajo fueran a un deter- minado lugar del mercado y ahí esperaran para ser contratadas. Ellas no determinaban dónde irían a trabajar, solamente, se quedaban a disposi- ción de los que buscaban trabajadores.
(Leer o parafrasear la parábola descrita en Mateo 20:1-16.)
Al transcurrir la parábola, percibimos que, a diferencia de los demás empleadores que contrataban trabajadores para servicios que equivalían a un día entero, el padre de familia buscó trabajadores a lo largo de todo el día, sin importar la cantidad de servicio o tiempo de trabajo realizado, sino la disposición de la persona a aceptar el trabajo.
fue cediendo a los principios, uno a uno, hasta que distante de Dios y de la iglesia, pasó a ser la principal oración de mi mamá. Mamá fue nuestro pilar espiritual (hijos), aunque papá, sin haber sido un ejemplo personi- fi cado, siempre nos apoyaba y estaba presente para oír a sus hijos reci- tar los trece versículos de memoria en todos los trimestres que recuerdo habernos presentado en la iglesia. Éramos su orgullo; nos esforzábamos más por ese motivo:- él estaría ahí.
Los años pasaron, nosotros crecimos y todos permanecimos en la iglesia, gracias a Dios, pero papá continuaba lejos. Mamá se enfermó, y durante dos años luchó contra el cáncer. Ya en estado terminal, me dijo con gran pesar en su voz: “¿Será que voy a morir sin ver a tu papá en los brazos de Dios y al abrigo de la iglesia?”
Respondí con una fe que vino de Dios, que ella podía irse en paz y que papá iba a volver. Dos meses después de que mamá descansó, papá fue recibido nuevamente en el libro de miembros de la Iglesia Adventista. Pa- saron dos meses más, después de su entrega, y él descansó también. Fue un golpe muy duro para nosotros, y queríamos un consuelo de parte de Dios. Hoy, veo claramente su mano en todo momento. Las pérdidas y el dolor fueron necesarios para que papá se entregue a Jesús. Creo que Dios también lo hizo descansar, con solo 54 años, para salvarlo, queriendo darle la eternidad. Registro estos hechos con lágrimas en los ojos, pero, después de 30 años de ausencia, yo sé en quien he creído y Él es fi el en cumplir todas sus promesas. No tengo dudas de que las oraciones de mi mamá fueron atendidas, aunque ella no haya presenciado y disfrutado la alegría de la respuesta.
LLAMADO
Mi hermano, mi hermana y mi querido amigo, Dios es fi el. Aunque parezca que su promesa está atrasada, Él la cumplirá y hará lo que sea necesario para salvarlo y también a aquellos a quienes usted ama y por quienes intercede.
Crea y descanse en su amor.
LOS TRABAJADORES
DE LA VIÑA
Texto Bíblico: Mateo 20:1-16
INTRODUCCIÓN
En aquella época, así como en algunos lugares del mundo hoy, era costumbre que las personas que necesitaban trabajo fueran a un deter- minado lugar del mercado y ahí esperaran para ser contratadas. Ellas no determinaban dónde irían a trabajar, solamente, se quedaban a disposi- ción de los que buscaban trabajadores.
(Leer o parafrasear la parábola descrita en Mateo 20:1-16.)
Al transcurrir la parábola, percibimos que, a diferencia de los demás empleadores que contrataban trabajadores para servicios que equivalían a un día entero, el padre de familia buscó trabajadores a lo largo de todo el día, sin importar la cantidad de servicio o tiempo de trabajo realizado, sino la disposición de la persona a aceptar el trabajo.
A medida que el trabajo progresaba, el propietario calculaba el núme- ro de horas de trabajo todavía necesarias para terminar la tarea antes de que llegue la noche. Resulta evidente que el propietario quería realizar toda la cosecha ese día.
El dueño del viñedo sabía exactamente cuándo ciertas uvas debían ser cosechadas. Si se dejaban en el viñedo por uno o dos días más, acumula- rían demasiado azúcar, perdiendo así el valor del mercado, pues la gran mayoría de las uvas era utilizada para la fabricación de vino. Si el día de la cosecha caía en viernes, el hacendado hacía todo lo que podía para conse- guir trabajadores adicionales, a fin de completar la tarea antes del sábado.
I – LA RAZÓN DE LA PARÁBOLA
Si nos fijamos en el contexto bíblico y consideramos algunos versícu- los anteriores al relato de la parábola, veremos que Jesús estaba aclarando el verdadero significado. Jesús quería enseñar a Pedro y a los otros que no se debe trabajar esperando recompensa. “Lo hemos dejado todo”, dijo Pe- dro, “qué, pues, tendremos?” (Mat. 19:27). Ese espíritu de centralización en sí mismo no era en esa época, ni es hoy el espíritu que Jesús desea ver en sus discípulos.
