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1.3 ANTECEDENTES Y ESTADO DE CONOCIMIENTOS SOBRE LA TOPONIMIA RIOJANA

1.3.1. Trabajos recopilatorios

a) Los nombres geográficos en la cartografía

Como es general en España, los mapas topográficos confeccionados por diversos organismos oficiales hacen posible el registro de nombres de lugar, aunque su inserción precisaría a menudo de revisiones léxicas y ortográficas dado que, para el objetivo específico de esta cartografía, la información toponímica ha podido entenderse como de relevancia secundaria. A escala nacional, se encuentran:

- Los Mapas Topográficos (MTN) del Instituto Geográfico Nacional (IGN) a diferentes escalas: 1:50.000 (MTN50) en series históricas, que al menos en La Rioja se remontan a 1935, y 1:25.000 (MTN25), que en general no añade más topónimos que los de la escala precedente. Asimismo, se encuentran las series del Servicio Geográfico del Ejército (SGE) (1:200.000 y sobre todo 1:50.000).

En La Rioja se dispone de la colección topográfica oficial del MTN en versiones de 1989 realizada por el topógrafo Sebastián Soto: la de 2004 trasvasa la información toponímica de la anterior y se confeccionó básicamente para las comarcas serranas por parte de la empresa eléctrica Iberdrola, con posterior fusión con la que la administración riojana había realizado para el territorio del valle.

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En el caso del IGN, cuando se iniciaron los trabajos preliminares para la cartografía a escala 1:50.000 (a partir de un vuelo fotogramétrico de los años 30), el Instituto envió equipos para la realización de trabajos de campo en los que se recogían topónimos principales a partir de consultas a vecinos y ayuntamientos. La recopilación fue meritoria, aunque como es lógico en compilaciones de estas características y extensión, contiene errores de transcripción y deturpaciones que han podido ir arrastrándose a través del tiempo, pues en décadas posteriores dichas labores de recogida expresa de la toponimia no se han realizado sistemáticamente. En la elaboración de los mapas topográficos por parte de la administración regional, a escalas 1:10.000 y 1:5.000, hay escasez o ausencia de nombres de lugar, lo que contrasta con la elevada resolución de los datos espaciales.

En los últimos años, por parte de los técnicos de la Sección de SIG y Cartografía del Gobierno de La Rioja, se ha despertado un celo inusitado y vocacional para que la toponimia no quede preterida en la información de la Infraestructura de Datos Espaciales regional (IDERioja), pudiéndose visualizar en el servidor WMS y con su herramienta GeoVisor la toponimia riojana procedente de diversas fuentes: los

mapas topográficos a escalas 1:25.000 y 1:50.000, la toponimia del MT regional 1:5000 antes comentado y la procedente del Catastro actual e histórico, además de incorporar la colectada por agentes forestales de los servicios de la Consejería de Medio Ambiente y agregar la de planimetrías toponímicas locales elaboradas por especialistas o estudiosos en la materia (Elías Pastor en Pinillos; Matey Valderrama para el alto Oja; Calvo Torre en Soto en Cameros; Fernández Aldana et al. en Viniegra

de Abajo etc.). En toda la cartografía original, incluyendo los croquis del guarda forestal Teodoro Lejárraga, se hizo el vaciado de la toponimia, el escaneado de los mapas y la referenciación de los rótulos en un punto con coordenadas registradas. El nomenclátor o base de datos NomGeo del IGN fue incorporada a la Infraestructura de Datos Espaciales de España (IDEE) con nombres georreferenciados (460.000 en toda España) que son el soporte fundamental de la toponimia en la Base Topográfica numérica del IGN a escala 1:25.000 (BTN25). La base de datos NomGeo parte de la toponimia del MTN25, si bien no existen criterios normalizados para su creación y selección. Por otra parte, el NGBE es el futuro Nomenclátor Geográfico Básico de España, que parte de un nomenclátor oficial, el Nomenclátor Conciso (contenido de toponimia del mapa 1:1.00.000), otros oficiales de las CCAA e información del BTN25.

