DEL SIGLO XIV Y LA RECONSTRUCCIÓN
DEL XV
Entre comienzos del siglo xi y fines del xm, estimulado por la amplia onda expan- siva que caracteriza la vida económica europea de esas centurias, el rasgo más aparente de la historia de la sociedad hispanocristiana había sido, sin duda, el
proceso de desconcentración individual y grupal que se observa respecto al período
anterior. Tal proceso tiende a apresurar la ruptura de las células sociales existentes antes del año 1000. De un lado, las fracciones de extensos grupos gentilicios, detectables todavía en la zona montañosa del norte de la Península; de otro, las unidades de poblamiento y producción articuladas en torno a la villa-explotación de un gran propietario. La salida a ambas situaciones había sido, cada vez más frecuentemente, la instalación autónoma de unidades familiares de tamaño redu- cido en el marco físico de una aldea y su término. Su dedicación económica, progre- sivamente sustitutoria de la ganadería por la agricultura, había obligado a la po- blación de dichas aldeas a tomar decisiones de gestión que sólo se alcanzaban en el marco de un concejo representativo de las familias integradas en la comuni- dad aldeana.
Este tipo de organización lo habían fomentado tanto la dinámica de desenvol- vimiento histórico de lo que denominaríamos pueblos del Norte como los grandes propietarios o la Iglesia. En el caso de los primeros, todo aumento de población debía traducirse en una emigración fuera de los espacios habitualmente recorridos por ellos en su actividad ganadera trashumante, quizá acompañada por otra agrí- cola poco sedentaria todavía, o en una instalación más estable. En ambos casos, la consecuencia era la ruptura de los viejos moldes familiares extensos y la con- sagración de unidades menores más fijas. Para los grandes propietarios titulares de vf//ae-explotación, la ruptura del viejo esquema de producción suponía aumento de las posibilidades demográficas y productivas, sin que aquélla tuviera que reper- cutir necesariamente en una merma de sus rentas. Antes bien, éstas parecen quedar aseguradas por la facilidad con que cada pequeño hogar se puede convertir en
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una clara unidad de imposición fiscal cuando el gran propietario se transforma en señor. Por fin, la Iglesia articula doctrinalmente las excelencias teóricas de la pequeña célula familiar, más representativa que la grande de la familia de Nazaret. En su condición de titular de extensos dominios, se aprovechará, por otro lado, de las ventajas económicas de la nueva unidad de producción y consumo.
En este proceso de desconcentración grupal e individual, en que tantos objeti- vos simultáneos parecen obtenerse, varios fueron los agentes que, entre los siglos x y XIII, habían actuado. La configuración de las aldeas y las comunidades aldeanas fue uno de ellos; la cristalización de las villas y ciudades el segundo y más po- tente. Ambos tendían a recoger las unidades dispersas de los grupos familiares que, estimulados por los continuos avances reconquistadores, se animaban a rom- per con sus bases de retaguardia norteña para incorporarse a la vida de las peque- ñas o grandes comunidades humanas de las zonas repobladas cada vez más al sur. En este sentido, las ciudades se habían ido convirtiendo, desde fines del siglo xi, en el marco más genuino de sustitución de los viejos marcos sociales por otros nuevos. Eran éstos no sólo las sociedades mercantiles, los gremios o las cofradías, que no llegan a aparecer siquiera en muchas de las ciudades peninsulares, sino la pura y simple posibilidad del emigrante de dedicarse a un oficio artesanal o comercial o, más sencillo todavía, la de sentir amparadas sus posesiones raíces por un esta- tuto de libertad y su propia persona desvinculada de ataduras que no fueran las institucionales de la propia entidad de población en que había decidido residir. Así, cuanto más alto era el grado de urbanización —medido por la densidad de actividades específicamente ciudadanas—. más garantizada quedaba la liberación respecto a los viejos cuadros sociales. En todos los reinos, en general, tal proceso había traspasado, a fines del siglo xn, las barreras puramente empíricas y se venía reflejando en los ordenamientos jurídicos locales. Poco después, la consolidación de la Recepción del Derecho romano durante el siglo xm refrendará, desde el punto de vista político, esa lenta marcha hacia un individualismo de signo huma- nista, expresado, simultáneamente, por las primeras creaciones escultóricas del gótico.