El padre no siguió los principios convencionales de remuneración. Los hombres pagan por la cantidad de trabajo realizado o por el tiempo dedicado a la realización de la tarea, pero, para Dios, o su personificación en la parábola, es decir, el padre de familia, no importaba la hora de em- pezar. Le importaba que no rechacen su invitación y ofrezcan un servicio de todo corazón.
II – PRINCIPIOS DEL REINO
En el reino de los Cielos, así como en la iglesia, no existe el principio de que el que da más recibe más, o el que trabaja más es más bendecido. Aquí tenemos el concepto del mundo y el concepto del reino: en el mun- do, quien más trabaja, más recibe. Eso es justo. Pero, en el reino de Dios, los principios del mérito y de la capacidad son dejados de lado para que la gracia prevalezca.
En el reino de los Cielos, “los primeros serán postreros, y los postreros, primeros” (v. 16), por una simple razón: No hay últimos ni primeros. To- dos son iguales. Cada uno es valorado en Cristo, por eso todos son iguales.
Dios no está interesado en lucros. Él no trata al hombre en base a “te doy, me das”, o a una buena acción que merezca ser recompensada.
En la gracia de Dios no circulan porcentajes, porque “de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Juan 1:16).
Nos parece incoherente la actitud del padre de familia al pagar la mis- ma cantidad a las personas que le sirvieron, sin tomar en cuenta el tiem- po de trabajo y esfuerzo realizado, porque tenemos esa manera extraña de valorar a las personas comparándolas unas con otras de acuerdo con la función que ocupan, su educación, nivel económico y prestigio que tienen en la sociedad. Por eso, Jesús enfáticamente le dice a Pedro y a los demás discípulos que no se preocupen en discutir sobre quién será el primero, pues eso no tiene valor y es irrelevante en el reino de los cielos.
III – DIOS Y SU JUSTICIA
Esta parábola enseña, principalmente, sobre la gracia, la bondad y la justicia de Dios. Si miramos la parábola con ojos humanos, seguramente, encontraremos que el dueño de la hacienda fue injusto. Después de todo, quien trabajó más debería ganar más. El dueño de la hacienda debería pa- gar menos a quien trabajó menos y más a quien trabajó más. Pero, ¿será que efectivamente Él fue injusto?
El dueño de la hacienda es Dios. Jesús nos enseña aquí que debemos creer en la justicia y la bondad de Dios para con todos. Dios no comete injusticias. Debemos cuidar para que no seamos engañados por nuestras percepciones humanas, al punto de equivocarnos al pensar que el Dios Todopoderoso está siendo injusto, o juzgarlo, creyendo que Él no puede distribuir su bondad a quien él desee. Haga lo que haga, el dueño de la hacienda (Dios) siempre actuará dentro de la justicia, bondad y gracia para con cada uno de nosotros. No tenemos de qué quejarnos.
Dios no dará la recompensa final con base en las obras; será tan solo por la gracia salvadora de nuestro Señor Jesús.
ILUSTRACIÓN
“Un nuevo converso buscó al pastor y dijo: ´Por más que oro, por más que intento, simplemente no puedo sentir que soy fiel a mi Señor. Creo que estoy perdiendo la salvación.’ El pastor respondió: ‘¿Usted está viendo este perro aquí? Es mi perro. Él está entrenado para vivir en casa; nunca ensucia, es obediente, es un encanto para mí. En la cocina está mi
A medida que el trabajo progresaba, el propietario calculaba el núme- ro de horas de trabajo todavía necesarias para terminar la tarea antes de que llegue la noche. Resulta evidente que el propietario quería realizar toda la cosecha ese día.
El dueño del viñedo sabía exactamente cuándo ciertas uvas debían ser cosechadas. Si se dejaban en el viñedo por uno o dos días más, acumula- rían demasiado azúcar, perdiendo así el valor del mercado, pues la gran mayoría de las uvas era utilizada para la fabricación de vino. Si el día de la cosecha caía en viernes, el hacendado hacía todo lo que podía para conse- guir trabajadores adicionales, a fin de completar la tarea antes del sábado.
I – LA RAZÓN DE LA PARÁBOLA
Si nos fijamos en el contexto bíblico y consideramos algunos versícu- los anteriores al relato de la parábola, veremos que Jesús estaba aclarando el verdadero significado. Jesús quería enseñar a Pedro y a los otros que no se debe trabajar esperando recompensa. “Lo hemos dejado todo”, dijo Pe- dro, “qué, pues, tendremos?” (Mat. 19:27). Ese espíritu de centralización en sí mismo no era en esa época, ni es hoy el espíritu que Jesús desea ver en sus discípulos.
El padre no siguió los principios convencionales de remuneración. Los hombres pagan por la cantidad de trabajo realizado o por el tiempo dedicado a la realización de la tarea, pero, para Dios, o su personificación en la parábola, es decir, el padre de familia, no importaba la hora de em- pezar. Le importaba que no rechacen su invitación y ofrezcan un servicio de todo corazón.
