4. Antecedentes: ámbito histórico, ámbito legal y ámbito patológico
4.3. Ámbito patológico
4.3.5. Lo trans en los manuales diagnósticos: DSM y CIE
La transexualidad entra como entidad diagnóstica en el año 1980 en el DSM-III,
debido principalmente a la presión ejercida por la entidad conocida The World
Professional Association for Transgender Health (WPATH). Esta entidad fue
constituida en 1979 por un grupo de profesionales que trabajan con personas
transexuales. Actualmente tiene sede en Estados Unidos (Mas Grau, 2017). De acuerdo
con esta institución, la inclusión de la transexualidad en el DSM, haría posible un mayor
reconocimiento, legal, social y médico para esta población. Además, facilitaría el
cubrimiento por parte del sistema médico, tanto público como privado, de los procesos
hormonales y quirúrgicos necesarios para la modificación corporal (Mas Grau, 2017).
En el DSM-III la transexualidad aparece con el nombre de transexualismo, en cuyos
criterios diagnósticos era notable la influencia de Stoller y Benjamin. En esta versión
Aparte de haber alcanzado la pubertad (a los niños se les diagnosticaba el “trastorno de la identidad sexual en la infancia”), eran necesarios dos requisitos más para confirmar el diagnóstico: un malestar persistente respecto al propio sexo anatómico y “una preocupación de por lo menos dos años de duración sobre cómo deshacerse de las características sexuales primarias y secundarias y de cómo adquirir las
características sexuales del otro sexo… A aquellas personas que no cumplían con este requisito de autenticidad, se les reservaba otro diagnóstico: el “trastorno de la
identidad sexual en la adolescencia o en la vida adulta” (Como se cita en Mas Grau, 2017, p. 4)
Las personas que no deseaban operarse, eran vistas entonces como
pseudotransexuales (Mas Grau, 2017), lo que nos indica que aún no se contemplaba, al
menos en el ámbito médico, al sujeto transgénero.
Esta forma de contemplar la transexualidad en el DSM-III, empieza a generar cierto
malestar, pues hay sujetos que afirman que están siendo patologizados. Por lo anterior,
en el DSM-IV se hace un cambio de denominación: se pasa del transexualismo al
trastorno de la identidad de género, término con el cual la APA pretende disminuir el
acento patológico. En esta versión
Para poder diagnosticar el TIG, se requiere el cumplimiento de los siguientes criterios: “A. Identificación acusada y persistente con el otro sexo”; “B. Malestar persistente con el propio sexo o sentimiento de inadecuación con su rol”; “C. La alteración no coexiste con una enfermedad intersexual”; D. La alteración provoca malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo”. (Como se cita en Mas Grau, 2017, p. 4)
En esta nueva denominación se incluye al sujeto transgénero, cosa que no sucedía en
la versión anterior. Sin embargo, se sigue asociando “estrechamente la transexualidad con el malestar corporal y el deseo de pasar por el quirófano” (Mas Grau, 2017, p. 4).
Actualmente, el transgenerismo y no sólo la transexualidad, se incluyen como una
condición médica más, que forma parte del trastorno denominado disforia de género, de
acuerdo con el DSM-V (2013), el cual puede presentarse en niños, adolescentes y
(aplica para niños, adolescentes y adultos), o si el sujeto se encuentra en periodo
postranscisión (después de haberse realizado la cirugía de reafirmación de sexo o si ya
ha iniciado un proceso hormonal) (DSM-V, 2013). Es importante destacar que la
disforia de género es por sí misma una clase diagnóstica, es decir, que no se encuentra
incluida dentro de una categoría general junto con otras entidades nosológicas, como lo
estaba en el DSM-IV, versión en la que formaba parte de “los trastornos sexuales y de la
identidad sexual” (Mas Grau, 2017).
La APA decide optar por el término disforia de género por tener “una larga historia
en la sexología clínica y resultar familiar a clínicos y especialistas en el tema”. Además,
Con el cambio de denominación, la esencia del diagnóstico ya no es la identificación de género cruzada (la APA admite que la no conformidad de género no es per se un trastorno mental), sino “el malestar que puede acompañar a la incongruencia entre el género experimentado o expresado y el género que se asigna”. (Mas Grau, 2017, p. 6)
En la actualidad, los criterios diagnósticos a tener en cuenta con respecto al trastorno
de disforia de género en adultos, de acuerdo con el DSM-V, son los siguientes:
Tabla 2
Disforia de género – DSM-V
Criterio Descripción
Criterio A
Una marcada incongruencia entre el sexo que uno siente o expresa y el que se le asigna, de una duración mínima de seis meses, manifestada por un mínimo de dos de las características siguientes:
1. Una marcada incongruencia entre el sexo que uno siente o expresa y sus caracteres sexuales primarios o secundarios (o en los adolescentes jóvenes, los caracteres sexuales secundarios previstos).
2. Un fuerte deseo por desprenderse de los caracteres sexuales propios primarios o secundarios, a causa de una marcada incongruencia con el sexo que se siente o se expresa (o en adolescentes jóvenes, un deseo de impedir el desarrollo que los caracteres sexuales secundarios previstos).
3. Un fuerte deseo por poseer los caracteres sexuales, tanto primarios como secundarios, correspondientes al sexo opuesto. 4. Un fuerte deseo de ser del otro sexo (o de un sexo alternativo distinto del que se le asigna).
5. Un fuerte deseo de ser tratado como del otro sexo (o de un sexo alternativo distinto del que se le asigna).
6. Una fuerte convicción de que uno tiene los sentimientos y reacciones típicos del otro sexo (o de un sexo alternativo distinto del que se le asigna).