Este mundo así esquematizado, en que la liberación individual y la ordenación —económica, social, política e intelectual— desde las ciudades ocupan el rango de fenómenos progresivamente protagonistas, trató de alcanzar, a lo largo del siglo x m , un equilibrio con relación a las fuerzas sociales tradicionalmente direc- tivas de cada reino. Hacia 1270, sin embargo, la conclusión del ciclo de rotura- ciones económicamente rentables y socialmente permisibles —dentro del equilibrio. ventajoso para la ganadería, que la aristocracia, sobre todo castellana, había esta- blecido—, junto con el auge del comercio, la difusión de la moneda y el desarrollo de la fiscalidad al servicio de un poder monárquico que la teoría romanista forta- lece, obligan a la aristocracia señorial, precisamente en el momento en que requería ingresos más altos para atender a un consumo de lujo cada día más costoso, a enfrentarse con el dilema de transformar sus estructuras para adecuarlas a las nue- vas circunstancias o exponerse a las consecuencias que su negativa podía engendrar. Históricamente, en la Península, como fuera de ella, la inicial respuesta señorial fue resistirse a eliminar el viejo juego de relaciones de producción, optando por
conservar los esquemas sociales anteriores, insistiendo, desde el punto de vista I
Las transformaciones de ia sociedad peninsular en el marco de la depresión económico, en las producciones especializadas: lana, vino y aceite, sobre todo. Esta actitud motiva, entre 1270 y 1290, las primeras tensiones claras entre los señores y sus dependientes: la documentación de los monasterios de San Millán de la Co- golla y Cárdena fija en torno a estas fechas los primeros levantamientos de mojones y traslado de los linderos de la reserva señorial por parte de los campesinos para poder ampliar la zona de roturación. Las resoluciones jurídicas, favorables a los abadengos, no hacían sino enconar la actitud de los colonos, cuya acción repetirán desde ahora hasta mediados del siglo xiv.
Estos primeros signos de desequilibrio se multiplican con enorme rapidez y están en la base de los enfrentamientos entre los señoríos laicos y eclesiásticos, característicos desde mediados del siglo x m , que se agudizan —según evidencia la documentación de Sancho IV— a fines de la centuria. Para el conjunto de la población, la nueva situación —agravada por las luchas políticas en torno a la su- cesión de Alfonso X— se traduce en un descenso del consumo alimenticio, lo que debilita su organismo y lo expone a la amenaza del hambre y las infecciones, en una palabra, de la muerte. Así, desde principios del siglo xiv, sobre todo en Cas- tilla, se hacen insistentes, casi reiterativas, las expresiones de crónicas y documen- tos relativas a la pobreza, el despoblamiento, los años difíciles, etc., siendo proble- mático por el momento discernir si tales impresiones —en concreto, las numerosas referentes a un posible empeoramiento del clima— se deben a valoraciones exclu- sivamente subjetivas de una población subalimentada y amenazada por las fre- cuentes guerras de las minorías de Fernando IV y Alfonso XI, o a hechos físicos concretos. En cualquier caso, parece que a la inicial incapacidad del sistema seño- rial para mantener el alto grado de eficacia social que, en líneas generales, había conseguido durante el siglo x m , se une —desencadenada por aquélla— la debili- dad de las diferentes comunidades peninsulares frente a las nuevas dificultades: temporales, epidemias, impuestos excesivos, guerras frecuentes, circulación de mala moneda, abusos de hombres poderosos, bandolerismo, muchas de las cuales arran- can, como veremos, de esa falta de capacidad de transformación del régimen se- ñorial. El conjunto, permanentemente interrelacionado, de estos factores contribuye a materializar las antiguas tensiones, soterradas a veces por la ilusión colectiva de euforia que caracterizó al período de expansión económica hasta mediados del siglo xm, y hace aparecer otras.
Por su parte, la detención de la marcha reconquistadora deja a las distintas comunidades políticas peninsulares sin el viejo recurso de superar los antagonis- mos mediante el progreso hacia el sur, lo que hace más agudas las tensiones inter- nas y privan, sobre todo al monarca, del antiguo expediente de pagar a sus cola- boradores o a sus aliados con los territorios recuperados a los musulmanes. La individualización de los reinos, con la fijación de sus fronteras, obliga a resolver dentro de ellas esos antagonismos (caso de Castilla) o a desarrollar una política de expansión imperialista extrapeninsular (como Cataluña). En el primer caso, la compra de alianzas por parte del rey tiende a consumir el patrimonio real, sobre todo a raíz de la guerra civil que instala a los Trastámaras en el trono castellano; en el segundo, la monarquía debe pactar con las fuerzas del reino para debilitar la oposición que sus empresas imperialistas —en especial, las de Alfonso V en Italia— suscitan en una metrópoli afectada por la crisis.