- En muchos casos, la toponimia catastral resulta ser la más copiosa y diversa. Procede de varios bancos de datos:

a. Catastro histórico: Es especialmente valioso por la precisión de su planimetría y el rigor de las recopilaciones y transcripciones toponímicas, resultado de un concienzudo trabajo de campo. Se dispone de:

- Los ‘catastrones’: unos 2700 planos a escala 1:20.000 (aproximadamente uno por cada polígono catastral), realizados en el período comprendido entre 1928 (para el término de Torremontalbo) y 1969 (para el de Ventosa). La confección de estos planos catastrales se circunscribió a los municipios de las comarcas del valle del Ebro, fundamentalmente agrícolas por el interés fiscal de este uso. Sólo en esta subregión se han

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vaciado y digitalizado unos 43000 topónimos de los citados planos, cuyo depositario actual es el Archivo Histórico Provincial de La Rioja.

- El catastro topográfico parcelario de 1957 y los registros de valuación

planimétrica sobre fotografías del terreno. Los fotogramas aéreos se retintaron con los límites parcelarios del Catastro de Rústica. Las fichas catastrales serían la base ideal de consulta, pues contienen, en cada municipio y para cada polígono catastral con su correspondiente número, la referencia y a veces descripción de los elementos que sirven de lindero y, lo que es más relevante para el estudio de nombres geográficos, los “pagos o parajes” de que consta el polígono, denominados con el topónimo de referencia.

b. Catastro actual. La informatización de los datos catastrales a partir de los años 90 del siglo XX supuso, en el caso de los toponímicos, la pérdida de precisión en los enunciados por transcripciones defectuosas, con variaciones ortográficas, no normalizadas en cuanto a orden léxico o incompletas dada la longitud de los campos de las bases de datos, cuestiones que han ido siendo parcialmente corregidas.

En la cartografía catastral digital hay dos tipos de datos toponímicos: Los referidos a rótulos o etiquetas, que proporcionan una ubicación aproximada del paraje designado mediante las coordenadas del punto centroide de dicho rótulo.

Los referidos a recintos catastrales (parcelas y polígonos), asociados a las capas vectoriales. Para los análisis espaciales y superposiciones con otras informaciones temáticas de tipo superficial (como la cartografía de vegetación) suponen una herramienta de máxima utilidad en tanto que las denominaciones toponímicas aparecen referidas a entidades superficiales, con una extensión determinada. - Existe otro banco de datos ahora insuficientemente aprovechado: el mismo servicio

de Cartografía riojano se hizo depositario y hasta ahora catalogador de la cartoteca forestal, constituida por los planos de montes en proyectos de ordenación, repoblación y otros trabajos forestales; en dichos planos y mapas hay información toponímica y planimétrica (linderos, rodales etc.), que será objeto de vaciado, pero que en el momento actual aún no se ha transferido a formato digital. Somos conscientes del importante volumen de información suplementaria que permitiría analizar mejor, a escala municipal y aún menor, un número de topónimos reflejados, cuando el soporte esté accesible y abierto. Junto con la cartografía, realizada por el citado topógrafo S. Soto, se encuentran las libretas de sus trabajos de campo, con notas marginales, croquis etc. que, por la minuciosidad y rigor de las apuntaciones, merecerían una revisión en busca, en este caso, de nuevos datos toponímicos o confirmación de los ya recopilados a través de otras fuentes.

b) Los inventarios o compendios de topónimos

La preocupación por conservar la toponimia, rescatarla del desuso o recuperarla en caso de pérdida efectiva ha supuesto un importante impulso para la formación de repertorios o corpus toponímicos en muchas regiones, provincias y comarcas. Los esfuerzos se

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concentran en la toponimia menor o microtoponimia, que conforma un elenco especialmente rico y variado.

Como advierte García Arias (1999), “un buen trabajo de recolección de material toponímico requiere de unas técnicas acompañadas de ciertas cautelas en el acopio de datos procedentes de distintas fuentes documentales (catastros, nomenclátores, textos y mapas etc.”.

Los repertorios son esencialmente inventarios de nombres actuales y/o pretéritos encontrados en un territorio a partir de fuentes documentales y orales. En algunos casos, son propiamente diccionarios, al incluir explicación de la etimología de los nombres (González Rodríguez, 2010).

