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Por
Gerardo Fernández FeJavier Fernández: Seguir a los gansos Ed. Static Libros
ese rectísimo aunque poroso segmento que va desde ésta hasta Yuma, pasando por Tecate y Mexicali– también puede manar una profusión de seres estrambóticos: «pájaros urbanos, in- quietos y estridentes», como él mismo acota en el primero de sus cuentos. Desfilan aquí el Padre Quezada, matemático, parapsicólogo, «teólogo a tres bandas», fundador de la Iglesia Restauracionista Cristadelfiana del Palomo Ladrón; el profesor Bengala, «un renombra- do egiptólogo», quien tras estudiar Ingeniería Volcánica se convenció de que la condensa- ción del basalto entre las capas geológicas ha- bía incidido en sus fracasos amorosos; Sylvian Abbaon, un lacónico inglés que se empeña en montar un concierto de rock en medio de una laguna en Santa María del Oro o doña Chelo, un personaje con tipo de vegetal impositivo que preside la fiesta del Señor de la Ascensión en un pueblo borrado de los mapas, una cele- bración digna de las de Bajtín, con «vómitos de atole y membrillo», olores de buñuelo y so- nidos de jaranas incluidos.
Pero que la singularidad de estos nom- bres no nos lleve a una idea folclorista, post- boom, del noroeste mexicano; todo lo contra- rio, cierta rarefacción en la imagen –produc- to de una escritura entre rapaz y alambicada, que me atrevo a deducir marcada por la lectu- ra de la poesía– contribuye a la quema de todo aquel estereotipo que el cine de antaño, la ma- la prensa y las telenovelas nos hayan impuesto. «Tijuana hedía a garnacha, elote y pe- rro». Resulta curioso que en Seguir a los gan-
sos no abunden los sicarios, los periodistas
desaparecidos, las bandas de narcos o las mu- jeres mutiladas, como supuestamente debe- ría marcar el cliché Frontera Mexicana. Y es que esa tensión verídica, ese día a día de al- to voltaje existencial es sublimado aquí hacia el no menos irredento mundillo de la músi- ca. Javier Fernández es de esos escritores que
inexorablemente han hecho de la música –y de sus padres putativos, el silencio y el ruido– una parte medular de su propuesta de ficción, desde Thomas Mann («un músico desplazado a la literatura», como él mismo se catalogó), Alejo Carpentier o Julio Cortázar, hasta, más recientemente, el español Agustín Fernández Mallo. Todos, o al menos casi todos los per- sonajes de estos cuentos van en busca de un concierto, burilan estrategias y mueven lue- go el cuerpo a la caza de un peculiar tipo de utopía: la del sonido perfecto y extático. Así, como los personajes de la aldea en el relato «Boris, Boris», viven «atentos a [la] inatajable y misteriosa búsqueda» del Ruido, otros –llá- mese Miridal Turquía o Ismael, Careli Mora, Índigo Malanche o el mismo Javier; pertenez- can a tribus urbanas skaters, metal heads o
lowriders– recorren kilómetros en un Chevrolet
’84 o en un Hyundai Pony, del lado de allá de la frontera, hasta Oceanside o hasta el Snow Valley Ski Resort, al noreste del montañoso San Bernardino, mucho más allá de la gringa ciudad de San Diego, a la caza de un concier- to de doom metal o de braquet punk.
Este prurito melómano explica que
Seguir a los gansos se cierre con un curioso
capítulo titulado «Prosa sonora», en donde Javier Fernández va pegando como estampillas de vírgenes o de futbolistas admirados narra- ciones, digresiones, apuntes sobre determina- dos discos de música –de Jimi Hendrix a David Bowie, pasando por Fairport Convention o John Lennon– que, suponemos, hayan marcado su recorrido de hombre y de escritor. Un gesto, es- te último, que singulariza la ya de por sí misma interesante colección de cuentos.