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En su conjunto, frente a las dificultades que, en especial, la temible Peste Negra de 1348 y sus sucesivas reapariciones agudizarán, las posibilidades de supervi- vencia del sistema señorial se fían a su capacidad de coacción, tanto frente a sus propios campesinos —a los que, como en el caso mejor conocido, Cataluña, somete a una dura segunda servidumbre—, como frente al poder político de la monar- quía, a la que, como había sucedido antes en Aragón —Privilegio de la Unión de 1283—, quiere hacer reconocer en Castilla la competencia de la más alta no- bleza para dirigir colegiadamente la Res publica. La cada vez más reducida base económica de la monarquía, en especial la castellana, justifica los expedientes —continuas alteraciones de la moneda, enajenación rápida del realengo— con los que pretende hacer frente a sus compromisos, lo que ocasiona nuevos desequili- brios económicos y sociales, contra los que claman continuamente en las Cortes los procuradores de villas y ciudades.
Por debajo del juego permanente de enfrentamientos y tensiones, fortalecién- dolos y, en buena parte, explicándolos, la marcha soterrada de las líneas de fuerza subraya: el creciente interés por la ganancia mercantil, en la que participan cada vez más claramente las ciudades y ciertos nobles; la paulatina ordenación econó- mica de la Península, que se abre a una relación interregional cada vez más inten- sa, desde las ciudades, en especial los tres centros ya conocidos: Barcelona, Sevilla y Burgos; y, sobre todo, los avances de un individualismo en las instituciones eco- nómicas y familiares, tendente a la liberación del hombre de sus viejos marcos, que la evolución del Derecho privado recoge insistentemente, en especial en lo que se refiere al desarrollo del derecho sucesorio, en que la voluntad del individuo, mar- ginando la parental o familiar, se consolida de modo definitivo. El proceso de indi- vidualización se fortalece, además a escala europea, desde el punto de vista de la reflexión filosófica, con la apertura por parte de Guillermo de Ockham de la via
moderna, en la que, tras rechazar el frágil compromiso establecido por Santo Tomás
entre la autoridad de la fe y las lecciones de Aristóteles, se integran el razonamiento individual, la noción de pluralidad de verdades y la condena del argumento de autoridad. Esta misma via promueve, desde el punto de vista de la religiosidad, la relación directa, personal, con la divinidad, estimulada, igualmente, por la falta de guías espirituales y, aún más, por la ausencia de unanimidad —durante el Cis- ma de Occidente— sobre la legitimidad del Pontífice.
Este conjunto de factores —síntomas y consecuencias, a la vez, del proceso individualizador— incide, finalmente, en el campo de las expresiones literarias, en el cual la generalización del saber permite una notable diversificación de las obras, que ahora aparecen como productos de clases sociales diferentes y como expresión simultánea de sus respectivos intereses y de crispadas emociones que van del más puro epicureismo (Arcipreste de Hita) o la más sórdida crítica social y política
(Copias del Provincial), al más delicado sentimiento por la muerte y la gloria (Jorge
Manrique). Como telón de fondo de todas estas expresiones, los desniveles socia- les y económicos entre los distintos reinos peninsulares explican frecuentemente su diferente orientación; la valoración de la burguesía y de la actividad mercantil, con una nueva división social en la que el dinero sea el factor ordenador, que alienta en la obra del valenciano Francisco Eximenis, queda oscurecida en los contempo- ráneos autores castellanos, quienes, como Rodrigo Sánchez de Arévalo, aspiran
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Las transformaciones de la sociedad peninsular en el marco de la depresión a marginar la actividad del mercader o, como Diez de Games, todavía a mediados del siglo xv, repiten como esquema social vivo el que formulara el Infante don Juan Manuel cuando dividía la sociedad en los tres estados de oradores, defensores y labradores. Esta actitud aristocrática, que olvidaba las fuerzas sociales que, por entonces, aparecían ya en la literatura de tipo popular, expresa, por un lado, el simple deseo de mantener un viejo esquema social jerarquizado en beneficio de la nobleza territorial, pero, por otro, la misma debilidad de la burguesía caste- llana, incapaz de romper, ni siquiera a fines del siglo xv —los Claros varones de
Castilla de Fernando del Pulgar lo evidencia—, el prestigio de los vínculos del
linaje y de la jerarquía señorial.
Pero, con carácter aún más general, por encima y por debajo de esos senti- mientos que expresan las obras literarias, tanto éstas como los propios documentos nos abren, en los siglos xiv y xv, a otras realidades, a otras sensibilidades. Al frente de ellas, no sería exagerado colocar la conciencia de estar viviendo el final de una larga etapa de movilidad, física y social, consentida, casi natural. A ese respecto, el siglo xrv y, sobre todo, el xv, dejados atrás los debates que trataron de romper con las estructuras del XIII, ofrecen un amplio conjunto de circunstancias que ani- man a referirse a una especie de cierre, de ahormamiento, de comportamientos y actitudes. Parece como si, en todas las esferas de la actividad, a anteriores situa- ciones de universalidad fueran sucediendo manifestaciones muy variadas de indi- vidualidad (nacional; regional; local; personal). Ello quiere decir, sin duda, que cada uno de los protagonistas hispanos de las relaciones sociales es, en los siglos xiv y xv, más consciente de la especifidad de su área o lugar de origen, de su proce- dencia social, de su propia riqueza o pobreza y de su dedicación profesional.