La serie de ejemplos no pretende aquí abarcar todas las obras de esta índole realizadas en España. Pero cabe destacar aquí que las primeras recopilaciones toponímicas exhaustivas, como tales repertorios, se realizaron en varias provincias en la década de los años 70 del siglo XX, dirigidas todas por A. Ubieto Arteta: Badajoz, Ávila, Segovia, Guadalajara, Toledo, Huesca, Zaragoza, Teruel, Córdoba, Jaén, Murcia y Guipúzcoa.

De esta serie y para la antigua provincia de Logroño, existe un repertorio depositado como tesina final de carrera en la Universidad de Valencia realizado por Vernich Tarazona (1977); lo hemos consultado y comprobado que no supera en calidad ni extensión a la obra de González Blanco que se comenta más adelante, ni incluye topónimos distintos. A estos inventarios se deben agregar, como otros ejemplos en ámbito castellano, la monografía sobre la región de Murcia (González Blanco, 1998) o la relación toponímica de Palencia (Gordaliza & Canal, 1993).

Se ha señalado por diversos autores la importancia de la encuesta y de las entrevistas orales con los llamados informantes locales, si bien esta faceta no está exenta de otros sesgos y

errores. García Arias (1999) elogia el amplísimo acopio de datos realizado por Trapero en Canarias, afirmando que los topónimos recopilados a partir de documentos escritos “nunca podrán sustituir satisfactoriamente a la encuestación oral, que, a su vez, encontrará cabal intelección si se le suman los datos expurgados en otras fuentes”.

Una parte nada insignificante de topónimos se encuentra recopilada en estudios de análisis etimológico de los nombres geográficos de distintos territorios, lo que podríamos llamar “recopilaciones críticas”. El Intento de aproximación a la bibliografía onomástica hispánica

(Ariza Viguera, 1981) fue la primera síntesis bibliográfica sistemática. En dominio del catalán, la de Moreu Rey (1975).

Los compendios de topónimos sin interpretación expresa de los nombres tienen su máximo exponente en la región de estudio, único en extensión por abarcar la totalidad de los municipios riojanos, en el Diccionario de Toponimia Actual de La Rioja (González Blanco,

1987), en adelante DTALR, que constituye una compilación básica de microtopónimos contemporáneos en la región, realizada mediante un meticuloso espigueo de datos catastrales de 1943 y 1958 e información documental, complementada después con los obtenidos a partir de entrevistas con habitantes o informantes locales. La estructura del

DTALR comprende la referencia a los topónimos, ordenados alfabéticamente, el origen del dato (catastro, tradición oral y algunos nombres procedentes de la documentación altomedieval de editada por Rodríguez de la Lama, …), localización (municipio donde se enclava), tipo de elemento designado (camino, cerro, ermita, monte, río, paraje etc.) y, si procede, complemento del topónimo.

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El DTALR constituye, en palabras de Manuel Alvar en el prólogo de esta obra “una inmensa cantera silenciosa” a la que “hace falta que vayan los operarios a extraer la mena que está oculta” (p. 35). Y efectivamente es punto de partida obligado para cualquier estudio

toponímico en la región, tanto general como localizado en alguna porción de su territorio. Junto al DTALR se encuentra el trabajo de Elías Pastor de Metodología para el estudio de la toponimia riojana: el caso de Pinillos (2000), con recogida y tratamiento de los nombres

geográficos de este término municipal. La conclusión metodológica a la que llega el autor es que casi se cuadruplica el número inicial de topónimos registrados en el DTALR (de 80 se pasa a casi 300 en ese término) agregando información catastral histórica del siglo XX, un amillaramiento municipal de 1876 y, especialmente, los nombres recopilados en el Catastro de Ensenada (que suponen aproximadamente la mitad del total recopilado) y los procedentes de encuestas orales a los habitantes del término. Estos datos son relevantes para un eventual planteamiento de profundización de nuestro estudio, en que estas dos fuentes (documentales catastrales y orales) parecen ineludibles.