II – PRINCIPIOS DEL REINO
En el reino de los Cielos, así como en la iglesia, no existe el principio de que el que da más recibe más, o el que trabaja más es más bendecido. Aquí tenemos el concepto del mundo y el concepto del reino: en el mun- do, quien más trabaja, más recibe. Eso es justo. Pero, en el reino de Dios, los principios del mérito y de la capacidad son dejados de lado para que la gracia prevalezca.
En el reino de los Cielos, “los primeros serán postreros, y los postreros, primeros” (v. 16), por una simple razón: No hay últimos ni primeros. To- dos son iguales. Cada uno es valorado en Cristo, por eso todos son iguales.
Dios no está interesado en lucros. Él no trata al hombre en base a “te doy, me das”, o a una buena acción que merezca ser recompensada.
En la gracia de Dios no circulan porcentajes, porque “de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Juan 1:16).
Nos parece incoherente la actitud del padre de familia al pagar la mis- ma cantidad a las personas que le sirvieron, sin tomar en cuenta el tiem- po de trabajo y esfuerzo realizado, porque tenemos esa manera extraña de valorar a las personas comparándolas unas con otras de acuerdo con la función que ocupan, su educación, nivel económico y prestigio que tienen en la sociedad. Por eso, Jesús enfáticamente le dice a Pedro y a los demás discípulos que no se preocupen en discutir sobre quién será el primero, pues eso no tiene valor y es irrelevante en el reino de los cielos.
III – DIOS Y SU JUSTICIA
Esta parábola enseña, principalmente, sobre la gracia, la bondad y la justicia de Dios. Si miramos la parábola con ojos humanos, seguramente, encontraremos que el dueño de la hacienda fue injusto. Después de todo, quien trabajó más debería ganar más. El dueño de la hacienda debería pa- gar menos a quien trabajó menos y más a quien trabajó más. Pero, ¿será que efectivamente Él fue injusto?
El dueño de la hacienda es Dios. Jesús nos enseña aquí que debemos creer en la justicia y la bondad de Dios para con todos. Dios no comete injusticias. Debemos cuidar para que no seamos engañados por nuestras percepciones humanas, al punto de equivocarnos al pensar que el Dios Todopoderoso está siendo injusto, o juzgarlo, creyendo que Él no puede distribuir su bondad a quien él desee. Haga lo que haga, el dueño de la hacienda (Dios) siempre actuará dentro de la justicia, bondad y gracia para con cada uno de nosotros. No tenemos de qué quejarnos.
Dios no dará la recompensa final con base en las obras; será tan solo por la gracia salvadora de nuestro Señor Jesús.
ILUSTRACIÓN
“Un nuevo converso buscó al pastor y dijo: ´Por más que oro, por más que intento, simplemente no puedo sentir que soy fiel a mi Señor. Creo que estoy perdiendo la salvación.’ El pastor respondió: ‘¿Usted está viendo este perro aquí? Es mi perro. Él está entrenado para vivir en casa; nunca ensucia, es obediente, es un encanto para mí. En la cocina está mi
hijo, un bebé. Él ensucia mucho, tira la comida al suelo, ensucia la ropa, es una total confusión. Pero, ¿quién va a heredar mi herencia? No es mi perro; mi hijo es mi heredero. Usted es heredero de Jesucristo porque fue por usted que él murió.’ Somos hijos de Dios y herederos de su reino, no por causa de nuestra perfección sino por su gracia” (Lección de Escuela Sabática 3º Trimestre 2009, pág. 81).
Por mucho tiempo en mi vida cristiana, entendía la fe y las obras o buenas acciones, como los dos remos de un barco; si usted solo usa un remo, no irá a ninguna parte y quedará “andando” en círculo.
Un día escuché a un predicador preguntar: ¿Usted es salvo por la fe o por las obras? ¿Qué diría usted? En mi mente, respondí rápidamente: Es claro que es por la fe. Pero la gran pregunta, hermanos y amigos, es que no somos salvos ni por la fe, ni por las obras; ¡somos salvos por la gracia!
La salvación es gratis, pero costó un alto precio: la muerte de Jesús. Y no hubo nada de justicia en el hecho de que un inocente muera por pecadores. Nosotros recibimos un regalo, la salvación por la gracia. O aceptamos el regalo, o lo rechazamos. Nosotros no pagamos por él, él nos es ofrecido.
La fe es un instrumento y las obras que hacemos, lejos de ser meri- torias, deben ser el fruto del reconocimiento, del amor y la gratitud por Alguien que nos amó, “siendo todavía pecadores”, es decir, sin ningún merecimiento.
Las obras que practicamos son importantes y necesarias, pues nos identifican. En nuestra vida, damos testimonio sobre a quién servimos y de quién somos verdaderamente.
En el reino de Dios y en la iglesia, cada uno es valorado en Cristo; por eso somos todos iguales. Todos valen el precio elevado del sacrificio de Cristo; y, Cristo vive en cada uno de nosotros. Por lo tanto, no importa que aquí usted y yo seamos los últimos.
Consagremos nuestra vida a Él, y en todo lo que hagamos, que nuestro deseo sea glorificar tan solamente a Él.