Criterio B El problema va asociado a un malestar clínicamente significativo o a deterioro en lo social, laboral u otras áreas importantes del funcionamiento.
Especificar sí:
Con un trastorno de desarrollo sexual (p. ej., un trastorno adrenogenital congénito como 255.2 [E25.0] hiperplasia adrenal congénita o 259.50 [E34.50] síndrome de insensibilidad androgénica).
Postransición: El individuo ha hecho la transición a una vida de tiempo completo con el sexo deseado (con o sin legalización del cambio de sexo) y se ha sometido (o se está preparando para someterse) por lo menos a una intervención o tratamiento médico de cambio de sexo, por ejemplo, un tratamiento continuo con hormonas del sexo opuesto o a una intervención quirúrgica de cambio de sexo para confirmar el sexo deseado (p. ej., penectomía, vaginoplastia en un individuo nacido hombre; mastectomía o faloplastia en una paciente nacida mujer).
Por su parte la versión del CIE-10 vigente desde 1992, sufre un cambio en la
consideración de la transexualidad como trastorno mental, dejándolo de situar como tal.
Así, en la próxima versión (CIE-11), la transexualidad antes ubicada en el capítulo
“trastornos de la personalidad y del comportamiento” dentro del subcapítulo “trastornos de la identidad sexual”, pasará a ser nombrada como “incongruencia de género” y se encuentra contenida en el apartado “condiciones relativas a la salud sexual”. La razón por la que no se elimina de del manual según la OMS se debe a que estar contemplada
en este garantiza la atención sanitaria a personas que se identifican con esta posición
sexuada, por lo que en lugar de sacarla del manual se ha decidido cambiar su
denominación y su clasificación al interior del mismo, en su lugar (eldiario. Es, 2017).
La nueva versión del CIE-11 a pesar de haber sido publicada en mayo de 2018 en
formato digital, será presentada a la Asamblea Mundial de la Salud para que los estados
miembros la adopten en mayo de 2019 y entrará en vigor el 1 de enero del 2022
Por otro lado, en el manual de psicopatología de Belloch (volumen I), el
transexualismo se incluye en la parte III del manual, denominada “trastornos asociados a necesidades biológicas y adicciones”. En este manual se recogen básicamente datos sobre este fenómeno desde el DSM (versión III, III TR, IV y IV TR), así como del CIE-
10, además de otros datos, entre los que cabe resaltar algunos.
Por ejemplo, con respecto al transexualismo en la infancia, se nos indica que los
estudios realizados se llevan a cabo “debido a la dificultad que supone el tratamiento de los transexuales adultos” (como se cita en, Crespo, Labrador y de la Puente, 2008, p. 344), asimismo, el trastorno es más frecuente en niños que en niñas y suele comenzar
antes de los seis años de edad, sin embargo, es poco común. Además, “sólo algunos casos aislados de trastorno de identidad en la infancia desembocan posteriormente en
transexualismo, siendo más frecuente la evolución hacia la homosexualidad” (como se
cita en, Crespo, Labrador y de la Puente, 2008, p. 345).
Sobre este en la edad adulta hay estudios según los cuales “existe una alta proporción de trastornos psiquiátricos concomitantes con el transexualismo, predominando los
trastornos de la personalidad narcisista, antisocial y límite, el abuso de sustancias y las
conductas autodestructivas o suicidas”, de igual forma hay estudios que dicen “que tan
sólo un 30% de los transexuales no presenta otro trastorno” (como se cita en, Crespo,
Labrador y de la Puente, 2008, p. 345). Sin embargo, tales datos deben ser tomados con
prudencia, puesto que estos sujetos suelen exagerar sus historias para tener un acceso
más fácil y rápido a la cirugía genital (Crespo, Labrador y de la Puente, 2008).
Otro aspecto a resaltar en el ámbito clínico sobre el transexualismo tiene que ver con
la dificultad al establecer el diagnóstico diferencial con otros trastornos, principalmente,
con el travestismo, puesto que ambos coinciden en vestirse con las ropas del sexo
diferencia cuatro tipos de travestistas: 1) el travestista fetichista, que suele ser hombre,
quien se excita al vestir las ropas del sexo opuesto; 2) el travestista con doble rol, quien
habitualmente viste con las ropas correspondientes a su sexo, pero que de forma
esporádica cambia de atuendo para verse como el sexo opuesto; 3) el travestista
homosexual, quien se viste con ropas contrarias a su sexo, con un fin más folclórico que
sexual y 4) el travestista transexual quien, a diferencia de los otros tipos, se viste con
ropas del sexo contrario para expresar su deseo de cambiar de apariencia, el cual está
relacionado al malestar que le produce su apariencia actual. Brancroft indica también
“que es posible que el transexualismo en la vida adulta se inicie con un transvestismo fetichista en la niñez, el cual, con el paso del tiempo, ha ido perdiendo su efecto
excitante” (p. 345)
Parece ser además que la transexualidad se da con mayor frecuencia en hombres que
en mujeres, por ejemplo, “el DSM-III-R sitúa la prevalencia del transexualismo en un caso por cada 30.000 habitantes en los hombres y de uno por cada 100.000 en las
mujeres”, de igual forma “los hombres se interesan con una frecuencia 3 o 4 veces
mayor que las mujeres en el cambio de sexo” (como se cita en Crespo, Labrador y de la
Puente, 2008, p. 346), sin embargo, no hay diferencia entre los porcentajes según el
sexo de quienes se someten finalmente a la cirugía genital.