De esa misma manera, el pergeñador de estructuras y propuestas de sintaxis que es Fernández, se afana en que sus relatos pa- sen por los caminos menos trillados, los menos concurridos, a través de los cuales un narra-
dor construye una historia puntual. «La voz del profesor Bengala es una prótesis de caucho, aluminio y madera que chasquea como los cárcamos del muelle», comienza uno de estos cuentos; «Me pregunto si Candy Sue viene de una república cordial», se inicia otro, titulado «Casa Juárez», definitivamente delirante.
Punto y aparte, alto en el camino, cha-
peau y ovación merecería el cuento titulado
«Katchoo y el búngalo», que ojalá a estas al- turas ya se encuentre en una antología de los mejores cuentos mexicanos de los últimos años junto a «Nocturno de Bujara» o a «El re- lato veneciano de Billie Upward» o a cualquie- ra de las mejores narraciones breves del vie- jo Sergio Pitol. Allí donde sintomáticamente se aleja un tanto de las tribus urbanas y de la orografía del noroeste mexicano, Fernández ha decidido hablarnos de Francine, una psicólo- ga clínica y profesora francesa que es invita- da al Scripps College de San Diego para que lleve a cabo, sobre el terreno, varios ciclos de Terapia de Follaje con mujeres de entre 21 y 69 años que presentan un historial psiquiátri- co. Cansada de ser observada con sobrada des- confianza por parte de sus colegas, los «teóri- cos de lo sólido, buitres de la evidencia y el camino andado», la doctora se empeña en sus experimentos sobre la psicoacústica y convo- ca a sus pacientes a que vayan a su consulta con un objeto fetiche a partir del cual empe- zar a desbrozar sus particulares delirios (así, una chica que ha sido violada en un muelle llega con un arpón o un salvavidas cubierto de salitre que luego debe abandonar, dejar atrás, preferentemente, con su carga evocativa, de manera que quede exorcizado el mal). Pero Francine no está sola: una de las condiciones que puso a quienes la invitaban a dejar la Vieja Europa para instalarse por un corto tiempo en el cálido San Diego fue la de traer consigo a Cécile Schott, su amiga y amante, y que es-
ta pudiera observar las terapias tras el espeso cristal de una recámara insonorizada. De es- ta manera, mientras Francine ausculta el alma de sus pacientes a la espera de poder extraer de ellas –o al menos entender– el lado podri- do, Cécile, que es músico de profesión, horas más tarde entra en una erótica con los obje- tos abandonados por aquellos seres desolados y neuróticos, sacando de ellos inusitados soni- dos: «Los objetos vibran, roncan, hipan». Y así hasta que nos damos cuenta de que ellas tam- bién tienen un pasado en común que arrastran en silencio, parapetados tras los gestos de ca- riño y la diplomacia social, lo que nos obliga a recordar las tantas maneras en que pueden convivir en dos personas el violento e irreba- tible deseo y el frío desentendimiento. Como en aquel olvidado libelo publicado por Michel Foucault, Moi, Pierre Rivière, ayant égorgé ma
mère, ma sœur et mon frère…, son presenta-
das aquí, a la manera de apuntes clínicos, las historias de esas mujeres que –como la doc- tora Francine y su amiga Cécile– intentan sin éxito tamizar el peso del fetiche y de las ideas fijas, la marca de la memoria y, sobre todo, la de la pasión.
Cuando cerré Seguir a los gansos recordé mi propio tránsito de inmigrante por la fronte- ra mexicana; aunque el mío fuera tan solo un paso breve por la costa este: aquel calor seco de finales de julio, aquella imagen del Cerro de la silla, en Monterrey, altísimo y agreste, como la boca de un animalejo que no sabemos si ha muerto. Se trataba, pues, de una montaña ra- ra, inusual, de cuya imagen no podemos esca- par, como puede que ocurra con un par de se- cuencias de este libro que es música rara, bes- tia atenazada, arduo tejido de la frontera; como el denso acné de una muchacha de pueblo in- trincado, bajo cuya piel, como apunta Javier Fernández, pareciera que se oculta «un atajo clandestino a la China soviética».