La delimitación más rigurosa del terrazgo en los núcleos campesinos; la bús- queda de la clarificación de los términos municipales a través de constantes amo- jonamientos; los progresos en la distinción física, gracias a la muralla, entre espacio habitado y espacio económico de un núcleo urbano; el fortalecimiento de los per- files profesionales de los distintos oficios a través de los gremios o, cuando no, al menos, de las cofradías presididas por un santo patrono destino de las devociones aglutinadoras de los cofrades; la localización e inventario de los feligreses de la parroquia; el fortalecimiento de las pequeñas y grandes divisiones de las adminis- traciones civil y eclesiástica; la individualización doctrinal de cada reino bajo el
Rex imperator in regno suo; la cristalización espacial indiscutible de un reino o
una Corona, con sus fronteras y sus aduanas...; todo ello son factores de consoli- dación de marcos físicos concretos y de identificación de los protagonistas que, dentro de aquéllos, van a mantener relaciones. Pero, por ello mismo, vistos desde dentro, desde la perspectiva de quienes los habitan y son afectados por tales mar- cos, está claro que, en los siglos xiv y xv, éstos están generando el nacimiento de distintas conciencias propias, de variados «nosotros» como opuestos a «ellos». Poco a poco, cada español empezará a mirar con cierto recelo a aquel a quien consi- dere, por los motivos que fuera, diferente de él: para el castellano, el portugués; para el aragonés, el navarro; para el agricultor, el pastor; para el hombre de la ciudad, el aldeano; para el noble, el hombre del pueblo; para el sedentario, el que se mueve (peregrino, mendigo, monje giróvago). Esa es, sin duda, la inevitable consecuencia de la progresiva fijación de los marcos físicos de relación en un
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mundo en que la densidad social (de relaciones) es mucho más débil que la física (o demográfica).
El conjunto de estas transformaciones que los historiadores agrupan bajo el nombre de crisis bajomedieval, en el fondo de la cual se debate el paso de la socie- dad feudal a las formas iniciales de la sociedad capitalista, ha sido objeto de muy desigual atención en las distintas áreas hispánicas. De todas ellas, Cataluña había sido la que, hasta hace poco, contaba con una historiografía más sólida al respecto. A ella, se ha unido, en los últimos dos lustros, Andalucía, y, a escala geográfica mucho menor, Vizcaya, esto es, algunas de las zonas periféricas de la Corona de Castilla. En todos los casos, bien los estudios, bien las hipótesis provisionales pare- cen seguir insistiendo en que los siglos xm a xvi son testigos, dentro de la Penín- sula, del desarrollo de tres modelos de crecimiento diferentes, siendo la evolución del catalán más temprana que la del portugués, que, a su vez, se anticipa crono- lógicamente al castellano. Ello implica que, al reducir ahora nuestro campo de observación al período comprendido aproximadamente entre 1280 y 1480, las líneas maestras de éste señalen la potencia y capacidad de Cataluña durante casi todo el siglo xiv y su hundimiento —paulatino primero, rápido después— a lo largo del xv, mientras que Castilla, tal vez menos afectada por la crisis por sus distintas bases de sustentación económica y social, remonta más rápidamente la fase depre- siva y, desde comienzos del siglo xv, da muestras de recuperación que, por debajo del aparente caos de las querellas dinásticas y nobiliares, se consolida a lo largo de la centuria.
Al final del período, y del siglo xv, una presumible potenciación de las fuerzas aragonesas y el esplendor indudable, aunque efímero, de Valencia, no sirven para contrarrestar en el conjunto de la Corona de Aragón la gravedad y alcance de la decadencia catalana. Por el contrario, apoyada en la base lejana de las ciuda- des —a las situadas entre el Duero y Tajo, asiento del patrimonio regio, se une el despliegue de la infinidad de núcleos cantábricos y atlánticos, atentos al des- plazamiento del eje mercantil del Mediterráneo al Océano—, la monarquía caste- llana puede, por situación geográfica, demografía y potencial económico, asegu- rarse una situación de predominio en la nueva entidad política que nace con los Reyes Católicos.
La crisis demográfica como creadora de desequilibrios regionales de población y factor de readaptación del poblamiento hispano; preponderancia de Castilla y con- solidación de los núcleos urbanos
A fines del siglo xn, según veíamos en el capítulo V, los cinco millones y medio de habitantes de los reinos hispanocristianos aparecían distribuidos entre la Corona