Otros repertorios de nombres geográficos municipales son los realizados por Blanco Marín (2000) en el término de Ezcaray, un trabajo aún incompleto con voluntad de extensión posterior a otras zonas del alto valle del Oja (Valgañón y Zorraquín); sigue las pautas de la investigación de Elías y hace uso complementario de otras fuentes documentales enfocadas al estudio de la toponimia vasca en la zona: la de Merino Urrutia (vid. infra) y la de Arregui,

en que se usaron datos indiferenciados procedentes de informantes locales y documentos escritos, seleccionando sólo aquéllos de raíz vasca segura o probable y con un croquis cartográfico de localización aproximada en el caso del trabajo del segundo. En la recopilación de Blanco también se insertan topónimos procedentes de cartografía topográfica del IGN y del SGE a distintas escalas, la de la Consejería de Medio Natural del Gobierno de La Rioja (en este término no vacía de toponimia, como sucede con otros municipios) y la de montes de utilidad pública y consorciados.

De la aldea de Turza en Ezcaray hay un trabajo provisional en 1987 de Andrés Barrio (que publicó en 2000), en que aumentó considerablemente el número de topónimos ya recogidos previamente por Merino y Arregui. A su vez, Matey Valderrama ha publicado los “Planos de toponimia actual e histórica y nomenclátor del Alto Oja” para los municipios de Ojacastro (2004), Valgañón (2007), Zorraquín (2010) y Ezcaray (2014). Y las recopilaciones de Fernández (2004) en Enciso, La Escurquilla, Garranzo, Navalsaz, Poyales, Las Ruedas, Valdevigas y El Villar.

Después de estos trabajos, se han realizado compendios parciales de algunos términos, como los de García Fernández (2004) en Arnedo. Es una revisión de los consignados documentalmente desde el Catastro de Ensenada (1751) hasta nuestros días, cotejando sus variantes y su evolución en el tiempo, aprovechando fuentes catastrales posteriores y recopilaciones municipales y completando todos estos datos con información oral proporcionada por varios vecinos de la localidad con amplia experiencia en trabajos de campo; presenta 156 topónimos ordenados temáticamente y localizados cartográficamente. En fechas más recientes, como parte de su riguroso trabajo de investigación sobre el léxico usual en la localidad de Alberite, Mangado (2007) ofrece entre las págs. 553 y 584 de su libro una recopilación de microtoponimia de la localidad con información acerca de la designación del topónimo y algunos comentarios de carácter etimológico.

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En años posteriores, han aparecido los repertorios de De Pablo García (2012) para Villanueva de Cameros y el de Calvo Torre (2012) para la jurisdicción de Soto de Cameros, con un exhaustivo acopio de datos toponímicos basado en encuestas, cartografía y una rica relación de fuentes escritas, muy sugestiva para la ulterior profundización del estudio que nos proponemos hacer. La última aportación publicada es la de Fernández Aldana et al.

(2013) para el municipio de Viniegra de Abajo según la tradición oral.

En la zona denominada de Las Siete Villas se está llevando a cabo una recopilación (Brieva, Ventrosa, Las Viniegras etc.), por parte de Robres Medel (González Bachiller, 2010).

c) Fuentes históricas con datos toponímicos

La documentación toponímica histórica riojana no ha sido aún suficientemente estudiada: falta el vaciado de nombres geográficos en los textos de referencia de los que se dispone de ediciones modernas, como el Cartulario de San Millán de la Cogolla (Serrano, 1930), El becerro de Valbanera (Lucas Álvarez, 1950, pp. 451-617), que aparece en el volumen IV de

los Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón (sección de Zaragoza) incluido por Alvar

(1952) como fundamento de El becerro de Valvanera y el dialecto riojano del siglo XI en la

revista Archivo de Filología Aragonesa.

De Alvar es también el Dialecto riojano (1976), que basó también en otros documentos

medievales: cartularios de los monasterios de Alfaro y Albelda, provenientes respectivamente de Menéndez Pidal (Documentos lingüísticos de España I Reino de Castilla,

1966) y de Ubieto Arteta (cartulario de Albelda, 1960). Se dispone asimismo en territorio riojano de la Colección Diplomática Medieval de La Rioja de Rodríguez de la Lama (1976-

1989), en que recopila documentos entre 923 y 1225 con un listado seleccionado de topónimos en su primer volumen (pp. 253-312). Con este apoyo documental, García Mouton (1983) hace un estudio de la Toponimia riojana medieval por estratos lingüísticos,

realizando un breve catálogo ordenado de topónimos según grupos semánticos, entre ellos los de flora y fauna y las actividades forestales.

