En las huertas, además de realizar labores inscritas al trabajo de la tierra, los niños y niñas aprenden el valor de la vida desde el momento en el que se hacen cargo de una semilla y la ven germinar. Este es el espacio más importante para la enseñanza dentro de las casas de pensamiento intercultural, sobre todo para reforzar los saberes tradicionales asociados a la botánica y a la agricultura. Es allí donde se da a conocer a los niños y niñas las bondades de la tierra como expresión de la naturaleza y donde realmente pueden ver el resultado de una labor que toma tiempo, constancia y paciencia y que además, está determinada
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por factores externos como el clima, la ubicación geográfica, etc. Este conjunto de elementos contribuye a su percepción sobre la vida como un todo y que solo gracias a esta materialización del proceso se hace tangible y comprensible para ellos.
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Siendo ese el propósito de los sabedores, la huerta se convierte en el aula más propicia para dignificar los saberes tradicionales impartidos por sus abuelos a muchas generaciones, y en el medio ideal para involucrar a los niños y niñas en acciones que tengan como fin preservar las diversas manifestaciones de la vida y todos los
conocimientos relacionados al cuidado del medio ambiente, la salud y el bienestar de las especies. Sin embargo, pese a que las dos casas cuentan con su respectiva parcela, el espacio es reducido y vulnerable al clima, y las herramientas para trabajar la tierra son precarias, lo que frustra el desarrollo de ciertas actividades.
Constantemente se habla del potencial del jardín para cultivar en los niños y niñas el amor hacia su territorio, refiriéndose a él no como lo que fue sino como lo que es y lo que se puede hacer por él. En cuanto a esto, algunas maestras consideran
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Esta es la huerta de Gue Aty Qiib, localizada a un costado del área externa del jardín. Fotografía de mi autoría (2017).
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que hace falta mayor acercamiento al entorno saliendo con los niños y niñas a conocerlo y no continuar representándolo en murales y carteleras según como se dice que fue anteriormente. Se cree que es necesario que ellos empiecen a acercarse más a la realidad del entorno que habitan para apersonarse de su labor frente al cambio que se quiere y no que se queden en la resignación de saber que esto fue distinto a lo que es ahora. Por eso, en el caso de “Gue Aty Qiib”, se han proyectado recorridos a humedales cercanos que cuenten con la guía de los mayores de las comunidades, quienes los conocieron cuando aún no estaban habitados o contaminados.
Con el ánimo de integrar a los padres de familia de “Shush Urek Kusreik Ya”, en el espacio de la huerta se han llevado a cabo algunas mingas de trabajo para darle a conocer a todos los presentes el valor de arar y cultivar la tierra y compartir los alimentos en comunión. En el proyecto pedagógico Misak se habla de construir conocimientos en minga es decir colectivamente, para inculcar los principios y valores rectores que van hacer de los niños y niñas, personas con liderazgo y capacidad de pensar en comunidad (p. 52). En este sentido, la huerta ha propiciado distintos encuentros que buscan hacerlos sentir parte de los ciclos vitales de este lugar.
Para ejemplificar lo anterior, la maestra de párvulos de esta casa, Yuli Rodríguez, comento la siguiente anécdota:
“El año pasado, nuestra entrega de notas fue una minga de trabajo. Los padres de familia ayudaron a limpiar la huerta, sembraron y se hizo sancocho comunitario. Las familias Misak ya están acostumbradas a ese tipo de encuentros porque es una práctica propia pero para las familias mestizas todo era nuevo”.
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Con esto, se reafirma el poder de estas iniciativas para integrar a la gente, aunque para concepto de algunas personas de la comunidad pareciera que no tuviera mayor incidencia en los hogares mestizos.
Desde sus inicios, el Ya tul (Huerta o siembra Misak) ha estado a cargo del sabedor Tata Miguel. Cuando llegaron a la sede actual, decidieron ubicarla en la parte de atrás del jardín, donde hasta el año pasado los salones no eran usados permanentemente para que se pudiera trabajar en ella con tranquilidad. A pesar de que el terreno no es muy amplio, su disposición en forma de espiral optimiza el espacio y facilita la siembra de plantas de manera integral, es decir que está diseñada para que convivan unas especies con otras de manera que se puedan obtener plantas con fines alimenticios o medicinales.
El compostaje se compone de algunos productos reciclados que se recolectan en la cocina del jardín, pero por cuestiones de salubridad, debido a los malos olores que esto puede producir después de un tiempo estando a la intemperie, ha sido difícil mantenerlo y tener un abono de calidad para la tierra. Sin embargo, en algunas ocasiones se han logrado las condiciones óptimas para cosechar alimentos, en su mayoría verduras, que posteriormente han aparecido en los platos de los niños y niñas.
“En mi nivel solamente hay dos niñas Misak y de resto todos somos mestizos. Entonces prevalecen mucho los intereses de la mayoría. Todas las culturas nos estamos uniendo pero la idea es llegar a un balance. Desde la parte pedagógica, el
Ya tul nos ha logrado unir a todos, porque es de interés de todos los niños sin importar su procedencia”, afirmó la maestra Yuli.
De tal manera, el contacto con la tierra, la selección de semillas, la espera por ver el tallo y la primera hoja y la recolección de los frutos, integran un sin fin de habilidades y capacidades que se deben desarrollar en esas edades porque
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definen aspectos importantes de su personalidad, convirtiéndose así, en otras maneras de educar.