Posteriormente, González Bachiller (2002) incluye el análisis de más de trescientos topónimos en documentación de La Calzada en el siglo XIII, parte de ella copia efectuada en torno a 1250 de documentos datados desde 1211 en adelante. Y Ranz-López (2002) recupera 46 topónimos que aparecen en una bula del archivo emilianense del siglo XII copiada en un documento del siglo XIV. Uno de los proyectos que se están llevando a cabo por un equipo de expertos coordinado por J. Á. García de Cortázar es la recopilación exhaustiva de toda la onomástica presente en textos medievales de todo tipo, de alcance general (no sólo en La Rioja).

El estudio de García Turza (1990) sobre la documentación del monasterio de Valvanera de los siglos XIV y XV aporta interesante información de textos de esta abadía, así como su El Monasterio de Valvanera en la Edad Media (siglos XI-XV) en que cita las fuentes textuales

para realizar un minucioso trabajo de análisis sobre la formación y expansión del dominio monástico, la administración, las rentas y las actividades económicas del cenobio. Del mismo autor se dispone de la Documentación medieval del Monasterio de San Prudencio de Monte Laturce. Pérez Carazo (2001) llevó a cabo la transcripción y ordenación del fondo

documental del monasterio de Santa María de Herce y su señorío abacial durante la Edad Media (1246-1500) en la colección diplomática que acompaña a su estudio.

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De épocas posteriores, falta por publicar una parte sustancial de los fondos documentales: San Millán (siglos XIV y posteriores), Valvanera (siglo XVI en adelante); de Calahorra y Santo Domingo tampoco se dispone de ediciones de documentos no medievales.

El Diccionario Geográfico Histórico de España de Govantes (1846) puede ser fuente para el

estudio de la toponimia, como vemos en Llorach (1950). En la misma línea, se encuentran las Relaciones Geográficas de Tomas López (1766) y el Diccionario Geográfico-Estadístico- Histórico de Madoz (1845-1850), a los que habría que sumar la Clasificación de los montes públicos (1859) y el Catálogo de montes públicos exceptuados de la desamortización (1862).

De todos ellos hace uso Fernández Aldana (2001) para el estudio de la evolución histórica de los hayedos en las cuencas de Leza, Jubera y Cidacos.

El estudio exhaustivo de la toponimia histórica implicaría el manejo de la información contenida en el Catastro de Ensenada (1751-1753), y concretamente los Libros Mayores de Lo Raíz de Seglares y los de Eclesiásticos, aparte de otros libros de los que consta. El Catastro de Ensenada fue usado en la confección de los mencionados repertorios de Pinillos y Arnedo y seguramente supondría un incremento notable de los nombres recopilados, ateniéndonos a la experiencia de estos dos términos municipales, como también se pone de manifiesto en el trabajo de Calvo Torre (2012) en Soto de Cameros. El Catastro hace acopio de nombres de pagos de montes y propiedades concejiles y de los particulares.

Junto con ello, el Archivo Histórico de La Rioja y los archivos municipales albergan documentación sobre protocolos notariales, traslaciones de dominio, cédulas de propiedad, amillaramientos de riqueza rústica urbana y pecuaria, actas de apeo y amojonamiento, concordias, registro de la propiedad etc., que son campos abiertos para futuras investigaciones localizadas ya comenzadas en algunos términos (Calvo Torre, 2012), aparte de la revisión de los denominados ‘catastrones’.

Gómez Villar (2013) cita también una fuente interesante para la comarca de las Cinco Vilas: un diploma de 934, probablemente antedatado, en que Fernán González, conde de Castilla, acuerda con los vecinos de val de Canales y Cinco Villas, entre otros asuntos, medidas para

reglamentar los disfrutes de pastos de los rebaños de merinas y las vacadas en tierras situadas al sur de la sierra hasta el Duero. Esta carta condal es un referente por la gran